Tengo la costumbre de desconfiar de lo que todos aman, y en los viajes me ha salido bien.
El mirador que salía en todas las fotos fue una hora de fila y un selfie ajeno en la cara. En cambio, un pueblo donde paramos solo a cargar bencina terminó siendo lo mejor del viaje: una plaza, un almacén, una señora que nos explicó la fiesta del santo.
¿Cuál es su par? Uno sobrevalorado y uno que nadie nombra.