la parte donde decís que los primeros discípulos solo vivían una relación, eso es lo que necesitaba leer esta noche :)
La Trinidad ¿Es Bíblico? O Hay algo que no estamos comprendiendo… Pregunta Sin responder
Pocas cosas son tan universales en la experiencia humana como la necesidad de mirar al cielo e intentar ponerle un rostro a Dios. Cuando somos niños, la respuesta suele ser simple: imaginamos a un…
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la parte donde decís que los primeros discípulos solo vivían una relación, eso es lo que necesitaba leer esta noche :)
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Pocas cosas son tan universales en la experiencia humana como la necesidad de mirar al cielo e intentar ponerle un rostro a Dios. Cuando somos niños, la respuesta suele ser simple: imaginamos a un Padre bondadoso, a alguien real que nos escucha y nos cuida. Sin embargo, para la gran mayoría de quienes crecimos en el mundo occidental, esa imagen sencilla pronto se topó con una de las fórmulas más complejas de la religión organizada: Dios es uno, pero al mismo tiempo son tres; tres personas distintas, pero una sola sustancia indivisible. Mmmmmm?????
Casi todos los que hemos asistido a una clase de religión o a un grupo de estudio bíblico hemos hecho la misma pregunta con timidez: ¿Pero ¿cómo funciona eso exactamente? Y casi siempre, la respuesta que recibimos de vuelta es un muro amable pero firme:
Es un misterio sagrado, no intentes entenderlo con la mente humana, solo hay que aceptarlo por fe.
Esa frase, lejos de calmar la mente, suele dejar un vacío silencioso. Nos enseña a relacionarnos con un concepto abstracto, con una paradoja matemática que desafía la lógica y que, a menudo, aleja la divinidad de nuestra realidad humana. Sentimos que para acercarnos a Dios debemos apagar la razón, aceptando que el Ser más importante del universo es alguien que simplemente no podemos comprender.
Pero, ¿realmente fue siempre así?... Cuando caminamos por los pasillos de la historia y nos asomamos a las casas de los primeros cristianos en el siglo primero aquellos pescadores, madres de familia y artesanos que transformaron el mundo descubrimos algo fascinante: ellos no tenían manuales de teología compleja ni conceptos filosóficos abstractos. Para ellos, la relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu era íntima, familiar y directa. No vivían en un misterio matemático; vivían en una relación de unidad.
¿En qué momento se nos enredó el mapa? ¿En qué punto de la historia el Dios cercano de Galilea se convirtió en una sustancia metafísica abstracta que requiere un doctorado para ser explicada?
Para entender el debate de la Trinidad, no necesitamos empezar peleando por versículos aislados. Necesitamos entender el choque cultural de un imperio en crisis, la desesperación de unos obispos que intentaban sobrevivir y el puente que se tendió entre la fe pura y la filosofía griega. Vamos a rascarle un poco a la historia, no para atacar la fe de nadie, sino para descubrir si esa fórmula que hoy nos parece obligatoria es realmente el mensaje original de las escrituras, o si es algo que se fue moldeando en el camino.
Es aquí donde el corazón de nuestro proyecto se activa y nos obliga a lanzar la pregunta incómoda, esa que se suele callar en las bancas de las iglesias: El dogma de la Trinidad... ¿es bíblico o alguien lo inventó?
Si somos completamente honestos y dejamos por un momento los manuales de teología moderna sobre la mesa, la respuesta histórica nos obliga a separar las cosas con bisturí. Nadie se inventó la existencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; sus nombres y sus obras están grabados en cada página del Nuevo Testamento.
Pero la fórmula, esa idea de que los tres están fundados en una misma "sustancia abstracta, invisible y coeterna" que forma un solo Dios misterioso esa sí tiene nombres, apellidos, fechas y un lugar de nacimiento muy claro en el calendario de la historia.
La Trinidad, tal y como la rezan millones de personas hoy en día, no nació en los caminos polvorientos de Judea ni salió de la boca de un apóstol. Nació siglos después, en relucientes palacios imperiales, en medio de feroces peleas políticas y bajo la presión de emperadores romanos que necesitaban unificar su reino a como diera lugar.
