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🌦️ ROBERTITO Y DOÑA JULIA — LA CARA DE DIOS Sensible

Rulo1948
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Robertito ya había cumplido 18 años. Vivía solo con su madre en una casita en un pueblito a las afueras de la ciudad. Allí, en su pequeña finca, su madre criaba cerdos y gallinas, hacía chacinados y…

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Contenido de la publicación

Robertito ya había cumplido 18 años. Vivía solo con su madre en una casita en un pueblito a las afueras de la ciudad. Allí, en su pequeña finca, su madre criaba cerdos y gallinas, hacía chacinados y conservas. Robertito se encargaba de recolectar los huevos, cuidar los animales y llevar los pedidos a los vecinos.

Ese día, su madre le dijo:

—Robertito, recibí un mensaje de Doña Julia. Quiere que le lleves un maple de huevos y unos duraznos bien maduros. Ve y vuelve rápido, porque se está armando una tormenta fea.

Robertito cargó todo con cuidado en su bicicleta y partió. Pero como era bastante distraído, se detenía a cada rato: a mirar los pájaros que cantaban en los árboles, a saludar a los chicos que jugaban en la plaza, a observar una mariposa que cruzó su camino. Así fue que tardó mucho más de lo debido.

Cuando por fin llegó a la casa de Doña Julia, le entregó el pedido y ella le pagó con una sonrisa. Pero justo cuando Robertito se despedía para volver, el cielo se oscureció de golpe y se desató una tormenta feroz: lluvia a cántaros, viento que sacudía los árboles y truenos que retumbaban en todo el valle.

Doña Julia lo tomó del brazo con firmeza:

—¡No te podés ir así, Robertito! Bajo ninguna circunstancia. Quedate aquí tranquilo.

Enseguida sacó su teléfono y le escribió a la madre de Robertito:

"No se preocupe, Doña. Robertito está aquí conmigo, pero no lo voy a dejar salir con esta tormenta. Cuando pase, lo hago volver a su casa. Y si sigue fuerte, que se quede y vuelve mañana a primera hora. Quedó en buenas manos."

Su madre le respondió al instante:

"Muchas gracias, Doña Julia. Le agradezco de corazón. Sé que mi hijo está en las mejores manos. Que Dios las proteja a las dos."

Pero las intenciones de Doña Julia no eran tan santas como parecían. Tenía 50 años, era una mujer hermosa, de cuerpo generoso y mirada cálida, pero estaba sola desde hacía bastante tiempo. En su cuerpo anidaba un deseo que no lograba apagar, y al ver a Robertito —tan buen mozo, tan jovencito, tan fuerte— ese deseo crecía con cada minuto que pasaban juntos.

Se sentaron cerca el uno del otro, junto a la mesa de la cocina, mientras la lluvia golpeaba con fuerza los vidrios. Doña Julia empezó a hacerle bromas suaves, a acercarse un poquito más de lo necesario, a tocarle la mano al pasarle algo. Robertito, ingenuo y respetuoso, se reía sin comprender del todo.

Entonces ella se inclinó hacia él, lo miró directo a los ojos con una sonrisa enigmática y le preguntó con voz suave:

—Robertito… te quiero preguntar algo muy importante. ¿Vos conoces la Cara de Dios?

Robertito parpadeó, confundido:

—¿La… la Cara de Dios? Bueno… en la iglesia dicen que nadie la puede ver, Doña Julia. ¿No es eso lo que enseñan?

Ella se rio bajito, una risa que le hizo cosquillas en el pecho:

—Ay, mi niño ingenuo… eso es lo que dicen los curas, sí. Pero yo te hablo de otra cosa. Hay una cara de Dios que sí se puede ver… y sentir. Y es la más hermosa que existe. ¿Querés que te la muestre, Robertito? ¿Querés conocer ese secreto que solo los amantes descubren?

