CAPÍTULO I
Estoy como poseído... ¿No puedo vivir? ¿Qué carajos me pasa?
No quiero describirme y, sin embargo, siento que tengo demasiado que decir a mi respecto. De todas maneras, ¿de qué serviría? Yo soy mi vergüenza, y la vergüenza soy yo; por lo menos esa es la verdad que acepto para mí en este momento. Si hay o no más allá de ello ya no me importa; siento que cualquier esfuerzo será en vano, además me da miedo. Siempre he tenido miedo y vergüenza, y quizás eso era válido en mí hasta cierta parte de mi vida, pero ahora ya no lo es, más bien parece ser todo lo contrario...
No pienso ya en salvaciones traídas a mí como regalo del universo en compensación. ¿Compensación de qué o por qué, si yo soy el culpable directo de este resultado final? Pienso más bien qué será de mí ya al final del final; y ya que el desenlace parece estar muy cerca, pues es inevitable para mí pensar qué sigue después de hoy, cuando soy horriblemente consciente del horror de mi ser y de la mala energía que tengo.
Comenzaré diciendo que sí, sí... Soy todo lo que se les ocurra: un ridículo, un estúpido, un don nadie, una basura, un ególatra, una nulidad... Tienen toda la razón en pensar así o peor de mí. Me da tristeza el tiempo que perdí, igual que las oportunidades, y me carcome saber cuántas opciones tuve y no pude aprovechar. Por eso mi exilio ya no es tranquilizador; es un escenario donde el horror, la culpa y la sensación de pérdida ocupan un espacio principal. A veces me siento sumergido en una olla, en estado líquido espeso, hirviendo mientras la cuchara de la desesperación me revuelve lenta y firmemente, y mi corazón casi no puede soportar que yo esté tan irremediablemente muerto en vida.
A veces juego a cosas: a creerme yendo hacia algo importante, a estar a la espera de la oportunidad de alcanzar mi destino, a creer que tengo valor y significado dentro del mundo, a creer que tengo oportunidad de cosas. Son distracciones, como masturbarse, pero a veces son lo único que me puede ayudar a vivir en una línea recta, repetitiva, sosa, seria y difícil. Creo que puedo llegar a ser bastante ingenuo y creerme con el derecho a tener esperanza; la llamo «mi esperanza sin sentido» porque ¿de dónde iba a sacar yo una justificación válida para tener esperanza en nada? Sigo adelante tratando de dejar atrás toda esa horrible sensación de estarme perdiendo todo, de que se me escape todo por entre las manos, y de que cuando quiera de verdad y por fin pueda tomar algo para mí, ya no haya absolutamente nada.
Aquí, en mis cuatro paredes —aunque ninguna pared de ningún lugar en donde he estado encerrado toda mi vida ha sido mía de verdad—, sólo me veo rebotar de una a otra con mis ojos fijos mientras estoy tirado en mi rectangular cama, que casi ocupa toda la habitación. Una repisa donde pongo mis tonterías: mi encendedor, mis cigarrillos, mis monedas; la ventana donde me come un monstruoso sentimiento de angustia y asfixia. El desorden general es un paisaje de esos tan exóticos de la degradación estéril de una zona industrial los domingos...
Sí, soy especial, y muy diferente, ¡soy único, soy una gran puta maravilla! Al punto de ser insoportable, soy el ser superior más indiscutible, y todo lo demás no es sino borreguismo, ceguera, mierda y basura, mentiras, manipulación, trampa y peligro. No tengo un plan específico para demostrar mi superioridad al mundo, no soy un antihéroe de porquería ni me voy a redimir al final de la película con un fondo musical entre nostálgico e inspirador. Soy tan putamente genial que el universo ni nadie en él verá jamás ni un ápice de mi genio; no se lo merecen, son trogloditas violentos y prostitutas interesadas.
Al fondo, en un rincón donde está mi ropa en un armario: una flauta que me dieron de regalo de cumpleaños número 31; unas bolas de lana que eran de mi madre (estaba tejiendo un tendido antes de morir y, cuando murió, yo lo desbaraté, hice varias cosas, bolsos y demás, los vendí, y ahora no me queda sino el final del final); unos resortes con los que me recojo el cabello cuando me crece, pero al parecer me voy a empezar a quedar calvo pronto; mi carpeta, donde está todo lo que estudié, no me sirve de ni puta mierda pero no me desharé de eso, como sí me deshice el año pasado de todos mis escritos; un mini telar que no sé usar; una caja con canicas; una regla... En fin, me pongo a enumerar lo que alcance a tocar con los ojos antes de empezar a volver a mirar cómo reboto... de esta pared a esta... de esta a esta... del techo a esta, y de esta al techo. No voy a pensar en mi pasado, está aquí simultáneamente con mi futuro.
Pienso en usar mi aire, y me levanto pesada y perezosamente, me deslizo y arrastro para llegar hasta la flauta, la soplo y suena, nada... Qué pérdida de aire... Volteo y agarro el medio paquete de cigarrillos que me queda. ¡Ah, la ventana, el trono supremo de la vergüenza que soy! ¡Qué maravilla! El sol está azul... ah no, es el cielo el que está amarillo. Enciendo el cigarro... esto sí es un buen gasto de aire, sobre todo porque puede llevarte a la muerte, o eso dicen los del moralismo saludable: el cigarro mata, la Coca-Cola mata, la grasa mata... ¿Será que no hay quien mate de verdad a esos hijos de puta en nombre del medio ambiente y para que se callen?
En fin, el cigarrillo se termina, igual que las horas y los platos de comida. De repente me da por salir a la calle. Ahí está, ¡el maravilloso mundo ajeno! Es de todo el mundo menos mío, siento que lo invado con mi respirar incluso. Camino. El sol está azul y el cielo amarillo, y la gente permanece igual de feliz y esperanzada que siempre... Llego a un banco de un parque, miro a la vida desenvolverse sin que yo esté involucrado en ella, eso me causa una sonrisa y me fumo otro cigarrillo.
No es que yo sea amable, ¡soy el gran hijueputa más amable que existe! Al límite más cursi e infantil, y de la dulzura más empalagosa y tierna, incómoda, ingenua, e innecesaria. Soy dócil, confío, creo, con toda la aprehensión que requiere hacer lo contrario... Me acerco a esa chica que vende dulces y le compro un chocolate; ella sonríe y yo le regalo una sonrisa que le gusta mucho, me mira raro y yo no sé cómo interpretar su mirada, me hace sentir raro, buscaba... ¿complicidad de algún modo... conmigo? Buscaba... ¿ser reconocida? Yo he visto a esta chica... ¿cuándo? No, no, no... esa mirada es su mirada comercial, y ya... mmm... tan amable, sí, ajá... ¿es un bonito... gesto por parte de ella mirar así a un desconocido? Pero esa amabilidad de ventera ambulante, de una ventera ambulante más no me ayudará a dejar de rebotar en las paredes del encierro, que aunque salgo a caminar lento para sentir el sol, no abandono ni un momento... Eso es lo que creo o me obligo a creer para aniquilar cualquier estupidez incómoda que se me llegase a cruzar por la cabeza al respecto de... nada y menos de las personas.
No quiero encerrarme rápido, así que voy a deambular un rato. Ah, qué rebaño más variopinto, ¿a dónde irán con tanta necesidad, con tanta obligación? Ah, qué hermosas chicas con las que me cruzo, sus ojos son siempre lagos cristalinos iluminados por la luna llena. Ah, qué bonitos niños y niñas juegan y se crean a sí mismos mundos paralelos. Ah, qué tipos tan elegantes, de tanto porte, luciendo su presencia; su amabilidad es mucho más grande y mejor que la mía. Junto a ellos yo no soy ni un hombre, soy la sombra de uno, y soy la sombra no de ninguno, sino la mía propia. Qué casas tan bonitas y limpias, tan decoradas, donde se siente un ambiente tranquilo de paz y unión familiar; yo conocí eso, no te lo voy a negar, pero se fue resquebrajando hasta que el agua del mar de la tristeza lo inundó todo.
No voy a llorar en público, otra vez...
Tengo hambre, no quiero volver todavía al rectángulo encerrado en un círculo, voy a comer algo. Voy recordando: expectativas, sueños... todas esas cosas que crees hasta que ya dejas de hacerlo. Me siento a comer, cualquier cosa, ni siquiera oí qué fue lo que pedí. Pido un café y, cuando me lo termino de beber, miro al fondo de la taza y pienso en que ojalá yo supiera leer esas manchas que quedan como las adivinas; así podría saber qué me depara el futuro, entenderlo y estar preparado.
Salgo, me gustó estar ahí, estaba silencioso. Miro alrededor. ¡Ah, qué hermoso mundo! Completamente ajeno para mí, es de cualquiera que lo quiera. Pienso esto y me río, y una señora se queda mirándome con desaprobación, como si reírse solo y sin motivo fuera algo horrible para hacer en público. Supongo que para ella la risa, sí o sí, tiene que tener una justificación, no puedes, según lo que ella entiende, pararte en una acera, mirar alrededor y estallar en risa repentina. «Esta gente y sus drogas», le oí murmurar mientras me daba la espalda y seguía su camino. Eso... eso sólo me hace reír más...
Cruzo un parque... hay unos muchachitos ahí, genéricos a más no poder como sus padres. De repente se produce un grave problema: el balón con el que jugaban se había ido a un laguito, y ellos estaban consternadísimos por eso. Al parecer en sus casas aprendieron que los laguitos de los parques tienen doce mil millones de metros de profundidad, porque enseñarle a un niño a comprobar todo por sí mismo es animal. Yo me acerco y de una sola puta vez les resuelvo la vida: con la mano les saco el balón y no se lo entrego, sino que se lo lanzo hacia el lugar donde estaban jugando, dándoles una mirada de cómplice incondicional que ellos me reciben alegres. Atónitos, no lo podían creer y corrieron de nuevo hacia el lugar a seguir jugando; seguro aprendieron ahí que los doce mil millones de metros de profundidad de un laguito son nada ante el poder de los adultos. Sigo mi camino contento, casi me río de nuevo, siento calidez al ver cómo reanudan su juego. Por muy genérico e insulso que sea un niño, se merecerá jugar siempre con su hijueputa balón y sus amigos...
Una última interacción, sí... una cervecita, claro... Llego, la compro y me la voy tomando mientras veo la discusión de una parejita, ambos en bicicleta, y la verdad parecían más bien estar simulando estar discutiendo, ah, qué bello... Un cigarrito, sí... cómo no... ¿otra cervecita? Ahí, en la acera, la brevedad es la eternidad. Suena la música de moda y el cielo sigue dorado como un platillo de batería nueva personalizada, y yo ya, no más cerveza en la acera. Me voy, pero antes le digo a ese señor que se le había salido la billetera, lo cual el señor agradeció muy amablemente... a mi espalda, porque cuando me agradecía ya me había girado y ya había emprendido mi camino hacia el rectángulo dentro del cuadrado. Y ya mi corazón de nuevo se apagó y mi mente de nuevo abrió el telón, ya me tocaba ser taciturno. No hay contradicción en mí ni soy un Mr. Hyde de porquería bipolar; es sólo que deseo salir, salir del encierro, y cuando estoy afuera lo intento de verdad y con todo mi corazón...
No me creo más de lo que soy, y ¿qué soy? Un montón de cosas. No me gusta describirme, no soy capaz; preferiría que alguien me atestiguara y diera una percepción de lo que soy, incluso si me gusta la puedo aceptar y adaptarme a eso. ¿Camaleónico desesperado por hallar un espejo donde reflejarme y conocerme? Sólo soy yo, y ya. La nada. Y la nada tiene la particularidad de ser lo que sea; soy indeterminado y es eso lo que me puede determinar. Estoy en todo, en todas partes y al mismo tiempo; soy plenamente consciente de mi plenitud. Mi despliegue en este mundo es como es y yo lo asumo. No es que quiera ordenar este chiquero, pero de pronto y me encuentro algo valioso ordenando este cuarto; y no es que quiera reasumir mi vida desde el punto en el que la dejé, suponiendo que alguna vez hubiese tenido una vida y la hubiese dejado pausada en algún punto.
CAPÍTULO II
Día siguiente. Me siento en mi cama... A veces, cuando despierto, me siento como si hubiera resucitado, como si acabara de nacer...
Rutina: lavarse los dientes, desayuno, café, noticias. Es hora de ordenar. Empiezo. Jajaja, se me había olvidado todo esto que hay aquí tirado: fotos, textos, libros con páginas arrancadas...
De pronto, me detengo en seco... ¿Todavía tengo esto? El poema de ella, el último antes de que se suicidase. Supongo que no pude hacer nada para evitarlo; estaba muy loca y muy triste, ella era un estallido descontrolado... En fin, rompo el poema y el espíritu maligno que lo habita se va flotando.
Me asomo a la ventana para ver los trozos de papel perderse en el aire de la calle, cayendo como nieve sucia sobre el asfalto. Es tan maravillosa la indolencia, creo... miro alrededor y todo parece en pausa. Miro a la acera y ahí está ella. Es la chica de los dulces de ayer, la del chocolate y la sonrisa. Pero hoy no tiene su mesa de madera ni sus modales de comerciante amable. Ahí abajo, está discutiendo acaloradamente con un tipo gordo y de aspecto desagradable que la sujeta del brazo con demasiada fuerza. Ella intenta zafarse; sus ojos, lagos cristalinos de ayer, ahora son dos cuencas de furia y miedo. El rebaño variopinto de la ciudad pasa por el lado, genéricos e indiferentes, mirando hacia el suelo para no involucrarse, cumpliendo con su borreguismo habitual, el que los hace tan felices, los realiza como seres y les da justificación y razón de estar ahí...
Un cortocircuito me recorre. Yo soy la nada, un ser indeterminado, no tendría por qué reaccionar ante ningún estímulo externo que exija de mí X o Y, pero ayer ella me otorgó una sonrisa y notó que yo era el gran hijueputa más amable del mundo. No puedo permitir que ese gordo troglodita rompa el molde que ella me inventó. Me pongo los zapatos a las patadas, ni siquiera me cambio la camiseta vieja y salgo del rectángulo dentro del cuadrado, azotando la puerta. Bajo las escaleras de tres en tres, sintiendo que la inercia de la gran hazaña por fin me arrastra hacia el mundo, ¿o qué? Quizás me voy a entrometer en algo que no podría estar más lejano de mí y de mi vida, pero voy a hacerlo por completo. Quién sabe, si todo sale bien, termino compartiendo unos puños bien violentos con ese hijo de puta.
No soy mucho de pelear, luego quedo mareado un rato, pero no sé, hay algo en esta porquería que no me deja en paz. Y sé por qué: él es el dueño de este cuchitril de apartamentos. Me acerco y, con toda la fuerza, le pego un empujón que lo adelanta cuatro pasos y le digo: «Buenos días, acosador hijueputa». Él se voltea y me acierta un puño que yo siento tan dulcemente en mi cara; y entonces le propino uno yo, dulce también, y nos damos como si nos hubiéramos detestado toda la vida. La chica corre hacia adentro; me mira agradecida y preocupada...
El variopinto rebaño se queda impávido, pasmado al ver a dos tipos dándose tan violentamente y sin saber por qué. Igual, las diversiones saludables y los ejercicios de cardio que sirven no duran mucho, no lo permite la felicidad y la bondad externa: llegan los polis y se unen a nosotros, nos dan bolillazos, nos capturan, nos suben a la patrulla. ¿Quién iba a pensar que me iba a divertir hoy tanto por la mañana?
Pues ahí estoy, en una estación de policía. Nunca me había pasado, ¡estoy disfrutando de la novedad!
«Blablablá, riña callejera, ¿cuál es el móvil?, blablablá». La verdad no me importa qué están reportando. Llévenme a la puta celda de una vez, qué pereza...
El calabozo de la estación es solo otro rectángulo, pero este huele a cloro y a orina vieja. Nada tan ajeno a lo que soy; este rectángulo es para almas putrefactas, la mía no está sucia, sólo la gobierna la oscuridad helada de la melancolía. Estoy sentado en el suelo de cemento, recostado contra los barrotes, disfrutando del mareo dulce y soso que me dejó el puño del gordo y el bolillazo del poli en la costilla. Al fondo de la celda, el gordo bufa como un cerdo herido, limpiándose la sangre de la nariz con la manga de su camisa cara. No nos miramos. Ya nos dimos todo lo que teníamos que darnos en la acera. Ahora solo queda la espera, esa maravillosa pausa donde la nada vuelve a reclamar su espacio.
De repente, el crujido de la puerta de hierro rompe el silencio del pasillo. Un policía aburrido grita mi apellido con desgana y añade: «Tiene una testigo a favor».
Me levanto perezosamente, arrastrando los pies calientes por la golpiza, y al salir a la oficina de recepción la veo. Ahí está ella, de pie frente al escritorio del sargento, con los mismos ojos de luna llena pero con una determinación que no le conocía. Trae su bolso de dulces colgado de lado y un papel arrugado en las manos. Cuando me ve salir, su rostro se ilumina con una mezcla de culpa y alivio. Se vuelve hacia el sargento, me señala con el dedo y, con una voz firme que retumba en las paredes grises de la estación, empieza a declarar ante la ley quién carajos soy yo...
¿Gracias? Jajaja, tan linda... Me gustaría saber qué fue lo que pasó para que ese tipo la tratase así. Y muy tardíamente, ya en la calle, prendiendo un cigarro, me cae un trueno que se desliza por mi espalda... ¿Ella también vive en ese edificio? Nunca la vi... ¿O sí me habrá visto ella? ¿Cuántas veces? ¿Sabe en cuál habitación vivo? Jajaja... Este día me gusta, mucho...
En fin, no me gusta detenerme demasiado en los detalles de las sensaciones que me van invadiendo para no sumergirme muy profundamente en eso... Total que sigo mi camino. ¡Estoy afuera! A veces he pensado en el afuera, en por qué salir, y me he dado cuenta de que salir a este mundo ajeno tan maravilloso, más que requerir un 'por qué', requiere un 'para qué'. 'Salgo A trabajar, salgo A estudiar, salgo A beber, salgo A robar, salgo A ir a alguna parte por X o Y'. ¿Yo? Nunca he tenido ese 'para qué'. Salgo PORQUE sí, sin ninguna causación, como no es normal en los integrantes del variopinto rebaño homogéneo y sobrio.
Voy a comer... Entrar en un local de comida después de haber estado peleando y en un calabozo por dos horas hace que tu presencia allí sea imposible de pasar por alto. Tu olor incluso llega y les dice a todos: 'Hola, soy ruin y les arruino el desayuno'. No soy ruin, sólo estoy un poco adolorido y hambriento; total que a mí nunca me han importado esas cosas. Incluso cuando creía que me preocupaba mi apariencia, mi olor, y me esmeraba por cuidarlos, causaba una reacción idéntica a la que estoy causando ahora mismo. Gracias a Dios —a su Dios, el Dios del mundo tan maravilloso y limpio—, su atención, e igual que todo en ellos, era instantánea y puedo comer sin ser más el centro de su hueca mirada.
Salí y el sol ya no estaba tan azul; ya estaba como blanco. Y nos vamos, mi expectativa tal vez sin sentido y yo, a ver cómo quedó todo lo inamovible que siempre me espera cuando regreso de donde sea. Llegar a la puerta es fácil, subir es fácil, abrir es fácil... Entrar y hacerme el mantenimiento necesario para ser humano de nuevo. Y es que es tan maravilloso bañarse cuando uno de verdad está sucio...
Me ensucié. Tal vez me traerá consecuencias; pelearse con el casero no es buena idea, quién sabe qué va a pasar. Supongo que esa porquería estará allá, o estará por ahí buscando una pistola pa' darme bala cuando me vea... De todas maneras le di duro, jajaja, me importa un culo, pedazo de perro de mierda. Aun si ella no hubiera sido la involucrada en un lío con él, no me hubiera quedado con las ganas antes de largarme ¡para siempre! de aquí, en todos los sentidos, de darle en la cara a esa escoria morbosa...
