Una vez le rogué a alguien que me amara de la forma en que yo lo amaba.
Y creo que eso ha sido de las cosas más tristes que he hecho por alguien.
No porque amar haya sido un error. Nunca me voy a arrepentir de haber sentido tanto. Me arrepiento de haber llegado al punto de creer que, si explicaba suficiente lo que sentía, si esperaba un poco más, si daba más de mí o si encontraba las palabras correctas, quizá conseguiría que esa persona sintiera lo mismo.
Pero el amor no funciona así.
No puedes convencer a alguien de sentir lo que no siente. No puedes entregar el corazón con las dos manos y esperar que el otro aprenda a quererlo de la misma manera.
Y qué triste es descubrirlo después de haberlo intentado todo.
Recuerdo haber deseado que me mirara como yo lo miraba, que me eligiera con la misma seguridad con la que yo lo elegía, que sintiera mi ausencia, que tuviera miedo de perderme.
Y mientras yo esperaba todo eso, poco a poco me estaba olvidando de mí.
Hoy lo veo diferente.
Ya no pienso que amar mucho haya sido mi error. Mi error fue pensar que tenía que hacerme más pequeña, insistir más o darlo todo de mí para conseguir un amor que debería haber sido recíproco.
Porque quien realmente quiere estar, no necesita que le ruegues que se quede.
Y quien realmente te ama, no necesita que le expliques por qué mereces ser amado.
Algún día espero mirar atrás y agradecerle a esa versión de mí que, aunque no sabía cómo soltar, finalmente entendió algo importante:
Nunca más voy a rogarle a alguien que me ame.
Prefiero un amor que llegue hacia mí por voluntad propia, que uno que tenga que pedir de rodillas.