Robertito asintió, con el corazón latiéndole a mil por hora. Doña Julia lo tomó de la mano, cerró con llave la puerta de entrada, y lo llevó hasta su habitación. Allí, sin dudarlo un instante, se quitó toda su ropa y quedó ante él, desnuda y hermosa, con la confianza de una mujer que conoce su valor. Se acostó sobre la cama, abrió sus piernas con generosidad, y señalando su intimidad con una sonrisa de misterio, le dijo:

—Robertito… esta es la Cara de Dios. Ven, acércate y mírala de cerca. Puedes lamerla y olfatearla. Es tuya para conocerla.

Robertito no salía de su asombro, pero el deseo ya le cosquilleaba fuerte en el vientre. Se acercó despacio, y Doña Julia tomó su mano, la apoyó sobre su vagina cálida y húmeda, y la guió para que la acariciara. El miembro de Robertito se puso rígido de golpe, apretando contra el pantalón, queriendo salir.

—Desnúdate, Robertito. Desnúdate frente a mí. No tengas vergüenza. —le susurró ella.

Robertito se desnudó, temblando pero entregado. Ella lo miró de arriba abajo, admirada:

—Qué hermoso eres, mi niño. Ahora te voy a enseñar algo que te servirá para siempre: cómo satisfacer a una mujer. Así el día de mañana tendrás mucho éxito entre las chicas. ¿Ves estos labios suaves? Pasa tu lengua por ellos con suavidad, bésalos como si fueran mis labios. ¿Ves este botoncito de arriba? Es el clítoris. A ese lo besas, lo muerdes suave, lo chupas despacio. Siente el gusto salado… eso es la vida, Robertito.

Robertito siguió cada instrucción al pie de la letra. Se inclinó, lamió, besó, chupó con devoción, saboreando esa humedad dulce y salada que nunca antes había conocido. Mientras él la amaba con la boca, Doña Julia introdujo sus propios dedos en su vagina, acariciándose junto con él, guiándolo, mostrándole el camino. Y hacía tanto tiempo que nadie la tocaba, que pronto se arqueó entera, gimió fuerte, y con un alarido de placer, estalló en un orgasmo abundante que bañó la cara de Robertito con su líquido.

Robertito, sorprendido pero encantado, se relamió los labios y sonrió: le gustó ese sabor, le gustó esa entrega.

—Bueno, mi niño… ya has probado el gusto de mi concha. Ahora vamos con tu pene. Lo veo duro, hermoso y listo. Penétrame. Llénamelo. Hazme tuya.

Robertito no podía creerlo, pero se colocó entre sus piernas, apoyó la cabeza de su miembro en esa entrada cálida y húmeda, y despacio, entró por completo. Mete y saca, mete y saca, durante quince minutos la amó con todo su ardor juvenil, sin prisa pero con fuerza. Y en un momento de tensión máxima, llegó su clímax: gemió fuerte, descargó todo su semen dentro de ella, y Doña Julia, abrazándolo con fuerza, tuvo su propio orgasmo al mismo tiempo, recibiéndolo todo.

Se quedaron un momento abrazados, recuperando el aliento, besándose con dulzura. Ella le acarició el rostro:

—¿Te gustó, mi amor?

—Sí… Doña Julia. Muchísimo. —respondió él, con ojos brillantes.

Ella sonrió pícaramente, se deslizó hacia abajo por su cuerpo y tomó su miembro aún sensible en sus manos:

—Bueno… entonces ahora te la voy a chupar para que se te ponga dura de nuevo. Y cuando lo esté… me vas a atender por la puerta de atrás.

Doña Julia se deslizó hacia abajo y tomó el miembro de Robertito en sus manos con ternura. Lo lamió desde la cabeza hasta el tronco, con delicadeza infinita, saboreándolo completo. Lo besó, lo acarició con sus labios, mordisqueó suavemente la punta, y lo chupó con una destreza que hizo cerrar los ojos al muchacho, temblando de placer. Al poco tiempo, el miembro de Robertito estaba duro como una roca, firme y esperando.

