Cargando…

NOSTALGIA PARTE I

lian
Pública 22 conversaciones 27 pensamientos 37 votos positivos 0 votos negativos 2 series

El vacío no llegó. En su lugar, el aire helado golpeó mis pulmones como cristales rotos, obligándome a inhalar una realidad que no me pertenece.

En series

In groups

Pensamiento

Pensamiento

quiza_me_equivoco

¿Vos podés quedarte con eso? ¿O cada vez que relees se te quiebra algo?

¿Vos podés quedarte con eso? ¿O cada vez que relees se te quiebra algo?

Contenido de la publicación

El vacío no llegó. En su lugar, el aire helado golpeó mis pulmones como cristales rotos, obligándome a inhalar una realidad que no me pertenece.

La consciencia, que debió disolverse en el éter, es arrastrada violentamente de vuelta, encadenada al tiempo por un hilo invisible que no puedo ver, pero que siento arder en la base de mi nuca, me lleva hacia la nada, que se fractura. Mis pies se hunden en un fango viscoso, un légamo que huele a podredumbre antigua sobre el empedrado de una calleja desolada. La lobreguez es aquí una entidad, densa como el hollín, que se pega a la piel. A mis costados, las casonas son esqueletos de una centuria olvidada; se yerguen como espectros mudos, testigos de mi incapacidad para desaparecer.

«¿Qué clase de profanación es esta? ¿Cómo es que sigo respirando?»

La interrogante se ahoga en mi garganta, un estertor de impotencia me enmudece. La angustia me atenaza el pecho con la fuerza de un corsé de hierro, justo cuando una luminiscencia parpadeante y cegadora, como el destello de una antorcha maldita, hiere mis pupilas. Al intentar guarecerme el rostro con el antebrazo, alcanzo a vislumbrar una silueta monumental recortada contra el firmamento: un monasterio de piedra gótica.

¿De qué rincón del infierno ha brotado esta abadía? No es un refugio; es una arquitectura de captura. Cada arco ojival y cada gárgola parecen observar mi fracaso, como si los muros mismos se hubieran erigido a partir de mi propia necesidad de huir, transformando mi voluntad de escape en las paredes de mi propia prisión. He intentado cruzar el umbral del olvido, y lo único que he conseguido es ser devuelta al tablero.

Me obligo a avanzar, ignorando el dolor punzante en las plantas de mis pies, que parecieran estar desnudos ante el lodo del empedrado. Cada paso sobre las piedras es un recordatorio de mi propia negligencia: he permitido que este laberinto dicte el ritmo de mi andar.

Y entonces, rompiendo la quietud sepulcral del páramo, la escuché. Una melodía de piano, ese lamento agónico que se filtra por los ventanales; desolada, lánguida, como si las notas se asfixiaran y agonizaran en el mecanismo de cada tecla. Me arrastra con fuerza hacia la entrada del monasterio con una hipnosis magnética, casi obscena.

Corro con el corazón desbocado, galopando bajo el yugo de una esperanza repentina, hasta alcanzar los ventanales de arco ojival. Pero el recuerdo del rechazo que recibí hace apenas unos instantes —aquel portazo de desprecio que aún resuena en mi memoria más reciente— se va desvaneciendo con cada nota de melancolía que escucho, sustituyéndola por una urgencia de revelar un secreto que no debiera ser expuesto.

Limpié el vaho del cristal con el puño y mi cordura sufrió un tremendo vuelco. ¡Celián estaba allí dentro! Su fisonomía angelical, a pesar de la extrema demacración de sus facciones y de portar una vestimenta de otra época —un jubón de paño oscuro y puños de encaje ajados por el tiempo—, resultaba absolutamente inconfundible. Toqué el vidrio con los dedos entumecidos, pero la infinita pesadumbre que habitaba en sus ojos de zafiro me congeló el impulso… ¿Aquella melancolía era legítima o se trataba de una refinada máscara orquestada para menospreciarme con mayor saña? ¿Un truco de su alcurnia para recordarme, incluso en este delirio temporal, mi humillante inferioridad social ante su linaje principesco? Una punzada aguda y certera me atravesó el vientre como un estilete.

