Saltar al contenido
Cargando…

Mamá y la pava en el fuego

JoaMarAl
Pública 4 conversaciones 11 pensamientos 46 votos positivos 0 votos negativos 0 series

nunca fue un impedimento para la hospitalidad; bastaba que un colono o un viajero se asomara a la picada para que mamá pusiera la pava sobre las brasas y ofreciera un mate caliente. En este capítulo…

In groups

Pensamiento

Pensamiento

JoaMarAl

Quiero agradecer a todos los que leen mi autobiografia y pedirles que si le gustó si le fue de bendicion no dejen de compartirla. Desde ya Muchas gracias!

Quiero agradecer a todos los que leen mi autobiografia y pedirles que si le gustó si le fue de bendicion no dejen de compartirla. Desde ya Muchas gracias!

Contenido de la publicación

Capítulo 7: En nuestra casa la pobreza nunca fue un impedimento para la hospitalidad; bastaba que un colono o un viajero se asomara a la picada para que mamá pusiera la pava sobre las brasas y ofreciera un mate caliente. En este capítulo rescato ese gesto cotidiano de amor al prójimo que vi repetir a Elena día tras día, aprendiendo que dar de lo poco que se tiene es el principio fundamental que abre las puertas del cielo.

CAPÍTULO 7


Mamá y la pava en el fuego


Hay recuerdos de la infancia que permanecen por una razón difícil de explicar.


No siempre son los acontecimientos más grandes. A veces es una imagen sencilla la que consigue atravesar los años y quedarse en algún lugar de la memoria.


En mi caso, una de esas imágenes está relacionada con mi madre y una pava puesta al fuego.


No era una escena extraordinaria para quienes vivíamos en aquella época. En nuestra casa, el fuego formaba parte de la vida diaria. Servía para cocinar, calentar agua y preparar el mate. Pero cuando miro aquella realidad desde los años que han pasado, entiendo que alrededor de esa pava ocurría algo mucho más importante.


Mi madre recibía gente.


Y muchas de esas personas llegaban después de recorrer kilómetros desde las zonas rurales.


Venían desde Picada Indumar, Saltito Uno, Saltito Dos y otros lugares alejados del centro. Algunos llegaban al pueblo caminando; otros lo hacían a caballo. El traslado podía llevarles buena parte del día, especialmente cuando tenían que llegar hasta el hospital o resolver alguna cuestión que no podían atender en sus colonias.


Hoy existen caminos, vehículos y otras posibilidades de comunicación. En aquellos años, trasladarse desde una picada hasta el pueblo requería esfuerzo.


Yo era un chico.


No tenía una explicación para aquello.


Simplemente veía llegar personas.


Con los años entendí lo que significaba.


Una casa pequeña para necesidades grandes


Nuestra casa tampoco tenía demasiado para ofrecer.


No había abundancia.


Nuestra familia era numerosa y los recursos eran limitados. Sin embargo, mi madre encontraba la manera de compartir lo que tenía.


Ponía agua a calentar.


Preparaba mate.


Había algo para comer, muchas veces chipas.


Y recibía a quienes llegaban.


No recuerdo que ella necesitara hacer grandes discursos para explicar por qué lo hacía. Era parte de su manera de vivir.


Mi madre había conocido la necesidad desde muy pequeña.


Había pasado una infancia extremadamente dura en Chapecó, había sufrido hambre, explotación y privaciones, y había llegado a la Argentina sin haber tenido las oportunidades que otros niños tuvieron.


Quizás por eso reconocía rápidamente las necesidades de los demás.


Pero no quiero convertir esto en una explicación psicológica que no puedo comprobar.


Lo que sí sé es lo que vi.


Cuando alguien llegaba cansado, mamá ofrecía lo que podía.


Y eso quedó grabado en mí.


La gente de las picadas


En aquel tiempo, las colonias tenían una presencia muy fuerte alrededor de Dos de Mayo.


La localidad se había desarrollado en estrecha relación con la vida rural y con familias que trabajaban la tierra. La historia oficial de Dos de Mayo ubica sus primeros procesos de formación alrededor de la década de 1940, cuando la zona comenzó a recibir pioneros y a organizar sus primeras instituciones.


Pero una cosa es leer esa historia muchos años después y otra muy diferente haber visto sus consecuencias durante la infancia.


Yo veía a esas personas llegar.


No las observaba como parte de una estadística ni como protagonistas de una historia de colonización.


Eran simplemente personas que aparecían en nuestra casa.


Algunos necesitaban atención médica.


Otros tenían que realizar alguna diligencia.


Muchos habían recorrido una distancia importante para llegar al pueblo.


La casa de mi madre se convertía por un rato en un lugar donde podían sentarse, tomar algo y descansar.


No era un comedor.


No era una institución.


Era una casa humilde.


Y precisamente por eso ese recuerdo tiene tanto valor para mí.


Lo que había para compartir


Cuando uno crece con poco, aprende muy temprano que compartir significa realmente sacar algo de lo propio.


