# La danza eterna de las flores
Por Levi Díaz Echeverri
Emanan su aroma y embriagan el paisaje, como dulces suspiros vestidos de colores, pintando de belleza cada rincón del aire, seduciendo a los ojos, conquistando corazones.
Con un delirio silvestre, casi erótico y divino, zumban las abejas, mensajeras de pasión; van buscando entre pétalos el néctar del destino, fecundando la esperanza, perpetuando la creación.
¡Oh, flores hermosas, de pieles tan delicadas! Tersas como la seda, frágiles como un sueño, despliegan sus corolas, orgullosas y engalanadas, mientras el viento las mece con un abrazo risueño.
Danzan al compás de una música invisible, en un vals de aromas, de caricias y esplendor; y hasta el más indiferente contempla lo imposible: la naturaleza hecha poesía, la belleza hecha flor.
Engalanan ceremonias, adornan los altares, acompañan los encuentros, los recuerdos y el amor; son testigos silenciosos de promesas singulares y perfuman con su esencia los caminos del dolor.
No temen al tiempo, aunque conocen su sentencia, ni al otoño que las llama con su aliento de final; pues han dejado en cada alma la imborrable permanencia de una imagen que no muere, de un recuerdo inmortal.
Porque la flor no termina cuando pierde su hermosura, ni se extingue su perfume cuando deja de brillar; vive eternamente en quien guardó su dulzura, en los ojos que la amaron, en las almas que hizo soñar.
Y así, entre aromas, colores y pasión fecunda, las flores nos enseñan, con sublime sencillez, que la belleza más profunda no es la que más abunda, sino aquella que deja huellas después de su fugaz esplendidez.
Por Levi Díaz Echeverri