Si viajamos en el tiempo al año 325 d.C., encontraremos el momento exacto donde el molde original de la fe se rompió para siempre. Nos topamos con el Concilio de Nicea, una asamblea de obispos convocada no por un líder de la iglesia, sino por un emperador pagano: Constantino el Grande.
Constantino no estaba preocupado por la salvación de las almas; estaba preocupado por los disturbios en las calles de su imperio. Dos teólogos, Arrio y Atanasio, se estaban dando con todo en un debate que hoy nos parecería sacado de una clase de física cuántica: discutían si Jesús era de una sustancia similar al Padre (homoiousios) o de la misma sustancia exacta (homoousios).
Para resolver la trifulca, el emperador forzó una votación y obligó a la iglesia a adoptar un término que ni siquiera venía de la Biblia, sino de la filosofía pagana griega. Quien no firmara el credo, era exiliado del imperio. Así, bajo amenaza política y utilizando el lenguaje de filósofos que jamás conocieron a Cristo, se firmó el acta de nacimiento de la Trinidad.
Entonces, ¿alguien lo inventó? Podríamos decir que fue un invento colectivo, una criatura teológica moldeada por la filosofía de Platón, la política de Roma y el miedo de los obispos de la época. Al intentar "explicar" a Dios para complacer a los intelectuales del imperio, terminaron creando un misterio matemático indescifrable, sepultando la hermosa y simple realidad que los primeros discípulos conocían tan bien.
Pero. ¿Qué dice la Biblia?
Aquí es donde la investigación se pone verdaderamente interesante. Si abrimos las Escrituras con el mapa de la historia en la mano, descubrimos algo que a la teología tradicional le cuesta muchísimo explicar: la Biblia no solo no contiene la palabra "Trinidad", sino que sus pasajes describen una realidad completamente diferente.
Si metemos el bisturí en los textos originales, descubrimos que la Biblia nos presenta al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como tres seres perfectamente claros, distintos y con roles definidos, cuya "unidad" no es una fusión física o mística de sustancias, sino una unidad perfecta de propósito, mente y amor.
Analicemos qué dice realmente el texto bíblico a través de tres momentos clave:
1. El plano físico frente al espiritual: El testimonio de los sentidos
En los Evangelios hay pasajes donde el plano físico de la realidad nos obliga a ver a tres personajes separados por el espacio y el tiempo. El ejemplo más claro es el bautismo de Jesús (Mateo 3:16-17): Y Jesús, después que fue bautizado, subió inmediatamente del agua; y he aquí, los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre él. Y he aquí, una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.
Jesús, un ser con un cuerpo físico, está saliendo del agua del río Jordán.
El Espíritu Santo desciende desde lo alto en forma visible, como una paloma.
El Padre no está en la tierra ni en la paloma; su voz se escucha desde los cielos, diciendo: Este es mi Hijo amado.
Si Dios fuera una sola sustancia indivisible atrapada en un misterio trinitario, este pasaje no tendría ningún sentido físico. Sería un acto de ventriloquia celestial donde Dios se habla a sí mismo desde tres lugares a la vez para montar un teatro. La Biblia, leída con simplicidad, nos muestra a tres Seres individuales actuando en perfecta armonía.
2. Las palabras de Jesús: ¿A quién le oraba?
A lo largo de todo su ministerio, Jesús dejó sumamente clara su relación de subordinación y respeto hacia su Padre. Él nunca dijo "yo soy el Padre". Al contrario, dijo cosas como:
El Padre mayor es que yo (Juan 14:28) Habéis oído que yo os he dicho: Voy, y vuelvo a vosotros. Si me amarais, ciertamente os regocijaríais, porque he dicho que voy al Padre, porque el Padre mayor es que yo.
O No se haga mi voluntad, sino la tuya (Lucas 22:42) diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. durante su dolorosa agonía en Getsemaní.
Si Jesús fuera de la misma sustancia indivisible que el Padre, ¿a quién le oraba? ¿Se estaba suplicando a sí mismo? ¿Se estaba dando fuerzas a sí mismo? El texto bíblico no muestra a un Dios confundido con sus identidades; muestra a un Hijo real que ama, obedece y se comunica con un Padre real.
3. El gran malentendido: ¿Qué significa ser "uno"?
El versículo favorito que la teología tradicional usa para defender la Trinidad es Juan 10:30, donde Jesús dice: Yo y el Padre uno somos. A simple vista, en nuestro español moderno, pareciera que está diciendo que son la misma persona o masa mística.