No sé ni siquiera por qué, qué era lo que realmente pasaba. ¿Sería acaso... que ella debe alquiler, y este tipo le propuso... pagarlo con su cuerpo? No sé ni siquiera por qué me fui con todo en su defensa, como si me importara ella con mi vida desde siempre. Estuve en un calabozo por dos horas... ¿por ella? No sé ni siquiera qué pasó... Ella... fue por mí, me sacó. ¿Dónde estará?...
¡Ah, qué maravilla! El agua caliente te pone a pensar en cosas cercanas...
Salir del baño es fácil, vestirte como si fueras a salir un poco más tarde es fácil... Asumir una... ¿actitud de espera? Mi madre, antes de morir, el día de mi cumpleaños siempre me decía: 'Ojalá encuentres lo que te haga feliz algún día'. Y yo pensaba: ¿qué me hace feliz? Ni siquiera voy a poner mi atención sobre la felicidad y la libertad del dinero; yo no quiero experimentar la felicidad de los mismos con las mismas. La libertad ofrecida desde el afuera no lo es, es sumisión a... ¡Ahg!, el mundo es una porquería falsa y pretenciosa... No lo es si llevas tu corazón por delante y tu sinceridad a cuestas, y una sonrisa, aun si es amarga y forzada, salva la vida del alma... Este pensamiento... me sabe mucho a chocolate.
Ella... ¿qué pasó esta mañana? Pues tengo demasiadas dudas muy profundas para quedarme con esta tan superficial. Además, temo que le pondría demasiada atención al '¿qué pasó?' sin hablar con ella, aun si es para decirle: 'Hola, ¿cómo estás?, me llevo estos dos y, oye, ¿qué carajos pasó esta mañana?'. Jajaja, no tan así... Y tengo que comprobarme también si he sido muy visible para ella y desde cuándo, porque para mí, apenas desde ayer lo es. Y ayer le compré un chocolate y hoy hice lo que quizás un hermano, o su padre, o un amigo muy cercano, o... su novio... haría. Jajaja, ¡ni por el putas!
Me voy ya a aclarar toda esta nimiedad. Ya estoy limpio y ya es casi el atardecer; hay que estirar los pies, llevo un ratico rebotando... Salir, de una, expulsado directamente hacia el parque, es muy fácil...
CAPÍTULO III
El parque al atardecer es un territorio suspendido entre el día y la noche, un paisaje que parece dudar de sí mismo; y como fantasma de mí mismo me fascina esta incertidumbre que parece flotar producto de esa duda que no hay cómo resolver, sólo presenciar. La luz dorada y moribunda de las seis de la tarde se cuela entre las ramas de los árboles, tiñendo el suelo de un naranja sucio y proyectando sombras larguísimas que se estiran todo lo que pueden. El rebaño variopinto de siempre, tan lindos todos, algunos completamente exhaustos y con el corazón en ascuas o en mil pedazos pero siempre tan optimistas, ya va de regreso, caminando más rápido, más seriamente que al principio de la jornada, como huyendo de eso hacia lo que van al principio del día casi que arrojados, con los rostros cansados y la prisa sosa de quien necesita encerrarse en su propia caja a ver la televisión, y a sumergirse en el algoritmo, ceguera irremediable que diseña su ser a la venta por siempre.
Yo camino despacio, saboreando el aire fresco en la piel limpia de mi cara y el latido sordo en mi mejilla inflamada. ¡Felicidad agresiva! Jajaja, pelear es bueno: te llenas de rabia y después de dolor. Qué gasto de energía tan provechoso; lo bueno es que la rabia de la fuerza bruta y el dolor físico son tangibles... Me muevo en esa frontera exacta donde la expectación pasiva —mi vieja y confiable armadura de mirar sin involucrarme— me empuja hacia una corriente nueva y extrañamente cálida. Es la alegría absurda de una esperanza sin sentido que tiende a magnificar todo con una lupa extraña de curiosidad legítima, casi infantil; y eso se siente muchas veces: esa emoción surgida de la nada, como estar en el umbral de lo desconocido. Durante años, mi futuro ha sido idéntico a mi pasado: cuatro paredes y un rebote eterno. Pero hoy no. Hoy el azar metió la mano en mi chiquero y me obligó a jugar... o eso diría un optimista demasiado obsesionado con ver oportunidades de oro en lo que sólo es caminar hacia una respuesta que puede ser importante o no... No sé qué va a pasar en los próximos cinco minutos, no sé qué cartas tiene ella en la mano, suponiendo que sí tenga cartas y mano. Y esa maldita incertidumbre, en lugar de asfixiarme como la ventana de mi cuarto, me hace respirar hondo. No sé qué va a pasar; según la actitud que ella tome, yo me adaptaré y así nos trataremos... Es, jajaja, emocionante... La verdad me agrada mucho ir hacia tal vez nada, un 'muchas gracias, no, no fue nada, ah sí, ah no, ah tranquilo, jiji, chao', o quizás hacia una explicación. Lo de esta mañana, la verdad, es la excusa; yo lo que quiero saber es si me ha visto... esa es la duda real. Y también puede ser que la respuesta sea no...
Llego a la esquina de siempre, deteniendo los pies en seco. El sol blanco de hace unas horas ya es un roce rojo en el horizonte. Miro hacia su lugar... Ya se está yendo. No corro para alcanzarla; ella parece que me vio hasta con los talones, porque apenas volteé ya estaba frente a mí con una sonrisa tan amplia que casi me muero.
—Hola —dijo, con una de las voces más dulces que he escuchado en mi vida. Me dio escalofrío y mi amargura se afiló; no voy a ser grosero con ella, eso es seguro...
Sin saber por qué, la tomé por los hombros y empecé a decirle:
—Hola, ¿cómo estás? Dime qué pasa, por favor. ¿Estás en problemas? Te puedo ayudar... —con toda la dulzura de mi corazón, como si... me importara ella desde siempre...
Ella volvió a sonreír más dulcemente. Olía muy dulce, y su mano derecha deslizándose sobre mi mejilla me agradó más que cualquier chocolate que hubiera podido comprarle.
—Ay, gracias, tan hermoso... Sí, estoy un poquito en apuros, pero esta mañana fuiste muy lindo conmigo. Me ayudaste, fuiste el único que quiso hacer algo.
Abrí mis ojos como para que se salieran... Era verdad. Ningún supuesto personaje de los que dicen ser caballeros y pasaron por ahí intervino; a lo sumo lo hicieron para ver qué tan sexy se ve una mujer siendo acosada, para verle el culo o para mirarla como a una histérica ladrona que quién sabe qué hizo para merecer ese trato.
—Sí, soy todo un caballero, jajaja.
Ella se rio como una niñita y me dijo:
—Sí, como un príncipe... Jajaja. Ya en serio, te lo agradezco mucho. Tenía mucha vergüenza y no sabía qué hacer.
—No te preocupes, muchacha, que me diste un motivo para expresar lo que sentía por ese tipo.
De nuevo su risa sincera y limpia de niña.
—Y... —dijimos al mismo tiempo. Sus ojos gigantes brillaban tan maravilloso; se veía que ella se sentía como si por fin hubiera sucedido algo que esperaba.
—Jajaja... Diga, ¿qué me iba a decir? —le pregunté con mi sonrisa curiosa.
—Jiji... Mucho gusto, Carolina. Me encanta que por fin me veas.
Esas palabras... ¿Qué te pasa a vos, universo de mierda? ¿Qué querés con esto? ¿En qué me vas a meter?
—Y tú... ¿me has visto? —le dije mirándola seriamente.
—Sí, desde hace rato ya. Ya creía que no me ibas a ver nunca. Quizás tiendes a ver las cosas sólo en medio de lo complicado de los conflictos, de las cosas malucas y difíciles...
Esta mujer...
—Puede que tengas razón. En cierta manera, entonces, debo estar agradecido de que tu situación mala y complicada me diera la oportunidad de verte.
Ella me miró seria y dijo:
—En cierta manera, a mí también...
No me gusta el tono de esto... Hay que disipar esta niebla tan... irreal.
—En fin, ¿le debes plata a ese gordo?
—Sí, me van a desalojar mañana. Él hoy...
—Te propuso sexo para pagar...
—No es sólo eso. Él fue mi pareja unos meses cuando recién llegué aquí.
El asco que sentí me hizo hervir de nuevo al exasperarme la sangre de pensar que ese bastardo asqueroso hubiese puesto sus manos y su boca en esta mujer tan amable y hermosa. Y entonces pensé en lo estúpidas que son las mujeres, y en la rabia tan grande que me ha dado ver siempre a mujeres hermosas con gordos, con enanos, con asquerosos, con lagartijas... ¿Por qué les gustan a ellas esos bastardos?
Respiro... No podré juzgar a nadie jamás por nada, no soy ni quiero ser quién para hacerlo...
Le digo:
—Y ¿qué pasó?
Ella lo tomó como si le hubiese pedido que me contara todo desde el principio.
—Pues, digamos que se aprovechó de mi vulnerabilidad, jiji... No es la primera vez que me pasa...
El corazón me pesa. ¿Cómo así? ¿Entonces lo hermoso y lo dulce también sufren y pasan por lo complicado de la vida?
—Me duele eso... Que las personas saquen ventaja para generar emociones que solo les convienen a ellos.
—Sí, es triste. Y no sé en quién confiar muchas veces, me traicionan mucho... —dijo ella, agachando la mirada como tragándose un pedacito de chocolate amargo.
Yo estoy con el corazón colgando... Siento su alma, la veo a ella. ¿Cómo no pude no hacerlo? No quiero que me cuente detalles de cosas de las cuales muy posiblemente no quiere hablar.
—¿Vives hace cuánto ahí? —le pregunto.
—Ocho meses. Estoy harta ya... Menos mal... Me voy a quedar en la calle.
—Pues no lo voy a permitir... —dije.
Ella me miró con un asombro incrédulo.
—¿Cómo así? —preguntó.
Yo no soy un tipo que no conozca absolutamente a nadie; es simplemente que no tengo contacto con lo que serían mis amigos lo suficiente como para considerarlos parte de mi vida y viceversa. Pero sí tengo un amigo, otro ermitaño, un riquillo que juega al horror existencial y al vacío del alma. Me cae bien, es buen artista, pinta y esculpe 'desde la pasión de su corazón distorsionado'. Tiene una casa de exilio, no un cuarto: una casa propia para encerrarse y decir 'oh, sufro mucho, ¿a qué niña de universidad me culearé hoy? Espero tener suficiente cocaína para el día'. Puedo pedirle que la hospede; me dirá que sí y no me cobrará, yo sé. Ese perro me estima tanto como yo a él... Se lo voy a proponer.
—Oye, si quieres, yo tengo un lugar en donde te puedes quedar el tiempo que necesites.
—Ay, no... ¿Yo me salgo de mi cuarto para irme para el tuyo?, jiji, qué bobada... No me parece buena idea, igual pues ya hiciste demasiado por mí esta mañana... —me dijo, amable pero condescendiente y sarcásticamente.
Ah, me fascina ser ninguneado en mi intención de ayudar solo porque las apariencias son el punto de partida de la percepción...
—No soy estúpido, no te voy a proponer eso. Me parece que tu problema es estar allá, y yo estoy allá. Que me trates de estúpido de esa manera me fascina... —Ella se lo toma con humor; a mí me altera un poco, pero no tanto para ser grosero con ella—. Te propongo SALIR de aquí —quizás puntualicé 'salir' con demasiado énfasis—. Conozco a alguien. Si quieres, vamos por tus cosas ya y te llevo. No desconfíes, no te voy a violar, ni a trocear, ni a vender por kilos.
A ella le causa mucha gracia y se acerca a mí en una complicidad hermosa.
—Bueno, vamos. Si vas a seguir haciendo cosas bonitas por mí, te voy a coger mucho cariño.
Eso... no sé cómo me hace sentir.
—Vamos, pues...
El regresar ya no se siente como antes de este momento...
No contestó... Seguro vio que era yo y no le da la gana; seguro está viviendo su maravillosa vida de 'artista supremo de su propio camino del arte'. Basura... Mejor. Ahora que lo pienso, Carolina... No es que vaya a estar 'muy bien' con esa sensibilidad, esa amabilidad, esa dulzura que se traduciría en más dolor y confusión para una mente que de por sí ya parece haber sufrido bastante. Lo pude notar: ella va tras la felicidad de lo dulce, y en su afán por hallar un hogar para su corazón, termina cayendo en trampas para su mente... y su cuerpo. Ni siquiera me acuerdo bien por qué tuve en cuenta a Mario; sería por lo cercano que era. ¿Pero 'cercano'? Su máscara se disolvió pronto y aprendí a ver la porquería que era. Supongo que obvié recordar eso; ahora lo hago otra vez y es tan decepcionante como siempre...
Otro cigarro. No sé ni siquiera qué está pasando. Preocupado por una chica, pensando en ayudarla en más de un sentido... La voy a llevar donde Juan. Es... otro tipo de bastardo, más melancólico que yo. Un suicida al que le faltan 3.14 segundos para matarse pero nunca lo hace; espera una ocasión especial, como el día definitivo de romper la última piñata. ¡Ah, qué belleza, qué divertida fiesta! ¡Sesos por doquier! Tiene una pistola, pero dice que solo es para él... También tiene plata; quizás el exceso de facilidad en la vida material también amarga demasiado el alma. Tiene un lugar que nunca usa, lo voy a llamar a ver...
Extrañamente, no se dejó ni resonar el teléfono...
—Hey, Juan, ¿cómo vas? Soy...
—M... —me interrumpió una voz profunda, definitiva. Más que melancolía era desesperanza, como el mortuorio sonido del alma al final de su existencia; todo eso sentí.
—Sí. ¿Cómo has estado?
—Jeje... ¿bien? Sabes que no sé contestar eso... —dijo en el mismo tono mortuorio.
—Lo sé... Hace rato no hablamos...
—Tres años, dos meses, seis días... Tengo mucho tiempo libre, ¿sabes?, jeje...
—Juan... ¿y no volvió a escribir nada?
—¿Cómo has estado?, ¿qué pasó?, ¿te acordaste de mí?, jeje. Dígame qué necesita. Yo sé que no me llamó a preguntarme cómo voy, ¿le importa?, ¿hoy?, jeje... No le estoy reprochando nada, sólo que me siento irrelevante en esta parodia insoportable que trata de ser interesante a toda costa, y usted va apareciendo a hacerme preguntas... con las que yo no puedo... —dijo con la voz entrecortada, pero recuperó su ánimo y me dijo—: Además, siempre has sido alguien a quien yo admiro... y te voy a ayudar siempre, sea que yo te importe de verdad o no. Yo siempre te tengo en cuenta en mi vida, perro sarnoso, egoísta y terco...
Eso... me dejó tan frío como las ranas en la madrugada. Yo no me esperaba eso. ¿Me admira? ¿Y yo... soy admirable? Los reflejos de mí que me otorgan desde afuera...
—La verdad sí necesito un favor. Tengo... que ayudar a alguien, una chica...
—¿Tu novia? ¿Por fin pasó? ¡Me alegra mucho! —Su emoción simulaba al mismo lamento que se oye al pie de un mausoleo proferido por un fantasma demasiado muerto.
Eso... no sé cómo me hace sentir...
—No, no ha pasado y, ¿sabes?, tampoco son cosas de las que me guste hablar... No es un caso diferente, ¿podrías hospedarla en...?
—Mi otro apartamento... —me interrumpió, adivinando el final de la frase—. Claro. Pero sabes que es casi en el campo, ¿le importa a ella?
—Pues no sé... Creo que quiere irse de aquí y ya...
—Qué bien... Solamente usted se queda allá encerrado...
—Aunque me fuera, en este momento estoy aquí encerrado...
—Lo entiendo... Espero puedas salir definitivamente algún día. Deberás pasar mucho tiempo rebotando de pared a pared, jeje... Yo también lo hago a veces...
¡¿Cómo hijueputas?! ¿Qué carajos pasó? ¿Qué dijo? ¿Por qué todo hoy parece estarme viendo directamente el interior? ¿Soy... predecible?
—Jajaja... Juan, entonces cuando ella termine de empacar vamos...
—Dale, my friend, aquí los espero. Yo los llevo en el carro hasta allá... M..., gracias por volver a aparecer, estúpido de mierda, jeje.
¿Está llorando?
—Hey, Juan, relájese pues... ya vamos.
—Listo... gracias... eh, sí, aquí hablamos.
Colgué y... otro cigarro. Ya son las 9:10; esa muchacha está como demorada...
La espera se acaba cuando cae la colilla. Aparece; estaba un poco incómoda llevando no sólo sus cosas personales, sino todo lo que tenía que ver con su venta ambulante de dulces. Eso fue lo que le tomó tiempo: empacar eso bien. Yo asumí la tarea de ayudarle a llevar la mesita de madera plegable, que era un poco grande y le estorbaba mucho, y una maleta pesada. Ella me miraba como se mira a quien te ha salvado el día todo el día.
Cogimos un taxi, llegamos... Zona residencial de riquillos. ¡Qué hijueputa cambio de paisaje! De los morideros a las praderas del cielo MasterCard oro platinum VIP del universo. Jajaja, siempre me han parecido bastante curiosos y risibles los ricos... La casa de mi amiguito era 'sencilla' para su estatus.
Abre la puerta un cadáver espantoso, con una última chispa de vida que se genera al verme. Se me abalanza y me abraza. Carolina mira con una sonrisa de 'qué carajos' y yo le doy palmaditas en el hombro...
—Vamos de una vez... ¿o quieren entrar? No, no entren, jeje. Yo ya estoy listo para salir.
No era que quisiéramos entrar, pero normalmente vas a la casa de alguien y te sientas en el sillón de la sala al menos unos minutos, ¿no?
—Vamos entonces —le digo para salvarle la vida, ya que parecía que se iba a morir si nosotros le decíamos que íbamos a entrar...
Su carro... wow. Camioneta de alta gama, súper dúper wow, el símbolo del éxito total en la vida. Nos subimos. Juan pone a Anita O'Day, a Billie Holiday y a Peggy Lee a que llenen un vacío incómodo de no saber qué decir en ese momento, y todos lo agradecemos...
CAPÍTULO IV
Lento, pero sí estamos avanzando. Ahora reboto sobre lo que voy viendo por la ventana. El jazz es el jazz, definitivamente. Ella está como acurrucada, se ve cómoda, casi está dormida; es decir, está tranquila. Qué bueno...
—Y entonces, ¿de qué sí podemos hablar usted y yo?
—Jeje... —dice, girando a la derecha—. De... de cómo hace unos meses mi prometida canceló la boda.
—O tal vez de por qué te ves como enfermo.
—Lo estoy... desde hace un año.
—No me digas nada con lo que no estés cómodo para decirme.
—Eres mi amigo, uno muy especial; estoy cómodo pa' decirte lo que sea... Tengo un tumor maligno cerebral. Me lo encontraron hace un año.
—Ay, hijueputa...
—Jeje. Ahora estoy un poco asustado con él al volante.
Miro de reojo sus manos sobre el cuero de la dirección de alta gama. Bien cuidadas, uñas limpias, reflejando una fragilidad decisiva y elegante. Sí, tiemblan un poco. Es una vibración sutil, rítmica, como el motor de una máquina vieja que se va quedando sin aceite. Y si me pongo a pensar, él siempre fue una máquina que nunca funcionó muy bien y nunca tuvo suficiente aceite. El platillo de batería dorada de la tarde ya se apagó; ahora la carretera es una garganta negra que la camioneta va tragándose a cien kilómetros por hora, y es algo hermoso irse dejando devorar por el negror de un escape del mundo de los desastres imprevistos y la Coca-Cola dietética.
—¿Y entonces? —le pregunto, tratando de que mi voz suene tan sosa e indiferente como cuando hablo del rebaño del parque—. Esos 3.14 segundos de los que siempre hablas... ¿Cuánto te queda en tiempo del universo limpio y aburrido?
