Cambiar, migrar, irse.
Una máxima debería ser siempre la de irse de donde unx no es feliz. Y otra igual de importante, que está en relación con la primera, es la de hallar camino propio, aunque ese camino implique algunas veces contrariar las opiniones que nos son familiares. De hecho, la emancipación implica molestar ciertas estructuras de creencias heredadas. Y no hay nada que valga tanto la vida que vivir de acuerdo a la voluntad de unx mismx.
Aceptar el cambio no siempre es fácil. Sin embargo, qué es la vida sino la posibilidad de diferenciación y de diversidad. Ni la diversidad ni la diferenciación son sin el cambio, y sin éstas la vida dejaría de ser.
Después de mudarme más veces que los años que tengo, comprendo mejor qué se queda y que se va en cada mudanza. No me refiero a los objetos, sino a cosas abstractas. A veces se va una perspectiva, a veces se queda un afecto. A veces se va una creencia, a veces se queda un deseo. En todo lo que se queda, lo que se va, lo que guardo de la misma forma, lo que acomodo diferente, lo que mudo todas las veces sin dudar, lo que guardo de urgencia, lo que reviso de nuevo, etc. En todas y cada una de aquellas decisiones me estoy deshaciendo y haciendo a mi mismx. Reviso modos de vivir, como cuando elijo dejar los muebles en un depósito, o por el contrario, mudo toda la casa de una provincia a otra, o vendo lo necesario para viajar más liviano. No se trata tanto de muebles y cosas, como de los modos de vivir que estas acciones presentan. Cantidad, practicidad, movilidad, necesario, transitorio. Palabras que ponen de manifiesto formas de concebir el desplazamiento de un lugar a otro. Y en particular, la idea de que puede no haber un lugar donde quedarse demasiado tiempo. En cada mudanza algo de mi se va y algo se queda. Lo que se queda nunca es igual, es actualizado por la ausencia, por aquello que estuvo, que fue. Lo que se queda significa un nuevo espacio, que implica el vacío, y el duelo. Formas que amplían la experiencia de lo que existió.
Mudar y mudarme. Arriesgar lo que creo propio de mí, para completar lo hecho e innovar. En cada pasaje hay patrones heredados; modos de hacer, de mudar, de organizar, y sentir los cambios. A la vez también hay la transformación de la herencia, que se concreta al elegir nuevos modos. Unos diferentes, atrevidos, creativos. Al final se trata de cultivar la propia maestría, y de regar la templanza y el liderazgo interno. Aquel que se descubre en la medida en que somos valientes y coherentes con nuestro deseo.
Una reflexión que no acaba aquí.