Por Levi Díaz Echeverri
Habrá un nuevo amanecer, un resplandor fulgurante vestirá de luz los corazones, y mil sonrisas destellarán en el horizonte como estrellas que despiertan después de una larga noche de soledad.
La primavera, con su perfume embriagador, bañará de fragancias el aire y derramará su esencia sobre los valles, mientras la brisa, sutil y enamorada, acariciará los campos despertando las flores dormidas y las ilusiones que aún esperan florecer.
Y descalzos, sobre la verde pradera, sentiremos el mágico cosquilleo de la hierba, esa caricia humilde de la tierra que devuelve a la piel sus ganas de vivir y al alma el deseo de abrazar la existencia con toda la pasión que merece.
Descenderán las aguas cristalinas por fuentes que cantan entre las rocas, y en su danza, majestuosa y transparente, se confabularán con el viento para refrescar los valles, despertar los sentidos e inspirar las más hermosas ganas de amar.
Entonces, dejaremos que la ilusión desate sus cabellos al viento, que la inspiración tome riendas y galopemos sin temor por los senderos donde la esperanza no conoce fronteras y el corazón vuelve a creer en aquello que alguna vez consideró imposible.
Habrá que aprender a gozar un atardecer, a descubrir en sus últimos destellos la promesa silenciosa de otro comienzo, porque hasta el sol, cuando se despide, deja una huella de luz en la memoria y una invitación a seguir soñando.
Y será precisamente en ese instante, cuando el día se incline ante la noche, que comprenderemos el milagro de la vida: basta una semilla de verdad, fecundada por el sentimiento, para que el tiempo haga germinar aquello que la esperanza sembró.
Vendrán estaciones, pasarán los años, y habrá ojos que contemplen sus frutos, corazones que encuentren refugio en su sombra y almas que comprendan, al fin, que nunca fue en vano creer, amar con sinceridad y sembrar bondad en el camino.
Porque habrá un nuevo amanecer, aunque la noche parezca interminable; habrá flores donde hoy solo hay silencio, risas donde alguna vez hubo lágrimas y un horizonte abierto para quienes jamás renunciaron a soñar.
Y cuando la luz vuelva a cubrir la tierra, cuando la brisa nos susurre que aún estamos vivos y la naturaleza nos regale su mejor canción, sabremos que la verdad y el sentimiento son semillas inmortales que ni el tiempo ni el olvido podrán arrancar de la memoria.
Habrá un nuevo amanecer…
Y con él, una nueva oportunidad de amar, de sentir, de perdonar y de vivir; porque mientras exista una semilla que conserve intacta su esperanza, siempre habrá un mañana dispuesto a florecer.
Por Levi Díaz Echeverri