Marvel Moreno, la violencia sexual y la descolonización de las mujeres del Caribe Colombiano
Cada diciembre, las brisas atraviesan el Caribe colombiano, como un ritual de regreso. Llegan las fiestas patronales, las reuniones familiares, las calles iluminadas y la nostalgia de aquello que creemos que somos: un pueblo alegre, cálido y profundamente familiar. Sin embargo, Marvel Moreno entendió algo, que pocas escritoras de su tiempo se atrevieron a nombrar: las casas abiertas al viento, también guardan habitaciones cerradas; detrás de la música y la celebración habitan silencios heredados, dolores cuidadosamente administrados y mujeres educadas desde la infancia para no perturbar el orden de las cosas.
En diciembre llegaban las brisas, no es solamente una novela sobre las élites barranquilleras. Es, en muchos sentidos, una arqueología del poder. Marvel, desciende hacia las capas más profundas de la sociedad caribeña y nos muestra, cómo el patriarcado, no se instala de golpe en la vida de las mujeres: se aprende, se respira y se hereda. Se convierte en paisaje.
La violencia contra las mujeres, y particularmente la violencia sexual, no suele comenzar con la agresión visible. Mucho antes del hecho victimizante, existe una pedagogía del sometimiento. Las niñas aprenden tempranamente que hay preguntas que no deben hacer, emociones que deben contener y límites que no tienen derecho a defender. Se les enseña a ser agradables, antes que libres, obedientes antes que autónomas y silenciosas antes que incómodas.
En el Caribe colombiano, ese aprendizaje ha estado históricamente atravesado, por una cultura profundamente contradictoria. Somos una región que canta a la libertad, pero que durante generaciones ha vigilado el cuerpo femenino con extraordinaria severidad. Una región que celebra la sensualidad de las mujeres, mientras limita su capacidad de decidir sobre sí mismas. Una región que idealiza la maternidad y la familia, pero que con frecuencia ha convertido a niñas y adolescentes en depositarias del honor familiar, de las expectativas sociales y de las culpas colectivas.
Marvel Moreno, comprendió que la violencia no siempre se presenta como un golpe o una amenaza explícita. También habita en aquello que se normaliza. Está en la niña que aprende, que un hombre mayor puede invadir su espacio y ella debe guardar compostura. Está en la adolescente, que descubre que su cuerpo, ha dejado de pertenecerle y ahora es objeto de vigilancia permanente. Está en las familias, que protegen el prestigio antes que la palabra de las niñas. Está en la cultura, que enseña a las mujeres a soportar antes que a nombrar el daño.
Por eso, leer hoy En diciembre llegaban las brisas, desde la perspectiva de la prevención de la violencia sexual en la niñez y la adolescencia, implica reconocer, que la violencia sexual no surge en el vacío. Tiene raíces culturales. Se alimenta de jerarquías de género, de relaciones desiguales de poder y de un sistema de socialización, que históricamente ha despojado a las niñas de autoridad sobre su propia experiencia.
La novela, también nos obliga a pensar la colonización de las mujeres caribeñas. No únicamente la colonización ejercida, por estructuras políticas y económicas externas, sino aquella que se instala en el interior de la vida cotidiana: la colonización de la palabra, del deseo, del cuerpo y de la imaginación.
Una mujer colonizada, es aquella que aprende a mirarse desde los ojos de quienes la controlan. Es aquella que administra su vida, según mandatos heredados, que teme su propia libertad y que convierte el silencio en una estrategia de supervivencia. La colonización más eficaz, no es la que se impone, mediante la fuerza, sino la que consigue que la subordinación parezca natural.
Por ello, la descolonización de las mujeres en el Caribe colombiano, no puede reducirse a un discurso de empoderamiento individual, ni a consignas vacías de superación personal. Descolonizarse, es un ejercicio profundamente político y, al mismo tiempo, profundamente íntimo. Es interrumpir las herencias, que nos enseñaron a confundir amor con sacrificio, respeto con obediencia y feminidad con renuncia.
Descolonizarse, es permitir que las niñas crezcan sabiendo, que su cuerpo no es un territorio disponible, para la aprobación ajena ni para el control social. Es educarlas en la certeza, de que su palabra tiene valor, de que el consentimiento importa y de que ninguna forma de violencia, debe ser aceptada, como el precio de pertenecer a una familia, a una comunidad o a una cultura.
Quizá la mayor vigencia de Marvel Moreno, reside en que comprendió algo, que todavía nos incomoda reconocer: las sociedades, no solo producen víctimas, también producen las condiciones, para que las violencias sean posibles y, peor aún, para que permanezcan invisibles.
Las brisas de diciembre, continúan llegando cada año al Caribe colombiano. Pero después de leer a Marvel Moreno, resulta imposible escucharlas de la misma manera. Porque entre el ruido de las fiestas y la memoria de nuestras ciudades, también viajan las voces de muchas niñas y mujeres, que aprendieron demasiado pronto a callar para poder existir.
Tal vez, nuestra responsabilidad histórica sea precisamente esa: hacer que las nuevas generaciones de niñas caribeñas, no tengan que aprender el silencio, como una condición de la feminidad. Que puedan habitar estas mismas brisas desde otro lugar: el de la autonomía, la dignidad y la libertad de nombrarse a sí mismas, sin miedo y sin permiso.