—Jeje... seis meses, dice el matasanos encargado de los habitantes de burbujas caras —contesta, sin quitar los ojos de la carretera, con esa voz de mausoleo—. Aunque yo creo que el tipo es un optimista de mierda. Yo le doy cuatro. Por eso la pistola, ¿sabes? Antes era un símbolo de mi capacidad de tener el control de todo, absolutamente todo; y ahora, enterándome de que mi cuerpo ya se deterioró y llegó al límite de su inutilidad vital, no quiero que esa porquería elija el día del final por mí. El final del final lo decido yo. Una última piñata, M... bien limpia, pero sobre todo, indiscutiblemente mía.
A mi lado, Carolina se mueve un poco en el asiento, cambia de posición y deja escapar un suspiro suave, tibio, que empaña apenas el vidrio de la ventana. Huele a chocolate, a ropa limpia y a confianza plena. Qué contradicción tan interesante y desconcertante está sucediendo conmigo dentro de este carro: la vida durmiendo plácidamente a la derecha, la muerte manejando con las manos temblorosas al frente, y yo en el medio, perplejo, sin comprender todavía qué pasó desde por la mañana, dándome cuenta de que por fin el destino me arrojó a un juego donde las fichas se rompen de verdad, donde la distancia es crueldad ejercida con toda la voluntad puesta en ello. En cierta forma me siento mal por haberme alejado de la vida de Juan y volver a aparecer en este momento tan divertido de su vida...
—No te vas a pegar un tiro con ella en la casa, Juan, todavía hay mucho por qué seguir padeciendo —le digo, sintiendo un frío raro que me camina por la nuca; y no es miedo ni preocupación, es arrepentimiento y pesar...
—Jeje... no soy tan desconsiderado, estúpido. Y sí, todavía hay mucha diversión para mí; lo haré antes de no poder hacer nada más. Por eso te agradezco que la llevaras. Me da algo en qué pensar que no sea mierda, y si puedo ayudarte antes de morirme, pues bueno. Sin contar que esto me representa una aventura, algo que irrumpió mi inercia, y eso me gusta... ¿Y quién es ella? —dijo, asumiendo una actitud de "como si nada hubiera pasado".
—Ahh... ¿sabes que ni sé?
—Jeje, entiendo...
—Supongo que ella es la entrada a un mundo nuevo o algo así. Es sólo una chica en apuros y ya.
—Un gatito perdido ayuda a una gatita perdida porque sí...
No puedo creer eso que dijo... Este carro va lentamente hacia algo.
—La ayudé...
—¿Te recuerda a ella? —me interrumpió...
—No...
—No tiene la misma energía...
—Me doy cuenta.
Cuando menos lo esperamos, aparecemos frente a la fachada de una cabaña bonita, no muy lejana de la carretera.
—No la despertemos todavía, bajemos primero las cosas —dice él. De repente lo veo serio y lúcido. No es un manojo de nervios y lágrimas, como uno creería que podría llegar a ser un tipo que, cuando compartíamos siendo parte de la vida el uno del otro, era flemático y retraído, y que ahora podría con toda validez estar y actuar completamente devastado y devastador.
Yo me bajo. Son las 10:30 de la noche; más el viaje en el taxi, nos tardamos en llegar una hora y veinte minutos... La mesa, las maletas, las cajitas... Me dan ganas de cogerla a ella cargada y llevarla al cuarto. Jajaja.
Le toco suavemente el hombro:
—Hey, llegamos...
Ella se despereza lentamente, se estira, bosteza. Parece que descansó un poquito. Se frota sus ojotes, suavecito, y me mira...
—Gracias, de verdad... —me toma de la mano y yo sonrío.
—Venga, entremos. Salga y se termina de estirar, jajaja.
Sale y sí, estira sus brazos hacia arriba y suelta un último bostezo fuerte y profundo. Mira a la cabaña y le gusta lo que ve. Juan nos grita:
—¡Vengan...!
Cruzar la puerta es fácil...
Ella entra arrastrando los piecitos; claro, su vergüenza está justificada: está en un lugar extraño con dos extraños. Igual recorre la pequeña cabaña con naturalidad y suavidad, como si pudiera estar ahí...
La cabaña estaba impecable: cortinas y sábanas limpias, mesas, sillones, camas, todo nuevo; una nevera... En fin, completamente funcional. Pero se veía y se sentía que ese tipo no iba por allá nunca.
—¿Tienes algún problema con estar aquí sola? —preguntó Juan—. Está tarde, no hace falta que te pongas a desempacar...
Ella sonrió y dijo:
—La soledad me va a servir mucho.
Creo que ella va a estar bien... Otra vez me acerco a ella con demasiada familiaridad y la tomo por los hombros; pero esta vez le toco la barbilla con mis dedos y la miro:
—¿Vas a estar cómoda?
Ella no desliza su mano; la posa sobre mi mejilla.
—Sí, de verdad... Aquí voy a estar, jiji. Y me gustaría mucho que vinieras de vez en cuando. No me importa estar sola, pero este escape, este descanso, me lo diste tú. Me ayudaste mucho hoy y estoy fascinada, me siento segura... y te quiero conocer más...
Yo... no sé.
—Claro, vendré. Yo también tengo muchas dudas sobre ti...
Ella me miró... raro. Así miras a quien quieres que te bese... Estoy divagando...
Juan se despide de forma cordial, y ella queda ahí, como una gatita morenita con sus ojotes y sus misterios intactos.
Juan en el carro conmigo. Benny Goodman y Artie Shaw nos dicen que el viaje de regreso es otra cosa.
—¿Y entonces? —me dice él—. ¿Se va a volver especial para ti? Jeje, cuidado.
Yo lo miro. Me gusta esto: el moribundo no lo está ni lo estará nunca mientras demuestre estar vivo.
—Ya es tan especial que peleé por ella y estuve en un calabozo dos horas.
—No me extraña que hagas cosas así.
—Soy una puta maravilla de ser.
—¡Jejejeee! Se me olvidaba que eras un ser increíblemente superior, jeje.
—Te extrañé.
—No, no lo hiciste. Yo tampoco lo hice, me cansé de hacerlo. Cada quien deja que en su vida entren o no a las personas; tú elegiste sacar a todo el mundo porque al final sólo cabes tú y ya.
—Eso... me hace egoísta...
—No... te hace un estúpido.
—¿Y qué me dices tú, si tu aislamiento también es definitivo?
—Pero no por elección.
—La elección no fue porque sí.
—Fue por incomodidad.
—Lo entiendes en parte.
—Pero saber lidiar con la incomodidad te garantiza días felices.
—O terminar asfixiado.
—Siempre pensando en lo peor.
—Es la posibilidad más factible.
Ahí ya, se acabó la charla. Goodbye de Benny Goodman es apropiado... Sin que me dé cuenta, me trajo hasta mi casa.
—Hey, gracias por todo.
—No creas que me vas a deber algo. Déjala allá; incluso si se aburre y se va, lo hará seguro luego de idearse algo.
—Gracias, Juan.
—Piensa bien si vas a dejar que se vuelva especial para ti. Cuando te alejes de su vida y te aísles de ella también, entonces será en vano; entonces tampoco te vuelvas demasiado especial para ella.
No me da tiempo a contestarle. Arranca y se va...
Entrar... La cama, el rectángulo...
Me meto en esa cama como entrando a un nido. No quiero reflexionar sobre nada. Voy a dormir como una piedra de loza sobre una lápida. Qué reparador será...
CAPÍTULO V
La mañana llega, siempre llega. Es el baño de luz. Sí, la luz baña, limpia; a veces ciega y crea espejismos, pero lo engañoso sólo tiene el poder que le demos... Y no es lo único que toca la luz...
Ayer no era yo. Ayer fui... ¿en piloto automático? No sé si reaccioné bien y manejé todo como debía. No sé qué pasó ayer...
Todo está ordenado aquí... Han pasado tres días... ¿cuatro? El gordo está en la cárcel: antecedentes penales acumulados, mal abogado, castigo merecido... La regencia de este chiquero quedó en manos de alguien más, yo no sé. Igual hay que pagar por estar aquí, sea a quien sea, no importa mucho...
¿Carolina? Hmmm, no sé. Supongo que está allá. He tratado de no pensar en ella para seguir siendo yo; esa situación me saca de mi centro y no sabría qué ir a decirle... Por otro lado: "Y te quiero conocer más"... ¿Y yo también? Es lo que me asusta. "No te vuelvas especial para ella". ¿No me preocupa que ella sea... especial para mí? Lo contrario...
Debería subir. Esta ciudad es muy hermosa, su falsedad es divina, pero la verdadera belleza está en la quietud del campo.
Si todo está ordenado, ¿qué voy a ordenar? ¡Mi cabeza! Antes de subir, debo entender que Carolina... bueno, ni siquiera sé quién es... no sé cómo asumirla... ¿Y qué puedo asumir de ella sin ser entrometido? Es la cuestión con las personas que no conoces: te haces ideas, asumes cosas a su respecto, crees saber qué piensan y cómo lo van a pensar, y más cuando las estás conociendo...
Ya en la calle, llego al paradero. El rebaño está ahí; no es que se pueda agregar mucho más sobre ellos. Son lo que son: simples y minúsculos, pero bonitos, dignos y responsables. El autobús no es nada más que un autobús que hace el recorrido del casco urbano al campo, nada más. Una lata funcional que transporta humanimales a los sitios por los que pasa. Es lo que pienso cuando el tráfico está atascado: todos viven encerrados en sus carros, yendo “A algo”. Viven enlatados, y se proyectan como productos en lata; están en todos los estantes, ahí en su vida enlatada, creyendo ir hacia algo metidos allí. Definitivamente... hay diferentes tipos de sarcófagos y tienen diferentes tipos de funcionalidades.
Me bajo en cierto punto mucho antes de llegar. Lo que no puedo soportar, más que todo, es el olor: el de todos, y obvio el mío. El autobús se detiene y me bajo, fácil...
En medio de la carretera, un cigarrillo, cómo no. Voy caminando bajo un cielo cremoso; estoy cremoso, jajaja, me siento crema de mí mismo. La solidez no es mía hoy... Voy ejerciendo mi derecho de ir hacia adelante.
Ir hacia adelante... Eso se puede definir según muchos criterios. Para muchos, ir hacia adelante lo es todo, es lo único que pueden hacer, es lo único que saben hacer. Para otros, es un acto tan natural que ni se debe tener en cuenta. Para otros, es una aventura; es lo que te venden todos los sabios de la auto superación, los religiosos, los economistas, los violentos, los sobrios, como la idea suprema de la autorrealización.
Para mí, en este momento, es ir hacia adelante... hacia esa panadería al borde de la carretera. ¡Qué conveniente que haya una panadería en la carretera, qué convenientes son las carreteras! Y las latas de cuatro ruedas, y estos papeles que le doy a la señorita de la panadería pa' que me deje llevar esto por las buenas.
Llevo una bolsa de papel madera entre los dedos. Dos panes de bono calientes para amortiguar el hambre de mi estómago y un pastel de hojaldre relleno de chocolate, bien cubierto de azúcar pulverizada. Es una cursilería, lo sé, pero estoy de acuerdo con eso. Una ridiculez de novio genérico del variopinto rebaño; y ni siquiera lo somos, que es lo más rancio de esta cursilería. Pero mi mente cremosa de hoy no tiene la rigidez suficiente para juzgarme con ganas; mi interés no está puesto en sabotearme esta intención y quizás eso es buena señal. La cremosidad, lo blando, la docilidad, matizan mucho, y el matiz que otorgan es de benevolencia. Esto, más que cualquier cosa, es un soborno para su sonrisa, o tal vez para la mía.
Salgo a la carretera y camino el último tramo a pie. El asfalto se termina y da paso al camino de tierra que lleva a la cabaña. El silencio del campo es denso, pesado, pero no asfixia; es un silencio limpio que hace que mis pasos sobre la grava suenen como aplausos secos. Su dureza no me afecta; acentúa toda la cremosidad que se va trasladando a todo lo que voy tocando con los ojos, y no reboto... A lo lejos, la fachada bonita de la cabaña empieza a recortarse contra el cielo... Ella está allá, haciendo cualquier cosa, y está cómoda. Eso es tan bonito que casi ni lo puedo resistir; y saber que me voy a unir a ella en ese santuario que quizás ya construyó allí en tan poco tiempo, me hace sentir muy raro...
No hay camionetas de alta gama parqueadas al frente. No hay transeúntes, no hay almacenes, no hay sonidos cotidianos, no hay asfalto devolviendo el calor que recibe del sol (¿hace cuánto no llueve?). No hay afanes ni incertidumbres fabricadas, ni paranoias, ni espejismos engañosos ni ruido excesivo. Solo está la quietud. Me acerco a la puerta con el corazón colgando de nuevo, sintiendo esa electricidad infantil de estar ante el umbral de lo desconocido. Ella... lo desconocido es su vida entera, y conocer un universo entero lleva tiempo, entonces es mejor empezar ya. Levanto la mano para golpear la madera.
Tocar la puerta es fácil...
Ella...
—Hola... —me dice, con la mirada más amplia y atenta del mundo y una sonrisa de interés genuino—. Pensé que ya se te había olvidado que yo existo.
—Hola... No, para nada. He estado ocupado, es todo...
—¿Salvando a otras chicas?
—Encerrado...
—Sí... Esa es tu vida entera, ¿no? Esconderte como si hubieras cometido un crimen o un error imperdonables...
—Simplemente... no puedo con la vergüenza de ser... yo —dije automáticamente, sin pensar y sin poderlo evitar...
—Y ¿cómo vives siendo tu detractor más directo?
Me miró fija y seriamente. Estamos frente a frente en los sillones ultra cómodos de la sala. Todavía no es mediodía; el ventanal que va de la pared al piso deja ver una zona boscosa preciosa. El canto de las aves, que comenzó desde las seis de la mañana, ya va dejando sus últimas notas en el aire...
Yo... no sé.
—Yo no lo soy. Al contrario, soy mi mayor fanático...
—No. Incluso me atrevo a decir que no es que te quieras mucho...
Esta conversación... me está poniendo nervioso.
—¿Y tú? ¿Qué clase de amor propio tiene una chica que cae en manos de todo el que la quiera utilizar como juguete, incluso sexual, porque es "vulnerable"?
Creo que me exalté un poco...
Ella no parpadea. Mantiene la mirada fija, clavada en la mía, tragándose el dolor que le produjo que yo le recordara su defecto más grande de un solo golpe, como si estuviera acostumbrada a recibir bofetadas invisibles, insensibilidad, juicios de valor, burlas, críticas... Su rostro no se deforma, pero noto cómo sus nudillos se aprietan contra la tela del sillón ultra cómodo, como para que la velocidad del corazón no arroje lejos a su mente. El canto de las últimas aves se apaga por completo afuera en el bosque. El silencio que se instala entre los dos es denso y frío; tengo la capacidad de convertir todo en un lapso eternizado de incomodidad.
—Tienes razón —dice, con una voz extrañamente tranquila, tan limpia que me corta; creo que esa era su intención—. No tengo mucho amor propio. Por eso termino en manos de bastardos que me hacen sufrir, incluso huir despavorida. Pero yo, al menos, tengo el valor de salir a la calle a buscar el amor que me falta, aunque me equivoque, aunque me rompan, aunque me usen, aunque cada intento que haga de hallarlo se traduzca en mis lágrimas. Me arriesgo a vivir, a ir hacia algo. En cambio tú... tú te crees una gran puta maravilla superior sólo porque te escondes en una caja donde nadie te puede tocar, porque sientes que nada ni nadie te merece por ser puro y tener tanto la razón. Tu orgullo no es genialidad, M... es cobardía, una muy infantil. Te da pánico que alguien te conozca de verdad y descubra que debajo de esa máscara de sabelotodo frío no hay nada, porque estoy segura de que no hay nada; tú te encargaste de eso, quedaste vacío para siempre porque no te cabía nada más en el pecho que no fueras tú mismo. Estás vacío. Y prefieres morir de asfixia rebotando en tus paredes antes que admitir que necesitas que alguien te quiera... Pero quizás ya, de verdad, no haya nadie dispuesto a hacerlo, y eso te da una mezcla entre alivio y horror triste, ¿no?
Agacha la mirada un segundo y ve la bolsa de papel madera que dejé sobre la mesa de centro, esa cursilería de panes de bono calientes y hojaldre de chocolate que ahora parece el monumento a un chiste patético, por mi culpa...
—Viniste hasta aquí porque querías ver si yo te había visto, a ver si yo era consciente de tu existir —continúa, volviendo a clavar sus ojos gigantes en los míos—. Sí, te vi. Te veía subir las escaleras con esa mirada tan extraña, muy agobiado, nunca una sonrisa; se te veía al borde de perder la razón frenéticamente o de ponerte a llorar. Vi al hombre que me defendió del gordo sin dudarlo, sin ni siquiera considerar por qué; vi al príncipe que me sacó del chiquero y me trajo a un lugar donde he podido descansar, vivir en paz, ser yo misma. Pero ahora mismo sólo estoy viendo a un cobarde asustado que muerde cuando se siente acorralado, a un niño que se enoja cuando no le dicen que sus juguetes son los más bonitos. Bajá la cabeza, M... bajala un momento y admití que viniste porque tenés miedo de quedarte solo en tu maldito rectángulo, usándome de excusa. ¿Yo de verdad te importo, o fui un impulso de acción que usted ya no sabe cómo tomar ni manejar?
Me quedo helado, petrificado... El trueno que me cayó en la espalda en la estación de policía no es nada comparado con este frío. ¿Y había necesidad de pasar por esto? ¿No había podido simplemente ser amable, hablar cosas agradables...? Ella acaba de destrozar mi armadura con la precisión de un cirujano, y no me agrada ni un poco... Miro el suelo, miro mis zapatos sucios por el polvo de la carretera; soy un imbécil. No tengo réplica. No hay sarcasmo que me salve. Bajé la cabeza, ¿qué más iba a hacer?
Ella, por su parte, no había cambiado de actitud; seguía igual que al principio. Yo no...
Ella se rio. Su risa de niña fue un estallido.
—Pero no es para tanto... A ver, ¿qué trajiste? —me dijo, tomando la bolsa de papel—. Venga pa' la cocina, ya por fin sé dónde está todo. Hagamos chocolate, lo bebemos con leche y me hace una visita bien linda...
Me dijo, tomándome de la mano y ofreciéndome una sonrisa que me quebró el corazón.
—Lo sie...
—No te disculpes... Has sufrido mucho, yo también. No compitamos en eso; déjate llevar y ya...
Es imposible no corresponderle la sonrisa... Ella no me suelta la mano y me mira como si por fin fuéramos a ir hacia algo...
En la cocina la conversación cambia por completo: le cuento anécdotas de antes, ella a mí; reímos, bromeamos, nos equivocamos cocinando unos panes en el horno. Jugamos a ser conocidos de toda la vida. Yo le conté que estudié filosofía, que alguna vez quise ser escritor, que mi madre había muerto. Ella me contó lo mal que se sentía siendo una carga desde siempre para su familia, su sueño de ser exitosa haciendo lo que ama, truncado en todas las versiones, sus anécdotas de niña con cédula...
Al fin, comimos lo que yo llevé y los panes que sí nos salieron bien.
—Lo mío es la repostería, no la panadería, jijijiji.
Ella era un faro y yo no era un barco: era el mismísimo mar en olas turbulentas, siendo tocado por esa lejana luz.
Sin darme cuenta, la conversación fue tan profunda e intensa que el mediodía y la tarde pasaron como innecesaridades. Hicimos almuerzo también. Resulta que ella es repostera, pero la comida común también le queda deliciosa; esta vez no me deja ayudar, quiere "que yo le pruebe la sazón" a ella. Y no me arrepiento para nada, cocina muy delicioso...
