Sin arrepentirme de nada.
Porque yo sabía que el vidrio cortaba y aun así lo agarré con las manos.
Sabía que podía doler. Sabía que quizá no terminaría como quería. Sabía que estaba entrando en algo que podía dejarme heridas que tardarían en desaparecer.
Y aun así, lo hice.
Porque en ese momento valía la pena para mí.
A veces miramos hacia atrás y pensamos que fuimos ingenuos por haber confiado, por haber dado otra oportunidad, por habernos quedado cuando quizá debimos irnos antes.
Pero no quiero castigarme por las decisiones que tomé con los sentimientos que tenía en ese momento.
No puedo juzgar a la persona que fui desde la experiencia que tengo ahora.
Yo no sabía todo lo que sé hoy.
Y aunque hubiera sabido que iba a doler, quizá lo habría elegido de todas formas.
Porque también hubo momentos bonitos. Hubo ilusión, cariño, conversaciones, recuerdos y sentimientos que fueron reales mientras existieron.
No todo lo que termina mal fue un error.
A veces simplemente fue una experiencia que tenía que vivirse.
Así que no me arrepiento de haber querido.
No me arrepiento de haber confiado.
No me arrepiento de haber dado lo mejor de mí.
Me quedo con lo aprendido y dejo atrás la necesidad de preguntarme qué habría pasado si hubiera elegido diferente.
Porque sí, sabía que el vidrio cortaba.
Y aun así lo agarré con las manos.
Hoy quizá sé cómo protegerme mejor, pero no voy a odiar a la persona que un día se atrevió a sentir sin miedo.
También gracias a ella aprendí a conocerme, a poner límites y a entender cuánto merezco.
Y eso, al final, también fue parte de la historia.