Hola es un desafio personal ,quiero saber que opina la gente de lo que estoy escribiendo
LA ULTIMA LAGUNA
Pensamiento
Hola es un desafio personal ,quiero saber que opina la gente de lo que estoy escribiendo
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Capitulo 1
VULKANOR
LLANURA BONAERENSE AÑO 1860
Todo era inmenso, salvaje y muy vivo. Pastos altos, horizontes enormes y un viento que parecía cantar o arañar a los valientes que se animaban a cruzarlo.
Pero ese verano la naturaleza se había plantado. Una sequía tremenda tenía a todos al borde del colapso. No llovía desde hacía seis lunas.
El ganado andaba perdido, los animales del campamento caían agotados sobre el barro seco y el pasto crujía bajo las patas convertido en un polvo fino que no traía nada de humedad.
Bajo ese sol que quemaba los ojos, el Gran Cacique se detuvo. El aire quemaba la garganta y ya no olía a humedad, sino a puro mineral, ceniza y huesos secos.
—Padre de mi pueblo… —una voz muy vieja lo sacó de sus pensamientos.
Era la machi. Se acercaba con esfuerzo, apoyándose en su bastón tallado. Sus ojos blancos por la vejez y su piel arrugada parecían llevar grabados cien años de inviernos y veranos.
—No sigas por esa huella, gran lonco —le rogó con la voz rota—. Mi viejo corazón siente que tu pensamiento anda torcido por pura soberbia. No despiertes lo que duerme en el fondo de las tierras muertas. Lo que está ahí abajo no tiene compasión con los hijos de la tierra. Si abres esa puerta prohibida, el suelo mismo se cobrará la sangre de tus hijos y de los que vengan después. ¡Ese fuego no perdona a nadie!
El líder se plantó firme, como un ombú viejo al que la tormenta no puede tumbar. Llevaba la mirada dura y el pecho apretado de dolor.
—¿Y qué querés que haga, machi? —le contestó con bronca e impotencia—. ¿Que me quede con los brazos cruzados en la toldería, viendo cómo el huinca nos roba el campo y nos seca la vida? Los soldados avanzan sin piedad con sus alambres y sus papeles firmados por otros para borrarnos del mapa. El cielo está mudo. Mis ruegos caen como ceniza. ¿Dónde están los dioses del agua?
La machi golpeó el suelo seco con su bastón. El sonido resonó seco y hondo.
—El cielo calla, es cierto, pero no está ausente —respondió ella con autoridad—. Lo que vive en las entrañas del monte no es amigo nuestro; es un demonio antiguo que ya tragaba mundos antes de que pisáramos esta pampa. Si buscas su poder para aplastar al invasor, el precio no lo van a pagar ellos en la picada. Lo vamos a pagar nosotros, de generación en generación.
—No busco poder, machi, busco justicia para los míos —respondió él, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—. Si el mundo de arriba nos condenó al destierro, haré que el mundo de abajo hable por nosotros. Prefiero arder de pie que morir de ro-
dillas bajo el yugo ajeno.
—¡Estás ciego de orgullo! —exclamó la anciana con lágrimas en los ojos—. Si tocas el fondo, vas a despertar al Vulkanor, y ese fuego nos va a devorar a todos, al blanco y al nativo. ¡La tierra no negocia con los hombres desesperados!
El Cacique la miró fijo, sabiendo muy bien que ella decía la verdad, pero con la decisión ya tomada.
—Dejaré de rezarle a un cielo sordo —dijo con firmeza—. Le pediré respuestas a lo que está abajo. Si he de pagar un precio, lo pagaré yo solo. Pero mi pueblo no va a morir sin pelear.
Dándose media vuelta, comenzó a caminar hacia el campamento. La machi lo vio perderse entre las nubes de polvo y susurró al viento:
—Que tu voluntad sea tu cruz. El fuego no tiene dueño. Solo tiene hambre.
Sabiendo que las boleadoras y las flechas ya no salvarían a su gente, el líder entró a su ruca, donde lo esperaban sus dos hijos, dos mocetones listos para la batalla: Arkai, el mayor, frío y calculador; y Sayenka, el menor, brioso y de sangre caliente.