En silencio, de nuevo en los sillones de la sala, me fumé un cigarrillo ante la desaprobación de Carolina, cruzada de brazos y meneando la cabeza de lado a lado.
—Pegadito de esa cusca como un bobo ahí, matándose... —jajaja, se preocupa por mí... Me dice—: Ojalá a uno lo besaran así como usted besa los cigarrillos pa' sacarles el humo.
¿Qué dijo?
—Tan boba usted...
—Jiji... —dijo, con sus dedos delicadamente sobre sus labios...
Cuando por fin terminé de lavarme las manos y de comerme un trocito de chocolate, ella volvió a aceptar mi cercanía.
—No me gusta para nada ese hábito tuyo...
—Ok... A mí sí me gustan mis hábitos.
—Tú, de verdad, estás empeñado en alejar a la gente...
—¿Por qué lo dices?
—Jiji, no importa... Oye, ¿quieres que te cuente un chiste? Es un chiste de mierda, ni yo lo entiendo... —me dijo, mirándome de un modo extraño.
—¿Un chiste? Bueno, sí, ok...
—¿Por qué los fantasmas no juegan al fútbol?
¿Qué?
—¿Por qué?
—Porque siempre se les escapa el balón...
¿Cómo así? ¿Qué quiso decir?
Son las 6:30 de la tarde; ya es hora de que cada uno nos volvamos a asumir en solitario...
—Bueno, yo me voy...
—Jiji, pensé que ibas a salir corriendo más temprano... ¿Sabes? Llevaba mucho tiempo, demasiado, sin pasar un día tan... feliz.
¿Feliz? ¿Yo... la hice feliz?
—Me agrada mucho eso, de verdad...
Esta vez fue ella la que se acercó a mí de forma demasiado familiar y cercana, como yo lo hice el primer día...
—... ¿En serio te vas? Y... ¿si te quedas conmigo esta noche y terminamos de pasar un día completo juntos? ¿No te gustaría compartir conmigo hasta mañana? A mí sí, mucho... —me dijo casi susurrando, con un anhelo de mujer fascinada—. Te agradezco lo que has hecho. Nadie, ni siquiera mi familia, me tuvo en consideración del mismo modo que tú, que acabaste de llegar a mi vida...
Su mirada me arde... Tomo sus manos como el tesoro más grande de mi vida.
—Caro... no... Yo me voy, pero ¿sí puedo volver, cierto?
—Vuelve, por favor.
—Sí, claro...
—Hazlo mañana... —Se detuvo—. Ven todos los días si quieres...
Ella... ¿ansía mi compañía?
—No te quiero incomodar ni molestar...
—Si no vienes, después de hoy, te voy a extrañar mucho... Yo estaba sola y me gusta, pero después de haber pasado este día contigo, te voy a necesitar, y tu ausencia sí me va a hacer sentir sola.
Yo...
—Jajaja, no te voy a dejar sentir sola... Mañana vengo entonces...
—Sí, te espero...
Se acercó para besarme la mejilla con toda su sensualidad y hermosura de mujer; yo la tomé por la cintura y le plasmé un beso en su mejilla con todo el anhelo de amor de mi corazón...
—Adiós, Carolina...
—Adiós no, bobo. ¡HASTA MAÑANA!, jiji...
Salir no es fácil...
CAPÍTULO VI
Estoy ya en la carretera. No me voy a enlatar; voy a caminar hasta la casa...
Son las 7:30 de la noche. Guardé bastante silencio. No voy ni en la mitad del camino...
Qué día tan bonito. Sin duda lo fue. Todavía pienso en nuestra risa; allá está, allá quedó todo eso tan bonito con ella. Eso sólo existe cuando existe Ella... Pienso con el corazón tembloroso, no sé qué pasa conmigo, estoy... como poseído. Pero esta vez mi posesión no es comodidad...
Ella me vio muchas veces; en medio de su situación difícil me vio no como yo me veo, no como yo me percibo... Entonces, ¿se imaginan la imagen que he dado de mí toda la vida en medio del variopinto rebaño útil y con propósito? ¿Qué soy? Con ella fui hoy alegre, y estuve bien conmigo... Ella no es mía, no puede ser el refugio de una nada buscando desesperadamente dónde justificarse como algo. Ella...
Voy otra vez hacia adelante. "Estar de ida es lo mismo que estar de vuelta" y sí, cuando te vas vuelves y cuando vuelves te vas, y siempre es diferente el camino aun si es prácticamente la misma carretera a la inversa... Yo me escondo, yo me excluyo, yo no salgo a buscar los sucesos que me pongan en marcha hacia algo. Sigo siendo un niño...
Reflexiono sobre lo que he oído de mí. Eso pasa cuando llevas tiempo sin interactuar: todo lo que te digan después resuena muy fuerte. Por eso es que creo que la gente socializa al extremo; dejan que en su vida entren directa o indirectamente las personas y, como su interactuar es constante, no les pesa después lo que les vayan diciendo... ¿Será que, de ese modo, sí es posible conocer qué de lo que le dicen a uno es importante o no?
Voy hacia adelante, imaginando cosas... Carolina vuelve a su vida, a sus postres; no es que esté en arresto domiciliario o se haya convertido en la guardiana de la cabaña de un tipo que ni conoce... Ella vuelve a su búsqueda de amor, no a seguir siendo la espectadora de un show fracasado.
Igual, no se puede creer en la felicidad, o por lo menos a mí el universo me la arrebata siempre. Pone una barrera y una distancia imposible entre mi felicidad y yo, y ya me acostumbré. ¿Y por qué me acelero tanto? No llevo ni un mes en su vida... Pero con lo que hice por ella bien podría decir... que me ha importado desde siempre...
¿Qué quiero?, ¿qué me hace feliz?, ¿qué necesito? ¿Y si de verdad, cuando ya quiera que me quieran, no hay nadie para hacerlo? Así sin más, vislumbro las primeras señales de que volví al mundo ajeno, al mundo de la solidez y lo soso de la seriedad de lo serio y la necesidad cotidiana: aceras, negocios abiertos de lo que sea. Felicidad, libertad... Todo al alcance, pero con un precio por pagar en más de un sentido; todo abierto, pero completamente sellado. Apariencias, estilos de vida, logros materiales, éxito, felicidad, carros y motos, música... ¡Ahh, qué belleza de verdad! Esto me pudre hasta el hígado...
¡¡Este chiquero!!
El chiquero.
Mi chiquero.
Un papel debajo de la puerta:
"Estimados inquilinos, debido a un daño en una de las tuberías principales del edificio, se suspenderá durante varios días el suministro de agua a los apartamentos del uno al siete. Si el inconveniente les genera complicaciones, pueden trasladarse al domicilio de una persona conocida o familiar mientras que les notificamos la reparación completa de la tubería por WhatsApp, en el grupo de inquilinos y propietarios. Pedimos disculpas por las molestias que se puedan ocasionar, estamos trabajando con responsabilidad para resolverlo lo más pronto posible. Cordial saludo. Admin".
Ja...
¡Jajajajajajajajajajajajaaaaa!
¡¡¡Pienso llenar esta gran puta habitación con mi risa!!!
¡¡¡Jajajajajajajajajajajajaaaaaaaa!!!
Qué bien... Vivo en el piso cinco... Sin agua hasta quién sabe cuándo. Hasta que a esos camanduleros hijueputas les dé la gana de venir a mirar el daño. Plomeros de urbanización... Malparidos. ¡¡Malparidos todos!!
Ya toda la gente de este piso se debió de haber ido; todos esos señores, sus esposas y sus hijos de diferentes edades. Por ejemplo, este señor que vive enfrente de mi puerta tiene una esposa que fue pianista y cantante de ópera. Ella da clases en un conservatorio, pero a veces ahí también. Y tiene dos hijas adolescentes: una rebelde, otra tranquila, y ambas se aman...
¿Que cómo me entero de los detalles de las vidas de mis vecinos? No es que viva pendiente; pero vivir en un apartamento vacío, sin muebles ni mesas, ocupando sólo un cuarto en completo silencio, te da la posibilidad de oír conversaciones que suceden tan animosamente tras la puerta de enfrente. Siempre me ha desagradado vivir así; me siento como que en estos edificios unos vivimos encima de los otros, compartiendo hasta el aire... Pero no es diferente en las casas de los barrios normales o en las praderas del cielo VIP MasterCard papel llave maestra. El humanimal vive apilado, revuelto con los demás, con gente que es un universo completamente diferente y ajeno; pero en la ciudad se insiste en aglomerar almas, unos encima de los otros, compartiendo la vida indirectamente en calidad de vecinos...
¿Está mal la asfixia que me hace sentir eso?, ¿es infantil?
Me siento en la ventana, el trono de la vergüenza que doy, que soy...
Este cigarro es lo más complicado de todo el camino hasta aquí...
Mi mamá me contaba un cuento cuando era niño; era de un sapito que siempre estaba triste... ¿Por qué me acuerdo de eso?
Si no hay agua, no hay luz, y la apago...
Afuera, ¿es sábado? ¡Con razón el ambiente festivo! Con razón otra vez me siento tan excluido... Pero vengo de un mundo... que pareciera ser mío. Esa tarde con Carolina fue... un mundo mío...
Jajaja... ¿O es el mundo de ella y sólo me sentí muy bienvenido?
De la nada, lágrimas...
¿Por qué?
Hacía mucho no lloraba.
¿Qué pasó?
Ya no más cigarrillos.
En la acera de abajo, presencio un abrazo, un beso muy largo y luego dos almas entrelazadas por las manos... Qué estúpido me siento. Si me quedo mirando la pared reboto con mucha velocidad y me estrelló duro contra todo. Miro afuera; ahí está todo, todo... ¿Y yo qué soy ante eso?, ¿qué sé?, ¿qué puedo? Ni siquiera...
Debería saltar desde aquí, debería trabajar, debería salir a beber y a hacer el ridículo, debería conectar, aún superficialmente, con personas, ir a sitios, no sé... Debería no haber nacido nunca...
Respiro...
Jajaja...
Ya nací, y llevo treinta y cinco años aquí.
¿Para qué?
CAPÍTULO VII
La mañana llega, siempre llega...
¿Cómo la esperamos?, ¿cómo preparamos nuestro corazón para esperarla?
La angustia de no saber...
Miro el celular...
Una llamada, es del celular de Juan.
Han pasado cuatro días desde que estuve en el maravilloso mundo de Carolina, ese mundo... En fin...
Marco de vuelta, me contestan, pero no es Juan, es una mujer.
—¿Aló? —digo como quien busca sobrevivientes en medio de un desastre natural.
—Sí, ¿eres M...?
—Sí.
—Yo soy Claudia... yo me iba a casar con Juan.
—La ex prometida... —digo casi exhalando la frase.
—Sí, te llamo... para avisarte que Juan está en el hospital, anoche sufrió una crisis epiléptica... me dio mucho miedo, creí que se iba a morir... cuando reaccionó no sabía dónde estaba ni quién era...
Un relámpago recorriéndome...
—Pensé que ya no estaban en contacto...
Ella obvió lo que le acabé de decir y prosiguió:
—En fin, ya te dije lo que necesitabas saber...
Creo que merezco saber un poquito más...
—¿Me dices en cuál hospital está?
—En el... Pero no vayas hoy, todavía no lo dejan ver. Era solo para avisarte, cuando pueda recibir visitas yo te aviso otra vez.
—Ok, gracias, Claudia...
—De nada...
Se acabó la llamada...
Juan no le dio tiempo a usar la pistola, se emocionó mucho conmigo. Desaparecerme de la vida de la gente y volver a aparecer, ocasionándoles un colapso... Qué gran puta maravilla de ser soy yo...
A ver, a ver... no saquemos de quicio nada... La tal Claudia acaba de llamar para avisarme y tengo que volver a esperar su llamada para saber más. No me puedo quedar aquí, eso sí es seguro... Desayuno, cigarrillo, contemplar el abismo hasta que devuelva la mirada y sostenerle la mirada sin agobio...
De pronto, un mensaje. Carolina.
—Hola, ¿sí vas a venir? Y si no, pues entonces yo voy a salir...
Contesto casi que inmediatamente termino de leer:
—Si tienes que salir, hazlo, no te quiero incomodar.
Contesta de una vez:
—¿No vas a venir?
Yo le digo:
—La verdad, necesito quedarme varios días allá...
—Bueno... ¿y eso? No, aquí me cuenta. Mejor, así si quiere me acompaña. Pero trate de no demorarse, igual yo lo voy a esperar.
—Está bien...
—Oiga... no me vaya a dejar esperando... —me dijo en un tono casi de regaño maternal.
—No, ya voy.
Listo. Voy agarrando mi ropa y mis cosas; no hay mucho qué recoger tampoco. Voy a pasar unos días en el mundo de Carolina. Vamos a ver si eso me ayuda a salir de aquí; ya empecé a hacerlo, ya me voy. Espero poder dejar de sentirme encerrado aquí dentro de mí. Vamos a ver si compartir con Carolina, conocer el universo que ella es en todo su esplendor, me ayuda... a saber qué quiero, qué me hace feliz, y a ir hacia algo, a vivir POR algo, a hallar la forma de crear mi mundo propio y por fin dejar de deambular de aquí para allá, ajeno a todo y a todos, siendo visto desde lejos padecer y ser un manojo de nervios.
En la calle, por primera vez en mucho tiempo, el cielo es azul normal y el sol es amarillo normal. Como ella necesita que vaya rápido, voy en el bus ya subido, con toda mi incomodidad a flor de piel al ir cargado con dos maletas pequeñas, de pie, ocupando un espacio que incomodaba a los demás que iban allí. Hoy sí me bajé en el camino que lleva a la entrada. La puerta. Toco...
Ella...
—Hola, no se demoró nada. Qué bueno.
Yo sonrío. Ella también...
CAPÍTULO VIII
Ella me dice que está haciendo unos cupcakes; eso iba a salir a hacer, a llevarlos a una fiesta de cumpleaños. La contrataron para hacer setenta muffins y setenta cupcakes; ya los estaba terminando de organizar y de empacar.
—O sea que estás desde temprano trabajando.
—Jiji, me encanta... Aquí me siento tan libre, tanto... Me fascina.
Tenía una camiseta ancha puesta que le bajaba a la altura de un vestido muy corto; no tenía puesto nada más... Yo podía notar la punta de sus pezones marcándose en la camisa, era inevitable no hacerlo.
—Jiji, M..., buenos días, mi cielo —me dijo. Era casi mediodía, pero eso no le impidió decírmelo, acercarse a mí de la forma en la que ambos nos acercamos el uno al otro y darme un beso en la mejilla como si fueran las seis de la mañana y nos hubiéramos acabado de despertar...
La abrazo, no la dejo separar de mí.
—Jiji... No se hubiera ido, ¿si ve? Usted sí es terco, y es sólo por no dar el brazo a torcer.
Yo la beso. Sus mejillas huelen a polvo para hornear y a mantequilla.
—Pero ya volví.
—¿Y qué pasó?
—Ese chiquero se quedó sin agua del piso uno al siete.
—Qué porquería eso allá... Aunque yo pensé que ni siquiera faltándote el agua saldrías de allá; era como tu único lugar donde pudieras estar sin sentirte incómodo —dijo.
El abrazo no se rompió. Primero sentí sus palmas tras mi cabeza; una se quedó allí y la otra me aferraba la espalda con el mismo anhelo con el que yo la sostenía a ella, con una mano en la cadera y la otra también en su espalda.
—Tal vez... —dije—, ¿estoy buscando perder mi incomodidad para siempre y, en vez de sentir vergüenza, sentir... felicidad?
Jajaja. Soy tan tierno.
Ella se ríe y me mira como se mira a quien quieres que te bese...
—Voy a hacer el desayuno...
—Yo voy a desempacar y a darme una ducha...
—Ok, mi cielo... No te diría así si no te lo merecieras. Me diste la paz y la libertad para poderme concentrar en mi sueño, y eso te hace... mi cielo, jijiji.
—Ya salgo...
Ella está contenta, motivada; alguien contrató su talento y eso la entusiasma. Me lanza un beso muy dulcemente y se ríe, parece jugando, tiene propósito. Eso... me alegra mucho por ella...
Pongo mis cosas de una vez en el otro cuarto. La cabaña tiene dos cuartos, la sala, la cocina, la zona de lavar la ropa es afuera, el baño es grande... Es sencillamente lujosa, lujosamente sencilla...
Juan, malparido, no te vas a morir por mi culpa...
Salgo ya vestido y ella ya hizo el desayuno, y ya me lo sirvió; me estaba esperando para empezar a comer.
—Gracias...
—Ojalá te guste.
Y claro, esta mujer tiene una mano maravillosa para cocinar, es mágico.
—Es hasta injusto que tengas tanta habilidad para cocinar hasta un huevo —le digo.
—Para que veas que me fascina hacerlo. Si toda la vida se resolviera como se resuelven las cosas en la cocina, no me iría tan mal a veces... Pero yo no soy pesimista ni fatalista, como un niño feo y loco que veo veo, jijiji. Yo mantengo viva mi esperanza.
—Ja... Yo he matado a la mía y la he visto suicidarse millones de veces, y nunca se muere...
—Por algo será, ¿no? —me dice, tomándome de la mano y fijando sus ojos en mí con una ternura seria.
En fin, salimos con las cajas. Ella misma parece un postrecito: su vestido verde azul y sus sandalias le quedan muy bien; además se peinó de coleta, pero hacia un lado. Es... una visión muy hermosa, en fin...
Hoy me da igual todo el mundo a mi alrededor, si están atrapados en una irrealidad o no... Yo no puedo hacer nada; me tocaría matarlos a todos o lobotomizarlos más de lo que están, a ver si se les puede resetear la consciencia y el alma... Hoy se trata de llevar estas cajas, de reír cotidiana pero especialmente, de preguntar detalles, de sentir... algo. Puedo sentir, no como el mundo me acepta y me redimo con la canción motivacional cursi de fondo, pero me siento, y siento... benevolencia, como si se hubiera producido alguna especie de tregua entre lo que soy y el mundo para que yo pueda sumergirme con Carolina en la tarea de llevar estos pastelillos a un lugar X. Ni siquiera comparto el mismo entusiasmo de ella, que ve en vender sus postres, en repartir su habilidad con todos los que la quieran probar por un precio, una razón de ser feliz, activa, entusiasta...
Pero tal vez eso es lo que debo aprender de ella; quizás no la "ayudé" más que para que pudiera ella "ayudarme" a mí después. ¿Eso... no me hace conveniente? ¿No la estoy usando también, aprovechando su desventaja y su deuda moral conmigo para aprovecharme de ella, haciendo que me enseñe a ser feliz?
Ese pensamiento... no lo necesito hoy. Hoy voy a estar aquí, a ser amable. A seguir siendo el gran hijueputa más amable de todos: a sonreírle a las señoras, a ceder el paso, a ser un caballero con Carolina...
Llegamos a la fiesta. La mamá de la cumpleañera ¿era una vieja amiga de Carolina? ¿O en casa de quien carajos estoy? Yo no me acerqué de inmediato; más bien no lo hice. Me quedé en medio de... ahí, en esa bulliciosa reunión de niños y sus mamis. No había papis; los papis no tienen tiempo de fiestecitas de cumpleaños por la tarde, están muy ocupados haciendo la plata que se va a gastar en la fiestecita. Ella se veía conversando animada con varias mujeres de diferentes edades; todas parecían apreciarla mucho. ¿No será que no son sus amigas sino sus familiares?
Una niñita de vestidito lila se me acerca con un dulce en la mano y me dice:
—Hola, ¿quién eres tú?
Yo no tengo ni idea, niñita...
—¿Yo? Soy el que trajo los cupcakes, mira... —le digo, y le muestro lo que hay dentro de las cajas, lo cual enciende una sonrisa mueca en su carita y se aleja corriendo, seguro a llevarles la noticia a los otros niños de que los cupcakes eran una realidad de la fiesta.