Pero la misma Biblia nos da el diccionario para entender qué significa esa palabra. En Juan 17:21, durante su última noche en la tierra, Jesús eleva una oración hermosa por sus doce apóstoles y le pide al Padre: para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.
Aquí la filología y el sentido común resuelven el enredo. Jesús no estaba pidiendo que sus doce apóstoles se derritieran físicamente para convertirse en un solo hombre gigante de doce cabezas. Estaba pidiendo que tuvieran la misma unidad de propósito, de corazón y de doctrina que Él tiene con su Padre.
¿Qué humano fue quien defendió el concepto?
Para responder a esta pregunta, tenemos que ponerle nombre y apellido al ser humano que verdaderamente se convirtió en el "campeón" de esta idea, el hombre que luchó con uñas y dientes para que la Trinidad se volviera obligatoria para todo el mundo. Ese humano fue un obispo de Alejandría llamado Atanasio.
Para entender su historia de forma muy humana, imagínate a un hombre bajito, de piel oscura, sumamente terco y con una energía inagotable. En su época, sus enemigos lo llamaban despectivamente "el enano negro". Atanasio no se inventó la palabra "Trinidad" (ese término lo había usado un siglo antes otro autor llamado Tertuliano), pero él fue el estratega, el político y el teólogo que logró que esa idea se convirtiera en ley imperial.
La historia de cómo sostuvo esta idea parece de película. A principios del siglo IV, la iglesia estaba partida en dos. Por un lado, estaba Arrio, un sacerdote muy popular y elocuente que decía algo muy lógico: "Si el Padre engendró al Hijo, el Hijo debe tener un principio; por lo tanto, hubo un tiempo en que el Hijo no existía". Arrio defendía que Jesús era un ser creado, inferior al Padre.
Atanasio vio en esto una amenaza total. Él sostenía la idea de que Jesús no podía ser una criatura, sino que tenía que ser exactamente de la misma sustancia abstracta, eterna e indivisible que el Padre. Para Atanasio, si Jesús no era el Dios Supremo en esencia, su sacrificio en la cruz no tenía poder para salvar a la humanidad.
Cuando el emperador Constantino encerró a todos los obispos en el palacio de Nicea para que arreglaran sus diferencias, Atanasio (que en ese momento era solo un joven secretario) fue el cerebro detrás de la facción que presionó para introducir la palabra griega homoousios (que significa "de la misma sustancia").
Fue un movimiento puramente humano y político. Atanasio sabía que los seguidores de Arrio jamás aceptarían esa palabra porque no estaba en la Biblia. Al lograr que el emperador Constantino apoyara ese término filosófico, Atanasio arrinconó a sus oponentes y logró que se firmara el primer boceto del Credo de la Trinidad.
Lo más increíble de este personaje es lo que pasó después de Nicea. La política romana cambió, y los siguientes emperadores se volvieron seguidores de Arrio. Le ordenaron a Atanasio que readmitiera a sus enemigos y que cambiara su teología, pero él se negó rotundamente.
Por defender su idea de la Trinidad, Atanasio fue exiliado cinco veces de su ciudad. Pasó más de 17 años de su vida huyendo, escondido en los desiertos de Egipto con los monjes, o viviendo en tumbas secretas para que los soldados imperiales no lo mataran. De ahí nació la famosa frase latina: "Athanasius contra mundum" (Atanasio contra el mundo).
Al final de su vida, gracias a su terquedad y a su habilidad para tejer alianzas políticas, su visión triunfó. Pocos años después de su muerte, en el Concilio de Constantinopla (381 d.C.), la iglesia adoptó oficialmente la fórmula trinitaria que él tanto defendió, y que hoy repiten casi todas las iglesias tradicionales.
Si le preguntas hoy a cualquier persona que defiende la Trinidad tradicional cuál es el versículo más claro de toda la Biblia para demostrar su doctrina, te va a citar de memoria 1 Juan 5:7-8:
Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan en uno. (Reina Valera 1960).
Al leerlo así, parece el argumento perfecto. No hay misterio ni vueltas que darle; el texto lo dice con todas sus letras. El pequeñísimo problema es que el apóstol Juan jamás escribió esas palabras. A este pedazo de texto se le conoce en el mundo de la historia como la Coma Juanina (o Glosa Juanina). Y su origen es un fraude absoluto.