—¡Lucharemos hasta el último aliento, padre! —dijo Sayenka, con los ojos encendidos de valor—. No nos van a arrancar la tierra sin pelea. Prefiero caer con la lanza en la
mano que ver cómo queman nuestros toldos.
—Moriremos con honor, sí, pero vamos a caer todos en vano si seguimos tu locura —le retrucó Arkai, trazando líneas en la tierra con el dedo—. Los guerreros están hambrientos y las flechas escasean. El hierro del huinca pega más lejos. Necesitamos pensar y ganar tiempo, no solo furia.
El Cacique los miró con el alma desgarrada. Eran su orgullo.
—No van a morir, hijos míos —les dijo con voz solemne—. Defiendan el perímetro de las tolderías y aguanten todo lo que puedan. Yo voy a buscar la fuerza que nos falta para ganar esta guerra.
—¿A dónde irás, padre? Si el cielo nos ha abandonado —preguntó Arkai con desconfianza.
—Entonces dejaré de rezar arriba —respondió el Cacique con voz cortante—. Le pediré respuestas a lo que duerme bajo nuestros pies. Cuiden a los nuestros hasta que vuelva.
Salió a la llanura y caminó hacia el oeste durante lunas enteras, hasta encontrar la Garganta Negra, una grieta profunda donde la luz jamás entraba.
Trepó laderas empinadas hasta la cima de un cráter apagado que olía a azufre y metal fundido. Bajó entre rocas filosas, lastimándose las manos, hasta quedar en la oscuridad total.
Apoyó las palmas sobre la roca hirviente y le habló a la
noche.
—Le he rezado a los dioses del cielo y sólo obtuve silencio. Si el cielo nos mira morir, ¿por qué seguir pidiéndole clemencia a la nada?
Un temblor pesado subió desde las entrañas de la tie-
rra.
En el fondo de la grieta, una chispa roja comenzó a palpitar. Sin dudarlo, el Cacique se cortó las palmas con su cuchillo y dejó que su sangre goteara sobre la piedra negra.
—¡Señor del Magma! —gritó con toda su fuerza—. ¡Tú que devoras en silencio las raíces del mundo, despierta y escúchame!
La roca se abrió y una figura gigante de humo y brasas emergió del fondo, el Vulkanor.
—Hueles a miedo, humano —crujió la entidad con voz de piedra triturada—. ¿Vienes a rogarme por lluvia? Yo no reparo sequías; yo reduzco reinos a cenizas.
—No vengo a pedirte agua, sino tu fuego. Si salvas a mi pueblo de la masacre, te ofrezco mi propio linaje a cambio de una fuerza que nadie pueda quebrar.
El demonio soltó una carcajada que sonó como un bosque en llamas.
—El fuego no se presta, humano, se aloja y consume. No puedo darte mi esencia sin quemar a todos, pero tus dos hijos me sirven. El mayor es duro como la piedra; el menor, indomable como el viento. Voy a inyectar mi esencia en su sangre para que sean invencibles. Pero escucha bien esto: cuando la guerra contra el huinca termine, mi esencia seguirá teniendo hambre. Se volverá contra tu propia sangre en una lucha de hermanos, y me cobraré el precio devorando a toda tu tribu en cenizas.
Era una sentencia terrible, pero el Cacique no tenía opción.
—Acepto el pacto. Dámelo ahora.
El Vulkanor dejó caer dos gotas de magma hirviendo sobre las manos ensangrentadas del Cacique.
El dolor fue indescriptible, pero cuando pasó, ya no había heridas, solo dos marcas oscuras y redondas que palpitaban como ascuas bajo la piel.
—Lleva mi semilla a tus hijos —ordenó el demonio—. Y diles que el Dios del Fuego les manda saludos desde el abismo.
Esa misma noche, el Cacique volvió al campamento. La batalla ya había empezado. había disparos, gritos y caballos corriendo por todos lados. Encontró a Arkai y a Sayenka defendiendo la entrada principal, rodeados y casi sin flechas.
El padre se abrió paso, llegó hasta ellos y les apoyó las manos marcadas sobre la piel desnuda. En un segundo, la chispa maldita pasó al cuerpo de los jóvenes.
—¡Padre, qué has hecho! —gritó Arkai, doblándose de dolor.
