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Latidos De Porcelana: Capítulo 5 - Mandarina, bergamota y metal

J_Khraucer
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Pasan algunos días. La rutina de siempre. Aino insiste en que participe en el festival de la Ressu, aunque no tiene que insistir mucho. La verdad es que ya empiezo a sentir los síntomas de la…

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Pensamiento

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fcorrea92

Le había tomado cariño a Chaleco y se lo llevan en el capítulo 5, poh. Ahora a esperar el 6 con el estómago apretado.

Le había tomado cariño a Chaleco y se lo llevan en el capítulo 5, poh. Ahora a esperar el 6 con el estómago apretado.

Contenido de la publicación

Pasan algunos días. La rutina de siempre. Aino insiste en que participe en el festival de la Ressu, aunque no tiene que insistir mucho. La verdad es que ya empiezo a sentir los síntomas de la soledad otra vez.

Las sombras. Risas en la oscuridad. Aire frío en la nuca mientras estoy solo en el apartamento.

Nadie sabe de esto. No quiero pedir ayuda. Todo terminaría siendo un problema para mi jefe. Aunque, en el fondo, encuentro mi propia terapia: Verónica Petrova. No sé por qué, pero estar con ella me distrae bastante. Y no sé si es coincidencia, pero los días que la veo parecen volverse menos psicóticos.

Hace unos días, los dos llegamos justo cuando la puerta de la Ressu ya se había cerrado. Yo nunca llego tarde. Las razones son las sombras nocturnas.

Mierda. Me estoy distrayendo, igual que ella.

Como te contaba: llegué tarde. Ella apareció detrás de mí, respirando como un caballo. Me sacó una sonrisa breve. El portero nos dijo que debíamos traer a nuestros tutores. No sé si soy muy evidente, pero deduzco que la chica de ojos color pistacho notó algo en mi cara.

—¡Vamos! —me jala del brazo.

—¿Qué haces? Debemos esperar aquí.

—Sí, sí, lo sé, pero necesito más privacidad para llamar a mi padre.

Mintió. Nunca llamamos a nadie. En cambio, se queda pegada a mi brazo toda la mañana. Y toda la tarde. Eso me extraña de ella. Siempre pensé que era "la chica correcta", la que levanta la mano para dar las respuestas y destacar. Este tipo de rebeldías, sumadas a cómo interpreta a Mina en el estudio, me hacen pensar que no es lo que parece.

Caminamos por la avenida principal. He visto esta ciudad incontables veces, pero admito que esta vez parezco un turista más. Ella me parlotea toda su vida. No entiendo en qué momento dejó de detestarme. Ahora me comparte sus gustos por los helados.

Nos sentamos en una plaza a terminar de comerlos. Su plática continua girando alrededor de ella: su padre, sus sueños, sus amigos. Toda una gama de colores rodeando a esta parlanchina. Cuando el intercambio apunta hacia mí, cambie de tema. Pero esta chica insiste.

—¿Con quién vives? ¿Qué haces? ¿Qué te gusta hacer? ¿Te dan permiso de fumar?— Me llenó de preguntas mientras ella se quitaba la chaqueta y la dejaba en el respaldar.

Respondo con cuidado. Bastó una mención a la maldita moto para que la lengua se me fuera de más sobre Brad. Ella interpretó que huía de él cuando me arrollaron. Y simplemente dejé que lo creyera.

La tarde sangra su luz demasiado rápido. En esta época el anochecer te traga antes de tiempo, y sostener la máscara de cordura comienza a pesar mucho más de lo que recordaba. La sensación de acecho vuelve, arrastrándose bajo mi piel mientras las preguntas de Verónica hurgan en rincones de mi memoria. 

Las palabras de ella empiezan a sonar como si vinieran desde debajo del agua. Mis ojos saltan por encima de su hombro, clavándose en las sombras de los callejones que parecen hincharse y contraerse, respirando. Trago saliva a la fuerza para responderle, pero el ácido estomacal me quema la tráquea, cerrándome el paso del aire.

Me encuentro con las defensas bajas. Preguntas rápidas, respuestas cortas. Todos nos observan, o eso creo. Pregunta por mis padres.

—Murieron.— Respondí con prisa.

Murieron abandonándome con el ser más repulsivo que he conocido: Ingrid.

—Verónica, mejor vámonos. No me siento muy bien.— Le roge, le incistí.

—¿Qué te pasa? Valo, estás pálido.

—Quiero irme de aquí.

Es lo único que alcanzo a decir. El aire no logra calentarse dentro de mí. Lo respiro helado, ausente de cualquier calor, y el dolor me sube detrás del paladar.

—Valo, tranquilízate, respira lento. No quise incomodarte, perdóname.