Me distraje tanto que se me olvidó Carolina, que ahora conversaba con sólo dos mujeres, las que parecían más cercanas a ella. Ahora parecen... ¿mirarme de reojo? Ella, en un pedazo de la conversación con ellas, me mira como me ha mirado desde que nos conocimos y se ríe nerviosamente. Una de las otras mujeres, una muy voluptuosa, con un cabello recogido estilo fuente, unos anteojos de marco negro, labial rojo y unos ojos con una fuerza intimidante, me estudiaba como se estudia un misterioso jeroglífico. La otra, una rubia rolliza de cabello rizado y labios rosita, volteaba su cabeza hacia mí como asombrada; me dedicaba una mirada de asombro extrañado y se volvía otra vez hacia ella. Mi Carolina... parecía muy orgullosa de... ¿mí?
Ella me llama; con un gesto, me llama...
Voy. Estoy un poco nervioso, ojalá no se note...
Sonrío con toda la fuerza de mi amabilidad; la rubia me acepta la sonrisa, la otra me da su desdén... Esto va a ser... incómodo. Espero que sólo para mí; espero no avergonzar a Carolina...
—Muchachas, les presento a M...
—Hola, ¿cómo están? Mucho gusto —les digo con toda la fuerza de mi amabilidad...
—¡Bien! Soy Ana —me contesta la rubia, y su cara refleja más asombro todavía que antes.
—Hola, soy Mónica —dijo la otra, cambiando su semblante un poco.
—Jajaja... Sí, cuando se describe un acto de altruismo hecho por alguien sin interés, siempre levanta sospechas, ¿no? ¿Cuál es mi intención real con Carolina, por ejemplo? —Y aquí voy: lapsos eternizados de incomodidad...
Extrañamente, no... La rubia me miró como diciendo "¿qué?"; creo que fue como si le hubiera hecho señas detrás de un muro. En cuanto a la otra, su curiosidad cambió; dejó de ser definitivamente hostil para pasar a ser más hostilmente observadora. Dijo:
—Sí, ¿cuáles son? ¿Consiguió mascota?
Carolina quedó desconcertada; no creía la pregunta que Mónica me acababa de hacer.
—Jajajajajaj... Qué tontería... Yo no soy coleccionista de personas, no necesito domesticar a ninguna mujer, no necesito obediencia ciega de nadie ni espero sumisión... ¿Cuáles son? No sé. ¿Hacer algo por una mujer hermosa sólo porque me da la puta gana, porque en mi corazón quiero hacerlo y porque sí? ¿No te sirve? —Jajajaj...
—Pues no es que me inspires mucha confianza, ni me agrada que cualquier desconocido esté "ayudando" a mi sobrina para involucrarla en quién sabe qué. Ya ella ha sufrido mucho por culpa de caballeros y príncipes que la "ayudan"...
—E inmediatamente... ¿yo soy uno de ellos? ¿Otro igual, un cualquier cualquiera sacado de cualquier parte buscando aprovecharme de la ingenuidad de las mujeres?
Me arde la sangre.
—Jajajaja, ¿entonces usted es único y diferente a los otros? Jajajaja, todos son iguales.
No voy a poder... La sangre me hierve con una temperatura tan alta que el aire a mi alrededor parece distorsionarse; reboto por todas partes, estoy como poseído... ¿Todos iguales? ¿Un cualquier cualquiera? ¡Maldita sea! Ya me estoy cansando de que me rebajen y me vean por completo en mi interior, como si yo fuera lo más predecible del mundo. Mi risa brota, pero no es la de la amabilidad; es una carcajada seca, afilada, que cae sobre la mesa de los cupcakes como un cristal rompiéndose. Es la reacción que más conozco, que más domino y la que más me define... Ana da un paso atrás, asustada; como es una estúpida, no comprende a quién se ríe sin un chiste. Carolina me mira con los ojos abiertos, implorando en silencio que me detenga. Jajaja, ni que las fuera a apuñalar... Ya abrí el telón. Ya me toca ser el monstruo, la vergüenza, lo que soy sin remedio.
—¿Todos iguales, Mónica? ¿De verdad me dijiste eso, sin conocerme ni un poco? —le digo, bajando la voz hasta que se vuelve un susurro cortante, obligándola a sostener mi mirada detrás de sus anteojos de marco negro, una mirada engreída y asombrada—. Qué reduccionismo tan perezoso, tan facilista y pueril. Pero lo entiendo, de verdad lo entiendo, ¡jajajaj, claro que lo entiendo! Es la única forma en que una mente genérica y asustada con lo que nunca se ha esperado, o con lo que nunca ha visto u oído como la suya, puede procesar el mundo sin que le estalle la cabeza, sin perder el centro de gravedad y el control: metiendo todo enlatado en el mismo estante, claro, por lo de la facilidad de la distribución. ¿Sí me está entendiendo un poquito? Usted necesita creer que soy igual a los demás para justificar su propia amargura, su nimiedad de pensamiento genérico y masivo, para sentir que su sospecha es lucidez y no simple resentimiento de tía guardiana que vela por el bienestar de su sobrina. Venga, ¿dónde estaba usted mientras ella estaba allá en ese chiquero en manos de esa porquería?, ¿estaba muy bien cuidada?
Me acerco un centímetro más, ignorando el bullicio de los niños que corren a nuestras espaldas.
—Usted habla de caballeros y príncipes que la lastimaron, cuando no eran otra cosa que mentirosos bastardos. Usted está usando el dolor de su sobrina como un escudo moral para atacarme, para ningunearme, para reducir mis intenciones a qué... ¿a que me la quiero culear mucho y ya? Jajajajaaa. Pero dígame, Mónica, en esa lógica barata de mercado donde todo tiene un precio y una segunda intención, su mundo real y material de todos los días... ¿cuál es su función aquí?, ¿la de juez moral, social, existencial? Usted no está protegiendo a Carolina; está protegiendo su derecho a controlar su miseria y a sentirse bien con usted misma por ser tan considerada y preocuparle tanto su sobrina. Vuelvo y le digo: ¿usted atacó así al gordo, al príncipe caballero más reciente? Le aterra que alguien haga algo por ella simplemente porque sí, porque eso destruiría la ficción en la que usted vive, donde la generosidad es un mito y la sumisión es la única moneda de cambio. Pero claro, yo la entiendo, claro que sí, es su único mundo y lo único que usted conoce. Yo no soy un príncipe, ni busco domesticar a nadie. Pero usted... usted es el epítome de este rebaño homogéneo: predecible, ruidosa y absurdamente pretenciosa, sin contar con que confía demasiado en su apariencia. Bájese de su pedestal de labial rojo, señora, si su supuesta humildad se lo permite. Su juicio no me roza; no puede, no me alcanzaría nunca. No se puede ser un jeroglífico para quien ni siquiera sabe leer la portada de un libro.
Mónica se queda rígida, con la boca entreabierta. El labial rojo parece ahora una herida falsa en su rostro pálido; no se lo puede creer. La rubia, Ana, mira hacia el suelo como si deseara tragarse la tierra, no sabe qué más hacer. He convertido la fiestecita en mi obra cumbre: un lapso eternizado de incomodidad absoluta, de una violencia intelectual tan pura que nadie sabe cómo reaccionar. Ni siquiera yo...
Carolina me toma del brazo. Su mano tiembla, pero no hay furia en sus ojos; hay un horror triste, decepcionado. Es la mirada de quien acaba de ver a su príncipe transformarse en un troglodita cruel. Y yo... soy la vergüenza de ser yo.
Carolina me iba a decir algo triste, seguro, y yo estaba listo ya para volver a la nada de mi exilio. Pero extrañamente, y fuera de todo pronóstico, la reacción de su tía no fue la que yo estaba esperando generar, no fue la que Carolina esperaba, ni siquiera Ana, que parecía estar en un coma consciente... Nunca me voy a olvidar de esto: hay gente más loca que yo.
Mónica, en vez de ceder a la incomodidad o buscar estar ofendida o desencajada, se partió en dos en una risa que sólo la gente drogada puede manifestar...
—¡¿Sabes qué?! Con eso me acabas de demostrar que sí eres diferente... y mucho... Incluso me impresionaste. Carito, por fin un tipo que sabe decir más de dos frases y no del trabajo o de bobadas, jajajaj...
Se inclinó hacia mí y me dijo:
—Le gustan los imbéciles.
—¡Tíiiiaaa!
CAPÍTULO IX
Todos nos reímos; hasta Ana parece haber resucitado…
Ya habiéndome ganado una simpatía como un lapso de benevolencia otorgada para poder estar ahí sin ser aplastado, me sentía bien… Además, esta familia, estas mujeres, no son nada como las demás: no se envenenan ni permiten que la oscuridad gobierne en sus cielos. Iba a ser difícil para mí arruinarlo todo con mis palabras, y eso era maravilloso; tendría que ofenderlas muy gravemente para provocar esa terrible reacción que tanto temo, pero no lo voy a hacer, no necesito hacerlo, no quiero…
Ellas son personas maravillosas, luminosas, siempre limpias, siempre comprensivas, siempre con una confianza cálida y con un corazón que dice SÍ, siempre con fe y esperanza en la gente… incluso… en mí.
—Si quieren, se quedan otro ratico, Carito. Preséntele a la abuela…
Los ojos de ambas brillaron; esa abuela es muy importante en la familia, seguro…
Ella me guía por entre toda la gente. La casa no está llena, pero sí lo suficiente para hacerme sentir rodeado de vida, de vidas ajenas. Y Carito —como todos alrededor la llamaban— me abrió las puertas de su vida.
Pienso en Juan: «Cada quien deja que en su vida entren o no las personas»…
No te vas a morir todavía, por favor. No hasta que te agradezca el haberme hecho este favor: el favor de hacer un favor, que se tradujo en mí recibiendo apretones de manos, miradas curiosas, sonrisas, y la palma de Mi Carolina guiándome hacia ella, hacia lo que ella es, hacia sus personas importantes… De haberlo sabido, me hubiera vestido mejor…
Allá, como en el centro de todo y de todos, estaba la abuela. Ya estoy ansioso por saber cómo se llama.
—Carolina… —le aprieto la mano lo suficiente para que sepa que estoy nervioso. Ella se detiene y me mira con su boquita entreabierta. Yo le pregunto—: ¿Cómo se llama tu abuela?
—Cecilia…
Trago entero…
—Caro… así se llamaba mi mamá…
Estoy a punto de llorar, de huir; ella lo nota y me abraza…
—M…, ven conmigo… —me dijo.
Ya nos faltaba poco para estar ante la mirada de la que parecía ser la directora general de todo eso que estaba sucediendo alrededor.
—¡Abu! ¡Te amo! —así saludó mi Carolina a su abuela, una mujer sexagenaria que se veía sabia como una montaña inexplorada; los ojotes de mi Carolina, pero en una mujer de otra generación.
Yo, igual que al principio, no me acerqué; dejé que Carolina hablara con ella en privado todo lo que necesitaran. De nuevo me distraje con un niño.
—Hola, ¿usted es el novio de mi prima Carolina o se van a casar? —la niñita de los cupcakes se ocultaba a lo lejos y miraba cómo iba a salir todo; seguro fue ella quien le dijo al niño que me preguntara eso. Jajaja, ¿qué? ¿Casarme con ella?
—Yo todavía no sé si me voy a casar con ella, pero si ella quiere que seamos novios, bueno, yo le digo que sí.
—¿Ha tenido muchas novias?
…
—Solo he tenido una…
—¿Y qué pasó?
Ay, niñito, si supieras qué pasó…
—Pues que ella se aburrió porque yo estaba muy triste, era muy aburrido y muy raro; y ella era divertida, alegre, estaba loca… y se fue lejos.
El niñito se rió cuando dije que estaba loca. Andrea estaba loca…
—Ah, bueno. Y entonces, si usted es novio de mi prima, ¿qué somos usted y yo?
—Amigos, si quieres…
—Sí, eres divertido, no eso que dijiste, y también muy raro. Me gusta, jajaja.
—Entonces chócala, amigo nuevo.
Los ojos del niño brillaron de complicidad.
Cuando se fue, miré hacia donde estaba Carolina y esta vez fue su abuela la que me hizo el gesto de “ven”. La sonrisa que lucía esa señora tenía el poder de ocho mil agujeros negros compactados en un gesto amplio, cálido y tan amable que me dieron ganas de morirme ahí mismo.
Llegué hasta ellas: cuatro pares de ojotes brillando y un par de sonrisas como ráfagas de viento que arrancan del piso todo lo que no esté firmemente anclado y tenga raíces profundas…
—M…, te presento a mi abuela. Ella y mi tía Mónica me criaron porque mi mamá se murió cuando yo era niña —eso explicaba el porqué de la actitud de Mónica conmigo; seguro a los príncipes caballeros les fue mucho peor con ella de lo que pudieron soportar.
La señora no me hablaba, pero me daba una mirada tan honda como la profundidad del universo. ¿Y qué puede hacer una profundidad de mar oscuro y turbulento frente al infinito profundo donde flota esta roca plagada de falsedad y libertad de papel llave maestra?
—¡Muchísimo gusto! —rompí el silencio que nos unía a los dos.
—Acérquese, mijo, yo lo miro bien —me dijo.
Su voz era igual de dulce y hermosa a la de Carolina. Me agaché para quedar frente a frente con ella; me tomó las manos y la calidez de sus palmas era hermosa. Con sus ojotes me miraba sin decir nada. Por un rato creí que estaba senil, pero senil estoy yo desde antes de hoy. Ella, como después de dialogar mucho consigo misma en su interior, me dijo:
—Ay, pobrecito… Usted ha sufrido mucho, ¿cierto? ¿Ha estado muy solo?
Yo…
—Mijo, bienvenido a la familia. Yo no sé usted quién es o qué quiere de mi niña, pero yo sé que usted es muy bueno y tiene un corazón muy bonito. No lo esconda más; entrégueselo a Carito, esta niña ha sufrido mucho también…
Yo ya no podía evitar ponerme a llorar.
—Ay, mijo… Tranquilo, ya no llore más. ¿Le digo una cosa? Sus ojos son iguales a los de mi difunto esposo. Él también estaba muy triste y confundido, pero me entregó el corazón y mire, jiji —la misma risa de Carolina—. Mire lo que construimos. Me hace mucha falta, pero yo sé que él está feliz viendo todo esto, viendo lo que usted hizo por mi niña, viendo que usted está aquí, con nosotros…
Dijo todo eso sin soltarme las manos. Yo lloraba como un niño que está arrepentido de haber sido grosero.
—Ay, pobrecito… No llore, que todo va a ser diferente para usted de ahora en adelante. No se vuelva a esconder, muchacho…
—Gracias por dejarme entrar a su vida —dije mirándola como se mira a quien te deja ser parte de algo que te hace feliz.
—Mijo, gracias a usted por venir, por estar aquí, por estar con mi niña y haberla ayudado tanto.
Carolina no podía más de la felicidad. Pude ver que a ella también se le salieron unas lagrimitas…
Bueno… todo salió bien.
Carolina y yo nos quedamos un rato más; la fiesta infantil pasó a ser una fiesta para los papis, que iban llegando cuando sabían que los niños ya se habían divertido y les tocaba a ellos. Y las mamis, cuyos cuidados y atención se reducían por completo al comenzar a sonar la música bailable de todas las fiestas familiares de esta sociedad.
Me di cuenta de lo buenas bailarinas que son las mujeres de la familia de Carolina. Ella también; bailó un par de veces con uno de los papis de los chiquis que ahora sí la estaban pasando bien, fuera del radar parental y sus tonterías.
Yo no sé bailar; me atormenta ser yo, jajaja. Nunca aprendí, por eso me marginé del ambiente festivo. Mitad por eso y mitad por la vergüenza de tratar de bailar sin saber y quedar como un imbécil incapaz de cosas tan simples; solo capaz de lo complicado y lo horrible, y solo cómodo con eso. Hoy no me sentía así…
Carolina se estaba divirtiendo. Noté a Mónica estudiándome de nuevo mientras se fumaba un cigarrillo y se tomaba un ron con Coca-Cola. ¡Ja! Quién sabe qué estaría pensando…
Aquí sentado, observando el desenvolverse de una fiesta familiar… ¿Hace cuánto no estaba en algo como esto? Todos parecían tener un rol y desempeñarlo dentro del núcleo, todos parecían ser parte fundamental de esto. Y si en esta familia hubiera habido discordia, agravios, desacuerdos, insultos, burlas… ¿Esto sería posible? ¿La reunión de todos ellos en un espacio compartiendo porque sí, amena, calmada, felizmente?
De pronto se me acercó un beodo. Era uno de estos viejos que Carolina me dijo que eran tíoabuelos, primos, sobrinos… La verdad, eso de los parentescos no lo entiendo bien.
—Oiga, mijo… ¿Por qué… hip… por qué está por aquí sentao? ¿Usted… hic… usted no baila?
—Nada, ome… No sé…
A lo que el beodo no supo qué contestar y siguió balbuceando algo que tenía que ver con lo feliz que se sentía, o algo así.
Carolina me llamó:
—M…, ¿estás aburrido? ¿Nos vamos?
—¿Por qué? Si tú te estás divirtiendo…
—Pero yo quiero que tú también lo hagas. Ven, baila conmigo.
—Carolina… Yo… No sé bailar.
—Ya ves, la filosofía y el sacar los colmillos de serpiente nicheniana no lo son todo, jijiji.
Jajaja, dijo “nicheniana”…
—Mi amor, es Nietzsche, se dice así…
—Ese señor raro me cae mal, te amargó mucho.
Lo dijo jugando. No me di cuenta, pero me aprisionó las manos y en menos de nada estábamos bailando merengue romántico en medio de todos, solo nosotros dos. Y extrañamente… sí sé bailar merengue, al parecer.
Pasamos un rato bailando, cercanamente. Tres, cuatro, ocho, diez canciones de merengue seguidas… Ella y yo ya no necesitábamos hablar.
Cuando nos íbamos a ir, la abuela me mandó llamar. Me dijo que me cuidara mucho, que podía contar con que yo ya era parte de la familia y que le cuidara mucho a su niña. Me dio una bendición que recibí con fervor de ateo y le besé las manos. Ella me sonrió como mil soles de nuevo, y no me morí.
Mónica me dijo:
—Bueno, príncipe, mucho ojo. Estoy es pero pendiente… Equivóquese una, una sola vez, y no voy a hacer lo de las otras veces que Carolina no me dejaba intervenir: lo busco y lo mato, ¿listo?
—Creo que me tomaré en serio tus palabras; una amenaza de muerte no es algo sin valor para mí.
—Ya veo que lo tuyo es el caos, el drama… Yo no sabía que los llorones bailaran tan bien merengue —dijo burlona.
—¿Sabes que yo tampoco? —le guiñé un ojo y ella se destornilló de la risa.
—Hasta luego, M… De verdad fue un gusto.
Su amabilidad daba más miedo que su desdén.
—Adiós, Mónica…
—¿Adiós? Oigan a este… Se dice “hasta luego”, usted no se va a esconder más…
—Okey, okey… Hasta luego.
Cuando por fin estuvimos Carolina y yo en el taxi, nuestros corazones no podían estar más satisfechos.
Llegamos a la cabaña, al lugar que apareció de la nada como refugio para ella y para mí cuando más lo necesitábamos. Ella estaba cansada, no borracha; se quitó las sandalias desde la puerta. Yo me iba a meter directamente a mi cuarto sin decirle nada, pero puso una cara de que no lo iba a permitir.
—Ven a mi cuarto…
—Carolina, yo…
—Ven conmigo a mi cuarto.
—Caro… no…
Se exasperó, me agarró del cuello de la camisa y me besó con las ganas que tenía de hacerlo desde que nos conocimos. Yo… no pude más, me rendí. La besé como si fuera mi salvación, mi refugio, mi vida entera.
—Ven, M…, por favor.
Ya no la iba a hacer esperar; yo ya no podía esperar.
