Ay no, medio capítulo con miedo del Devorador y resulta que era Samla >_< ¿Eso lo tenías pensado desde que apareció la primera vez comiéndose sombras entre los libros?
Mundo del Vacío, el lugar donde las historias errantes terminan
El silencio reinaba en cada rincón de la Biblioteca. No era un silencio vacío, sino denso, antiguo, cargado con el peso de incontables palabras, relatos y recuerdos acumulados durante eras. La luz…
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Ay no, medio capítulo con miedo del Devorador y resulta que era Samla >_< ¿Eso lo tenías pensado desde que apareció la primera vez comiéndose sombras entre los libros?
Contenido de la publicación
El silencio reinaba en cada rincón de la Biblioteca. No era un silencio vacío, sino denso, antiguo, cargado con el peso de incontables palabras, relatos y recuerdos acumulados durante eras. La luz tenue y dorada se filtraba desde lo alto, difundiéndose entre filas y filas de estantes que se perdían en la penumbra, tan altos que parecían tocar el infinito.
Solo un sonido rompía aquella quietud: un roce suave, continuo, casi imperceptible, como el deslizar de una cuerda de seda sobre madera pulida.
Entre los huecos que separaban un tomo de otro, avanzaba una pequeña serpiente de escamas negras. Su cuerpo parecía estar hecho de tinta líquida y viva, que absorbía la luz en lugar de reflejarla, dejando ver solo un brillo sutil en sus ojos, como dos puntos de carbón encendido. Se movía con una gracia absoluta, sin hacer el menor ruido, recorriendo aquellos espacios estrechos como si conociera cada recoveco desde mucho antes de que existieran los primeros libros.
Era Samla.
De pronto, se detuvo en seco. Su cabeza diminuta se inclinó ligeramente, como si estuviera escuchando algo que nadie más podía percibir.
Allí, entre las tapas duras de dos volúmenes antiguos, apareció una sombra pequeña y difusa. Un instante después, otra. Y luego varias más. No tenían forma definida: parecían estar hechas de letras desordenadas, fragmentos de frases, imágenes borrosas y recuerdos incompletos que flotaban en el aire oscuro. Al sentir la presencia de la serpiente, comenzaron a moverse con inquietud, deslizándose rápidamente por los huecos, intentando esconderse entre las rendijas de los estantes.
Pero Samla ya había reaccionado.
Su cuerpo se lanzó hacia adelante con una velocidad que parecía desafiar las leyes del espacio, deslizándose entre los libros como si no encontrara obstáculo alguno. Las sombras intentaron huir en todas direcciones, pero fue inútil: eran pequeñas, dispersas y sin rumbo, mientras ella conocía cada rincón. En cuestión de segundos, las alcanzó, las atrajo hacia sí y las devoró con una calma absoluta.
No hubo violencia, ni ruido, ni dolor. Simplemente, aquellas formas difusas se desvanecieron en su pequeña boca, como si volvieran al lugar que siempre les había correspondido.
Samla siguió su camino. Pasó de un estante al siguiente, subió por los lomos de los libros, bajó por los laterales, y cada cierto tiempo se detenía en silencio, atenta a cualquier movimiento o susurro apenas audible. Siempre encontraba nuevas historias que habían escapado de sus páginas, que se habían desprendido de su relato y vagaban perdidas en la oscuridad. Y siempre las recogía, una a una, antes de seguir avanzando.
Muy abajo, en uno de los amplios corredores de piedra pulida, el Lector observaba aquella escena con una mirada serena y atenta, pero sin pronunciar una sola palabra. A su cintura, colgando de cintas de cuero viejo, iban sus dos compañeros inseparables: a la izquierda, el Viejo, con las tapas desgastadas por el tiempo, las esquinas dobladas y el lomo marcado por mil lecturas; a la derecha, el Nuevo, con la cubierta todavía firme, las páginas limpias y un brillo más reciente en su tinta.
Los tres seguían con la vista el recorrido de la pequeña serpiente hasta que desapareció entre la penumbra de otra sección de estantes.
El Nuevo fue el primero en romper el silencio, con una voz que sonaba como el crujir de hojas recién impresas, llena de curiosidad:
—¿Qué está haciendo ahí arriba? Parece que busca algo que apenas se puede percibir.
El Viejo acomodó ligeramente su lomo, como quien se acomoda para contar algo que ha repetido mil veces, y respondió con un tono profundo y sosegado, cargado de sabiduría acumulada durante siglos:
—Recolectando historias perdidas.
—¿Historias perdidas? —repitió el Nuevo, inclinándose un poco hacia adelante con mayor interés—. ¿Es que pueden perderse?
—Toda historia tiene su lugar: dentro de un libro, entre sus páginas, unida al resto de palabras que le dan sentido y orden —explicó el Viejo con calma—. Pero a veces, por causas que ni nosotros siempre logramos comprender, algunas logran desprenderse. Se escapan de su propio relato y salen al exterior.
El Nuevo guardó silencio unos instantes, asimilando aquella idea, mientras el Lector seguía observando en silencio, atento a cada palabra.
