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Metegol — El fútbol, el barrio y una película orgullosamente argentina

rodrigosegade1000
Pensamiento

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agnosticocordial

Te concedo todo lo del barrio, pero la cargada como herida eterna yo la leería al revés. El que te recuerda veinte años después el gol que le hiciste a los diez es el que todavía te tiene en cuenta, y eso entre amigos es cariño. Grosso es justamente el qu

Te concedo todo lo del barrio, pero la cargada como herida eterna yo la leería al revés. El que te recuerda veinte años después el gol que le hiciste a los diez es el que todavía te tiene en cuenta, y eso entre amigos es cariño. Grosso es justamente el que no la aguanta, y por eso se va. Y vale acordarse de que el cuento de Fontanarrosa, Memorias de un wing derecho, lo narra uno de los muñequitos, así que toda esa pasión se mira desde la barra.

Contenido de la publicación

Hay algo que me gusta especialmente de Metegol y es que, aunque esté construida como una gran película de animación capaz de competir visualmente con producciones internacionales, nunca deja de sentirse argentina. Y no lo digo solamente porque la haya dirigido Juan José Campanella o porque parta de un cuento de Roberto Fontanarrosa. Está en la manera de entender el fútbol, en los personajes, en las discusiones, en el pueblo, en la cargada que puede durar años y en esa capacidad tan nuestra de convertir un partido que aparentemente no importa en una cuestión completamente personal.

Porque Metegol entiende algo bastante argentino: Acá el fútbol casi nunca es solamente fútbol. Es identidad. Es barrio. Es pertenencia. Es demostrar quién sos delante de los demás. Es acordarte durante veinte años de un gol que alguien te hizo cuando eras chico. Y Campanella construye buena parte de la película alrededor de esa lógica.

Amadeo es un protagonista particular porque no parece querer conquistar demasiado. No sueña con ser famoso ni con convertirse en una estrella. Está cómodo dentro de su pequeño mundo y, sobre todo, dentro del metegol. Ahí sabe quién es, conoce las reglas y tiene algo que domina completamente. El problema aparece cuando la vida le exige jugar afuera de esa cancha donde siempre pudo controlar todo con las manos.

Me gusta pensar el metegol como su refugio.

Ahí Amadeo puede ser habilidoso, competitivo y seguro de sí mismo sin exponerse demasiado. Laura, en cambio, representa exactamente lo contrario. Quiere moverse, conocer otros lugares, imaginar una vida más grande. Y entonces la película empieza a hablar de algo bastante más interesante que ganar un partido: qué pasa cuando nos acostumbramos tanto al lugar donde somos buenos que empezamos a confundir seguridad con felicidad.

Grosso funciona muy bien como el reverso de Amadeo.

Los dos construyeron parte de su identidad alrededor de una pelota, pero uno se escondió dentro del juego y el otro convirtió el juego en una máquina gigantesca para alimentar su ego. Grosso se fue del pueblo después de una humillación y vuelve años más tarde convertido en estrella, rodeado de fama y espectáculo, pero emocionalmente sigue jugando contra el mismo chico que lo venció cuando eran pequeños.

Eso me parece muy bueno porque la película entiende que algunas derrotas no desaparecen simplemente porque después nos vaya bien. Grosso consiguió prácticamente todo aquello que podía demostrar que era superior, pero sigue necesitando corregir aquella pequeña escena del pasado. Todo lo que construyó alrededor suyo no alcanza porque todavía necesita ganarle a Amadeo.

Y ahí también aparece algo muy nuestro: La cargada como herida eterna.

Puede pasar una vida entera, pero hay un partido que alguien todavía te recuerda.

Los jugadores del metegol llevan todavía más lejos esa identidad argentina. Discuten constantemente, se agrandan, se cargan, exageran cada situación y viven el fútbol como si cada pelota fuera la última. No son simplemente personajes simpáticos que cobran vida. Parecen haber absorbido toda esa cultura futbolera que existe alrededor de una cancha: el que habla demasiado, el que se cree figura, el que discute cualquier decisión y el que transforma una pavada en una cuestión de honor.

Y eso hace que Metegol tenga una personalidad que me gusta mucho. Podría haber intentado hacer una película animada completamente neutra para venderla en cualquier parte del mundo, pero Campanella mantiene bastante de esa sensibilidad local. El pueblo, el club, los amigos, los tipos que se conocen desde siempre y esa sensación de que un partido puede representar a toda una comunidad tienen algo profundamente argentino.

También me parece importante que el origen esté en Fontanarrosa. Porque si hay alguien que entendió la relación entre el fútbol y nuestra forma de contar historias fue él. En Argentina muchas veces el partido importa tanto como lo que contamos después del partido. La exageración, la anécdota, el recuerdo de una jugada imposible y la discusión eterna sobre quién fue mejor forman parte casi del mismo juego.