¿Cómo lo sabemos? Aquí es donde metemos el bisturí filológico y revisamos los manuscritos antiguos:
Durante los primeros 1,500 años de la iglesia, ese versículo no existía en el idioma original del Nuevo Testamento. No aparece en el Códice Sinaítico, ni en el Códice Vaticano, ni en ninguno de los miles de manuscritos griegos antiguos. Es más, durante las feroces peleas entre Atanasio y Arrio de las que hablamos antes, ninguno de los dos usó este versículo. Si hubiera existido, Atanasio lo habría usado como su arma secreta para ganar el debate de inmediato. Pero no lo usó, simplemente porque el texto no estaba ahí.
El fraude estalló en el año 1516. Un erudito famosísimo llamado Erasmo de Rotterdam publicó el primer Nuevo Testamento impreso en su idioma original (griego). Como Erasmo era un investigador serio, revisó los manuscritos más antiguos y, al notar que la frase sobre el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo no aparecía por ningún lado, la borró de su Biblia.
Esto provocó una furia total entre las autoridades religiosas de la época. Lo acusaron de hereje y de querer destruir la Trinidad. Erasmo, acorralado, les lanzó un reto: Si me traen, aunque sea UN SOLO manuscrito antiguo en griego que contenga esas palabras, prometo meterlas en mi próxima edición.
Lo que pasó después parece un chiste: para ganarle la apuesta, un monje franciscano en Oxford agarró un manuscrito griego del año 1520 (el Códice Montfortiano), tomó una pluma y él mismo tradujo la frase desde el latín al griego para insertarla a la fuerza en el texto. Le llevaron el manuscrito "fresquecito" a Erasmo y, aunque él sabía perfectamente que era una falsificación hecha a las carreras, no tuvo más remedio que cumplir su palabra e incluir el versículo en su edición de 1522 para evitar que lo lincharan.
Esa edición manipulada de Erasmo se convirtió en la base de lo que los eruditos llaman el Textus Receptus. ¿Y quiénes creen que usaron ese texto para traducir la Biblia al español? Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera. Por eso, la famosa Biblia Reina Valera que muchos tienen en su mesa de noche arrastra ese fraude histórico desde el siglo XVI.
Lo más fascinante es que hoy en día, hasta los eruditos católicos y protestantes más conservadores reconocen el engaño. Si revisas traducciones modernas y serias (como la Biblia de Jerusalén o la Nueva Versión Internacional), notarás que ese versículo ya fue borrado o lo tienen relegado a una nota a pie de página que dice: "Este pasaje no aparece en los manuscritos más antiguos".
Footnotes
a. 5:7-8 testimonio … Espíritu. Var. testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno. 8 Y hay tres que dan testimonio en la tierra: el Espíritu (este pasaje se encuentra en mss. posteriores de la Vulgata, pero no está en ningún ms. griego anterior al siglo XIV).
Nueva Versión Internacional (NVI)
La Trinidad bajo el microscopio: Del laberinto de Nicea a la claridad de la Restauración
Para entender por qué el cristianismo tradicional terminó atrapado en un laberinto conceptual donde Dios es "uno en esencia, pero tres en personas", es obligatorio comprender el trauma cultural que sufrió la iglesia primitiva al expandirse por el Imperio Romano. Los primeros discípulos de Galilea operaban bajo una mentalidad puramente hebrea. Para un judío del siglo I, la realidad espiritual no estaba divorciada de la física; los ángeles tenían forma, Dios se manifestaba con poder tangible y las relaciones divinas se entendían en términos de familia y pacto.
Sin embargo, cuando el Evangelio cruzó a Grecia y Roma, se topó con la intelectualidad helenística dominada por el neoplatonismo y la filosofía aristotélica. Para estos pensadores, la máxima perfección del ser radicaba en la inmutabilidad absoluta: un Dios que tuviera cuerpo, que sintiera dolor o que se trasladara de un punto A a un punto B en el espacio era una imperfección lógica. Dios tenía que ser el Mundus Intelligibilis: incorpóreo, invisible, impasible y puramente abstracto.