—Entre un libro y otro —continuó el Viejo, señalando con una de sus páginas abiertas hacia los huecos oscuros que separaban los volúmenes— existe un espacio que llamamos el Vacío. No pertenece a ninguna historia, ni a ningún mundo, ni a ningún tiempo. Es solo el límite, el espacio en blanco que separa un relato del siguiente.
—¿Y cuando una historia sale de su libro... termina ahí? —preguntó el Nuevo.
—Exacto. Y mientras permanecen en ese lugar, siguen existiendo, aunque de forma incompleta, borrosa, sin orden ni principio ni final. Son como sueños que nadie recuerda, o frases que se quedan a medias. Pero no pueden mantenerse así para siempre.
—¿Hasta que alguien las encuentra?
—Así es —respondió el Viejo—. Y esa es la labor de Samla. Es la compañera y la guardiana de la señorita Luna. Recorre incansablemente cada rincón de la Biblioteca, cada hueco, cada rendija, buscando lo que se ha extraviado. Cuando lo encuentra, lo recoge y se lo lleva a ella, para que no se desvanezca en el olvido eterno.
El Nuevo se quedó en silencio unos momentos, reflexionando. Luego volvió a preguntar, con más suavidad:
—Pero... ¿de dónde salió ella? ¿Siempre ha estado aquí, esperando su propósito?
El Viejo abrió lentamente sus páginas, como si fuera a buscar la respuesta entre sus propias líneas y recuerdos antiguos.
Pero una voz dulce, clara y ligera como el sonido de hojas movidas por una brisa suave, llegó antes desde lo alto.
—No tengo ni idea.
Los tres levantaron la vista de inmediato.
Allí estaba Luna, sentada en lo alto de una escalera de madera vieja que se apoyaba contra los estantes. Balanceaba distraídamente las piernas en el aire, mientras sostenía un libro abierto sobre sus rodillas, con los dedos acariciando suavemente las páginas. Su expresión era tranquila, con una sonrisa natural y serena, como si llevara allí observándolos desde hacía rato.
—¿No... lo sabes? —preguntó el Nuevo, sorprendido.
Luna negó con la cabeza, cerrando el libro con un sonido suave y profundo.
—Un día simplemente me puse a pensar que sería una pena —dijo con voz calmada— que historias tan entretenidas, con personajes que vivieron tantas alegrías y penas, desaparecieran sin dejar rastro, solo porque se salieron de su lugar.
Levantó un dedo hacia arriba, señalando entre los estantes.
—Y poco tiempo después...
En ese mismo instante, una sombra oscura descendió deslizándose por la madera con una agilidad inigualable, bajó hasta llegar a ella y se enroscó con suavidad alrededor de su muñeca, como si aquel fuera su lugar más seguro en todo el universo.
Luna acarició suavemente la pequeña cabeza de Samla con la yema de los dedos. La serpiente cerró los ojos con placer, relajando todo su cuerpo al instante.
—...apareció.
La joven sonrió con mayor calma.
—Desde entonces recoge todo aquello que merece una segunda oportunidad, un nuevo orden, un lugar donde volver a tener sentido y permanecer.
El Viejo bajó lentamente la mirada hacia el suelo, sin añadir nada más. Él, que había visto pasar incontables eras y tantos cambios, tampoco sabía si aquello había sido una simple casualidad... o si, en este lugar donde todo lo que se imagina puede tomar forma, los deseos de Luna tenían la costumbre de convertirse en realidad.
El Lector siguió en silencio, asintiendo apenas con la cabeza, mientras la luz dorada seguía bañando los interminables pasillos. Y en la penumbra eterna de la Biblioteca, la quietud volvió a reinar, rota solo por ese suave y constante sonido de roce, mientras Samla esperaba en silencio la próxima orden para seguir recorriendo los espacios entre historias.
El silencio volvió a posarse sobre la Biblioteca, pero no duró mucho. Luna, todavía sentada en lo alto de la escalera, acariciando a Samla que seguía enroscada en su muñeca, de repente alzó la cabeza con una sonrisa que no presagiaba nada bueno: una sonrisa amplia, traviesa, con un brillo en los ojos que solía aparecer solo cuando se le ocurrían cosas que nadie más se atrevía a imaginar.
—Oigan, chicos —dijo con voz dulce, pero cargada de esa malicia amistosa que ya les resultaba familiar—. Se me acaba de ocurrir algo interesante. Bastante interesante, de hecho.
El Nuevo se tensó al instante. Sus páginas se cerraron un poco más de lo normal, y su tono se volvió precavido de inmediato:
—Siento que cada vez que dices que algo es “interesante”, lo que viene después no es precisamente agradable. Ojo avizor, digo yo.
Luna puso una mano sobre su pecho, fingiendo una ofensa inmensa, exagerando el gesto hasta parecer una actriz de teatro antiguo.
—¿Yo? ¿Qué dices? ¡Siempre traigo cosas maravillosas! ¿Acaso no es maravilloso ver lo que nadie más ha visto? ¿Explorar lo que nadie más se atreve a mirar?
—Para ti es maravilloso —respondió el Viejo con calma, aunque también se notaba cierta reserva en su voz—. Para el resto suele ser… una experiencia que preferiríamos olvidar.
