En la penumbra de la noche,
donde los susurros se pierden,
lloro con el corazón,
un río de lágrimas que arrastra
los ecos de risas olvidadas,
los instantes en que el tiempo
se detuvo,
y mis sueños danzaron como sombras
en la luz tenue de una estrella que se apaga.
Recuerdo tus ojos,
dos océanos profundos,
con el misterioso poder de
ahogar mis palabras,
cada mirada, un latido,
cada suspiro, una promesa
nunca cumplida,
pues el amor, a veces, es un zorro astuto,
una sombra que se escapa
justo cuando las manos se acercan.
Éramos dos cuerpos en un universo,
con un mapa que nunca conocimos,
perdidos entre las constelaciones
de lo que pudimos ser,
un abrigo de risas compartidas,
un rincón en la memoria,
donde las palabras
se tejían como hilos dorados,
pero el tiempo,
con su mano fría y calculadora,
desvaneció la esencia de lo que anhelaba.
Caminamos por senderos distintos,
tú hacia el horizonte incandescentemente
arrastrando sueños
y yo quedé, atrapado en las redes
de mis propios anhelos.
Cicatrices que se ensanchan
como el eco de un adiós,
un adiós que nunca debió ser,
un susurro en el viento
que se lleva
las promesas de un mañana
dibujadas en la arena.
Noche tras noche,
las estrellas se convierten en mis cómplices,
las lágrimas caen, pesadas,
pero cada una es un recuerdo,
una página amarilla
en un libro que nunca se cierra.
Suena el eco de tu risa,
y me arrastra,
me lleva hasta el rincón
donde la esperanza floreció
en el jardín secreto de nuestro amor,
ese espacio que construí en mi pecho
como un refugio contra el dolor.
Pero, ¿quién puede vivir
en un castillo de espejos,
donde se reflejan
los deseos no correspondidos?
Llorar con el corazón,
dejar que duela,
que la emoción fluya,
liberándome del peso
de un amor
que se siente como un perfume
que ya no me pertenece.
Y así, las noches se suceden,
las lágrimas se alzan como olas,
y, aunque aquí estoy,
con un corazón hecho trizas,
aprecio cada momento,
cada suspiro,
cada latido que me recuerda
que amar
es un acto de valentía,
y llorar con el corazón
es simplemente
permitirse sentir
la belleza de lo inalcanzable.