Carolina.
Hay cosas que uno no puede apurar, y creo que lo que siento por ti es una de ellas. No te escribo para pedirte que sientas lo mismo, ni para adelantarte nada. Solo quería que supieras que no tengo prisa.
A veces miro el cielo de noche, aquí donde no hay nada que lo estorbe, y me pregunto si alguna vez lo estarás mirando tú también, y si desde tan lejos lo verás como yo lo veo. No lo sé. Puede que no. Y aun así, la pregunta me acompaña de una manera que no pesa, más bien me hace compañía.
No espero un día exacto ni una señal grande. Espero, si acaso, algo pequeño: un gesto tuyo que se parezca a un acercamiento, una tarde en que el silencio entre los dos ya no incomode. Lo demás no lo planeo.
Y si nada de eso llega, tampoco me voy a arrepentir de haber sido de los que esperan. Hay una dignidad silenciosa en querer a alguien sin necesitar que te devuelvan el cambio.
Así que aquí me quedo, Carolina, con el corazón abierto y las manos tranquilas.
Marcos