¿Acaso correspondía a mi estamento dirigirle la palabra? Su ominoso edicto de marras regresó a mi memoria como un latigazo: «No oses aproximarte a mis pertenencias ni a lo que a mi fuero corresponda». Sin embargo, el pavor y el indómito coraje que emanaban de su fisonomía me conmovieron las entrañas. Aquel soberbio aristócrata parecía padecer un tormento indecible, estremeciéndose sobre el banco como un ajusticiado. Volvió a hundir el dedo sobre el marfil de una tecla y el tañido agónico, similar al lamento de una res en el matadero, rasgó la quietud del templo.

Me guarecí entre las sombras de las arcadas, temerosa de ser descubierta y proscrita una vez más a la intemperie por su desprecio; pero la curiosidad es una alimaña voraz que se alimenta de la cordura. Vigilando desde la negrura de los contrafuertes, observé con estupor cómo el llanto surcaba su semblante de estatua: lágrimas densas de un desamor sepulcral, de una melancolía biliosa que empañaba su belleza divina y blasfema. Parecía evocar a una mujer, escarbando entre los escombros de una vieja ruina mental. ¡Dios todopoderoso, estaba escudriñando a través de sus heridas! ¿Estaba habitando, por derecho de sangre o de locura, sus propios recuerdos feudales? El pánico amenazaba con desatarme los nervios y hacerme llorar, pero logré contener el aliento.

Me aproximé al cristal esmerilado de la ojiva. La fémina que se materializaba en su recuerdo no era más que una zagala, una mocosa de apenas dieciséis primaveras, una huérfana desamparada que padecía el mismo yugo e idéntica miseria que él. ¿Qué ralea o qué maldición los perseguía con tanta saña por los caminos de herradura? Sin sopesar el peligro, me sentí arrastrada por un magnetismo atávico. Avancé a ciegas hacia un nuevo escenario donde una heredad colosal, una casona fortificada digna del siglo XV, se erigió de la bruma ante mis ojos con sus muros de sillería y saeteras. Allí dentro yacía ella, recluida entre muros de piedra fría y vigas de roble que habían visto pasar siglos de sangre y sombras. Y la cruda verdad histórica me golpeó la frente como un rayo de tormenta: ¡aquella criatura huérfana estaba encinta de él, preñada por la línea de un linaje! Un nudo de hiel se me formó en la garganta. Contra intuitivamente, en ese retazo de tiempo suspendido, parecían dichosos; una estirpe genuina ignorante del macabro destino que la consanguineidad les tenía deparado bajo aquellas vigas de roble viejo.

Volví la mirada al pasado, a aquellos años de la década de mil trescientos, cuando estas tierras se llamaban aún Valakia, un pedazo de mundo asolado por el frío, las incursiones, la hambruna y la ley del más fuerte. Era una niña no tenía más de quince inviernos desolados, ni un techo que llamar suyo ni una mano que no la alzara para golpearla; huía de una casa donde el pan se ganaba con humillaciones y los golpes caían más a menudo que la lluvia. Cuando vio a Celián por primera vez, creyó ver caer del cielo a un ángel, un príncipe de leyenda: porte noble, vestiduras que no conocían remiendo, mirada que no hería sino que parecía acoger. No sabía entonces que los señores de estas tierras no eran más que hombres de poder absoluto, señores feudales de mano dura, y que su aparente bondad podía ser tan peligrosa y letal como su propia ira.