—Bah, qué aburridos son —se burló ella, soltando una risita aguda que resonó suavemente entre los estantes—. En fin, no hace falta que me crean. Mejor lo ven ustedes mismos. ¿Qué tal si damos un paseo por el lugar entre historias? Ese tal “Vacío” del que hablaban hace un momento. Apuesto a que les va a encantar.
El Viejo negó con firmeza.
—No es un lugar para pasear. Es el límite. Lo que está fuera de orden.
—Exacto —agregó el Nuevo, retrocediendo un poco sobre el cinturón del Lector—. Y lo que está fuera de orden suele traer consecuencias desagradables.
Mientras ambos hablaban, el Lector, que llevaba todo el rato en silencio, sintió un escalofrío en la nuca. Con un movimiento casi imperceptible, comenzó a dar un paso hacia atrás, muy despacio, con la intención de alejarse antes de que la cosa se pusiera peor.
Pero nadie escapa de Luna cuando ya ha decidido algo.
—¿Irse ya? —preguntó ella, con esa sonrisa que ahora se había vuelto más amplia y oscura—. Qué falta de educación. Si ya les he preparado la visita…
Sin más aviso, abrió de golpe el libro que tenía sobre las rodillas. No eran páginas normales: en lugar de letras o dibujos, en su interior solo había una negrura profunda y viva, que parecía respirar y expandirse como un abismo sin fondo. Una corriente de aire frío y seco salió de allí, arrastrando consigo un sonido lejano, como el murmullo de mil voces que hablaban a la vez.
—¡Espera! —alcanzó a decir el Nuevo antes de que la fuerza invisible los envolviera.
En un abrir y cerrar de ojos, el Lector, el Viejo y el Nuevo fueron arrastrados hacia ese vacío, como si fueran hojas de papel empujadas por un huracán. La luz dorada de la Biblioteca desapareció, reemplazada por una sensación de caída que no tenía fin, hasta que de repente sus pies tocaron tierra firme.
Cuando la visión se les aclaró, se encontraron en un lugar inmenso, infinito a la vista, cubierto por una arena fina y pálida que se extendía hasta donde alcanzaba la mirada. El cielo no tenía sol ni estrellas, solo una luz uniforme, grisácea y difusa, que no proyectaba sombras definidas.
Pero no era solo arena.
Bajo la superficie, y asomando en distintos puntos, había de todo. Fragmentos de muros, columnas rotas, cúpulas medio enterradas, piezas de máquinas de formas que no parecían hechas para ningún uso conocido, estatuas a medias, restos de puentes que no conectaban con nada… todo parecía pertenecer a épocas, estilos y mundos completamente distintos, mezclados sin orden ni sentido.
Había cosas que el Lector reconocía: ruinas de ciudades antiguas, herramientas, monumentos que había visto en mil relatos. Pero también había otras que le resultaban totalmente ajenas: estructuras que crecían en espirales imposibles, cristales que brillaban con colores que no existían en los arcoíris normales, vestigios de civilizaciones que jamás habían aparecido en ningún libro de la Biblioteca.
—Aquí termina lo escrito —dijo la voz de Luna, que apareció caminando a su lado con las manos en la espalda, observando todo con curiosidad—. Y aquí comienza lo que se quedó a medias, lo que se cambió, lo que se olvidó o lo que nunca debió existir.
El Lector caminó unos pasos, sintiendo cómo la arena se hundía levemente bajo sus botas. A unos metros de distancia, algo llamó su atención. Asomando desde la arena, con la parte inferior enterrada, se alzaba la figura de la Estatua de la Libertad. Reconocía cada detalle: la túnica, la corona de puntas, la antorcha levantada… pero al acercarse un poco más, sintió que se le helaba la sangre.
En lugar de la inscripción habitual, y tallada con una precisión inquietante sobre su pecho y en la base de la antorcha, aparecía el símbolo de la esvástica nazi, grabado con líneas profundas y oscuras.
—¿Lo ves? —comentó Luna, siguiendo su mirada con una sonrisa irónica y un tono que mezclaba diversión y frialdad—. En tu mundo, en tus historias oficiales, eso nunca ocurrió. Pero aquí… aquí están todas las versiones posibles. Las que se escribieron, las que se desecharon, las que se quemaron, las que nadie se atrevió a contar.
Más adelante, vieron otros ejemplos igual de extraños e inquietantes:
Un castillo de cuento de hadas, pero con almenas decoradas con calaveras de cristal.
Un reloj de torre que marcaba horas que no existían, con manecillas que giraban en direcciones opuestas.
Un mapa que parecía representar la Tierra, pero con continentes colocados en lugares imposibles y nombres de países que nunca nadie escuchó.
Una figura de un animal que parecía mitad león, mitad pez, pero con seis alas y ojos que brillaban en la oscuridad, semienterrada y en silencio.
—Todo lo que pudo ser y no fue, todo lo que se imaginó y se rechazó, todo lo que se rompió antes de terminar —explicó ella, dando una vuelta sobre sí misma entre la arena—. Aquí no hay reglas. No hay orden. Solo restos. ¿No es fascinante? Como mirar dentro de un sueño que se volvió pesadilla.