En su cuarto, su olor estaba por todos lados. La desvestí y la contemplé. No me pude resistir: la besé por todas partes, la probé. Sabía más dulce que los postres que hace. ¡Ella, Ella!
Nos dimos placer los dos. Fuego, miel, su mirada, sus latidos… Fui feliz, estaba extasiado. Me sacié y la sacié a ella en todas las formas. Esa noche fue nuestra y nos entrelazamos; no era solo un deseo ciego, la estaba reconociendo como la reina de mi alma, y ella a mí como su grandísimo tesoro.
Cuando ya no pudimos más, nos acostamos uno junto al otro. Creo que así vamos a estar desde hoy.
—M…, te amo. Y no me importa si nos conocimos ayer… Te esperé, te esperaba, te esperé toda la vida.
—Ay, Carolina… Si te digo que yo también te amo, no sería sino una abreviación simple de lo que estoy sintiendo por ti… Igual lo diré: Carolina, te amo. Gracias por existir.
—Jijiji, tan bobo…
—Jajaja, sí, mi amor… Fui un bobo mucho, mucho tiempo.
—Buenas noches, mi cielo.
—Buenas noches, mi ángel.
Cuando me oyó decirle “ángel”, se apretujó contra mí, como quien dice “es mío, mío”. No tardó nada en quedarse profundamente dormida; suspiraba, y me fascinaba verla dormir con tanta paz.
Supongo que yo también debería hacerlo… Ya no necesito mirar de pared a pared, rebotando un alma que lo que quiso desde siempre es quietud… Un beso en la frentecita, y a dormir.
CAPÍTULO X
La mañana llega, siempre llegará. La cuestión es: ¿quién la espera? ¿Cómo deberías preparar tu corazón para cada mañana? La felicidad… ¿es algo que existe?
No puedo soportar esta incertidumbre tan de miniatura; hace demasiado ruido. Voy a llamar al teléfono de Juan. Simplemente no puedo esperar a que a la tal Claudia le dé la gana de avisarme cuándo puedo ir…
Seguro la vuelta real es que a esa tal Claudia no le agrada mi irrupción repentina en su vida. Seguro estaba bien acostumbrada a ser la dueña de todos los pensamientos, la atracción principal y el centro de la atención de Juan. Seguro jugaba con su mente y su corazón como le daba la puta gana y cuando quería. Sobre todo, ¿cuántas veces este agüebado no añoraría que aquella arpía lo arponeara, que jugara con su mente y su corazón solo para sentir su atención como una realidad? ¿Cuánto lo harían sufrir esos lapsos de ausencia en su vida? ¿Y para qué la dejaba entrar?
Esa piroba lo que tenía era rabia porque ya no iba a ser el centro de atención, y me echa la culpa de la crisis que él tuvo para justificar que Juan esté aislado de mí. «Todavía no puede recibir visitas». Esa perra manipuladora me dijo el hospital donde estaba casi que por las malas, pero con la excusita de las visitas me soltó un: «no vaya a venir a estorbar».
Piroba…
La trato mal y ni siquiera sé por qué, pero yo tengo esa particularidad, y es lo que me lleva al asco con la gente: no los tengo que conocer toda la vida, ni su historia ni nada de esas mierdas. Soy de los que con mirar a los ojos una sola vez o compartir un par de palabras con alguien, ya he visto todo su interior, toda su profundidad. Puedo ver los gestos que hacen con las manos tras sus espaldas… y es tan decepcionante.
Me importará 3.14. Me voy ya para ese hospital… ¿Cuál era? Reviso el celular… Ah, sí, ya sé dónde es.
¿Me baño? Sí, claro, la dulzura empegota y estoy muy, muy empegotado, jajaja. Qué rico fue… Me ama.
El agua caliente de alta clase es la misma tontería que el agua caliente de los chiqueros que se van quedando sin agua de un momento a otro, seguro porque los drogadictos del edificio se roban los tubos de cobre…
Ayer… Nunca lo olvidaré. Pues, si esto es un sueño, voy a hacer que sea uno muy… feliz. No me saco la felicidad de la cabeza: la posibilidad de una felicidad que dure y sea de verdad.
¿Qué habrá pasado de verdad con el gordo? Igual no es que nos pueda encontrar, ni sabe dónde hijueputas estamos… ¡Juan, carechimba! Él fue el que posibilitó el sueño.
¿Y si sí se muere? ¿Quién está dispuesto a padecer un tumor maligno solo para darle tiempo a un tipo que se escondió cuatro años para recuperar el contenido perdido? Porque no fue, no es el tiempo lo perdido: es todo lo que se pudo haber hecho dentro de ese tiempo, el contenido con el que se pudo haber llenado ese vacío…
¿Le digo a Carito…? ¿Carito? Jajaja… A Carolina… ¿Qué si me quiere acompañar? No, mejor no. Si la tal Claudia está allá y anda muy intransigente, hostile mode on, ultra on…
Ah, esta agua… La misma chimbada. Qué bueno que no haya cosas que cambien demasiado.
Salí a la sala y ya Carolina estaba despierta, haciendo café. Me contó que fue su tía la que le compró los pastelillos y que le fascinó que yo hubiera aceptado acompañarla, aunque la cumpleañera no era su hijita, era la de otra tía —la del collar grande artesanal que ya había ido a la India y a la que nunca le importó hacerle la vida amable a la huérfana que era Carolina…
—Si te hubiera invitado sin decirte que me ayudaras a llevar esto, ¿me hubieras acompañado igual?
—No… —dije, siendo lo que soy todavía—. No hubiera sido capaz, probablemente me hubiera quedado aquí…
Ella me miró con su paciencia de oro indestructible.
—M…, me alegra mucho cómo salió todo ayer. Lo que tiene que pasar pasa, y nada se interpone…
—Mi amor, ¿y eso no te da miedo?
—¿Qué, mi cielo?
—La inevitabilidad de lo que tiene que pasar… ¿inexorablemente?
Ella se puso un poco sombría, no seria. Dijo:
—¿No está como muy temprano para que ya estés tan lleno de esos temores? ¿Ese es tu ejercicio, cargar pesos con el alma? Si el esfuerzo físico tuyo fuera igual a tu esfuerzo mental, tendrías el cuerpo de un fisicoculturista… ¿Y sí me entiendes un poquito? —dijo, emulándome a mí, cuestionando mi capacidad como yo cuestionaba la de su tía para entender de lo que hablaba—. No te estoy mandando al gimnasio; te estoy diciendo que no deberías de flexionar, de reflexionar y de volver a flexionar… ¡sobre cosas tan sombrías!
No fue un grito; fue más bien un énfasis anhelante, demasiado acentuado por su pasión y su ser.
—Creo que… tal vez mis pensamientos son menos pesados a tu lado, en tu cercanía —mis manos tomaron su respectivo lugar en nuestro abrazo; las de ella hicieron lo mismo.
—Mi amor, mi héroe, jijiji… Tienes que aprender a no levantar el peso de los pensamientos que te genera la vida entera cuando no estés cerca de mí, para que nuestra cercanía no sea tan solo un exorcismo temporal… Mi amor, yo sé que tienes mucho que resolver, pero tu mente abarca lo inabarcable. Yo no sé cómo no te has vuelto loco de verdad. Piensa en pequeño, mi vida; no te degradarás, no te ensuciarás como crees si aceptas las cosas como son y dejas de lado el pensar por qué o para qué… Yo te amo, te amo… Y no es por mi vulnerabilidad que te lo digo, ni por agradecimiento. Me pregunto qué hubieras hecho si me hubieras visto en el chiquero… No podías, y ahora que lo pienso, mejor. Me viste cuando necesitabas hacerlo y yo también, solo que yo te vi mucho antes. Así como tú haces con la gente —asumes cosas de ellos: ignorancia, maldad y estupidez, por ejemplo—, yo también asumí muchas cosas de ti. Te estudié, y entendí, sin entender, lo que ahora entiendo plenamente: tú me necesitas, y yo lo sé. Pero he de enseñarte a ser tú sin que te duela, sin que te pese, para no ser solo tu calma pasajera.
Terminó de hablar y me besó el cuello; casi me lamió y me estremecí. Eso, junto con sus palabras, me pareció motivo suficiente para tomarla otra vez y hacerla mía…
Juan, si me regalaste esta oportunidad, entonces es mía. Ya nos vemos…
Le conté que iba para el hospital. Ella abrió sus ojotes, preocupada.
—¿Tu amigo? ¿El dueño de esta cabaña?
—Sí, Caro. Estoy… muy…
—Yo sé…
—Yo no quiero ser insensible jamás…
—No, cariño, eso te hace mal.
—Jajaja, sí, mucho…
—Yo voy a vender muchos pastelitos hoy, jijiji. Voy a salir un rato.
—¿Vas a ir a ese parque?
—Jijiji, cariñito tonto, estamos superlejos. No, mi amorcito: me voy a hacer con mi mesita en plena carretera. Hablé con la señora de la limpieza el otro día que estuve aquí y me dijo que era buena idea. No me preocupa el sol porque tengo esta sombrillota, jijiji —dijo sacando de su cuarto un parasol grandísimo.
—Carolina, ¿te ayudo a montar el puesto antes de irme?
—No, cariño, yo puedo solita. ¿Tú puedes solito hoy, mi niño? Di que sí y te guardo un cheesecake, jijijiji.
—Qué graciosilla… Ji-ji. Fea.
—Feo usted. Feo, tonto, loco y muy, muy feo, jijijiji… ¿Feo? Yo creo que nunca tuve un novio tan lindo. Tan lindo como tú, pareces un ángel…
Me lo dijo mirándome como mi mujer, mi única mujer en la vida…
¿Qué estoy pensando? ¿Es buena idea? Sí. No dudes. ¡No lo arruines!
Ya voy en camino. El último beso fue cremoso, húmedo, y se me volvió a poner duro… Pero si fuera por eso, me habría quedado todo el día entre las piernas de mi Ella… Mejor no.
Voy camino hacia donde está alguien que es mi amigo. Negué ese hecho durante mucho tiempo y me pesa; ahora puede que él esté llegando al final de su camino y yo… Bueno, ya que el tiempo que pudimos haber compartido quedó completamente vacío por mi culpa, supongo que lo mínimo que puedo hacer no es enmendar mi error, sino tratar de hacer lo correcto esta vez.
¿Lo correcto? ¿Y cuándo había pensado yo, o cuándo le había dado importancia a lo correcto, a la culpa y a la ausencia? ¿Desde cuándo a mí me interesaba ayudar a montar un puesto de postres en una carretera, ir a una piñata, regocijarme por ser visto y aceptado, bailar merengue, llamar a la gente?
Yo creí y decidí terminar con mi vida allá. No suicidarme, porque no soy capaz, pero sí dejarme morir, dejarme pudrir, no darle importancia a nada, dejar pasar todo en blanco… Y de un momento a otro, como un mapache mojado y entumecido por la lluvia que recibe un rayo de sol continuo y potente, empecé a moverme torpemente, sintiendo la calidez.
¿Y cuándo volverá a llover y a hacer frío? ¿Y si el cielo se llena de nubes y ya no hay más calor para ti, sino para otros, y todo vuelve a ser de todo el mundo menos tuyo?
No puedo confiar en mi felicidad… y eso es lo que me hace avergonzarme tanto.
Este camino es largo; voy a coger un taxi. No voy a cargar más peso con la cabeza. Ya la siento demasiado pesada, y esa fuerza me aplasta.
Llego al hospital.
¡Claro, qué hijueputa solazo!
Rebaño feliz enfermo encomendándose a su dios, sintiéndose buenos, libres, listos para perdonar y aceptar todo de una vez por todas… ¡Claro! Si ya sus errores, que fueron sus vidas enteras, se van a acabar, así cualquiera está en paz con cualquier cosa…
Pero hay otra clase de moribundos. Esos sí se quejan: «Ay…». Su dolor físico refleja el padecimiento que les carcome las almas y las mentes podridas en alguna culpa. Siempre es así: la culpa. ¡Ah, qué brutal motivador! Qué genuina es esa sensación tan pesada y tan descorazonadora que es la culpa, ¡vida trescientos hijueputa!
Sin culpa no habría muchas cosas dentro del rebaño; por ejemplo, la obligación de visitar y estar al pendiente de un padre enfermo terminal que, cuando estaba pleno, no pasaba de ser una porquería violenta, intransigente, autoritaria y coercitiva. Una puta basura. Pero los familiares experimentan una compasión culposa con la pobre porquería, mientras él se muere sintiendo el asqueroso revolverse dentro de su olla: él es la culpa y la culpa es lo que es él…
Ahora entiendo que todos adoptamos un sentimiento para identificarnos. Yo adopto la vergüenza, pero no del mismo modo en que todos estos hijos de puta, enfermos o no, asumen la culpa o cualquier emoción para que rija por completo su vida. Eso en ellos es momentáneo y a conveniencia; en mí es continuo… y pensé que era permanente.
La habitación donde está Juan. Privilegiado hasta para morirse, este hijueputa…
CAPÍTULO XI
¿Entrar? Es fácil.
Una vez adentro, me siento en una habitación donde no existe nada más que lo que está ahí. No me centro ni en los aparatos médicos, ni en el televisor, ni en ningún objeto…
De primeras, mis ojos ven a Juan. Ahí tirado, un tipo tan alto… De los detalles insignificantes de su cotidianidad que supe en el camino de regreso esa noche, supe que le gustaba el senderismo. ¡Ah, qué onda byroniana tan rancia! El héroe trágico que andaba por las montañas mirando el abismo del mundo desde arriba… tirado en una cama. Ya no es tan espectacular… Está llorando.
En el lado de debajo de la cama hay una culona muy alta, de pecho plano, de boca insolente y ojos como puñales envenenados. Usaba labial lila oscuro, tenía los ojos maquillados, su cabello negro no era muy largo, pero brillaba como el cuero nuevo. Llevaba unas botas de diseño sobre el pantalón ajustado, una camisa de franela manga larga y todos los accesorios que lleva una mujer de las praderas VIP Mastercard.
Ella gozaba viéndolo llorar; estaba sonriendo displicente cuando entré. Su deleite fue interrumpido y me miró como miran los vampiros cuando están chupando sangre y los interrumpen con un crucifijo.
—¡M…! —me gritó Juan.
Si hubiese sido un niño, hubiera corrido tras de mí para que yo lo defendiera del bullying que le estaba haciendo una niña grosera.
—Oe… Qué bueno. Me alegra mucho que no estés muerto, my friend…
Él estaba feliz de que yo estuviera ahí, tanto que empezó a ignorar la maligna influencia de la bruja que tenía al lado.
—¡Oiga, pero yo le dije que le avisaba! ¡Qué tal! ¡El colmo! —decía con un desdén irónico la arpía—. Usted viene aquí a dárselas del gran amigo, cuando nunca estuvo presente en su vida…
—Él sí estuvo presente… —alcanzó a murmurar Juan.
—¡Ay, cállese! ¿Es que sí ve? ¿A usted cómo lo va a tratar uno como a un hombre de verdad, si no sos sino un niñito? Un sentimentalismo todo idiota… Por eso ni los empleados de las empresas ni nadie lo respeta de verdad, ¡jojojo!
Su risa era molesta, su olor era molesto, su actitud era molesta, su forma de pararse en medio de la habitación era molesta, el color de sus uñas era una gran puta molestia… Todo en ella estaba como hecho para generar animadversión, desagrado.
Juan, ¿en serio te ibas a casar con esta hija de puta?
Me acerqué a la cama sin alterarme, sin levantar la voz. Los fantasmas son leves; nos acercamos despacio y sin llamar la atención. Juan ya se imaginaba lo que tenía yo en la cabeza, más o menos… Bajé la voz al nivel de un susurro denso, de una calma helada —la que más me fascina antes de explotar—, que de inmediato congeló el aire del cuarto, como si de la nada proviniera de mí un frío apabullante.
Miré a Juan fijamente; luego eché un vistazo de reojo a la figura enjoyada que tenía al lado, con el desdén de quien puede ver a través de apariencias fabricadas con el esmero que exige ocultarse uno mismo en sí mismo, y solté un suspiro dramático. (Me va a fascinar esto… Carito, perdón por ser tan grosero).
—Marica, de verdad… —empecé mi hostile counter attack—. Si me hubieras dicho en la universidad que tus estándares iban a terminar en el subterráneo más hondo y sin luz, te habría regalado una revista o un perro, y creo que los hubieses disfrutado más. Con una perra hembra hasta zoofílico te hubieras podido volver, ¡mejor que jugar con arpías, ¿no?! ¿En serio, Juan? ¿Botas de vaquera y labial de velorio para venir a patear a un tipo tirado en una camilla con el corazón hecho pedazos desde hace tanto? Qué falta de clase tan brava. Pero ella jura lo contrario. Wow, ¿en serio hay que demostrar estatus y superioridad en estas situaciones?
Juan, que todavía tenía las mejillas húmedas y la cara desencajada por el llanto, se me quedó mirando en shock. Pero él me conocía; él sabía que yo era así. De pronto, soltó una risa ahogada, un bufido torpe que le salió directo del pecho. Por fin entró conmigo en la onda que yo quería. Bien, Juan: eso significa que tú y yo siempre estuvimos unidos, aun si no lo estábamos.
—¡Pero qué estupidez es esta! ¿Qué tal este tipo, pues? ¿Qué le pasa? —interrumpió Claudia, con un graznido que retumbó en las paredes del cuarto—. ¡Juan, no sea ridículo! ¿Se va a dejar irrespetar de este muerto de hambre que llega a burlarse de su situación? Jojojo, de verdad que usted es un pelele. De verdad, o sea… Ud. No tiene vergüenza, ¡de verdad es un inmaduro de mierda! «Ay, mi amiguito»… Vergüenza debería de darle a este tipo venir aquí a visitar a uno de los personajes relevantes de la ciudad solo porque hace unos años pasaban la misma calle, jojojo. Bueno, ¡los muertos de hambre son unos oportunistas y usted cae en todo, en todo! Porque no tenés carácter, güebas suficientes… Poco hombre…
Jajaja, ¡tan linda! ¡La arpía está graznando! Y no nos importó…
La miré por primera vez directo a los ojos, sin alterar mi pulso, con toda la fuerza de mi cinismo más bestial, como si mi intención fuera matarla por dentro. En lugar de engancharme en sus gritos o darle importancia a sus “insultos” y burlas, di dos pasos lentos hacia la cama —como cuando parchábamos en cualquier acera a discutir por qué putas yo odiaba a Hegel y a Kant—, interponiéndome entre ella y Juan.
—Mírala bien, Juan. ¡Pero bien! —dije con una tranquilidad cínica, fija la vista en la mujer que creía ser de hierro o de diamante y no era sino plástico indolente de Mattel—. Mirá la puesta en escena, mirá cómo se vuelve un espectáculo de sí misma para llamar la atención de un mundo para el que no vale más allá de sus millones… Labial lila oscuro, perfecto, intacto, invencible. Maquillaje impecable de primera hora de la mañana, jajaja, ni suda siquiera… ¿eso es humano? Botas de cuero brillante, jajajaja, seguro se las compró para ir a algún concierto de música popular; franela de marca, seguro la piel se le ampolla si se pone otra cosita; accesorios perfectamente coordinados, como todo en su realidad estructurada, fabricada por convencionalidades de clase… Mirá el esfuerzo que hizo para venir a un hospital a verte sufrir. A verte sufrir y a hacerte sufrir por ahí derecho. ¿Eso es humano? —la miré con mi mirada más cuestionante—. ¿Vos sos humana o un juguete? ¿A vos te parece que alguien que ama, o que al menos siente un ápice de dolor humano, o le importa de verdad alguien, tiene tiempo de perfumarse y maquillarse con esta precisión de circo para venir a pararse frente a un tipo moribundo? ¿Qué se prueba haciendo eso? ¿”Usted se va a morir y la vida sigue”, o qué?