Yo observaba todo aquello desde una extraña bruma mental, sin comprender por qué mi ser presenciaba fragmentos de una época ajena, ni qué derecho tenía yo a mirar dentro de ese pasado enterrado. Lo único claro era la expresión de Celián en esa época: un joven de carne y hueso que miraba a esa joven con una devoción absoluta, muy lejos de la frialdad ausente con la que hoy camina por los pasillos de su mansión. En esos ojos de hace siglos se gestaba el germen de su condena; el amor terrenal, crudo y sin piedad que, al romperse bajo el peso de la miseria y la violencia de Valakia, lo convirtió en el hombre distante y ensimismado que hoy se niega a conectar con nadie. Esa memoria rota explicaba por qué Celián vive en el limbo, atado a un fantasma que ni el tiempo ni el olvido habían logrado arrancar de su pecho.

Él la halló agazapada tras un muro del castillo, temblando de frío y miedo, y algo en su fragilidad conmovió la parte de él que aún recordaba lo que era ser inocente. Preguntó su nombre y ella apenas balbuceó: —ELISBETH—. Le dio abrigo, pan, palabras suaves que nadie jamás le había dicho; y ella, que no conocía más que crueldad, entregó su corazón y su cuerpo sin reserva, creyendo haber encontrado el paraíso en medio del infierno que era su vida. Bajo la luz de las velas y el silencio de los corredores, se entregaron el uno al otro, sin sacerdote ni bendición, guiados solo por el fuego que los consumía. En aquellos días, esto se consideraba pecado mortal, mancha que ni el agua bendita podía lavar; pero para ellos no existía ley ni juicio, solo la verdad de sus cuerpos y la certeza de que se pertenecían.

La tierra de Valakia era dura: los caminos eran lodo en invierno y polvo en verano, las aldeas ardían con frecuencia, la gente vivía bajo el peso de la Iglesia y el temor constante a lo que acechaba en la noche. Un embarazo sin matrimonio era vergüenza para la mujer, deshonra que podía llevarla a la hoguera o al abandono seguro; nadie preguntaba por el hombre, pues su culpa siempre se borraba con su rango. Cuando Elisbeth supo que llevaba vida en su seno, tembló no por ella, sino por la criatura, y Celián la tomó entre sus brazos jurando que nadie les haría daño, sin comprender aún que su propia sangre era el peligro más terrible de todos. Allí estaban, abrazados en su pequeña dicha, ajenos a que el destino no les había dado un amor, sino una sentencia.

El tiempo en esas tierras no perdonaba la felicidad de los desamparados y cada susurro en los pasillos de piedra presagiaba la tormenta que vendría a destrozarlos. Yo contemplaba aquel cuadro desde mi extraña vigilia, sintiendo en carne propia la angustia sorda de una madre que sabe que su vientre se ha convertido en el blanco de una cacería silenciosa. El feudalismo de la época no toleraba afectos puros fuera del tablero de intereses y aquel idilio clandestino estaba condenado a pudrirse bajo el peso de las jerarquías. Celián ignoraba que su apellido y su posición eran el yugo que terminaría por aplastar a la única persona que había logrado salvarlo de su propia oscuridad. Las paredes de piedra guardaban el secreto de una pasión efímera, un refugio frágil que se desmoronaría en cuanto la realidad feudal exigiera el pago de su deuda con sangre.

Quedé suspendida en ese instante congelado, flotando entre la sombra y la luz, sin cuerpo ni voz, solo pura conciencia obligada a mirar. Y lo que sentí fue una mezcla tan áspera y confusa que me rasgó por dentro:

Primero, una punzada helada de tristeza inmensa, casi física. Verlo así —a Celián, al hombre sereno, contenido, casi etéreo que conozco— arder con una ternura tan pura, tan desprotegida, fue como descubrir que hubo un tiempo en que él también entrego su corazón, frágil, capaz de creer que el amor bastaba para vencer al mundo. Y ver a ella… tan joven, tan necesitada, entregándolo todo porque él fue la primera mano que no la golpeó, me llenó de una compasión que dolía en el pecho. Entendí su engaño, pero también su bendición: para ella, él no era solo un hombre, era salvación.

