Pequeño solecito mío, me has salvado de la penumbra de mi propia soledad, de los vacíos que habitaban en mí e incluso de la pesadez de mis pensamientos. Tu sola presencia me regala una paz inmensa y me enseña a mirar mucho más allá de la monotonía en la que me encontraba.
Antes veía la vida en automático, como un ciclo amarrado a la rutina. Levantarme era solo una obligación más, una inercia para seguir adelante, y contemplaba el mundo con un matiz gris y apagado. Pero desde que estás aquí, todo cambió.
Hoy miro la vida a través de una luz distinta. Tu existencia vino a encender los rincones oscuros de mi día a día, dándole sentido a los detalles más simples y llenando mis mañanas de un propósito real. Encontré un refugio en ti, un rincón seguro donde no necesito fingir ni cargar el peso del mundo. Me devuelves las ganas de florecer y de apreciar cada instante, recordándome que habitar el presente vale la pena cuando es a tu lado.