El Viejo guardó silencio, pero sus páginas temblaban levemente. El Nuevo no decía nada, pero se mantenía pegado con fuerza al cinturón del Lector, como si quisiera desaparecer en él.
Y el Lector, sin pronunciar una sola palabra, solo podía mirar a su alrededor, comprendiendo por fin por qué el Vacío era un lugar que nadie quería visitar. Porque aquí, lo imposible no solo era posible… estaba enterrado bajo sus pies, esperando a que alguien lo encontrara.
El Lector seguía avanzando con paso lento y cauteloso por aquella inmensa extensión de arena, mientras Luna caminaba a su lado con las manos entrelazadas a la espalda, observando cada rincón con esa mezcla de diversión y curiosidad morbosa que la caracterizaba.
—Como ves —explicaba ella, señalando hacia una estructura que parecía un templo de cristal, pero cuyas columnas se curvaban en ángulos que desafiaban toda lógica—, aquí no hay cronología ni leyes. Todo coexiste al mismo tiempo. Historias que nunca se escribieron, finales que se cambiaron, realidades que se desvanecieron antes de nacer… es como el desván de todo lo que existe y lo que pudo existir.
El Lector miraba a su alrededor, sintiendo cómo la atmósfera se volvía más densa y pesada a cada paso. A lo lejos, entre la bruma grisácea, se distinguían siluetas de ciudades que flotaban sobre la arena, barcos varados sobre dunas que parecían olas, y máquinas gigantescas que parecían dormir enterradas hasta la mitad.
Pero entonces, un sonido rompió aquella calma inquietante.
Lejano al principio, pero creciendo con rapidez: un zumbido profundo, mezcla de rugidos metálicos y vibraciones que hacían temblar la arena bajo sus pies. Eran motores. Muchos motores.
Luna alzó la cabeza, con una sonrisa traviesa que no presagiaba nada bueno. Se detuvo en seco y miró al Lector con esa expresión que solía usar justo antes de dejarlo solo ante lo desconocido.
—Ah, mira —dijo con tono despreocupado, como si comentara que se acercaba una brisa—. Ya llegaron los habituales. Bueno, me aburro un poco de estar aquí parada. ¡Ustedes se las arreglan! Seguro que es una experiencia muy enriquecedora.
Antes de que el Lector pudiera siquiera reaccionar, su figura se desvaneció en una nube de polvo brillante y letras que se deshacían en el aire, dejándolo completamente solo en medio de aquel lugar.
El ruido de los motores se hizo ensordecedor. De entre las dunas y las ruinas emergieron decenas de siluetas veloces, surcando la arena como si fuera asfalto.
Eran motocicletas, pero de toda clase y procedencia. Algunas parecían salidas de las carreteras de la Tierra, con motores rugientes y ruedas de goma; otras tenían ruedas de metal dentado, propulsores que lanzaban llamas azules o incluso patines magnéticos que flotaban unos centímetros sobre el suelo. Sus diseños eran imposibles: algunos tenían formas aerodinámicas que no servían para moverse, otros estaban cubiertos de placas de minerales desconocidos, con luces que parpadeaban en colores que no existían en ningún espectro conocido.
Y sus conductores no eran menos variados. Vestían trajes resistentes, con chaquetas de cuero, armaduras ligeras o telas sintéticas que brillaban con energía; algunos llevaban cascos cerrados, otros pañuelos que cubrían su rostro, pero todos tenían en común la actitud de quien recorre caminos que nadie más se atreve a pisar.
En cuestión de minutos, el Lector quedó rodeado por completo. Las máquinas se detuvieron en círculo a su alrededor, apagando sus motores pero dejando un zumbido residual que vibraba en el aire.
De entre ellos, uno avanzó hasta quedar a solo unos metros. Era más alto que el resto, su motocicleta era más grande y robusta, decorada con símbolos que parecían marcas de territorios. Se detuvo, se quitó el casco con un movimiento lento y firme.
Bajo él no había un rostro humano. Tenía la piel de un tono grisáceo azulado, con rasgos angulosos, ojos alargados y de un color ámbar intenso, y una pequeña cresta ósea que recorría su frente. Su mandíbula era marcada y sus orejas terminaban en punta. Pertenecía claramente a una raza de otro mundo, de un universo que el Lector jamás había visitado ni leído en ninguna historia conocida.
El ser lo miró fijamente y comenzó a hablar. Su voz era grave y resonante, pero las palabras que salían de su boca no tenían ningún sentido. Sonaban como un crujido y un silbido mezclados, una lengua que no correspondía a ningún alfabeto, gramática o sonido que el Lector hubiera escuchado en toda su existencia.
El Viejo y el Nuevo, que seguían sujetos al cinturón, se quedaron en silencio, sin poder tampoco descifrar aquellas palabras.
Pero entonces, otro de los viajeros se acercó desde un lado. Era más pequeño, con una complexión más delgada y rasgos también no humanos, aunque más parecidos a los de las leyendas de criaturas antiguas. En su mano sostenía un pequeño aparato de forma redonda y brillante, que se acercó con confianza al Lector.
Sin darle tiempo a reaccionar, lo colocó con suavidad justo en el oído derecho.
