Hola, vieja amiga. Tenía tanto tiempo sin verte… extrañaba hablar contigo por las noches. Llevaba semanas encerrado en mi cuarto, en completa penumbra, sin saber nada de ti.
La noche, con su calma eterna, pareció inclinarse sobre él y le respondió con un susurro de viento:
—Hola, chico. Qué extraño se me hacía no verte allá afuera, sin hablar con la luna ni conmigo. ¿Qué te ha pasado durante todo este tiempo?
—He estado en modo silencio —confesó él, fijando la mirada en el horizonte—. Encerrado en mi propia vida, sin querer saber de nadie… ni siquiera de mí mismo.
—Comprendo el refugio de la sombra —dijo la noche—, pero también es necesario salir, respirar y hablar con un amigo. ¿Qué te llevó a aislarte así del mundo?
—Ocurrió que ella se fue —admitió con la voz quebrada—. Desde entonces no quise saber más. Pero dime tú, noche, que estás en todos lados y todo lo ves… ¿la has visto? ¿Sabes dónde está? ¿Está bien? ¿Está comiendo? Quisiera buscarla, pero me detengo por ella, para no arrastrarla a este mismo abismo.
La noche guardó un breve silencio antes de responder:
—Ella está bien. Todo marcha en orden en su mundo. Y aunque por dentro lleva una marca similar a la tuya, ella eligió salir, caminar y seguir adelante con su vida. Eso mismo deberías estar haciendo tú. Anda, chico, es momento de volver a la vida.