Llevo secretos atragantados en la garganta,
palabras nudosas que no logran salir.
Siento cómo el corazón me pesa un poco más cada día,
vaciándose de aire por sostener tanto silencio.
Sé que, si no hablo, este peso seguirá consumiéndome la carne,
resecándome los labios y quebrándome la espalda.
Mi mente está exhausta, desbordada de pensamientos
que dan vueltas sobre sí mismos sin encontrar salida.
Cuando camino, el cuerpo se vuelve torpe y lento,
como si llevara a cuestas un costal lleno de piedras y ausencias.
El corazón me reclama, me pregunta a golpes secos
por qué me empeño en guardar en el pecho lo que debería andar suelto,
mientras la mente, derrotada, le responde
que los pensamientos ya no caben... que se están acumulando hasta ahogarme.
¿Hasta cuándo se sostiene una verdad que quema por dentro?
Me da miedo romper el silencio y que todo a mi alrededor se derrumbe,
pero me da más miedo seguir intacta por fuera
mientras me vuelvo ceniza por dentro.
Tal vez hablar sea dejar ir el aire,
o tal vez sea, finalmente, empezar a respirar.