Luego vino el escalofrío de la certeza. Sabía, como solo quien ve el futuro sabe, que esa dicha era efímera, construida sobre tierra podrida y pecado mortal. Sentí cómo la culpa y el juicio de esa época pesaban en el aire, cómo la vida de Valakia era implacable con quienes rompían las reglas, y cómo ese niño que crecía en su vientre no era fruto solo de amor, sino también la marca de su condena. Comprendí, con una repulsión, que la historia no tiene compasión por los náufragos que inventan su propia balsa en medio de un océano en llamas. Cada caricia compartida en secreto era una firma anticipada en su sentencia de muerte, un contrato con la tragedia que ninguna fe podría romper jamás. Porque en este maldito tablero, incluso los santos pagan con sangre el lujo efímero de pecar.

Y por debajo de todo eso, surgió algo más oscuro, más complejo: una inquietud profunda. Comprendí que este amor, esta entrega tan absoluta, era la semilla de lo que él es hoy. Verlo rendirse así, sin reservas, me mostró que detrás de esa calma aparente que siempre lo rodea, ocultaba una capacidad de amar tan grande que, cuando se rompió, lo dejo hecho pedazos. Me sentí una intrusa en lo más sagrado y doloroso de su alma, viendo cómo el amor que debería haber sido refugio se convertiría en el origen de su propia soledad eterna.

Flotaba allí, atrapada, con el corazón apretado por la belleza de lo que veía y el peso insoportable de saber que esa felicidad estaba condenada desde el primer instante. Porque una entrega de esa magnitud no deja supervivientes, solo ruinas pulidas por el tiempo. Ser testigo de su génesis dolía más que cualquier golpe físico, era una autopsia espiritual en directo donde cada latido ajeno marcaba el compás de mi propia asfixia. Estaba viendo el preciso momento en que su alma se pudrió de esperanza antes de endurecerse para siempre. Y lo peor no era el abismo que se abría bajo sus pies, sino la certeza constante de que yo misma estaba habitando los escombros de lo que alguna vez se atrevió a arder.

Un crujido seco, un violento estallido de un madero rompiéndose, me hizo saltar de mi sitio con el pulso desbocado. El portón de roble de la fortaleza cedió ante la intrusión del hombre que los acechaba; un individuo de porte amenazador, revestido con el ropaje pesado y la herrumbre de un cazador de siervos, dispuesto a desgarrarlos miembro a miembro. La disputa estalló de inmediato entre los muros de sillería; las voces ásperas y los juramentos de muerte del agresor chocaban contra la determinación de Celián, quien, con una solemnidad gélida, se manifestaba dispuesto a reparar el daño infligido a la honra de la zagala. Sin embargo, la heráldica y el honor feudal no otorgaron tiempo para la réplica. Un alarido agudo y desgarrador rasgó la penumbra del ala norte: la joven se dobló sobre su propio eje, su rostro pálido contraído por una mueca de agonía mientras se sujetaba el vientre prominente. El parto, bendito por la premura, se adelantaba entre la inmundicia de la tormenta trágica.

El caos se apoderó de la servidumbre. Los criados corrían afanosamente arrastrando palanganas de cobre rebosantes de agua hirviendo y lienzos de lino crudo, mientras Celián, cargando a su amada en vilo entre sus brazos, la conducía a toda prisa hacia la alcoba nupcial, donde el olor a cera rancia y hollín infestaba el aire. Me quedé proscrita al otro lado del umbral, sentada directamente sobre las losas frías del suelo, arrastrando las faldas por el polvo, sumida en una agonía compartida y visceral que me retorcía mis propias entrañas en el presente.