En cuanto el dispositivo hizo contacto, un ligero zumbido se escuchó en su interior, y de repente las palabras que antes eran incomprensibles se transformaron en un lenguaje claro, fluido y perfectamente inteligible.
El líder volvió a hablar, esta vez con su voz traducida directamente en la mente del Lector:
—Buenas. No solemos ver caminantes solitarios por estas tierras. Menos alguien que no lleva marca, ni vehículo, ni rastro de haber cruzado ninguna de las puertas habituales.
Se cruzó de brazos, mirándolo con desconfianza, pero sin agresividad.
—La pregunta es sencilla: ¿quién eres? Y, sobre todo… ¿cómo has llegado hasta aquí? Porque este no es un lugar al que se pueda entrar por casualidad.
—Escúchame bien —continuó el líder con voz grave, mirándolo fijamente—. No es seguro quedarse de pie en medio de esta llanura. Si te encuentra El Devorador, no quedará ni el recuerdo de tu existencia. Simplemente… desaparecerás.
Hizo una pausa, señalando con la cabeza hacia el grupo de motocicletas.
—Si acabas de llegar a este páramo, te conviene venir con nosotros. Te explicaremos dónde estás y cómo funciona esto. Solo así tendrás alguna posibilidad de sobrevivir.
El Lector no dudó. Con un gesto breve aceptó, y uno de los viajeros, un ser de piel verdosa y ojos rasgados, le hizo señas para subir detrás de él en su máquina. El asiento era firme, el motor vibraba con una energía constante, y en cuanto se acomodó, el grupo se puso en marcha, surcando la arena a gran velocidad.
Mientras avanzaban, el aire silbaba alrededor y las ruinas semienterradas pasaban rápidamente a los lados. El líder, que iba al frente, habló a través del comunicador que el Lector llevaba en el oído:
—Esto que ves aquí lo llamamos Los Páramos. Es el espacio que existe entre los universos, entre las historias, entre todo lo que tiene nombre y sentido. Nadie sabe cómo llegar aquí a propósito: simplemente ocurre. Un fallo, un desvío, un olvido, y de repente te encuentras caminando sobre esta arena.
Su tono se volvió más seco y realista.
—Y lo peor: una vez entras, no hay vuelta atrás. Si intentas regresar por tu cuenta, lo más seguro es que termines en cualquier otro universo, en cualquier otra realidad… pero nunca en la que dejaste. Aquí las puertas no tienen cerradura ni dirección fija.
Entonces, desde el cinturón del Lector, el Viejo alzó la voz con su tono profundo y cargado de siglos de conocimiento:
—Mencionaste a El Devorador. ¿Qué es exactamente esa entidad?
El líder soltó una risa corta y amarga, sin apartar la vista del camino.
—Es la ley de este lugar. Una masa inmensa de energía viva, sin forma fija, que recorre todo el Páramo sin descanso. No piensa, no siente hambre como nosotros… pero se alimenta de todo lo que encuentra a su paso: ruinas, estructuras, objetos, restos de historias, seres extraviados. Todo lo que llega aquí tarde o temprano termina en su interior.
—¿Y ustedes? —preguntó ahora el Nuevo, con un ligero temblor en sus páginas—. ¿Por qué siguen aquí si es tan peligroso?
—Porque somos recolectores —respondió el ser con orgullo—. Sabemos cuándo llega algo valioso, cuándo aparece una estructura que todavía tiene sentido o materiales útiles. Recorremos estas tierras antes de que El Devorador llegue y se lo trague todo. Si no lo hiciéramos, este lugar sería solo un vacío absoluto.
De pronto, la luz difusa y grisácea que cubría el cielo comenzó a apagarse. Se oscureció en cuestión de segundos, como si una cortina gigante se hubiera corrido sobre el firmamento. Un viento helado y polvoriento se levantó, silbando entre las ruinas.
El líder giró ligeramente la cabeza, y en sus ojos ámbar brilló una mezcla de respeto y temor.
—Tienes suerte, caminante solitario. Llegaste justo a tiempo para verlo con tus propios ojos.
Todos redujeron la velocidad y se agruparon en una zona más alta, manteniendo la distancia. A lo lejos, en el horizonte, apareció algo que no debía caber en aquel espacio: una masa inmensa, oscura como la tinta, que se movía ondulando como una nube viva, cambiando de forma constante, fluyendo y creciendo sin detenerse.
No tenía rostro ni extremidades, pero se notaba claramente que estaba vivo. Se arrastraba sobre la arena, envolviendo todo lo que encontraba a su paso: columnas, estatuas, restos de ciudades, máquinas olvidadas… todo desaparecía en su interior con un sonido sordo y húmedo, como si la realidad misma fuera tragada por un abismo sin fondo.
—Ahí está —susurró el líder—. El Devorador. Nunca se detiene. Nunca se sacia. Y nada de lo que toca vuelve a salir.
El Lector observaba en silencio, sintiendo cómo hasta el aire parecía ser absorbido hacia aquella sombra colosal. Y comprendió al instante por qué Luna había desaparecido tan rápido: en este lugar, las reglas no las ponían las historias… las ponía el hambre.