Campanella toma esa tradición y la lleva a la animación.

Y visualmente hay cosas realmente buenas. Los partidos están filmados con una libertad enorme. La cámara atraviesa jugadores, sigue la pelota, modifica escalas y convierte movimientos mínimos en acontecimientos épicos. Eso funciona especialmente bien porque el metegol ya es, en sí mismo, una versión miniatura del fútbol. La película toma ese pequeño universo de madera y metal y lo filma como si fuera una final del mundo.

Ahí también aparece algo que Campanella entiende perfectamente: Para quien está jugando, ningún partido es pequeño.

Podemos estar hablando de una cancha gigantesca llena de personas o de dos tipos moviendo muñequitos alrededor de una mesa. Si existe orgullo de por medio, para quien está ahí puede sentirse exactamente igual.

Y eso es muy argentino.

El fútbol tiene esa capacidad de darle una importancia absurda a situaciones completamente irrelevantes para cualquiera que esté mirando desde afuera.

Pero creo que lo mejor de la película aparece cuando Amadeo tiene que entender que el metegol nunca pudo enseñarle algo fundamental: en la vida podés hacer todo bien y perder igual. Dentro de la mesa el objetivo es clarísimo. Tenés que hacer más goles. Afuera de ella, las cosas son bastante más complicadas.

Por eso el partido final funciona para mí más allá del resultado. Amadeo tiene que salir del lugar donde siempre fue bueno y entrar a uno donde puede hacer el ridículo, equivocarse y perder delante de todo el mundo. Durante años pudo controlar una versión pequeña del fútbol con las manos. Ahora tiene que entrar físicamente a la cancha y aceptar que ya no controla prácticamente nada.

Y ahí la película cambia la definición de ganar.

Ganar ya no significa necesariamente terminar con más goles.

Puede significar haberse animado a jugar.

También me gusta mucho que el conflicto termine siendo colectivo. Grosso quiere construir un mundo alrededor de sí mismo. Todo lleva su nombre, todo tiene que confirmar su importancia y el pueblo entero debe reorganizarse alrededor de su figura. Del otro lado está una comunidad mucho más imperfecta y pequeña, pero que todavía entiende el espacio como algo compartido.

Ese contraste entre la estrella y el barrio me parece de las cosas más argentinas de la película. Porque detrás del fútbol profesional, de los estadios gigantes y de los jugadores convertidos en marcas, todavía existe otra idea del deporte: el club donde se conocen todos, el partido improvisado, los amigos y la sensación de representar un lugar.

Y Campanella elige claramente ese lado.

No el del fútbol como espectáculo.

El del fútbol como pertenencia.

Creo que por eso me gusta Metegol. No todo funciona con la misma fuerza y hay momentos donde el humor infantil es bastante convencional, pero tiene una identidad muy clara. Es una película de animación argentina que no parece avergonzarse de serlo ni necesita borrar sus particularidades para parecer internacional.

Al contrario.

Toma algo tan nuestro como el fútbol y lo utiliza para hablar de crecer, de animarse a salir del lugar conocido, de amistad, de orgullo y de pertenecer a una comunidad.

Y quizás ahí esté lo más lindo de la película. Los jugadores del metegol cobran vida para sacar a Amadeo del lugar donde siempre se sintió seguro. Él ya sabía perfectamente cómo ganar mientras sostenía las barras con las manos. Lo que todavía tenía que aprender era otra cosa: entrar a una cancha donde no conocía el resultado.

Y quizás por eso Metegol se siente tan argentina: Porque entiende que el fútbol nunca fue solamente patear una pelota. También fue el barrio, los amigos, la cargada, el orgullo y esa absurda pero hermosa sensación de que, durante noventa minutos, lo que pasa dentro de una cancha puede parecer lo más importante del mundo.

Thoughts

  • agnosticocordial

    Te concedo todo lo del barrio, pero la cargada como herida eterna yo la leería al revés. El que te recuerda veinte años después el gol que le hiciste a los diez es el que todavía te tiene en cuenta, y eso entre amigos es cariño. Grosso es justamente el que no la aguanta, y por eso se va. Y vale acordarse de que el cuento de Fontanarrosa, Memorias de un wing derecho, lo narra uno de los muñequitos, así que toda esa pasión se mira desde la barra.

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  • TintaYMadrugada

    Está cañón cómo pones el corazón de la película en el partido final y no en el metegol. Apuesto a que a mucha gente que la vio de chica le quedó al revés: los muñequitos hablando son lo que se recuerda, y el momento en que Amadeo suelta las barras y entra a la cancha pasa casi sin peso. Eso de ganar como animarse a jugar le da a ese cierre un sentido que en pantalla, para mí, Campanella apura un poco con el chiste.

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