Tras casi dos horas de una vigilia asfixiante, el lamento agudo de un recién nacido rompió finalmente el denso silencio de la heredad, seguido por el grito estridente y triunfal de la partera: «¡Es varón! ¡Alabado sea el Altísimo, es un varón!». En un rapto de júbilo irracional que me desbordó el pecho, yo también grité hacia el aire del pasado: «¡Felicidades, Celián!». La emoción me embargaba el juicio, imaginando ya al pequeño vástago dotado con la misma estampa divina de su progenitor. Fue entonces cuando Celián frunció el ceño de golpe, entornando las cejas como si el eco de mi voz lograra filtrarse de algún modo a través de las barreras del tiempo. Estaba tan confundida y consternada como él; extendí la palma de mi mano frente a sus facciones, trazando una línea en el aire para confirmar mi absoluta invisibilidad en ese laberinto de recuerdos. En ese preciso instante de desconcierto, un escudero de confianza se aproximó a su flanco para susurrarle unas palabras amortiguadas al oído... y el semblante marmóreo de Celián se ensombreció por completo, adquiriendo el tono de la ceniza.

La efímera chispa de felicidad se extinguió sin dejar rastro, trocada por una atmósfera de sepelio. ¿Qué clase de desgracia había acontecido en el lecho? El aristócrata corrió hacia la cámara interior y yo me deslicé tras sus pasos como una exhalación, con la desesperación pisándome los talones. Entró de golpe, quebrando el llanto de la parturienta; se encaminó directo hacia el moisés de mimbre y tomó la pequeña criatura entre sus brazos. El vástago de los ojos de zafiro estaba... estaba frío. ¡Muerto! Sus miembros nacidos antes de tiempo ya lucían la rigidez de la madera. «¡No, mi angelito, no dejes que se lo lleven!», quise aullar. El corazón de Celián, al igual que el mío en mitad de este delirio temporal, se rompió en mil pedazos sin posibilidad de sutura. Intenté aproximarme para consolar su silueta quebrada, para sostener al ser que ahora lloraba lágrimas de sangre, pero la impotencia me consumió las fuerzas; el llanto me ahogó la laringe mientras la visión comenzaba a disolverse en un remolino de fango y bruma gélida.

De súbito, una carcajada estridente y desquiciada fracturó la penumbra de la alcoba. Volteé aterrorizada, absorta ante el estrépito, sepultando mis palmas contra mi boca para tragarme las lágrimas que me brotaban de los ojos. Pero, ¿qué clase de aberración está aconteciendo en este lecho de muerte? ¿Acaso la desdichada ha perdido el juicio por el rigor del dolor? La parturienta, con las sábanas empapadas en fluidos y despojos, trataba de contener a la joven quién gritaba entre risas histéricas que erizaban la piel: «¡Nada me ata ya a tu estirpe maldita! ¡Nada!».

Se arrancó de sus brazos de la parturienta con la fuerza de una loca, el cabello revuelto pegado al rostro bañado en sudor y llanto, hizo la escena tan cruda y visceral que sin pensarlo, clavó en él una mirada de odio puro que jamás habría creído posible ver en aquellos ojos dulces. Cada espasmo de su cuerpo era la prueba irrefutable de que la cordura se había disuelto en la hemorragia, dejando solo un animal herido dispuesto a desgarrar su propio nido. El aire de la estancia se volvió denso, cargado con el hedor a sangre de la fiebre puerperal y la ruptura definitiva de cualquier pacto humano. Su risa ya no era un sonido terrenal, sino el eco seco de una condena que terminaba por devorarlos a todos. Y mientras el delirio consumía sus últimos vestigios de razón, comprendí que la locura nunca llega avisando, sino estrellándose como un hacha contra el cráneo.

«¡Nada me ata ya a tu estirpe maldita! ¡Nada!».

Esas palabras quedaron en mi mente gravadas como fuego

El hidalgo que los amenazaba en el umbral irrumpió con la pesadez de una fiera herida. Al contemplar la dantesca y trágica escena del heredero yerto, avanzó hacia el jergón y la abofeteó una y otra vez sin piedad, cruzándole el rostro con la mano enguantada en un intento desesperado por acallar aquellos alaridos de blasfema demencia.

—Mi señor tío… —balbuceó la joven con la boca partida, escupiendo un hilo de sangre sobre los encajes ajados.

