esa obsesión con el Pedro imaginario en lugar del real, eso es de libro. Muy bueno cómo lo dibujaste
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esa obsesión con el Pedro imaginario en lugar del real, eso es de libro. Muy bueno cómo lo dibujaste
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Tres años de noviazgo habían servido para erradicar su baja autoestima, o por lo menos… era lo que suponía.
Tres años relacionándose con otro ser que brindaba atención, compañía, sentimientos y… sexo, que es otra manera de englobar la atención, la compañía y los sentimientos.
Lejos… u ocultos, habían quedado los vetustos rechazos, las burlas o los interminables días en soledad.
De repente, hay que estar de acuerdo que fue con gran diplomacia, él le dijo “lo nuestro no va más”. Ocurrió sin dejar dudas, y como gran caballero asumió toda culpa y responsabilidad. Ella hizo espasmódicos intentos para que se revea la situación, pero la inquebrantable barrera interpuesta por el novio en retirada, sólo hizo que se quedara quieta, observando pasar la locomotora del amor.
Martita es baja, pero con una cola redondita que atrae miradas masculinas. Es linda, pero su complejo de petiza amordazó su sistema de cotización.
Supo a los dos meses que Pedro estaba con otra; y a los seis, con una tercera. Era más que obvio, que su ex quería vagabundear por las vías de la soltería sin compromisos.
El noviazgo de Martita había quedado trunco, y la familia que pensaba formar con el fornido, alto, guapo y carismático de su ex pareja, se transformó en fantasía inconclusa.
Y si bien, él, veinticinco años y ella con veinte, estaban en la flor de la vida, cada quien eligió administrar sus deseos de forma distinta. Pedro sacó pecho para seducir a diestra y siniestra, dejando cada pasado en justo lugar. Ella forjó presentes con aspiraciones de futuro dentro de una maquiavélica estructura de su pasado.
Los caminos se bifurcaron, y cada uno enfrentó alegrías, tristezas, ilusiones y desazones. Los años se amontonaron sin que ninguno hiciera el esfuerzo curioso por saber del otro. Pero mientras uno gastaba combustible recorriendo paisajes de vida, la otra no dejaba pasar un día maldiciendo haber sido abandonada.
Martita, sin proponérselo, fue objeto libidinoso de numerosos hombres, y con cada cortejante que aspiraba besarla, se las ingeniaba para enviar el mensaje al éter: “no estoy sola”. Camuflado en su comportamiento, estaba el deseo que Pedro sufriera por haberla dejado y que le llegara la rotunda sentencia: “soy capaz de vivir sin ti”. Fantaseaba el día en que el destino los juntara. Ese glorioso momento en que el “déspota”, tras erráticos pasos, le pidiera perdón de rodillas, admitiendo que a ninguna mujer pudo amar como a ella. Infinitas veces su mente bullía en escenarios distintos, pero con la misma trama. Lo que nunca se permitió admitir, fue que el otro había insertado el punto final… y no confusos puntos suspensivos. Quizás en ello radicaba la supervivencia del orgullo de Martita: jamás sentirse digna de ser abandonada.
El tiempo pasó; se enteró que Pedro había formado pareja sin casarse y que de ese compartir nacieron mellizos. Ella entristeció y por poco pareció que comenzaba a formular el duelo. La guadaña de los hechos había barrido con sus sueños vengativos. Nada más alejado de la realidad.
Sintió la estocada, su vida social corría en desventaja mirando la del otro.
Ella se casó y sintió alivio… había emparejado las cuentas. Los dos estaban comprometidos, por lo que la fantasía del rencuentro cobraba vida… no como novios, sino como amantes.
Tuvo tres hijos y marido ejemplar, pero la quimera con Pedro seguía vigente. En esa terquedad radicaba la sutura de la herida aún abierta. En ella radicaba el utópico deseo de dominarlo todo, incluso… los sentimientos ajenos, y eso la tranquilizaba. Nunca se animó a contactarlo; no era el caso, potencial, que le repitieran lo que en un principio quedó bien claro: “Dejé de quererte” y que ella se topara con la cruda epifanía: “No sólo que no eres amada, sino que has perdido tiempo en absurdos anhelos”. Así que Martita procuró mantener sus fantasías bien alejadas de la realidad; en un limbo imposible, en donde le podía hacer los arreglos que se le antojaran, para que siempre, pero siempre, resultar ganadora.
A los cimientos de sus deseos los construyó en redes sociales, publicando cientos de fotografías de su vida. De mil instantáneas elegía las más glamorosas, para que alguna a él le llegara y se muera de envidia. Parte de su ilusión radicaba en que Pedro ambicionaba saber de ella, pero por remordimientos no le había vuelto a hablar.
Pasaron largos años y el día del juicio final llegó. En una parada de taxi, ella estaba esperando. Muy elegante en su vestir, con un cuerpo perfecto trabajado en el gym. Alguien se acercó, era él.
Ella lo observó, no con devoción, sino con horror. Pelado, panzón, arrugado y mal trajeado. “Lo atropelló un camión con ganado, y encima se comió todas las vacas”, pensó. “Estás igual”, le dijo él. Martita no devolvió halago. “Estoy apurada, fue un gusto volverte a ver”, expresó ansiosa; para abordar de prisa un taxi y evitar mirar atrás.
En casa y en familia Martita está feliz, salió airosa del encuentro y hasta el paso del tiempo ha sido más benigno con ella. A las dos semanas, nuevamente se saca varias selfies con un grupo de amigas casadas. Otra vez elige la más favorecida y la sube a la red. Han vuelto sus fantasías, pero esta vez aún más irreales. Ya no sueña con el Pedro real, sino con el imaginario, grabado en los tiempos jóvenes. Con ese sí valía la pena vengarse, para no perder el tiempo en absurdos deseos.
Respuestas
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Permalink¿contás desde la experiencia o es puro invento, o está todo revuelto? necesito saber
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Permalinkse nota que Martita se conoce pero no se perdona, y eso es lo triste de la historia
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Permalinkla parte del punto final vs los puntos suspensivos me quedó pegada, muy bien visto
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Permalink¿Martita llegó a sentir de verdad eso que escribía de ella en las fotos, o fue ficción desde el principio?
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Permalink"lo atropelló un camión con ganado" me sacó una risa que me costó explicar en el trabajo 💀
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Permalinkcreo que todas llevamos un poco de Martita adentro, ese juego de mostrar lo que queremos que vean
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Permalinkcuando se lo cruzó en el taxi, ¿en serio no sintió nada o ya le había matado la ilusión antes de verlo?
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PermalinkGracias por leer este relato ficcional (o no tanto)
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Permalinkesa obsesión con el Pedro imaginario en lugar del real, eso es de libro. Muy bueno cómo lo dibujaste
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