—¿Qué le pasa a este desubicado…? ¿En serio me tengo que aguantar esto? ¿De qué basurero saliste, contá? Payaso… No, pues tan profundo este idiota. ¿Llamo para que lo saquen? ¿Yo por qué le dije dónde era? —intentó atacar ella, pero su tono perdió fuerza, sonando hueco, sonando como el graznido de una urraca lejana.
—No está acá por vos, Juan. Ni por pena, ni por acompañamiento, ni por nada verdadero o bonito —proseguí con voz pausada, hablándole a él pero manteniendo los ojos fijos en el rostro de ella; sentía cómo ella no tenía muros tras los cuales esconderse y era tan maravilloso que no pudiera huir—. Está acá porque le fascina el olor de la carroña. Más que una arpía, es un buitre. Me pregunto desde hace cuánto estará sobrevolando sobre ti y cuántos pedazos ya te habrá arrancado con su pico.
Cuando dije esto, ella dejó caer la mandíbula por completo; parece que nunca se lo habían dicho.
—Le genera un orgasmo de ego —de esos que no necesitan limpiarse— ver a un tipo de metro ochenta y pico, brillante y pudiente, un puto genio, un alma como las que ya no hay, un tipo que regala hasta mundos nuevos y posibilidades de ser otra cosa… (Juan me entendió lo que quise decir)… reducido a una bata de hospital llorando de impotencia y de frustración. Es adicta al poder, Juancho: se ve, se siente. Es un puto vampiro. Un poder barato, de pradera VIP, que solo puede ejercer cuando el otro está debilitado. Pero es lo que ellos hacen, ¿no? Los de las praderas VIP solo están cómodos abordando las cosas desde su superioridad. Sin tu tumor y sin tu culpa, ella es una carcasa vacía cargada de accesorios caros, con demasiado tiempo libre y sin saber ni siquiera quién es ella en verdad… Y sin ni siquiera importarle saberlo.
A Claudia se le demudó el color de las mejillas. No había visto una reacción tan honesta nunca en una Barbie Stacy Malibú como ella. La risa de arpía se le atragantó en la garganta; ya ni sabía cómo pararse, no sabía si rodar para huir o enterrar la cabeza en la tierra (que si me pongo a pensar, me hubiera gustado que intentara eso: verla estrellar esa cabeza hueca contra las baldosas hubiera sido bello, jajaja).
Acostumbrada a que la gente le gritara, le rogara o se sometiera a sus manipulaciones, el despiece analítico la dejó desarmada. Eso pasa cuando una bruja pierde su poder: queda inmóvil. Se vio a sí misma expuesta y ridícula en medio de la habitación, como una niñita grosera y desagradecida que, cuando descubren las mentiras que dijo inculpando a otros niños, no llora, sino que se repliega en ella con vergüenza y rabia por haber sido descubierta.
—Usted… Usted es un patán, un resentido de mierda… ¡Qué tipo tan patán, tan grosero! Usted ni siquiera me conoce, no tendría ni cómo ni cuándo hacerlo. Basura, se te ve lo que sos por encima y, aunque hables bien, no sos nada… —balbuceó, retrocediendo un paso. Pero las palabras le salieron temblorosas, desprovistas de toda autoridad.
(Jajaja, por favor, muchacha: si vas a ser un monstruo, hazlo pero en serio, ¡con toda tu alma!).
—Tranquila, doña VIP Mastercard. No necesito conocerla: ya sé quién es usted. El porqué y el para qué son mucho su hijueputa problema. El circo se termina cuando los dueños del show vuelven a hablar —le dije, volviéndome de inmediato hacia Juan con un guiño de ojo—. Bueno, ¿y el teorema de la tragedia qué dice hoy? ¿Le vas a dar la razón al tumor o nos vamos a inventar otra tesis para no pagar la cuenta? Jajaja, si me preguntas, opto por la segunda.
Juan soltó una carcajada limpia, de esas que no daba desde hacía años, usando el mismo código absurdo con el que sobrevivíamos a los parciales de la facultad y a nuestra profunda tristeza sin sentido.
—El teorema dice que sigo siendo un carechimba… Pero un carechimba vivo, y por eso estoy muy equivocado, jajaja —respondió Juan, con una chispa en los ojos que la enfermedad no había podido apagar.
—Eso es lo único importante: no te puedes morir sin que yo te joda la vida un rato —le sonreí—. Porque para aguantarse pesadillas baratas con botines de cuero hay que estar bien despierto, tener mucha paciencia y un corazón no de moribundo.
—¡Son un par de imbéciles! ¡A mí no me van a tratar así en mi propia cara! ¡Qué tal! ¡Me enerva! —chilló Claudia, fuera de sí.
Notó cómo el aire de la habitación se le cerraba por completo; casi dejó de existir. Si no fuera por su carne, hubiera sido como si no hubiera estado ahí nunca. La complicidad entre nosotros dos era una pared de concreto armado que sus garras de buitre arpía no podían traspasar. Sus insultos rebotaban como canicas contra un blindaje, canicas de las caras, jajaja. Ella ya no existía en esa habitación; era solo un ruido de fondo, un complemento circunstancial que ya era innecesario.
—Juan —dijo ella, buscando desesperada un último rastro de su dominio—. Me voy. Y si me voy, no vuelvo. ¿Oyó?
Empezó a recoger su bolso, temblorosa y frenética. Sus ojos ya no reflejaban frialdad, sino la vergüenza que siente el chupasangre cuando está matando en secreto y de pronto prenden alguna luz y se ve ahí, a esa garrapata hinchada, asustada, rabiosa, tratando de huir. Lo triste es que, aunque aplastes a la garrapata, esa sangre que te chupó quedará regada en el piso: no la recuperarás…
Juan ni siquiera la miró. Tenía la vista fija en mí, en la calma que acababa de recuperar, en el control de su alma que yo le otorgué y en la valentía que requería desde hace años para despachar de una vez por todas a esta malparida.
—Que le vaya bien, Claudia. Éxitos en su vida, aunque no se los merezca. Ya me chupó la suficiente sangre… Ya no más —dijo Juan, seco, tranquilo, cerrando el libro para siempre con esta mujer.
Ella apretó los dientes, agarró su bolso con una furia temblorosa y salió taconeando tan fuerte que la puerta retumbó al cerrarse. Un berrinche de niña bien; que le diga a su papi que le compre un pony o que haga un despido general, que se vaya de vacaciones a Dubái y se quede por allá, postiza de porquería…
El silencio que quedó era limpio, liviano, casi sagrado. Se podía respirar bien otra vez.
—Qué gonorrea de mujer, Juancho… —murmuré, arrastrando una silla para sentarme al lado de su cama.
—La peor de todas, marica… La peor de todas —sonrió él, respirando por fin en libertad.
—¿Cómo se te ocurrió?
—Culea muy rico…
Jajajajajajajajajajaj…
Juan está vivo, gracias al universo. Brotan unas lágrimas de mis ojos, tan sinceras y bonitas… Mi corazón está contento.
Cuando por fin llevábamos como media hora hablando, se lo pude decir:
—Hey, Juan… Gracias.
—¿Por qué?
—Por… darme la oportunidad de ser otra cosa…
—Parce, vea: usted es una persona maravillosa, de verdad. Lo que pasa es que no confía en usted, ni en lo que es. Yo me he preguntado cómo es que usted no es consciente de lo que es y tiene que esperar a que de afuera lo definan… Parce, el mundo no es así tan horrible. Es verdad que la muerte es inevitable, que el sufrimiento es real, que la tristeza existe… Pero, güebón, sea práctico; no se devane la cabeza en detalles innecesarios. Viva, vea. ¿Cuándo bailaba usted merengue? Esa es la vida real, güebón: sentir, amar… Y usted sí se lo merece, usted sí puede pertenecer a eso. El mundo es ajeno solo porque usted no quiere reclamar de él lo que es suyo…
No puedo evitar llorar.
—¿Sabe qué? Les voy a regalar eso allá a ustedes…
Yo no le presté atención; se puede decir que ni lo oí…
—Allá usted puede sanar y hacer una vida feliz por fin.
Yo no lo oí…
—¿Qué dices, perro sarnoso? ¿Estás contento?
—Espere, espere… Cucho, ¿qué? Jajaja.
—No jodás, ¿no me estabas parando bolas?
—Jajaja, parce… No, jajaja.
—Que les voy a regalar eso allá a ustedes dos…
No me cupo en la cabeza…
—¿Cómo así? ¿Nos va a dar esa casa…?
—Sí… Usted y yo llevábamos años separados y, cuando dije que me había cansado de extrañarte, no fue con rencor que te lo dije. Simplemente entendí que desear que volvieras a mi vida era tonto porque tú no lo ibas a hacer: no querías y no necesitabas hacerlo… Esperé a que tu corazón se decidiera y tu vida te llevara a necesitarme… Me alegra que te hayas acordado primero de mí que de Mario…
(Fue al contrario, my friend…)
—Ese hijueputa… El año pasado me pidió plata prestada…
—¿Mario, el adalid del arte, pidiendo plata prestada?
—Sí… Esa basura creo que está en la calle, jajaja. ¿Sí te acuerdas cuando decía: «yo siempre voy a flotar a diez centímetros del suelo»? Pues ahora se arrastra por él.
—¡No te puedo creer! ¡El súper putas!
—Sí, el ocaso de un ídolo fracasado, jajaja. ¿Sabes qué? Yo creo que tiene sida, y sus putas esculturas ya no son más que vírgenes María que cualquier iglesia de barrio VIP Mastercard le encargue…
Yo estaba genuinamente asombrado de enterarme del fin de un ególatra hipersexual con delirios de escultor griego… Supongo que es un final mejor del que, a mi parecer, se merecía.
—¿Y cuándo fue la última vez que le cobraste? Jajaja.
—Hace tres meses. Se oía súper mal, tosía… Ya no se oía solo obnubilado por el perico: se oía… ido. Se podía decir que casi ni se oía…
—Entiendo…
—Bueno… Por los trámites legales y las mierdas complicadas de traspaso de escritura no te preocupés. Vos andate para allá… M…, aproveche esto. Crezca. Ya dejó que ella fuera especial, y yo por su mirada ya sé lo especial que es y lo putamente especial que va a ser. Eso va a ser muy bueno si usted se deja llevar, o muy malo si usted sigue empeñado en estar encerrado en su mundo paralelo donde usted manda. Y eso no está mal; lo malo es que usted crea que eso es lo único que hay y que solo se puede llamar la atención para mal… Pero usted tiene hoy, ya, de ahora en adelante y hasta que usted quiera, la oportunidad de ser todo lo feliz que sea capaz. Y no me vaya a salir con lo de siempre, eso de «yo no soy capaz de ser feliz»: eso es mentira. Eso es usted muerto de la vergüenza de ser usted. ¿Y por qué? ¿Es que te da tanto miedo ser? Que piensen y digan lo que quieran: vos tenés tu corazón, y por fin pasó. Por fin hay una hermosa mujer que quiere tu corazón, ¡tu amor!, lo que te morías por dar desde siempre y no supiste… No te voy a culpar por lo que le pasó a Andrea. Como te dije la primera vez, Carolina no tiene la misma energía. Es verdad que había algo mal en Andrea, casi maligno; todos sus demonios eran grotescos y horribles, y tú los combatías con tu cinismo implacable, más bien alimentándolos. Cada sablazo tuyo era un bocado más de oscuridad con el que su oscuridad se deleitaba. La verdad, eso entre ustedes se convirtió en un juego de quién hace sentir más mal, estúpido, inútil, horrible, inválido, solo, iracundo, frenético, histérico, triste, humillado, despreciado, excluido, criticado o burlado al otro… Cosas entre almas que se quieren acercar, pero como no saben cómo, se hacen un daño horrible y se despedazan…
Fue de las cosas más brutalmente sinceras que jamás le oí decirme. Y yo… estaba en blanco por primera vez en mucho tiempo.
—Juan… No puedo… —Últimamente estoy llorando mucho; toda el agua del mapachoso animalejo se escurre por mis ojos.
—Yo sé, ya… Otra persona que no te entendiera creería que te victimizas mucho.
—¿Yo… soy victimista? Eso es lo que me da miedo y me ocasiona vergüenza: ser malinterpretado, ser visto no como yo creo ser, no ser tomado como yo quiero. Tratar de ser yo, sin máscaras, pleno, yo ahí… Nada y todo, porque la nada es todo, y ser tomado de mala manera. Que todo salga mal para mí y yo termine siendo una caricatura ridícula y estúpida de lo que intenté mostrar como mi ser. Ser torpe. Que la gente crea que me finjo, o que me creo mucho, o que hablo cosas para impresionar. Me da miedo ser criticado y blanco de burlas y descalificaciones vergonzosas y grotescas, excluido por eso, por aducirme debilidad, pereza, incapacidad, y ser tratado como un ser… inferior e indigno que da lo mismo si es ignorado o deja de existir, sin ningún peso ni valor verdadero para nadie. Porque, ¿quién soy yo? Si yo estoy solo y no voy a ninguna parte a nada porque no conozco a nadie y, aunque lo hiciera… seguro estaría con gente que es más interesante, que la conoce mejor que yo y le ofrece más estímulo para su vida. Yo tengo para ofrecer una habitación, una ventana, y oírme a mí hablar y hablar mierda aburrida… Por no ser igual al resto de la gente: funcional, práctico. Yo veo todo lo que tenga que ver con el dinero como una incomodidad con la que jamás seré capaz de lidiar. A mí no me gusta… casi nada. No me gusta ir de fiesta, no me gustan los tatuajes, no me gustan las motos, no voy al gimnasio, no trabajo ni siquiera, no me voy de viaje, no he tenido mucho sexo —para no decir nada: tres veces en mi vida, dos con Carolina—. En fin, yo no sé vivir la vida que se vive hoy ahí afuera. Yo no tengo redes sociales, a mí nadie me conoce en ninguna parte salvo vos… Ahora que me acuerdo y que lo pienso. Y yo no te busqué a vos porque… porque a mí no me gusta entrometerme en la vida de nadie. Yo no soy invasivo; yo no me voy metiendo en la cotidianidad de nadie ni en el ocio de nadie, siento que lo que agrego es casi nada, o una estupidez. ¿Para qué intrusiones molestas e innecesarias de gente que a la larga no tiene un rol definitivo y definido en tu vida, sino que es solo un paseante? ¿Yo quién soy, de dónde salí? Por otro lado, conocer gente… Como no me gusta estar casi en ningún lugar de esta realidad donde se socialice, ni tengo casi nada en común con nadie —unas cuantas cosas superficiales y ya—, en los grupos de lo que sea, en los gremios, incluso en el del arte, están los que están. Uno llega nuevo a cualquier otro lado y es muy difícil encajar; la exclusión es la probabilidad más alta. Y solo por ser incomprendido, malinterpretado, tomado como falso, fingido, pretencioso y…
—¿Usted por qué no sabe quién es usted?
—Yo no sé…
—¿Usted qué quiere?
—Ser… Vivir. Sentir que esta vida, que este amigo, que mi ropa, que las calles por donde paso, que el poco dinero que consigo, que… la mujer, por la razón más idiota posible, me esté dando la posibilidad de una oportunidad de sentir que este mundo no es ajeno, que también es… para mí. Que me lo merezco y puedo ser dueño de este mundo también, a mi manera… Por fin lo sé, y por fin quiero eso. Y quiero seguir siendo yo: no quiero tener que terminar haciendo todo como todos por no tener más opción. Quiero ser libre y vivir como yo quiera, y quiero que en mi vida sucedan cosas, entre gente… Pero me siento como con un negocio abierto siempre al que nunca entra nadie, y si entra, es muy veloz y brevemente, y nunca volverá, y nadie se queda ahí a forjar nada conmigo… Todavía no sé cómo ni si es posible siquiera…
—¿Y eso lo va a hacer feliz?
—Sí, mucho… Demasiado —digo, bajando la cabeza—. Y me va a ayudar a saber quién soy, así sienta que es demasiado tarde para demasiadas cosas hoy. Siempre puedes ver las copas de los árboles destellando de luz… Supongo que es de confiar que sigo adelante aun sin saber para dónde. De pronto, por fin… Por fin mis pasos no me lleven a paisajes muertos y estériles donde no pasa nada, sino a lugares… llenos de vida, de vidas que… quizás… se podrían abrir para mí…
Estallo en lágrimas de nuevo. Empieza a gustarme esto…
Me limpié la cara con los dedos, aspirando hondo hasta que el aire me llenó el pecho de un tirón seco y suspiré con todo mi corazón. Casi se me salen las lágrimas otra vez. El llanto se fue apagando solo; inició solo también. No voy a decir que yo no quería llorar. Dejó atrás esa marea baja y tibia que queda después de que las olas rompen con fuerza contra las rocas: contra rocas muy persistentes y pacientes con un mar tan revoltoso.
Por primera vez en la tarde, el silencio en la habitación no pesaba; no existía siquiera. Era el espacio sin palabras que se alcanza tras la más absoluta y definitiva sinceridad del corazón, la mente y el alma entre dos personas que se entienden. No había nada que explicar, ningún concepto que defender, ninguna teoría brillante que inventar para esquivar la muerte o la vergüenza. Ya no más. Ya no necesito ser tan absolutista acerca de nada, ni siento más que tengo que derribar al ídolo mentiroso y manipulador que los embrutece, domina y mata a todos… Era un silencio limpio, pacífico, normal…
La luz dorada de las 4:00 entraba atravesando la persiana del hospital, proyectando líneas horizontales sobre la bata de Juan y sobre las cobijas, como dándole unos merecidos honores por seguir vivo. A lo lejos, por el cristal de la ventana, se alcanzaba a ver la copa de un eucalipto gigante balanceándose despacio con la brisa, atrapando los últimos destellos del sol. Su copa brillaba con esa luz de una manera destellante, como la esperanza sin sentido del universo manifestada en cada una de las cosas pequeñas e invisibles. Juan también se quedó mirando la luz en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho y la respiración pausada de quien acaba de soltar una carga largamente sostenida. Las palabras no produjeron efectos; podíamos apreciar esto completamente…
—Tengo que irme, Juan —murmuré por fin, con la voz un poco rasposa pero asentada, como ya listo para empezar a decir cosas con la misma sinceridad.
—Lo sé, ya es hora… —sonrió él, sin quitar la vista de la ventana—. Carolina debe haber tenido un buen día. Vas y le ayudas, o por lo menos te sientas allá con ella si todavía está vendiendo. Puede que sí; puede tener potencial esa venta…
—Jajaja, sí… Qué bueno. Espero que a ella le vaya muy bien en su vida y que prospere…
—Ayúdala a eso.
—Me involucraré tanto como ella me deje. Voy… a buscar mi propio camino yo también. Quiero sentir lo que siente ella: la felicidad de hacer lo que me gusta y dárselo al público, a mi manera…
—Ojalá no empieces a pensar que te ponés a la venta…
—El autosabotaje se anuló… un poco. Lo que voy a hacer es preguntarme ahora qué sensaciones y pensamientos necesito y cuáles no.
—Eso es…
Me levanté de la silla. Los huesos me sonaron un poco y sentí el cuerpo pesado, pero extrañamente ligero por dentro. Claro… Juan me miró desde la cama. No hubo dramatismos, ni llantos de despedida, ni esa solemnidad trágica con la que los enfermos y los sanos suelen fingir que todo va a estar bien, poniendo entre ellos una esperanza de que la duración del vínculo seguirá estando vigente —no de esa forma tan romantizada de llevarlo en el corazón cuando muera, sino actual, aquí, vigente—. Ninguno de los dos era idiota: sabíamos lo que había en juego con ese tumor, sabíamos que el tiempo no perdona y que esta bien podría ser la última vez que nuestras miradas se cruzaran en este plano…
Qué chimbada.
