Somos dos vecinos que coinciden en el ascensor,
dos amigos que conversan apenas unos minutos,
pero cuando apareces frente a mí,
mi corazón olvida que somos solo amigos.
A veces basta un “¿cómo estás?”
para que mi día cambie de repente,
porque tú no sabes que detrás de una sonrisa
hay un corazón que se alegra de verte.
Me gusta escucharte hablar de cualquier cosa,
reírme contigo de esas pequeñas tonterías,
y fingir que esos minutos no significan tanto
cuando para mí iluminan todo el día.
Tú tienes a alguien que camina a tu lado,
y yo respeto el lugar que ocupa en tu vida,
por eso guardo cuidadosamente este cariño
en la parte más silenciosa de la mía.
Porque quererte no significa tenerte,
ni esperar que algún día seas mío,
a veces amar también es saber quedarse cerca
sin cruzar la frontera de lo imposible.
Y qué extraño es sentir tanto
por alguien que simplemente toma el ascensor,
que me pregunta cualquier cosa en el pasillo
y sin saberlo hace latir mi corazón.
Quizá para ti soy solamente tu amiga,
la vecina con quien conversas de vez en cuando,
y no imaginas que después de despedirnos
me quedo sonriendo y pensando en ti un rato.
Me pareces hermoso en esas cosas sencillas
que quizá nadie más alcanza a notar:
en tu manera de hablar, de mirar, de sonreír,
en esa ternura que tienes al conversar.
Y aunque sé que este amor no tiene destino,
hay sentimientos que no necesitan llegar a ninguna parte;
solo necesitan existir dentro del pecho
para recordarnos que todavía sabemos amar.
Si tan solo supieras cuánto me importas,
cuánto cariño cabe en una conversación,
cuánto puede significar para alguien
un instante compartido en un ascensor.
Pero seguiré siendo tu amiga y tu vecina,
guardando este secreto con dulzura y discreción,
porque aunque nunca pueda llamarte mío,
me basta con quererte desde mi corazón.
Y quizás mañana volvamos a encontrarnos,
tú entrarás al ascensor y me sonreirás,
yo fingiré que mi corazón está tranquilo…
y él, como siempre, volverá a saltar.