Ambos cayeron de rodillas a la tierra, gritando mientras un fuego antiguo les encendía las entrañas.
Sayenka fue el primero en levantarse con los ojos blancos y vacíos de humanidad. Su cuerpo emanaba tanto calor que derretía las armaduras de los soldados que se le acercaban, y las ropas ajenas comenzaban a arder a su paso.
Arkai, en cambio, apretó los dientes y logró controlar el fuego, canalizándolo hacia su lanza, que brillaba como un faro incandescente capaz de deshacer escudos con un
solo golpe.
Los soldados, aterrorizados al ver que peleaban contra
demonios, empezaron a huir despavoridos abandonando las armas.
El Cacique los observaba desde las sombras, sabiendo muy bien que la semilla de la destrucción total ya estaba plantada en su familia.
La retirada del ejército dejó un silencio pesado en la toldería. Sayenka temblaba en el suelo, sintiendo que iba a estallar de tanta energía, mientras que Arkai miraba sus propias manos con horror, sintiendo que por dentro eran un horno encendido.
—Lo hice para que vivan —les dijo el padre con voz ronca—. Para que nuestro pueblo no sea borrado. Hoy sobrevivimos. Eso es lo único que importa.
—¿Y mañana? —gritó Sayenka—. ¿Y cuando se acaben los enemigos? ¡Esto que llevamos dentro pide más! ¡No se sacia nunca!
Los días siguientes fueron muy tensos. Los fortines enemigos se habían retirado por el miedo, pero la paz duró poco.
Sayenka se volvió violento e inquieto, exigiendo salir a quemar todo. Arkai, en cambio, intentaba mantener la ca-beza fría y controlar la furia.
Una tarde se apareció la machi y les advirtió sin rodeos.
—Ganaron la batalla, sí, pero perdieron el alma. Ese fuego no distingue bandos. Cuando no tengan enemigos blancos que quemar, se buscarán entre ustedes, hermanos contra hermanos.
Esa noche, a solas con su padre, Arkai preguntó lo que todos temían.
—¿Qué precio se pactó, padre? ¿Qué dijo esa voz en la montaña?
Con la voz quebrada, el anciano confesó.
—Dijo que cuando termine la guerra, mi sangre se volverá contra mi sangre. Que hermano matará a hermano.
Arkai bajó la mirada y aceptó su destino con calma.
—Entonces debemos cuidarnos de los enemigos de afuera... y de nosotros mismos.
La tensión entre los hermanos creció tanto que ya no se podía ocultar. Sayenka quería atacar los fortines sin parar y trataba a Arkai de cobarde por querer frenarlo.
—¡Miedo es lo que tienes! ¡El fuego avanza y tú lo apagas! —le escupía Sayenka.
—El fuego que no se gobierna destruye a quien lo lleva —le respondió Arkai con firmeza—. Y te advierto, si dejas que esa furia te arrastre, dejarás de ser Sayenka y te convertirás solo en fuego. Ya no serás mi hermano.
El Cacique veía cómo la sombra del demonio se extendía sobre sus hijos sin poder detenerla.
Una noche, la machi volvió a presentarse y le dijo al Cacique.
—El fuego dentro de ellos ya empieza a buscar alimento. Si no hay enemigos fuera, los creará dentro. ¿Estás dispuesto a ver a tus hijos destruirse el uno al otro?
El Cacique cayó de rodillas sobre la tierra caliente y
lloró en silencio, comprendiendo que el demonio ya le ha-
bía quitado la paz de su hogar.
Los meses pasaron y la sequía pasó a segundo plano frente al verdadero peligro: el fuego que vivía dentro de los hermanos.
Sayenka ya actuaba casi sin control, mientras que Arkai
luchaba cada día para mantener su furia a raya.
En una última charla, el Cacique le pidió a Arkai que hiciera lo necesario para proteger a su pueblo si las cosas llegaban al peor extremo.
—Lo haré, padre —respondió Arkai—. Aunque me queme el alma al hacerlo.
Y así, bajo un cielo rojo como las brasas, quedó claro que la guerra con los de afuera había terminado, pero el verdadero combate estaba por empezar en casa, en la sangre de los dos hermanos, esperando el momento exacto en que ya no quedara nada más que quemar.
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