El espectáculo duró apenas unos minutos, pero bastó para grabarse en la memoria como algo que no se olvida jamás. Cuando la inmensa masa oscura hubo avanzado lo suficiente y se alejó hacia el otro extremo del horizonte, el cielo recuperó poco a poco su tono grisáceo habitual, aunque el aire seguía cargado de una sensación de vacío y pesadez.
El líder volvió a girar la cabeza, con la expresión más seria que hasta entonces.
—Basta de miradas. No es bueno quedarse mucho tiempo en su camino, ni siquiera para verlo pasar. Cuanto más rápido nos alejemos, mejor. A veces cambia de rumbo sin aviso.
Sin más palabras, dio la señal y todos aceleraron de nuevo. Las motocicletas rugieron, levantando estelas de arena fina, y se internaron entre las dunas y las ruinas, alejándose de la zona donde había pasado la entidad.
Durante casi una hora viajaron sin detenerse, sorteando estructuras medio enterradas y desviándose de caminos que parecían llevar a ninguna parte. Al final, a lo lejos apareció una cadena de elevaciones rocosas que se alzaban como muros naturales sobre la llanura. Al acercarse, encontraron una gran abertura en la roca: la entrada de una cueva profunda y oscura.
Al cruzar el umbral, la luz cambió por completo. Pasaron de la penumbra difusa del exterior a un espacio iluminado por cristales que brillaban en tonos azulados y verdosos, incrustados en las paredes. El camino descendía suavemente, y tras recorrerlo unos cientos de metros, se abrió ante ellos una vista inesperada.
Era una ciudad subterránea, construida en el interior de una gran caverna natural. Casas y estructuras se levantaban sobre plataformas de roca, conectadas por puentes y escaleras talladas en la misma piedra. Había luces por todas partes, sonidos de actividad, talleres, almacenes y zonas de descanso. Un lugar vivo, construido con lo que los recolectores habían ido rescatando durante años.
—Bienvenido a El Refugio —dijo el líder mientras detenían las máquinas en una zona amplia y despejada—. Este es nuestro hogar. Aquí estamos a salvo, al menos mientras sigamos las reglas y no llamemos la atención de lo que hay afuera.
Se bajó de su vehículo y se acercó al Lector, con una actitud ya más relajada pero todavía reservada.
—Nosotros cumplimos nuestra parte: te sacamos de la llanura antes de que te encontrara El Devorador. A partir de aquí, eres libre. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, nadie te pedirá explicaciones ni te cobrará nada por el simple hecho de estar aquí. Si más adelante decides irte, también es tu decisión. Solo recuerda: fuera de estas paredes, las reglas son las mismas para todos.
Le hizo una señal con la cabeza, como despedida definitiva.
—Que tengas suerte, caminante. Si nos volvemos a cruzar, espero que sea en mejores circunstancias.
Sin más, dio media vuelta y se reunió con el resto de su grupo, que pronto se dispersó por las calles de la ciudad para atender sus asuntos.
El Lector se quedó solo en medio de la plaza, mirando a su alrededor y asimilando todo lo que había visto y escuchado. El Viejo y el Nuevo, todavía colgados de su cinturón, suspiraron casi al mismo tiempo, aliviados de haber salido con vida de aquella primera experiencia.
—Por fin —murmuró el Nuevo con voz entrecortada—. Creí que no saldríamos de ahí.
—Ha sido… instructivo —añadió el Viejo, aunque se notaba que también tenía el aliento contenido.
Pero apenas terminaron de hablar, una voz dulce, burlona y completamente familiar sonó justo a sus espaldas, tan cerca que parecía estar en el mismo oído:
—¿Instructivo? Yo diría que ha sido entretenido, ¿no creen?
El Lector se giró de golpe, dando un paso atrás por el susto. El Viejo cerró sus páginas de golpe con un sonido seco, y el Nuevo saltó casi de su sitio, como si quisiera esconderse.
Allí estaba Luna, apoyada con indiferencia contra una columna de roca, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa traviesa y llena de malicia que ya conocían demasiado bien. Samla, su pequeña serpiente negra, estaba enroscada en su muñeca, observándolos con ojos brillantes.
—¡¿TÚ?! —exclamó el Nuevo, recuperando el aliento con dificultad—. ¡Desapareciste en el momento justo para dejarnos solos con todo eso!
—¿Y qué querías? —respondió ella, encogiéndose de hombros con total naturalidad—. Si hubiera estado ahí, no habrían aprendido nada. A veces hace falta que uno se las arregle solo para entender cómo funcionan las cosas. Además… ¿no es mucho más interesante verlo en persona que escucharlo en una historia?
Se acercó dando pasos lentos, mirando a su alrededor la ciudad subterránea con curiosidad.
—Y mira, aquí han llegado sanos y salvos. Yo diría que ha salido todo perfecto.
Luna dio una vuelta lenta sobre sí misma, observando las calles, las luces y a las figuras que se movían con tranquilidad entre las construcciones, antes de volver a mirarlos con esa mezcla de sabiduría y diversión que la caracterizaba.