Entonces Doña Julia se giró, se colocó de espaldas a él, y sacó un tarro de crema:

—Mira, mi niño. Aquí va la puerta de atrás. Te enseñaré cómo entrar. Despacio, con cuidado, y con mucho cariño.

Le untó la crema generosamente en su propia puerta trasera y en el miembro de Robertito, lo guió con sus manos, y le dijo:

—Apoya y entra despacio, muy despacio.

Pero Robertito, entusiasmado y lleno de juventud, se la metió de un solo golpe. Doña Julia gimió, mezcla de dolor y placer:

—¡Ay, mi niño! Despacio… despacio… me duele un poquito… pero qué rico se siente… no te detengas… no te salgas…

Robertito obedeció, y comenzó a meter y sacar, despacio al principio y luego con un ritmo constante y profundo. Durante varios minutos la llenó por atrás, cada vez más hondo, cada vez más seguro de sí mismo. Doña Julia se arqueó hacia él, meneando su culo para recibirlo mejor, gimiendo su nombre sin vergüenza. Con su mano izquierda se acariciaba y apretaba sus pechos, y con la derecha, introdujo sus dedos índice y anular en su propia vagina, masajeándose su punto G al mismo tiempo que él la penetraba por detrás.

Y en un momento glorioso, estalló. Un squirt abundante y caliente brotó de ella, inundando las sábanas, empapando todo, acompañado de un orgasmo tan intenso que la hizo gritar y temblar entera.

Robertito la siguió inmediatamente, descargó todo su semen dentro de ella, profundo y completo, y se quedó allí un instante, temblando, uniéndola por completo a él. Se retiró despacio, su miembro ya flácido y satisfecho, y ambos se recostaron abrazados, pegados el uno al otro, sin separarse ni un centímetro.

Así, abrazados y felices, la mañana los sorprendió durmiendo profundamente, agotados y dichosos. Cuando despertaron, la lluvia seguía cayendo con fuerza y el temporal no daba señales de amainar. Doña Julia lo miró con una sonrisa cómplice, le acarició el rostro y le susurró:

—Bueno… el cielo todavía no nos deja irnos. Entonces seguiremos aquí, refugiados el uno en el otro. Seguiremos disfrutando, mi niño. Toda la tormenta por delante… y todo el placer también.

La tormenta tardó en pasar, y durante todo ese tiempo no dejaron de amarse, una y otra vez, con hambre y con ternura. Ya Robertito no era el muchacho ingenuo que llegó en bicicleta con unos huevos. Aplicó cada enseñanza de Doña Julia con destreza: su lengua sabía exactamente dónde buscarla, sus manos la hacían temblar, y su miembro la llenaba con la confianza de un amante de primera. Ella solo tenía que guiarlo un poquito al principio, y él ya sabía el resto. Se movía con ritmo, con paciencia, con fuerza y suavidad a la vez, haciéndola llegar al cielo una y otra vez.

Cuando por fin el sol volvió a brillar y Robertito debió volver a su casa, se despidieron con un abrazo largo y apretado. Doña Julia le acarició el rostro y le dijo con una sonrisa llena de promesas:

—Sabés, mi niño… voy a hacerte unos pedidos más chicos… pero mucho más seguidos. Así vienes a verme casi todos los días. Y así nos vamos a seguir viendo… y disfrutando el uno del otro. ¿Te gusta la idea?

Robertito sonrió, esa sonrisa cómplice y brillante que solo ellos dos entendían:

—Me encanta, Doña Julia. Y los huevos… siempre van a estar frescos.

Subió a su bicicleta y partió de regreso a casa, sintiéndose un hombre nuevo, feliz, con el cuerpo lleno de recuerdos y el corazón lleno de anticipación por el próximo pedido. Y Doña Julia se quedó en la puerta, mirándolo ir, sabiendo que ya no estaría sola nunca más.

 

✨ FIN ✨

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