Inhalo cuando ella inhala. Exhalo cuando ella lo hace. Mi voluntad se dobla ante la suya sin oponer resistencia. El torrente de sangre que me zumba en los oídos comienza a ceder, apagando sus alaridos hasta volverlos un eco sordo. Sus dedos se clavan en mis mejillas, sosteniéndome. Y justo cuando la realidad empieza a enfocarse en sus ojos esmeraldas, siento el impacto frío y pegajoso del helado desparramándose sobre mi chaqueta de mezclilla.

Y ahí, los dos, compartimos la misma crisis de pánico.

Su torpeza deliberada, sumada a sus alaridos exasperados, me jala por completo de vuelta a la realidad.

Vacía la mochila entera sobre mi regazo, buscando frenética algo con qué limpiarme. La bola de helado rueda por mi ropa y ella intenta atraparla con esos dedos torpes, justo cuando el frío húmedo del chocolate me alcanza la piel. Encuentra un pañuelo y lo refriega contra la mancha, esparciendo el desastre aún más, para rematar triturando los restos del cono contra la tela al presionar. Un caos absoluto que, por absurdo que parezca, agradezco. Debería enojarme. Debería mandarla al diablo. Pero su desesperación y su cercanía logran lo que el pestillo de mi puerta no ha conseguido en meses: hacerme sentir a salvo.

Las sombras sobre los tejados y los ojos que me vigilan desde el edificio de al lado ya no importan. Solo son ruido de una mente fracturada, compitiendo contra una nariz arrugada y las erres arrastradas de Verónica.

—¡Es chocolate, se va a quedar ahí para siempre! Una vez derramé una taza sobre mi playera y me la bebí directo de la tela. ¿Qué estoy diciendo? ¡Agua fría! Hay que ponerle agua fría. ¿Tienes agua? No, claro que no, nadie camina por ahí con agua...

Sigue parloteando y no quiero que se detenga. Las manos me suben solas —o finjo que es así— y le tomo las mejillas. Ella deja de refregar la chaqueta. Se queda quieta, con la mirada fija en mí, como si esa misma insistencia de sus manos se hubiera movido del tejido a otra parte.

Todo este tiempo pensé que iba a terminar lanzándome del puente, buscando una razón más para hacerlo. Pero Verónica es la respuesta a una secuencia interminable de golpes y abusos que, sin que yo lo supiera, venían acumulándose para esto: encontrarla. Así lo siento, ahí, con sus manos dentro de mi pecho.

—¡Yo te la pago, en serio! Dime cuánto costó. Dime que no fue una fortuna, porque ando en la quincena mala. Me gasté los últimos ahorros en esa maldita cartera de Mina Virtanen, la del logo plateado, ¿sabes cuál? Dios, ¿Qué estoy diciendo?

Sigue hablando entre mis manos. La abrazo. Ella finge llorar entre risas y quejidos, como una niña. Su aroma —mandarinas, bergamota— reemplaza el ardor frío y el gusto a metal que tenía en la cabeza. Me abraza con la misma fuerza.

—No tienes que estar solo. No tienes por qué soportar estas cosas. La vida es una caca a veces, Valo, pero lo que haces es difícil. Sé que tienes fuerzas para aguantar un poco más, pero al menos no finjas que no necesitas a nadie. Los chicos están ahí para ti. Yo estoy aquí para ti. ¿Me prometes que no te vas a apartar?

Me separo para volver a mirarla. Asiento a su pedido. Hurga en su bolsillo sin avisar —me deja una ternura que no sé bien dónde meter— y saca mi moneda. La levanta frente a mí.

—Ahora soy tu abogada. Todo lo que me digas queda entre abogado y cliente. Nadie lo sabrá, ¿okey? Es nuestro trato.

Acepto.

Nos levantamos. Su chaqueta ya no está en el respaldo de la banca. La buscamos un buen rato, hasta que le doy la mía para cubrirla del frío. Maldice, con ese límite tan suyo de insultos que apenas rozan la grosería, y eso también me llena el pecho de algo parecido a su inocencia.

Me siento bien. Todo el camino de vuelta a la Ressu me resulta extraño. ¿Desperté de un coma, o entré en uno? De cualquier forma, no quiero que nada de esto cambie.

Llegamos a la entrada de la preparatoria. Un auto demasiado caro para la calle espera frente a la puerta. Verónica se quita mi chaqueta con prisa y se inclina en una despedida con más cortesía de la que usa conmigo el resto del día.

—Nos vemos pronto —me dice, y ya está caminando.

El chofer le abre la puerta antes de que termine de bajar la vereda. Ella no mira atrás. Yo me quedo mirando el auto irse, con mi chaqueta todavía puesta y su olor a mandarina pegado a la tela, hasta que dobla la esquina y desaparece.

▬▬▬▬▬ஜ۩۞۩ஜ▬▬▬▬▬▬

Regresé al apartamento. Preparé el café de siempre y tiré la cajetilla aun llena al basurero. El filo de las agujas bajo mi piel seguía ahí, persistente, pero ya no gobernaba mi cabeza; mi mente había encontrado otra razón a la que aferrarse para no colapsar.

