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Nuestro último buen día

Anemonas
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¿Cuántas historias de amor crees que nunca comenzaron solo porque ninguno de los dos dio el primer paso? ¿Alguna vez te pasó?

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Ovid

Me encanto! Gracias!! Cuando vas a publicar otro?

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Contenido de la publicación

Nuestro último buen día

El ascensor se abrió en el piso once con un sonido leve que se deshizo en la calma de la mañana, y él salió primero, seguido de su padre, acomodándose distraídamente la manga de la camisa mientras el aroma tibio del café recién hecho los envolvía apenas cruzaron la entrada del buffet; la luz del día comenzaba a filtrarse por los amplios ventanales, extendiéndose en tonos dorados sobre las mesas ordenadas con precisión, sobre las tazas alineadas y el vapor que se elevaba en espirales suaves desde las cafeteras, y desde esa altura la ciudad parecía lejana, como si aún no hubiese terminado de despertar.

—Buen día —saludó su padre con naturalidad al entrar.

—Buen día —repitió él, en un tono más bajo, casi respetando la suavidad del ambiente.

La chica respondió con la misma cortesía, pero para ellos no fue más que un gesto cotidiano, porque él no llegó a mirarla; sus ojos recorrieron el buffet con interés distraído, deteniéndose en los panes, en las frutas, en cada pequeño detalle dispuesto con cuidado. Se sirvió junto a su padre sin apuro, dejando que la conversación fluyera de forma ligera, hasta que en un momento su mirada buscó algo que no encontraba, frunciendo apenas el ceño mientras recorría nuevamente la mesa, y tras un segundo de duda decidió apartarse.

A unos metros, ella acomodaba una servilleta con una delicadeza casi innecesaria, concentrada en ese gesto como si le diera orden a la mañana, y él se acercó con pasos suaves, dudando apenas antes de hablar. —Disculpá... ¿sabés dónde están los tés? —preguntó con una voz baja.

Ella levantó la mirada.

Y el tiempo pareció detenerse apenas un segundo.

Sus ojos se encontraron con los de él, y la respuesta quedó suspendida antes de tomar forma; eran de un verde claro, atravesados por la luz del sol que entraba justo en ese instante por una de las ventanas, iluminando su rostro con una claridad casi irreal. —Al fondo... a la derecha —respondió, señalando con suavidad.

Al hacerlo, sus manos estuvieron a punto de rozarse.

Ninguno de los dos se movió de inmediato.

Él sintió algo leve pero inesperado, como un pequeño tirón en el pecho que lo hizo quedarse un segundo más de lo necesario, mientras ella no logró apartar la mirada a tiempo, atrapada en ese instante que no había planeado. —Gracias —dijo él finalmente, en voz baja, rompiendo ese hilo invisible que se había tensado entre los dos.

Regresó a la mesa junto a su padre, pero algo en él ya no estaba del todo allí; eligió sentarse cerca de la ventana, desde donde la ciudad se abría bajo la luz creciente de la mañana, sostuvo la taza de café entre las manos pero tardó en llevarla a los labios, escuchando a su padre y respondiendo de forma automática, olvidando a mitad de frase lo que iba a decir. Porque al frente, a unas dos mesas de distancia, ella permanecía de pie intentando no mirarlo, concentrándose en las mesas, en el orden, en el murmullo suave del salón, pero cada cierto tiempo sus ojos volvían hacia él casi sin permiso, y cada vez que lo hacía lo encontraba mirándola, incluso cuando levantaba la taza o parecía distraído.

Sus miradas se encontraban una y otra vez, como si entre ellos existiera un ritmo propio, silencioso e inevitable, y eso la descolocaba al mismo tiempo que la atraía, mientras él tampoco entendía por qué le resultaba tan difícil apartar la vista, porque había algo en ella, en la forma en que intentaba disimular y en cómo siempre volvía, que lo mantenía suspendido en ese instante que parecía no avanzar.

El tiempo pasó sin que lo notaran; las tazas se vaciaron y volvieron a llenarse, la conversación continuó entre recuerdos y pausas cómodas, y la mañana terminó de instalarse en el salón hasta que su padre dejó la taza sobre el plato y él entendió sin palabras que era momento de irse. Se levantaron con calma, acomodaron las sillas y caminaron hacia la salida, y ella lo supo antes de verlo moverse, sintiendo un leve vacío anticipado en el pecho, como si algo estuviera a punto de terminar antes de haber empezado.

Cuando él se acercó, el aire volvió a cambiar. —Muchas gracias por la atención —dijo con una suavidad sincera.

Pero sus palabras no fueron lo importante.