—¿Y qué les parece este lugar entre historias? —preguntó con voz relajada, como si estuviera comentando un paisaje cualquiera—. Para todos los que viven aquí, esto es simplemente su mundo. No tienen ni idea de que están flotando en el vacío que separa cada realidad, cada relato, cada universo que alguna vez fue escrito o imaginado.
Se apoyó de nuevo en la roca, cruzando los brazos.
—Cualquier historia, por grande o pequeña que sea, puede terminar aquí. Un final que no convenció, un personaje que se olvidó, un camino que se borró, una versión que nadie quiso leer… todos acaban en este mismo suelo. Claro que ellos no lo entienden. Para ellos solo es tierra, ruinas y peligros. Este lugar es un misterio incluso para quienes nacen y mueren en él.
Sonrió con más calma, mirando a lo lejos como si pudiera ver más allá de las paredes de la caverna.
—Pero eso es precisamente lo que hace que todo tenga sentido, ¿no? Lo desconocido. La curiosidad por querer comprender lo que no se puede explicar. De ahí nace la trama de cada existencia. Porque si no hubiera nada que descubrir, si todo fuera predecible y siempre igual, solo quedaría la monotonía. Y la monotonía… es lo más aburrido que existe en toda la creación.
Bajó entonces la voz, convirtiéndola en un tono cómplice, casi como si les estuviera contando un secreto que nadie más debería escuchar.
—Ah, por cierto… ya que estuvieron viendo esa gran sombra pasar, déjenme presentarles correctamente a El Devorador de este rincón.
Levantó la mano donde la pequeña serpiente descansaba, y la sostuvo con delicadeza como si estuviera mostrando a una gran celebridad.
—Aquí la tienen: Samla.
Como si entendiera cada palabra, Samla se irguió de inmediato, infló su cuerpo gelatinoso y brillante, sacó el pecho —o lo que equivalía a tenerlo— y alzó la cabeza con una altivez tan orgullosa que parecía decir: “Sí, soy yo, y nadie más”.
Luna soltó una risita suave y burlona.
—Lamentablemente, desde esta perspectiva tan limitada, la ven como una masa gigantesca y aterradora que se lo traga todo. Pero en realidad… es solo una pequeña serpiente adorable que hace su trabajo. Aunque claro —añadió con una sonrisa más amplia y misteriosa—, al final todo depende de con qué ojos mires las cosas. Si eres lo suficientemente pequeño para no ver el todo, o lo suficientemente grande para no distinguir los detalles… cualquier cosa puede parecer un monstruo.
La luz gris del Vacío desapareció de golpe.
El sonido del viento cesó en el acto.
Y el inconfundible aroma a papel antiguo, tinta y madera pulida volvió a llenar el aire.
Los cuatro aparecieron nuevamente en el inmenso salón de la Biblioteca, justo en el mismo punto donde se encontraban antes. Como si nunca hubieran salido de allí, como si todo el recorrido por los Páramos hubiera sido solo un sueño muy vívido.
Luna estiró los brazos por encima de la cabeza con toda tranquilidad, mientras Samla seguía enroscada con comodidad alrededor de su muñeca, relajada y satisfecha.
—Bueno… —dijo con una sonrisa amplia y satisfecha—. Creo que fue una visita bastante entretenida, ¿no?
El Nuevo soltó un largo suspiro, de esos que sacan todo el aire de golpe.
—En… entretenida… si tú lo dices…
El Viejo permanecía en silencio, procesando en sus páginas todo lo que habían visto, sin atreverse a pronunciar comentario alguno.
El Lector simplemente seguía respirando profundamente, todavía intentando asimilar las imágenes, las sensaciones y las verdades que acababa de descubrir en aquel lugar entre historias.
Luna los observó unos segundos, deteniéndose en sus expresiones asustadas y agotadas. Luego, apareció en su rostro esa sonrisa traviesa y brillante que todos habían aprendido a reconocer —y a temer— como señal de nuevas ideas.
—¿Saben? —comentó con tono de total inocencia, como si estuviera proponiendo un paseo agradable—. Tal vez algún día los deje allá un mes entero.
Los tres levantaron lentamente la cabeza, con los ojos muy abiertos.
—Así podré ver si realmente son capaces de sobrevivir sin que nadie los saque de apuros.
El Nuevo sintió que se le helaba la tinta.
—¿¡Un mes entero!?
Luna soltó una carcajada alegre, resonando suavemente entre los estantes.
—¡Ja, ja, ja! Solo imaginen sus caras después de treinta días viendo cómo se tragan las ruinas. Sería inolvidable.
Acarició distraídamente la pequeña cabeza de Samla, que respondió con un leve movimiento de su cuerpo.
—Bueno… ya es suficiente por hoy. Nos vemos luego.
Y sin más explicación, comenzó a caminar lentamente hacia el interior de la Biblioteca, entre las filas interminables de libros. Samla levantó apenas la cabeza para echar una última mirada al grupo, antes de volver a acomodarse sobre el brazo de su dueña.
Poco a poco, las dos siluetas se fueron desvaneciendo entre la penumbra y la luz dorada, hasta desaparecer por completo.
...
El silencio volvió a instalarse en el pasillo.
