El payaso reía bajo la lluvia. Cerraba los ojos y sus carcajadas parecían crujidos que nacían desde el fondo de su punzante corazón; la noche y el frío del asfalto eran su teatro, su telón, parte de su locura. Atronaban sus sentidos la furia de la tormenta; el payaso miraba suplicante, casi implorante, que algún recuerdo cobrara vida y lo arrastrara a la luz de un atardecer que ya jamás volvió a contemplar.
Cae el amanecer. Las últimas gotas de lluvia se tragan los restos de maquillaje, los restos de una máscara que devoró el rostro y las entrañas. Y a media mañana, sentado en un rincón existencial, contempla el ordenador, atrapado entre esas frías paredes, tejiendo un recuerdo más sobre esta realidad.