Pero la cuenta entre los dos estaba saldada. Mi culpa ya no existía y él… ya no necesitaba la pistola porque ya no necesitaba sentirse bajo el control de nada. Los dos, de ahora en adelante, debíamos únicamente dejarnos llevar. La casa, las palabras, la arpía expulsada, los cuatro años de silencio… Todo había quedado en su sitio, y ya.
—Me avisás cuando llegues a la cabaña —dijo Juan, extendiendo su mano flaca y larga desde la cama.
Se la estreché. El agarre fue firme, un pacto entre dos tipos que sobrevivieron a los parciales de la facultad, a la miseria compartida y a sus propios demonios, y que siguen por ahí… Sea como sea que sigan por ahí, y sea cual sea el tiempo en el que estén todavía por ahí.
—Tranquilo. Y los papeles de esa mierda me los mandás con calma, no te pongás a correr, tranquilo… Gracias, en serio.
—Andate ya, perro sarnoso, jajaja. Ya hablamos… —se rió él, soltándome la mano y acomodando la almohada—. ¡Y acordate de aprender a bailar otras chimbadas! Jajajaja.
—Jajajaja… Bobo hijueputa. Jamás… —sonreí, negando con la cabeza.
Caminé hacia la puerta de la habitación. Antes de salir, me detuve un segundo con la mano en la chapa y miré hacia atrás. Juan ya se había acomodado de lado, mirando hacia la copa del árbol que brillaba afuera. Tenía el rostro en paz.
Y ya, eso es lo que pasó hoy. Sí pude solito hoy… Ojalá sí me des el cheesecake.
Cerré la puerta despacio. El pasillo del hospital olía a desinfectante, a flores viejas y a melancolía crepuscular, pero al empezar a caminar hacia las escaleras, sentí el aire frío colándose por los ventanales. Claro… Salí a la calle no como yo me percibo, no como yo me creo, sino… como soy. Yo soy… algo, lo que sea, yo; y ya puedo saber qué soy, y ya… Todo está preparado, saldado, listo. Estoy… muy feliz. Y sí: esta felicidad es mía y la merezco, y voy a hacer méritos para merecer más. Ahora, por ejemplo, soy alguien que lleva en el bolsillo la llave de un lugar propio, listo para buscar a la mujer que me espera… en nuestra casa.
Y otra vez… ¡llorar de felicidad, agradecimiento y emoción es lo más gran putamente fácil del mundo!
CAPÍTULO XII
Estoy en la calle. La vida llega con sus madrugadas, sus tardes y sus noches; el planeta se mueve y ninguno sentimos nada. Sentimos otras cosas que fabricamos con eso que somos, eso que nos habita en el cuerpo que tenemos como transporte y medio de interacción con todo desde nosotros mismos…
Algo pasó más adelante. Policías, gente de Medicina Forense, un muerto… y gente alrededor. Jajaja, ya no voy a hacer de mí un juez implacable… O no mucho. Pero aún me parece increíble que se reúnan grupos de gente a observar a un occiso tirado ahí, como un espectáculo que les recuerde la fragilidad de su estado actual y cómo en cualquier momento el peligro irrumpe en la vida de cualquiera. Lo afortunados que son de estar a salvo… Aducen motivos que den como resultado esto, pero son apreciaciones como las que dan los hinchas en la tribuna de un partido de fútbol o los espectadores de un concurso o una película: dan apreciaciones de las causas que llevan a X o Y conclusión, y de nuevo se sienten afortunados de estar existiendo en situaciones y tener personas dentro de sus vidas que no los llevarán a este resultado fatal… Vaya si tengo un cerebro fisicoculturista.
Ya me toca pasar por ahí. A mí sí me choca esto y trato de no aportar mi mirada al espectáculo, pero es inevitable y, en acto borreguil, más o menos miré…
¿Cómo es que el muerto es el Gordo…? ¿Ah?
Oí a dos tipos hablando de lo conveniente que era la muerte de este otro tipo…
¿Yo? Me importan tan poco… Sigo mi camino pensando en lo asqueroso de ese contexto del hampa: cómo hablan, cómo actúan, cómo piensan, lo podridos que están, cómo se visten… Yo no soy clasista, pero digo que si no sabes ni hablar, y ni te da la puta gana de hacerlo, es normal que no seas sino pistola, plata y perico. ¿Qué más vas a ser?
El Gordo era un asqueroso. Me pregunto cómo se habrá ganado la confianza de mi amor. Igual, quedó pegado del piso; eso sí es un final merecido, según yo, para esa escoria. Y es una señal ni la hijueputa de que lo que se viene… es otro mundo. La asquerosidad de esto ya me hartó, ya no puede afectarme más…
Mi amigo querido: todo lo que compartimos hoy quedó allá contigo. Te quiero muchísimo… Mi amor, ya voy…
Llego y Carolina ya está cerrando la tienda, jajaja. Está con otras mujeres —tres—; ellas… ¿de dónde salieron? Sin decirle nada, aprovecho que está ahí parada y la abrazo desde atrás, como regresando a mi isla privada.
—¡Mi cielo! —me dice ella, mirándome.
—Hola. Dime hola. No, mejor dime holuadadaladala… —jajaja. Ella se ríe:
—Jiji, ¿qué hubo? ¿Se enloqueció, jiji?
—Amor… ¿Cómo te fue?
—¡Súper! Hasta hice amiguitas… Yo no me había fijado, pero detrás de la casa hay un caminito y, si uno sigue más para allá, hay más casas. Ellas son las vecinas.
Las miré y me miraron. Fue bonito ver unas sonrisitas semiatareadas porque pues no era mucho tampoco lo que había que recoger: la mesa, el parasol, y las canastas y contenedores vacíos. Solo quedaba una sola cosa adentro de un contenedor…
—¿Y a ti?
—También súper, cariño. Tengo algo muy importante para contarte y una petición…
Ella me miró con una curiosidad de sol brillante.
—¿Es en serio?
—Sí, pero no malo.
Ella se puso sus nudillos en el labio inferior…
—Esperemos a estar adentro y hablamos.
Ella no pudo contener su curiosidad; ya se estaba mordiendo el nudillito y estalló:
—¡Ay, no! Dígame. ¿Pasó algo? ¿Se murió su amigo…? —dijo mirándome preocupada por mí, pensando en lo destrozado que podría estar, cubriéndose la boca con ambas manos. Prosiguió, asustada, nerviosa—: Cielo… Yo no quiero ser indolente, pero me preocupa… ¿Me tengo que ir? ¿Usted se va a ir? ¿Se me acabó el negocio? Estoy nerviosa… ¿Qué sucedió hoy?
Yo la tomé de las manos y con mi cercanía le hice saber que no había nada que temer.
—Juan está vivo… Y nos dio a los dos, si tú quieres quedarte aquí, la oportunidad de vivir. Esta casa es de nosotros dos desde hoy. Regalada, y porque sí.
Ella empezó a temblar…
—No, por favor… No juegues con eso…
—¿No me crees?
—¡Ay, no!
—¡Ay, sí!
—¿Es… para nosotros? ¿Nuestra, sin…?
—Sí.
—¡¡Ay, no!!
Ella se alejó de mí y empezó a zapatear en donde estaba parada, a saltar, a desbordar una felicidad de niña pequeña. A mí me dio risa ver que estaba desbordada de esa felicidad tan grande. Lloraba.
—Yo… Yo siempre quise un hogar mío… Y aunque mi abuela y mi tía me aman, yo sentía que las cargaba conmigo. Y me fui a buscar mi hogar, y me lo prometían y era mentira… ¡Y en una semana… una… apareciste! ¡Me salvaste! Me diste el lugar propio que necesito para ser feliz, para concentrarme bien en mi sueño, en lo que me gusta, en lo que me importa, ¡en amarte! ¡Te amo! Y siempre te amaré. Y sí: ¡¿cómo dudaste que voy a compartir esto contigo?! Claro, acepto… Jijiji.
Ese estallido de felicidad… Mis lágrimas no lo resisten. Nunca tuve el corazón tan lleno. La abracé de nuevo y nos besamos para siempre.
Era de noche. Las vecinas cuchicheaban entre ellas cosas que no tenían que ver nada con nosotros.
Este es… nuestro hogar.
Fue por la última cosa que había en el contenedor, dio unos saltitos hasta la mesa y me dio un cheesecake… Claro que me lo gané.
Han pasado seis meses…
Ya tenemos los papeles de propiedad. Juan volvió a su casa bajo vigilancia médica y nosotros lo visitamos cuando él nos deja; dice que a veces no se siente capaz de que nadie lo vea, pero cuando quiere que lo vean es el tipo más ameno y agradable con el cual compartir una tarde… ¿Qué cómo ha sido este tiempo? ¡MARAVILLOSO! Las mañanas llegaron y los desayunos se hicieron tan divertidos y apasionados como los de un par de niños jugando a ser adultos serios.
¿Qué más? Hice un jardín adelante y atrás de la casa. Me gusta, y a ella también. Nos demoramos bastante en hacerlo, pero pudimos incluso hacer el amor sucios, untados de tierra, cansados, en medio de capullos de alstroemerias, tierra removida y el placer de la libertad de darnos placer cuando queramos. También le construí a ella una especie de localcito de madera al pie de la carretera para que no sea solo ella sentada ahí en una mesita. El objetivo es avanzar y ella está entusiasmadísima: le va súper bien en su negocio, vende todo el día, ríe y se siente tan bien que parece irreal…
¿Qué más llegó? Invitaciones de los vecinos a reuniones. No aprendí a bailar nada más, jajaja; pero ella y yo solo necesitamos diez canciones de merengue para entrelazar las manos.
¿Qué más? Hemos tenido el sexo más delicioso del mundo. La he tenido en todas las formas posibles, en todas las posiciones imaginables, hasta las incómodas. Nos tenemos demasiada confianza, estamos demasiado unidos.
¿Qué más llegó? Que de verdad me volví un miembro de esa familia, y me dolió igual que a todos ellos la muerte de doña Cecilia. Fui lo que Carolina necesitó en ese momento; pero ellas, las mujeres de esa familia, tienen la luz de diez mil soles en su ser. Ella fue feliz rápido de nuevo, dijo que así la honraba mucho más, y yo soy lo que ella necesite según cada momento: sinceridad, dulzura, escucha mutua, respeto, cariño, estabilidad, confiabilidad, seguridad, diversión, risa, deseo caliente… Esas son nuestras palabras. Somos iguales: yo no soy más que ella ni ella más que yo. Todo lo de ella es válido y real, y lo mío también lo es.
Ha habido miedos míos, aparecieron… tipos. Y en más de una ocasión me sentí inferior otra vez, no merecedor, y creí que en cualquier momento el sueño se rompería… Pero ella, el sol y el cielo de mi vida, es fiel, muy fiel, con toda su alma, y es mía: ella no me quiere sino a mí. Me ve, me vio y quiere seguir viéndome… ¿Y yo? Supe sortear intrigas y problemas ofrecidos como sexo ocasional, aun si después se generaban rumores de mí.
Estamos hoy en el aniversario del estallido de la felicidad que no ha parado en su vida. ¿Yo? Doy clases de Literatura en una secundaria, en noveno grado. Al principio esos adolescentes me incomodaban al extremo, pero supe ganármelos, ponerme a su nivel. Soy un treintañero, mi generación es una influencia directa para las generaciones de los veinticinco años para abajo: conocemos casi lo mismo, por ahí me les metí… Y les meto el germen filosófico, los vuelvo propensos a Cioran, jajaja. Pero no: trato de que se conozcan a sí mismos mediante lo que les enseño, hacer que sepan quiénes son y no se escondan, y lo muestren a pesar de que pueda ser… vergonzoso.
Ah… Estoy escribiendo un libro cuando no estoy trabajando, o divirtiéndome en algún lado con mi Ella, o… con ella sobre mí, como en este momento: los brazos rodeando mi cuello, besándome tan húmedo y tierno que ya, otra vez, nos vamos a disfrutar…
Pasó más tiempo, no mucho…
Juan… se murió.
Mi amigo me cambió la vida, me sacó de mí mismo, me amó, me esperó. Y yo… no puedo ser más feliz ni sentirme más honrado.
Figura pública por ser socio del grupo empresarial más grande a nivel local, hubo varios días de tributos, un montón de lamezuelas saliendo de las alcantarillas y Claudia haciendo su show en televisión.
Y Carolina y yo… sentados en el jardín de atrás.
Luego del ruido y del show, nosotros nos quedamos con sus cenizas y, en un acto de profundo agradecimiento eterno por darnos lo que siempre quisimos, por ser nuestro héroe, las unimos a la tierra de nuestras flores, para que nos acompañe y vea que yo sí soy dueño de mi mundo y de mi vida, tal como él deseaba.
No voy a decir «alcancé la paz», «soy el ser más neutral de la vida», «estoy en equilibrio» o «ya tengo todas las respuestas que necesito». Nada de eso. Soy yo, y ya… Todo eso se lo dejo a los que se fingen a sí mismos a toda costa y siempre tienen algo que probar o demostrar acerca de sí mismos; a los que se tienen que refugiar en identidades fabricadas desde lo externo porque nunca pueden estar en conexión verdadera con ellos mismos, y por eso caen en las redes de la matrix: por creer que saben quiénes son cuando lo que son no son ellos, sino lo que desde afuera los moldea…
Yo sigo siendo el ser superior que siempre he sido. Es solo que ya me ensucio igual a los inferiores y disfruto corretear en los bajos niveles; es muy fácil para mí, y siempre a mi manera y ya, como yo perciba y sienta.
Y ya…
Y Carolina vive matada conmigo al ver que mi cabeza es más bien sedentaria y ya no compite para concursos de levantamiento de peso. Mi liviandad y mi cremosidad son perfectas en sus manos reposteras expertas: hace flanes deliciosos con mi alma. Jajaja.
EPÍLOGO
Cuatro años. Mil cuatrocientos sesenta días de despertarme en la misma cama, al lado de la misma mujer, viendo la misma luz matutina filtrarse entre las hojas de las alstroemerias del jardín. ¡Qué gran hijueputa maravilla! Qué paisaje cotidiano tan perfecto. Me volví un llorón: mi felicidad desbordada me obliga a soltar breves lagrimitas al sentirme tan bien, tan agradecido.
Tuvimos un matrimonio íntimo, casi secreto, solo para las personas que decidimos dejar entrar en nuestras vidas; y Mónica, que sí o sí se nos metió a la vida —jajaja, obvio para bien, y obvio feliz por nosotros—. ¿Ella? Era imposible que semejante mujerón no tuviera quien la cortejara... En fin, Carolina fue su dama de honor y se sintió tan honrada, jajaja.
Hace tres años que nos casamos —sin circo mediático de alta gama, aun si se nos asoció con Juan, el súper empresario, aun si resulta que esta cabaña está avaluada en un dineral según un tipejo del mundillo de la propiedad raíz que nos quiso involucrar en no sé qué, pero no le salió muy bien, porque nadie de la zona le iba a vender su propiedad a un aparecido con un montón de cosas para decir solo para ocultar las intenciones verdaderas tras toda esa mierda—. Las vecinas del camino se volvieron sus hermanitas; eran menores que ella, entonces era creíble. De vez en cuando, nosotros dos solos ponemos diez canciones de merengue en el negocio de postres —que por cierto ya no es una cabañita de madera hecha por mí, sino un local al borde de la carretera; ella ya tiene empleadas, pero igual no deja de hacer postres ella misma: es lo que la hace feliz y ahora es un éxito real—.
Y ahora esto: ocho meses de un vientre abultado que se mueve debajo de mis manos mientras ella duerme, alojando una vida que no tiene la menor idea del padre neurótico, sarcástico, romántico, dulce, bondadoso, respetuoso, amable, sincero y lleno de felicidad y amor que tiene para entregarle. Lo afortunado que soy de la suerte que tengo de poderlo cargar, poderlo besar, poderlo proteger y, sobre todo, poderlo hacer sentir seguro de lo que es, sabiendo que nunca deberá esconderse por eso, aun si se siente torpe, incapaz o propenso a ser discriminado. Siempre habrá un milagro esperándolo si mantiene el corazón listo y se mantiene paciente.
Durante décadas fui el espectador profesional de la existencia ajena: de cómo caían, se levantaban, se elevaban y volvían a caer. Un juez implacable parapetado detrás de teorías, suposiciones amargas, citas de Cioran, libros de Kafka y Dostoievski, doctrinas de Nietzsche —jajaja—, cinismo barato y una armadura de intelecto para que nadie —jamás, en ninguna parte— pudiera ver lo muerto de miedo que estaba, lo muerto que me sentía y lo irremediable que me parecía todo, lo imposible que era para mí incluso estar sentado en una ventana visible. Creía que la profundidad consistía en sufrir en silencio, en odiar al extremo de que solo yo sufriera por eso; que la inteligencia era una condena a la soledad por no hallar resonancia en lo externo en ninguna parte; y que el mundo era un banquete de felicidad privado, ajeno, al que yo solo había venido a mirar por la ventana y a suspirar tristemente, creyendo que ni las migajas del suelo que se llevan los conformistas y mediocres eran para mí. Ni intentaba merecer eso...
Qué estupidez tan monumental. Qué pérdida de tiempo tan soberbia. Qué vacío tan inútil.
Hoy por fin me conozco. Sé exactamente quién soy, qué quiero y qué me hace feliz. Por fin lo encontré... Mi madre debe estar muy feliz, esté donde esté —ojalá en un lugar bonito, como un bosque lleno de flores rojas al pie de un lago—. Resulta que no necesitaba un tratado de filosofía para existir; solo necesitaba la valentía de quedarme desnudo frente a la verdad de lo que soy yo frente a otros, con lo que soy yo para mí a flor de piel, esperando a quien quiere de verdad compartir sinceridad y dejarme entrar en su vida.
Resulta que ahora soy un negocio frecuentado, con clientes habituales: he forjado cosas con personas y tengo a mi persona más especial a mi lado. No soy el dueño del mundo: soy dueño de mi mundo tal como los demás son dueños del suyo, a mi manera, sin pedir permiso ni disculpas por respirar y sin sentir que debería hacerlo todos los días al salir a la calle. Ya no necesito esconderme detrás de discursos intelectuales, ni esperar que desde fuera me digan cómo me ven para interpretarme desde ahí. No necesito esconderme siquiera detrás de mí mismo. Ya no hay máscaras que sostener ni públicos imaginarios a los que impresionar; ya no hay dioses invencibles, malvados e implacables a los cuales dejar sin suelo...
Tengo el amor de una mujer sincera, dulce y hermosa —mi cielo y mi sol al mismo tiempo— que desarmó mi coraza a fuerza de cotidianidad, cercanía, comprensión íntima y sincera, sonrisas y masa de repostería. Tenemos un hogar construido con nuestras almas y risas, y pronto compartiremos lo que somos con nuestro chiqui... o nuestra, jajaja. Me pongo nervioso pensando qué puede ser mi bebé... Mi hijitx, jajaja, quién iba a pensar. Merezco que mi amor sea expresado y se traduzca en la existencia de un ser. Carolina... La madre de mi hijitx, mi milagro, la que hizo posible mi vida, igual que Juan el que me empujó hacia esto. Juan...
Tengo la memoria intacta de mi amigo, el que me regaló la vida antes de irse. Y tengo, por primera vez, la certeza absoluta de que este suelo que piso también me pertenece y quiere que yo lo pise.
Hoy, con la mano puesta sobre el vientre de Carolina y el corazón entero por primera vez en la vida, por fin me reconozco. Soy genial, soy diferente, soy loco, me enojo y peleo, soy mágico, soy comprensivo, soy muy amable, soy respetuoso, soy raro... Soy Mario. Y me siento por fin Mario. Ya no le tengo miedo al espejo, porque sé qué me hace feliz y porque logré lo que siempre quise: habitar mi propio nombre sin vergüenza.
Y ya. Eso es todo. El resto es solo la vida sucediéndole a todo el mundo, al mismo tiempo en que Carolina y yo nos sonreímos por el resto de nuestras vidas... Y yo, por fin, estoy adentro. Pertenezco a esto.