Llegaste sin que te llamara;
tocaste a mi puerta y pediste pasar.
Te sentaste a la mesa y allí reposaste tus pasos.
Aun tú sabiendo quién yo era,
aun conociéndome, te quedaste.
Me miraste con ojos de amor,
no juzgaste mis actos;
solo me viste sin que eso te importara.
Mis ropas maltrechas las cambiaste por vestiduras blancas
y me abrazaste como un padre que acaba de encontrar a su hijo.
No me dijiste nada,
solo me viste...
¿Cómo he de levantar mi rostro delante de ti,
con estas cadenas que atan mis manos
y las heridas que aún no han cerrado?
¿Cómo mirarte después de despreciarte y alejarme,
después de darte la espalda?
Y, aun con todo eso, tú decides buscarme otra vez.
Caigo rendido a tus pies,
y tú limpias mis lágrimas.
Y aunque todos se fueron, tú te quedaste.
¿Cómo yo he de pagarte,
si tan solo soy huesos y carne?
De mí ya no queda nada,
porque todo lo que un día fui,
ya hace mucho tiempo lo he dejado.