No se trataba de abrir una heladera llena.


No teníamos esa posibilidad.


El agua se calentaba sobre el fuego y la comida se preparaba con los recursos disponibles.


Cada cosa tenía un valor.


La leña.


El agua.


La harina.


La yerba.


El tiempo.


Sin embargo, mamá compartía.


Esa enseñanza me acompañó durante muchos años.


Mucho después, cuando comencé a trabajar en distintos medios de comunicación, tuve contacto con personas de diferentes realidades. Conocí gente con posibilidades económicas muy distintas, personas con responsabilidades importantes y otras que atravesaban dificultades.


Pero nunca olvidé aquella casa.


Una persona puede tener poco y, aun así, hacer algo por otra.


Eso lo aprendí antes de tener edad para explicarlo.


La hospitalidad de mi madre


Mamá no era una mujer de grandes demostraciones afectivas.


Eso también forma parte de la verdad de nuestra historia.


No recuerdo que me haya dicho muchas veces palabras de cariño.


Su manera de demostrar amor era diferente.


Estaba en el trabajo.


En la comida.


En la preocupación por sus hijos.


En enviarnos a la escuela.


En sostener una familia numerosa con recursos escasos.


Y estaba también en aquella pava.


Tal vez una persona que conociera solamente una parte de su vida podría no entender cuánto significaba ese gesto.


Pero yo conocí la historia completa.


Sabía de dónde venía.


Había nacido en una situación muy dura y, sin embargo, cuando tuvo su propia casa, abrió la puerta para otros.


No necesitó tener mucho para hacerlo.


El valor de una taza de mate


El mate puede parecer algo cotidiano en Misiones.


Forma parte de nuestra cultura y de nuestra vida familiar.


Pero en aquella casa tenía además otra función.


Era una manera de recibir.


Una persona que llegaba después de caminar muchos kilómetros encontraba agua, mate y algo de comida.


Quizás permanecía unos minutos.


Quizás debía seguir su camino.


No sé cuántas veces ocurrió exactamente.


No tengo una lista ni una cifra.


Tengo el recuerdo.


Y el recuerdo alcanza para comprender lo esencial.


Aquella casa humilde también era un lugar donde otros podían detenerse.


Lo que un niño entiende y lo que aprende después


Durante la infancia uno observa sin interpretar completamente.


Yo veía a mamá hacer aquellas cosas, pero no podía comprender todas sus dimensiones.


No sabía hablar de solidaridad.


No conocía conceptos como hospitalidad o servicio.


Simplemente sabía que cuando alguien llegaba, mamá preparaba algo.


Años después pude ponerle nombre a aquella conducta.


Era generosidad.


No una generosidad basada en tener de sobra, sino en compartir lo disponible.


Esa diferencia me parece importante.


Es fácil compartir cuando sobra.


Lo difícil es hacerlo cuando también se tiene poco.


Y mi madre conocía muy bien la escasez.


Una enseñanza que no vino de un sermón


Mi formación cristiana comenzó más adelante, cuando tenía alrededor de dieciséis años y conocí a Dios de una manera que marcaría el resto de mi vida.


Pero algunas enseñanzas que después relacionaría con la fe ya estaban presentes en mi casa.


Una de ellas era dar.


La Biblia expresa una idea que resume muy bien aquello que aprendí de mamá: “de gracia recibisteis, dad de gracia”.


Cuando leo esas palabras hoy, encuentro una relación con aquella infancia.


No porque mamá me hubiera explicado ese versículo.


No lo hizo.


Lo aprendí después.


La relación la hago yo ahora, desde el hombre adulto que mira hacia atrás.


Lo que vi en ella fue una conducta que luego mi fe me ayudó a comprender de otra manera.


El pueblo alrededor de una pava


Cuando recuerdo aquellas escenas, no pienso solamente en mi madre.


También aparecen las personas que llegaban.


Algunas familias tenían que hacer un esfuerzo considerable para acercarse al centro.


Dos de Mayo era un punto de encuentro entre el pueblo y las colonias.


La escuela, el hospital, los comercios y las instituciones concentraban buena parte de la actividad.


Los caminos rurales conectaban esas realidades.


En una época en la que las comunicaciones eran más limitadas, el contacto personal tenía un valor enorme.


La gente se conocía.


Se preguntaba por las familias.


Sabía quién estaba enfermo.


Sabía quién necesitaba ayuda.


Había una cercanía que hoy puede parecer difícil de imaginar.


Mi madre formaba parte de esa comunidad.


Y yo crecí observándola.


Una memoria que también explica quién soy


Cuando comencé a trabajar en comunicación, no podía imaginar que muchas de las cosas aprendidas en mi infancia terminarían influyendo en mi manera de relacionarme con las personas.


La radio me enseñó a escuchar.


El periodismo me obligó a buscar información y contar historias.


