Hay recuerdos que uno quisiera sacar de la cabeza.
No porque quiera olvidar toda una historia, sino porque cansan esos momentos en los que algo que creías superado vuelve de repente y consigue remover todo lo que pensabas que ya estaba tranquilo.
A veces basta una canción, un lugar, una fecha o una pequeña cosa para que la mente vuelva exactamente a ese momento. Y por unos segundos parece que todo lo que habías avanzado desaparece.
Durante mucho tiempo pensé que sanar significaba llegar al punto en el que nada me afectara al recordar. Quería poder pensar en ciertas cosas sin sentir ese nudo en el pecho, sin preguntarme qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.
Pero después entendí que no necesito borrar mis recuerdos para estar bien.
Hay cosas que me dolieron y probablemente siempre serán parte de mi historia. Lo que cambia es la manera en que las recuerdo. Lo que un día me hacía llorar puede convertirse, con el tiempo, en algo que simplemente me recuerda cuánto he cambiado.
Quizás sanar no consiste en olvidar lo que nos pasó, sino en conseguir que aquello que nos pasó deje de controlar cómo nos sentimos hoy.
No siempre podemos elegir qué recuerdos aparecen en nuestra mente, pero sí podemos aprender, poco a poco, a no vivir nuevamente dentro de ellos cada vez que regresan.