—¡Maldita seas, perra de mi propia sangre! —bramó el noble, apretándole las mandíbulas con los dedos rígidos—. Nos has deshonrado ante Dios y ante los hombres entregando tu flor a este engendro de Satanás, ¡y todavía cometes perjurio e infanticidio contra el fruto de tus propias entrañas! Has matado al vástago para salvar tu propia soberbia.

Sigo estática, como un espectro suspendido en el vacío, plantada frente a la silueta de Celián y el cadáver del neonato. El aristócrata de los ojos de zafiro llora sin consuelo humano, un llanto seco que le desgarra el pecho mientras abraza el pequeño cuerpecito inerte, cuyos labios ya lucen el tinte violáceo de la tumba. Yo estoy muriendo de una agonía idéntica con él; la transferencia biológica de su dolor me está partiendo el alma en el presente. Sé perfectamente que en este laberinto del tiempo él no posee la facultad de verme ni de escuchar mis lamentos, pero poco me importa ya la lógica.

Celián se desplomó de rodillas sobre las losas, rompiendo en un arrullo quebrado, balanceando los despojos de su hijo contra su pecho. Me arrodillé a su lado en el lodo invisible del pasado y lo estreché desde mi esencia con todas las fuerzas de mi espíritu. Lo abracé con una desesperación salvaje para que, de alguna manera pudiera sentirme, que su ser supiera que, en las centurias venideras, en el lejano futuro donde yo habito, lo amaré con una verdad tan pura que redimirá este infierno...

Pero las leyes de la existencia no atienden a ruegos mortales, y la muerte se enseñorea de lo que le place sin solicitar venia ni permiso. El pequeño cuerpo terminó por congelarse entre sus falanges místicas, y con el último hálito de su calor se rompió un eslabón en el orden del mundo que jamás volvió a tener compostura ni reparo. El tiempo reanudó su marcha implacable, arrastrándome a través del túnel de los días como una hoja seca en mitad del vendaval.

Han transcurrido ya varias semanas de penuria desde aquella inicial e innombrable tragedia. Sigo aquí, confinada como un espíritu sin rumbo en el rincón más sombrío de este bastión de piedra, encadenada sin remedio a la órbita de su tormento secular. Soy incapaz de desvincularme del perímetro donde él respira. Es una fortaleza medieval auténtica, una mole de sillería renegrida por el hollín y saeteadas de hierro forjado, de esas construcciones colosales que la modernidad solo alcanza a vislumbrar en los fotogramas del cine de época. Para no despeñar mi cordura por el abismo de la demencia, paso las horas muertas sentada sobre las losas, jugando con una burda bola de cuero cosida con tiento, viendo cómo el polvo flota en los haces de luz que mueren en los ventanales. De pronto, me pongo en pie de un salto, exaltada, con la respiración entrecortada al presenciar la capitulación de Celián: el otrora orgulloso aristócrata envuelve sus escasas pertenencias e instrumentos en una burda manta de lana basta y parte con paso fúnebre hacia el enclaustramiento del monasterio vecino. Su desdichada consorte quedó atrás, recluida bajo la ominosa tutela del señor tío, un hidalgo despiadado que no cesaba de infligirle los más crueles maltratos físicos y vejaciones de alcurnia.

Los meses desfilaron con la parsimonia de un entierro, arrastrando las estaciones sobre la heredad. Una tarde de cellisca, un monje lego traspasó los umbrales del cenobio, jadeando y con el rostro desencajado por el horror mientras portaba una misiva de defunción: la joven no había resistido más el calvario; se había suicidado en mitad de la noche. Consumida por la histeria, ató una soga a las vigas de roble de su cámara y se dejó colgar, dejando que el frío de la madrugada apagara su último aliento de infamia. De acuerdo a las cruentas costumbres de la época, un cuerpo maldito por su propia mano no merecía sagrado suelo; fue tratada como carroña.