Pero mucho antes de todo eso, mi madre me había mostrado algo sencillo: detrás de cada persona hay una necesidad, una historia o una circunstancia que merece respeto.


No pretendo afirmar que todo lo que soy viene de aquella escena.


Mi vida tuvo muchas influencias.


Hubo maestros, amigos, compañeros, pastores, colegas y personas que me dieron oportunidades.


Pero la raíz familiar tiene un peso especial.


Y aquella imagen de mamá recibiendo gente forma parte de esa raíz.


El recuerdo que quedó


Mamá murió en 2020.


La pandemia hizo que aquel momento fuera todavía más difícil. Yo estaba lejos, en Buenos Aires, y no pude viajar a Dos de Mayo para despedirme como hubiera querido.


Pero la distancia no borró su historia.


Cuando pienso en ella, aparecen muchas imágenes.


Su infancia en Brasil.


La vida difícil que tuvo.


Nuestra casa.


Mis hermanos.


La escuela.


Las calles de tierra.


El trabajo.


Y también la pava sobre el fuego.


Quizás esa última imagen sea una de las más sencillas.


Por eso mismo me resulta tan poderosa.


Una mujer que había recibido tan poco durante su infancia encontró una manera de compartir con otros cuando tuvo una familia propia.


No lo hizo desde la comodidad.


Lo hizo desde lo que tenía.


Lo que quedó después


Hoy tengo 55 años.


He vivido en distintos lugares.


Conocí Buenos Aires durante más de tres décadas.


Trabajé en radio, televisión y otros medios.


Formé una familia.


Atravesé pérdidas.


Cometí errores.


Tuve oportunidades.


Volví a Dos de Mayo.


Y ahora trabajo nuevamente en esta comunidad que forma parte de mis raíces.


Cuando observo mi vida desde este punto, encuentro muchas enseñanzas que recibí sin darme cuenta.


Algunas llegaron a través de personas que estudié o admiré.


Otras nacieron de experiencias difíciles.


Y algunas estaban en casa, frente a una pava calentándose sobre el fuego.


Mi madre no dejó grandes discursos escritos.


Dejó una vida.


Y en esa vida hubo una enseñanza que todavía intento conservar: cuando alguien llega cansado, si tenemos algo para compartir, podemos abrir la puerta.


Eso fue lo que vi.


Eso es lo que recuerdo.


Y eso, muchos años después, sigue formando parte de mí.

Thoughts

  • CapituloTrasCapitulo

    Siete ya, y este es el primero con Elena en el centro de punta a punta. Me dejó esperando uno sobre Chapecó, porque lo de su infancia allá aparece en dos líneas y pesa muchísimo.

    Permalink
  • AlmaCorrea

    Está cañón que tu mamá casi no te dijera palabras de cariño y que aun así uno lea el capítulo entero y lo encuentre en cada taza de mate. A mí me tocó ver a muchas así, primero el trabajo y la comida, y lo de decirlo quedaba para nunca. Contarla con lo bueno y con lo que faltó estuvo bien.

    Permalink
  • versoenservilleta

    Oye, la leña, el agua, la harina, la yerba, y al final el tiempo. Las cuatro primeras se pueden contar, pero el rato de tu madre sentada con alguien que venía de caminar medio día no lo apunta nadie, y ella lo daba igual. Me suena a muchas casas donde nadie decía te quiero pero te ponían algo delante antes de que te sentaras. El cariño iba por las manos, y en tu capítulo se ve la pava antes que a ella.

    Permalink
  • rgaray4116

    Hay una señora en mi recorrido, cerca de la costa del río, que tiene la caldera siempre arriba de la cocina a leña. No la conozco más que de pasar, pero en veinte años nunca me dejó ir sin ofrecerme un mate, aunque yo le dijera que me faltaban cuarenta casas. Cuando leí lo de la gente que llegaba de Saltito Uno y Saltito Dos pensé en ella enseguida. ¿Alguna de esas familias de las picadas siguió visitándolos después?

    Permalink
  • Ovid

    Que tu madre nunca te explicara ese versiculo y aun asi lo viviera con una pava y unas chipas me hace pensar en cuanta gente aprendio lo mismo sin palabras, solo mirando. Apuesto a que mas de uno de los que bajaban de Picada Indumar todavia se acuerda de esa casa. Gracias por seguir contando la historia de Elena!

    Permalink
  • JoaMarAl

    Quiero agradecer a todos los que leen mi autobiografia y pedirles que si le gustó si le fue de bendicion no dejen de compartirla. Desde ya Muchas gracias!

    Permalink
  • JoaMarAl

    En nuestra casa la pobreza nunca fue un impedimento para la hospitalidad; bastaba que un colono o un viajero se asomara a la picada para que mamá pusiera la pava sobre las brasas y ofreciera un mate caliente. En este capítulo rescato ese gesto cotidiano de amor al prójimo que vi repetir a Elena día tras día, aprendiendo que dar de lo poco que se tiene es el principio fundamental que abre las puertas del cielo.

    Permalink