Creo que una de las contradicciones más difíciles que he vivido es querer confiar en alguien mientras una parte de mí todavía tiene miedo de hacerlo.
Porque mi corazón puede querer muchísimo.
Puede ilusionarse, encariñarse, preocuparse, querer estar, querer cuidar y creer en las palabras bonitas.
Pero mi mente recuerda.
Recuerda lo que pasó antes.
Recuerda las veces que confié y terminé sintiéndome tonta por haberlo hecho. Las veces que ignoré señales porque quería creer en alguien. Las veces que pensé que todo estaba bien y después descubrí cosas que me hicieron preguntarme cómo no las había visto antes.
Y entonces aparece esa lucha.
Mi corazón dice: “confía.”
Mi mente responde: “¿y si vuelve a pasar?”
Y no siempre sé a cuál de las dos escuchar.
Porque tampoco quiero convertirme en una persona que sospecha de todo.
No quiero mirar cada detalle buscando algo malo. No quiero hacer pagar a alguien nuevo por heridas que no causó. No quiero vivir esperando que alguien me decepcione.
Pero tampoco puedo fingir que las experiencias no dejan huellas.
Aprendí que volver a confiar no significa olvidar lo que me pasó.
Significa aprender a no dejar que lo que me pasó decida por completo cómo voy a relacionarme con las personas que llegan después.
Y eso toma tiempo.
A veces necesito observar antes de creer.
Necesito ver que las palabras coincidan con las acciones.
Necesito sentir que puedo hablar de mis inseguridades sin que sean utilizadas en mi contra.
Y creo que está bien.
No tengo que entregar toda mi confianza de golpe solamente para demostrar que quiero a alguien.
La confianza también se construye.
Con tiempo, con coherencia, con respeto y con pequeños momentos en los que una persona te demuestra que puede cuidar aquello que tú le estás confiando.
Quizá por eso hoy puedo decir que tengo mucho amor en el corazón y mucha desconfianza en la mente.
Y durante mucho tiempo pensé que una de las dos tenía que desaparecer.
Ahora entiendo que puedo tener ambas mientras aprendo.
Puedo querer sin dejar de observar.
Puedo abrirme sin ignorar mis límites.
Puedo darle una oportunidad a alguien sin entregarle inmediatamente todas las partes de mí.
Porque sanar no significa volver a confiar ciegamente.
Significa aprender a confiar sin abandonarme a mí misma en el proceso.
Y quizá algún día mi mente deje de preguntarse constantemente “¿y si me vuelve a pasar?”
Pero hasta entonces, quiero tener paciencia conmigo.
Porque mi corazón todavía sabe amar.
Solo está aprendiendo que también merece sentirse seguro mientras lo hace.