Sus ojos volvieron a encontrarse, y esta vez ninguno apartó la mirada, como si ambos comprendieran que ese instante tenía un final inevitable; él se quedó un segundo más, ella también, y luego siguió su camino hacia el ascensor. Las puertas se abrieron al fondo del pasillo y, antes de entrar, él giró apenas el rostro, encontrándola todavía allí, mirándolo.

Sus miradas se sostuvieron una última vez, más intensas, más reales, como si quisieran retener algo que ya se estaba escapando, y entró sin dejar de mirarla; las puertas comenzaron a cerrarse y ninguno apartó la vista hasta el último instante, hasta que la línea de luz entre ellos desapareció por completo.

El ascensor descendió.

Ella permaneció quieta por un momento, sintiendo cómo el mundo regresaba poco a poco, obligándola a bajar la mirada, a respirar hondo y a volver a su rutina, acomodando mesas, recogiendo tazas y atendiendo nuevas voces mientras una sensación extraña, suave e incómoda a la vez, se instalaba en su pecho, porque se había pasado toda la mañana buscándolo sin querer, y ahora ese espacio estaba vacío.

Los días siguieron, luego semanas, y con el tiempo el recuerdo se volvió silencioso, pero nunca desapareció, como esas cosas que no se explican pero permanecen, esperando en algún lugar tranquilo de la memoria.

Meses después, un domingo por la tarde, la ciudad tenía otro ritmo, más lento, más liviano, y ella salió sin demasiada intención, dejándose llevar hasta la feria donde los colores y las voces llenaban el aire; caminó sin apuro hasta que algo la detuvo frente a un puesto de flores, las gerberas, sus favoritas, y se acercó casi sin pensarlo, observando los pétalos abiertos, los colores vivos que siempre lograban hacerla sonreír.

—Me gustaría comprar un ramo de gerberas, por favor —dijo una voz masculina a su lado.

Ella no le prestó atención al principio, pensando por un instante en lo afortunada que debía ser la persona que recibiría esas flores, pero algo en ese tono le resultó extrañamente familiar, lo suficiente como para hacerla girar.

Y entonces lo vio.

El tiempo volvió a detenerse con la misma suavidad de aquella mañana, porque eran los mismos ojos verdes claros, la misma forma de mirarla, el mismo gesto que había quedado suspendido en su memoria, y él estaba allí sosteniendo un ramo de gerberas de muchos colores. Ella sintió cómo el pecho se le apretaba levemente al reconocerlo, y el pensamiento llegó claro, inevitable.

Era él.

Él tampoco habló de inmediato; pareció medirse por un segundo antes de dar un paso hacia ella, acortando apenas la distancia. —No pensé que ibas a estar acá —dijo con una voz más baja de lo que ella recordaba.

Ella dejó escapar una leve exhalación antes de responder, bajando la mirada un instante. —Yo tampoco.

El silencio que siguió no fue incómodo, sino lleno, cargado de todo lo que había quedado pendiente entre ellos, y él miró el ramo en sus manos como si lo redescubriera, dejando que una pequeña sonrisa apareciera en su expresión. —Las iba a comprar igual —dijo—, pero ahora... no sé si es casualidad.

Ella volvió a mirarlo, y esta vez no sintió la necesidad de apartar la mirada. —A mí me gustan —respondió con suavidad.

Él asintió despacio, y por un momento todo volvió a ese ritmo lento, ese mismo de la mañana en el hotel, hasta que respiró hondo antes de hablar de nuevo. —Aquella vez... no supe cómo quedarme.

Ella lo entendió sin necesidad de más palabras, porque ella tampoco lo había hecho, y una sonrisa leve apareció en sus labios antes de admitirlo. —Yo tampoco.

Entonces él dio otro paso, esta vez sin detenerse tanto, y extendió el ramo hacia ella con un gesto sencillo. —Entonces... ¿probamos de nuevo?

Ella no respondió de inmediato; miró las flores, luego a él, y en ese instante no hubo dudas ni prisa, solo esa sensación conocida que nunca se había ido del todo. Tomó el ramo con cuidado y, al hacerlo, sus dedos se rozaron por primera vez, pero esta vez ninguno se apartó.

Thoughts

  • CieLozano

    Que hermoso que escribis. Me encanta,me haces ver y sentir lo que contas como si lo estuviera viviendo. Te felicito ❤️ ojalá me saliera escribir algo tan lindo.

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  • BarManolo

    ¡Qué ganas de seguir leyendo! ¿Cuándo publicas el siguiente capítulo?

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  • Ovid

    Me encanto! Gracias!! Cuando vas a publicar otro?

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