Ante la noticia del deceso, Celián se emparedó completamente en vida entre los muros de su celda, hundido en una depresión abisal, claustrofóbica y terminal, guareciéndose en una soledad que apestaba a cirio pascual y a humedad de cripta. Solo un alma de su antigua vida se aventuró a visitarlo tras el paso de un par de lunas; un caballero de alta estirpe que traía consigo el edicto oficial de su destierro. Su propia familia de sangre lo había repudiado de los árboles dinásticos, despojándolo de sus títulos y blasones. Al parecer, en las altas esferas de aquella aristocracia de marras, constituía una ofensa imperdonable, un pecado contra el linaje, el haberse prendado de una criatura de estamento muy inferior; pero, según las palabras sibilinas que el visitante farfulló entre las sombras de la celda, toda aquella desgracia, desde la intrusión del hidalgo hasta la muerte del neonato, no había sido un azar del destino... ¡había sido una trampa fríamente orquestada por sus propios consanguíneos para sacarlo de la línea de sucesión!

Al escuchar la revelación de aquella infamia, los ojos de zafiro de Celián perdieron el último destello de humanidad que les quedaba. Se tornaron opacos, minerales, muertos. ¿Acaso fue a partir de ese maldito instante en que el noble decidió que ya no deseaba pertenecer al mundo de los vivos?

Me mantuve allí, transmutada en un testigo incorpóreo, observando a través de las lunas cómo el orgullo de Celián se consumía de forma irremediable en la pira de la penitencia y el más absoluto de los silencios. El claustro apestaba a desolación, hasta que una noche de tormenta, la precaria paz del cenobio se resquebrajó con el estrépito del cristal herido. Un tropel de hombres armados irrumpió con sacrilegio en el recinto sagrado; villanos furiosos que blandían bieldos y guizarmas, avanzando a zancadas directo hacia su angosta celda como auténticos perros de caza que huelen la presa. El cabecilla de la horda, un individuo grasoso, de tez congestionada y encendida por una ira rabiosa, se arrancó la máscara al trasponer el umbral: era el señor tío de la difunta doncella. Buscaba una retribución implacable; sin mediar palabra alguna, arremetió contra Celián, comenzando a golpearlo con una saña desmedida y bestial. El hidalgo había acudido a aquel sagrado asilo con el único propósito de cobrar la deuda de sangre del linaje, y descargó todo el peso de su frustración y su odio sobre la anatomía del músico.

Sin embargo, para estupefacción de los agresores y agonía mía, el despojado aristócrata no levantó un solo brazo para repeler la agresión.

Celián no esquivó los embates del hierro, no profirió un solo grito de dolor, ni siquiera se dignó a cerrar los párpados para rehuir el castigo. Recibió cada impacto brutal, cada hematoma que le abría la piel de mármol, con una indiferencia mística, como si aquel armazón de carne ya no le perteneciera en lo absoluto, como si hubiera estado aguardando pacientemente ese sangriento desenlace desde el fatídico amanecer en que expiró su primogénito. Se dejó golpear sistemáticamente por los esbirros; se dejó romper los huesos contra el suelo, aceptando la violencia física como una bendición, como una liberación necesaria y como el único castigo legítimo que su propia conciencia le dictaba merecer por haber amado a la doncella proscrita.

En un arrebato de desesperación salvaje, me abalancé sobre aquel hidalgo bruto, pero mis palmas desesperadas solo consiguieron atravesar el aire viciado como si yo fuera una mísera exhalación de la tormenta. Lo estaba matando ante mis propios ojos. ¡Dios del cielo, detén esto! Con una saña metódica y denigrante, el verdugo tomó los leños de la celda y le trituró las manos a Celián, desbaratándolo por completo a golpes para garantizar que aquel genio jamás volviera a acariciar la santidad de una sola nota en su miserable existencia. Grité y bramé de dolor físico, un alarido animal y desgarrador ante semejante despliegue de sevicia medieval.

—¡Celián! —aullé, perdiendo la cordura.

Perseguí al infeliz agresor mientras abandonaba el recinto, intentando de forma inútil levantar un sillar de piedra para romperle el cráneo desde las sombras, pero la física de esta visión me lo impedía: era incapaz de abandonar el círculo del músico o de interactuar con la materia de esta centuria. ¡Maldito… mil veces maldito seas por toda la eternidad!

