¿Cómo un sueño puede impactar tanto?
Despertaste con las manos temblando,
con la extraña sensación
de haber perdido algo
que apenas comenzaba a existir,
algo demasiado pequeño para llamarlo recuerdo
y demasiado profundo para olvidarlo.
Por un instante,
tu cuerpo pareció recordarte
aquello que tu memoria había aprendido a callar.
Y volvió la culpa.
Esa que llega tarde,
cuando ya no queda nada que cambiar,
cuando el tiempo se ha llevado consigo
todas las posibilidades
de haber elegido distinto.
Te preguntaste si alguna vez
habías estado completamente segura,
o si solo aprendiste a serlo
porque era más fácil que dudar.
Y entonces encendiste una luz
sobre aquello que creías haber dejado atrás,
como si iluminarlo pudiera devolverte
una respuesta que nunca llegó.
Pero hay cosas que la luz no puede cambiar.
Corriste hacia la luz
sin saber si buscabas salvarte
o encontrar aquello
que alguna vez te hizo sentir a salvo.
Y ahora dudas
si fue la luz la que se apagó
o si fuiste tú
quien aprendió a cerrar los ojos.
La lluvia empapa tu rostro,
y por un momento
no sabes si estás llorando por lo que fue,
por lo que pudo haber sido,
o por la parte de ti
que todavía permanece allí.
Quizá eso es lo que hacen los sueños:
abrir puertas que creíamos cerradas
solo para mostrarnos
que detrás de ellas
todavía queda algo de nosotros.
Y te preguntas,
con el corazón hecho un nudo:
¿cómo se despide una posibilidad
que nunca llegó a existir
pero que alguna parte de ti
todavía recuerda?