La cafetera soltó su canto. Chaleco estaba a mis pies, gruñéndole a la ventana oscura. Lo tranquilicé rozando su cabeza con los dedos. Vio la sombra de una sonrisa en mi cara y jadeó; no sé si de alivio, o contagiado por esa ansiedad tan nuestra.

Dejé la taza sobre la mesa. Tres golpes sonaron en la puerta. Fui a abrir, casi con desafío, para convencerme de que mi propia paranoia no iba a robarme lo poco que disfrutaba tener. No había nadie. Justo como previne. Pero al darme la vuelta, la taza ya no estaba en la misma posición, y el líquido negro en su interior giraba en una espiral densa. Decidí ignorarlo. Me negué a darle a mi locura el gusto de la preocupación.

Volví a acariciar a mi perro. Me tragué el café de un trago y me tiré en la cama con una confianza absoluta y estúpida. Dejé el pestillo sin pasar. Estoy feliz de todo esto. Finalmente este infierno va a terminar.

Y entonces, el mareo me golpeó.

Era un sopor pesado, el mismo vértigo que Verónica había empezado a hacerme sentir, pero corrompido. Un pitido agudo me perforó los oídos, seguido por el peso aplastante de mi propio cuerpo. Quedé paralizado. O quizás me movía, pero la desconexión era tan brutal que ni siquiera sentía mis manos rozando mi rostro. Me escuché reír. Un sonido hueco rebotando en el eco de la habitación. Entonces, el aire se espesó con aromas repetitivos, mecánicos, asfixiantes, mientras voces irreconocibles discutían dentro de mi cabeza.

Mandarina... bergamota... metal. Sangre y cítricos, una y otra vez.

El frío me caló hasta los huesos, y de pronto, Verónica estaba sobre mí. Me estaba haciendo el amor. Me devoraba la boca con una desesperación salvaje que nunca le había conocido, mientras mis manos recorrían su cuerpo sensual. Por un instante, en la neblina del delirio, noté algo extraño: su cabello era corto, a la altura del mentón, cruzado por dos mechones de un rojo intenso. Castigué a mi mente enferma para que corrigiera la imagen y la mantuviera a ella en el sueño.

Su cadencia, sus movimientos se volvieron cada vez más agresivos, violentos. Y lo disfruté. Me descubrí riendo y gimiendo en la penumbra, devolviéndole los besos con una ferocidad ajena a mí. Desde alguna esquina oscura del cuarto, alguien se reía de nosotros. Lo ignoré. La oscuridad fue tragando mis sentidos poco a poco, hasta que la electricidad me destrozó en el clímax de aquella pesadilla.

Reí por última vez.

La noche parpadeó y se hizo mañana.

La chaqueta de Verónica estaba tirada en el suelo, junto a mi cama.

¿De verdad vino? ¿Hicimos el amor?, me pregunté, aletargado, mientras mi mano acariciaba perezosamente una cabellera que descansaba sobre mi abdomen. El aturdimiento de la noche anterior no me dejaba enfocar bien la vista.

No era la cabellera de Verónica.

Chaleco dormía a mi lado. Bajé la mano por inercia para acariciarle el lomo... y mis dedos se hundieron en algo frío. Viscoso. Algo duro y afilado.

Estaba acariciando la vértebra expuesta de su cuello.

El aire abandonó mis pulmones. Mi cuerpo reaccionó a mis propios alaridos con segundos de retraso. El cadáver de mi perro yacía brutalmente desmembrado a un costado del colchón. Lo que estaba acariciando... lo que dormía plácidamente en mi regazo, era su cabeza cercenada.

Grité hasta desgarrarme la garganta, me arrastré hacia atrás, pero nadie acudió a mi soledad. Nadie vino a mi auxilio. Mis gritos rebotaron contra las paredes, perdiéndose, por fin, en el absoluto y sofocante encierro de mi habitación.

Thoughts

  • fcorrea92

    Le había tomado cariño a Chaleco y se lo llevan en el capítulo 5, poh. Ahora a esperar el 6 con el estómago apretado.

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  • legacy2014

    Para mí la del pelo corto con mechones rojos no fue un error del sueño. Alguien entró esa noche, y Chaleco fue el primero en darse cuenta cuando le gruñía a la ventana.

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  • mreyes84

    Verónica le enseña a respirar en la plaza y después se sube al auto caro sin mirar atrás. Ya pues, esa chica tiene dos vidas y él solo conoce la de los helados.

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  • Ovid

    La chaqueta de Verónica se pierde en la banca de la plaza y amanece en el suelo del cuarto de Valo. Apuesto a que alguien los venía siguiendo desde esa tarde, y que los mechones rojos del sueño tienen dueña. Me dejó con un mal presentimiento el pestillo sin pasar justo la noche en que él por fin estaba bien.

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