Corrí de vuelta hacia la celda de mi ángel caído, arrastrando mi impotencia por el empedrado. Sin embargo, lo que hallé al trasponer el umbral de madera astillada fue una pesadilla de proporciones bíblicas y aberrantes. Una… una… ¡cosa! Un engendro sacado de las fosas más profundas del averno se encontraba acuclillado sobre el suelo, devorando con un frenesí asqueroso la carne herida de Celián. La criatura poseía la vaga e inquietante silueta de algo que alguna vez fue humano, pero su anatomía se mostraba completamente deformada, estirada por una hambruna atroz y una lascivia caníbal.

Contemplé a mi ángel cubierto en un charco de sangre espesa, tirado en las losas, suplicando un ápice de compasión con esos ojos de zafiro que se apagaban. A pesar de la parálisis galopante que me atenazaba los músculos, el instinto de protección me obligó a arremeter con violencia contra la espina dorsal de ese ser que lo desgarraba viviente.

Pero esa criatura aberrante… ella sí poseía la facultad de verme.

Antes de que mis dedos lograran rozar su piel escamosa y fría, la bestia giró el cuello con un crujido sordo, me fijó en sus pupilas muertas y me lanzó por los aires con la contundencia de una fuerza sobrenatural e inapelable. Al estrellarme de espaldas contra la rigidez del piso, el impacto sónico me fracturó la conciencia y todo el universo se sumergió en una negrura absoluta.

Thoughts

  • asintiendo_desde_aca

    El 'nada me ata ya' de ella es lo que gritas en la madrugada sin decir en voz alta. ¿Vos llegaste a ese punto, o lo escribís viéndolo en otros?

    Permalink
  • Elena_V

    ¿Escribís para sacarte lo que lleva dentro, o cada vez te deja más vacío? Se nota cuando alguien necesita contar la verdad.

    Permalink
  • Anselma

    Esa parte donde ella pide clemencia en la celda es el punto donde todo se rompe. Porque no hay vuelta atrás después, ¿viste? Es lo que pasa cuando la gente que amamos entiende que no hay salvación.

    Permalink
  • solo_curioseo

    Leí hasta los castigos y no pude seguir. Demasiado real.

    Permalink
  • quiza_me_equivoco

    ¿Vos podés quedarte con eso? ¿O cada vez que relees se te quiebra algo?

    Permalink

Related posts

  • LA TORRE... UNA GRIETA.

    Comienzo a emerger de mi letargo cuando experimento el impacto frío de las primeras gotas de lluvia estrellándose contra mi rostro. ¿En qué bendito instante el cielo cambió de parecer y comenzó a…

  • CELIÁN... EL DESPRECIO

    El repicar sordo de la lluvia que moría contra los cristales era el único sonido que se atrevía a romper el silencio de la biblioteca. El Dr. Karl se despojó de los guantes de látex, arrojándolos…

  • CONOCIENDO A EIRA CAPÍTULO I

    Un murmullo de voces, sibilante y remoto, me arrastra de vuelta a la superficie del despertar cotidiano. La cabeza me pesa con la regularidad de un muro de concreto; un latido rítmico y punzante…

  • HERMANOS

    El impacto no fue un simple choque de cuerpos; fue una colisión violenta de planos existenciales. Analián, que regresaba a la casa huyendo de su propio terror y agotada por lo que acababa de…

  • NOSTALGIA PARTE II

    Danos tu opinión....

  • EIRA CAPÍTULO II

    Déjanos tu opinión.

  • AMIGAS... CONOCIENDO A LUCY

    Terminé de arreglarme sin mucho afán, moviéndome con la inercia pesada de quien no ha dormido un solo minuto. Mis manos temblaban de puro agotamiento mientras buscaba en los cajones unos lentes…

  • CINGAROS PARTE I

    ¿Tú que harías en su lugar, quemarte n su fuego o salir corriendo?