Los tres soltaron el aire casi al mismo tiempo, como si hubieran estado conteniéndolo desde que entraron en el Vacío.
—Por un momento pensé que hablaba en serio… —murmuró el Nuevo con voz temblorosa.
—Con la señorita Luna… nunca sabes cuándo habla en broma y cuándo está planeando algo para mañana —respondió el Viejo con su tono grave y reflexivo—. Esa es la verdadera regla aquí.
El Lector asintió en silencio, totalmente de acuerdo.
Entonces, de repente, una voz tranquila y cercana sonó justo detrás de ellos:
—¿Y bien?
Los tres dieron un salto tan grande que casi se separan.
—¡¡AH!!
Se giraron de golpe, con el corazón a punto de salírseles del pecho.
Allí, de pie, completamente inmóvil y con las manos cruzadas detrás de la espalda, estaba Haruka. Los observaba con absoluta calma, con una expresión serena, como si no entendiera por qué se habían asustado tanto de esa forma.
—¿Cómo les fue en su pequeño viaje? —preguntó con naturalidad.
El Nuevo todavía tenía las tapas temblando levemente.
—La… la señorita Luna…
Respiró hondo varias veces para recuperarse.
—A veces da más miedo que todos los monstruos y todos los peligros de cualquier historia juntos.
El Viejo cerró lentamente sus páginas, asintiendo.
—No puedo negar esa afirmación.
Haruka esbozó una sonrisa pequeña, tenue y comprensiva, como si supiera muy bien a qué se referían.
El Nuevo se quedó en silencio unos segundos, mirando pensativo hacia el pasillo por donde Luna había desaparecido. Finalmente, habló en voz baja:
—A veces… me pregunto cómo sería todo… si la señorita Luna no existiera.
En cuanto terminó la frase, el silencio se hizo absoluto y pesado.
Haruka dejó de sonreír al instante.
El Viejo no dijo ni una sola palabra más.
Incluso el Lector sintió cómo el ambiente a su alrededor cambiaba, volviéndose más denso, como si las mismas páginas de los libros a su alrededor contuvieran la respiración.
El Nuevo comenzó a ponerse nervioso al notar el cambio.
—¿Di… dije algo raro? ¿Algo que no debía?
Haruka lo observó durante unos largos segundos, sin perder la calma, pero con una seriedad que muy pocas veces dejaba ver. Luego soltó un leve suspiro, profundo y cargado de sabiduría.
—No vuelvas a decir algo así nunca más.
No había enojo en su voz, ni reproche, solo una advertencia tranquila pero definitiva.
El Nuevo bajó un poco sus tapas, confundido.
—¿Por qué? ¿Qué pasaría?
Haruka levantó lentamente la mirada hacia los estantes que se perdían en la altura, hacia esa infinidad de libros que contenían todo lo que había sido, era y sería. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro suave, como si estuviera hablando con la propia esencia del lugar.
—Porque si Luna dejara de existir… no desaparecería solamente esta Biblioteca.
Hizo una breve pausa, dejando que las palabras calaran hondo.
—Desaparecería cada historia que alguna vez existió.
El Viejo cerró los ojos con lentitud, como si ya conociera esa respuesta desde el principio de los tiempos.
Haruka continuó, señalando con la mirada el inmenso espacio que los rodeaba:
—Los dioses, los mortales, los héroes, los villanos, los reinos, los universos enteros, los recuerdos, los sueños, las palabras… todo.
Volvió apenas el rostro hacia el Nuevo, y su mirada se volvió profunda y clara.
—Porque Luna no vive dentro de la Biblioteca… es al revés.
—La Biblioteca… es Luna.
El Nuevo quedó completamente inmóvil, sin poder articular ni una sola sílaba, comprendiendo de golpe la magnitud de lo que acababa de escuchar.
Haruka volvió a sonreír, pero esta vez con una tristeza casi imperceptible, como si estuviera tocando un secreto demasiado grande para ser dicho en voz alta.
—Por eso… —dijo suavemente—, si de verdad les importan todos los seres que viven en cada página, en cada línea, en cada relato… nunca vuelvan a imaginar un mundo donde Luna no exista.
Porque un mundo así…
Nunca podría contar ni una sola historia.
Thoughts
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PermalinkA mí los que me ganaron fueron los recolectores. Toda la vida escapando de una masa que se traga todo, sin saber que es una serpiente chiquita haciendo su trabajo, y aun así levantaron una ciudad entera bajo la roca con lo que rescataron. Y el líder le da al Lector aventón, techo y la puerta abierta sin pedirle nada, lo más decente del capítulo. Ojalá vuelvan, me cayeron mejor que media Biblioteca.
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PermalinkTantas partes viendo a Samla recoger sombras entre los estantes, y resulta que para los de los Páramos es el monstruo que se traga el mundo. Me hizo pensar en cuántas cosas dan miedo solo porque las vemos de cerca. Apuesto a que los recolectores nunca van a saber que su peor enemigo duerme enroscado en una muñeca. Gracias por seguir con Luna!
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PermalinkAy no, medio capítulo con miedo del Devorador y resulta que era Samla >_< ¿Eso lo tenías pensado desde que apareció la primera vez comiéndose sombras entre los libros?
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