El gran error de los teólogos de los siglos III y IV no fue su intención de defender el cristianismo, sino su metodología, intentaron forzar al Dios viviente de Abraham, Isaac y Jacob dentro del corsé metafísico de los filósofos paganos. El resultado fue una crisis de identidad teológica que duró siglos y que transformó las relaciones familiares del Padre y del Hijo en un enigma matemático que requería que los creyentes apagaran la razón.
Cuando la teología tradicional afirma que la Trinidad es una doctrina puramente bíblica, comete un anacronismo. Al revisar los textos en su griego original (el dialecto koiné), el vocabulario técnico que sostiene al dogma niceano simplemente brilla por su ausencia.
El pilar del Credo de Nicea (325 d.C.) y del posterior Credo de Atanasio es que el Padre y el Hijo son homoousios (de la misma sustancia o esencia). Si buscamos esta palabra o sus derivados en el Nuevo Testamento, el resultado es cero. El texto bíblico jamás utiliza categorías ontológicas abstractas para describir la naturaleza de Dios.
Cuando el Nuevo Testamento quiere explicar la relación entre el Padre y el Hijo, recurre a la filología de la herencia y el reflejo exacto. El ejemplo cumbre está en hebreos 1:3: …quien, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,
En el texto griego, la palabra traducida como "sustancia" es hypostasis (ὑπόστασις), que en el siglo I no significaba una esencia mística incorpórea compartida, sino una realidad sustancial, un soporte físico o una base objetiva. Lo que el autor de hebreos está diciendo con rigor lingüístico es que Jesús es la impresión o el grabado exacto (carácter, charaktēr) de la persona real del Padre. El texto exige dos hypostasis (dos realidades sustanciales distintas), donde una es el reflejo perfecto de la otra, no una sola amalgama metafísica.
El versículo bandera de la apologética trinitaria es, sin duda, Juan 10:30: Yo y el Padre uno somos. En nuestro idioma, el término "uno" es ambiguo. Pero el griego rompe la ambigüedad de forma fulminante. La palabra utilizada es hen (ἕν), que es el género neutro para el número uno, no el masculino heis (εἷς).
Si Jesús hubiera querido decir "somos la misma persona" o "somos el mismo ser", gramaticalmente habría tenido que usar heis. Al utilizar el neutro hen, la lingüística antigua dictamina que se está hablando de una unidad de acción, de propósito y de voluntad. Es exactamente la misma construcción que Pablo utiliza en 1 Corintios 3:8 cuando dice: Y el que planta y el que riega son una misma cosa, aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor.
Nadie en su sano juicio teológico argumentaría que el apóstol que planta y el que riega se fundieron físicamente en un solo ser; son dos individuos distintos trabajando en un mismo proyecto.
Antes de que Atanasio de Alejandría rigidizara la fórmula trinitaria en el siglo IV, los escritores cristianos de los primeros dos siglos (los llamados Padres Apostólicos y Apologistas) tenían una visión mucho más fluida y subordinada de la Divinidad, que choca frontalmente con el dogma moderno pero que se alinea de forma asombrosa con la teología de la Restauración.
Justino Mártir (aprox. 150 d.C.): En su Primera Apología (Capítulo 13), Justino escribe con total claridad que el Hijo es adorado en segundo lugar y el Espíritu Profético en el tercer orden. Para Justino, Jesús era un ser numéricamente distinto del Padre, a quien llamaba el Dios Segundo.
Orígenes de Alejandría (aprox. 250 d.C.): En su obra De Principiis, Orígenes explica que el Padre y el Hijo son dos cosas en cuanto a su hípóstasis (sustancia individual), pero una en cuanto a su acuerdo, armonía e identidad de voluntad.
Esto demuestra que la idea de tres seres coiguales metidos en una sola masa indivisible no fue la fe original de los mártires del coliseo romano; fue un desarrollo tardío y forzado por las circunstancias políticas del imperio.
La perspectiva de la Restauración SUD: Una teología de la realidad y el orden
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no llegó a la escena teológica para reformar la Trinidad de Nicea, sino para declarar que todo ese andamiaje filosófico fue el resultado de una gran apostasía. La restauración de la verdad no vino a través de un debate académico, sino de una teología de la realidad empírica: una teología basada en hechos físicos.
El quiebre total con los credos medievales ocurre en Doctrina y Convenios 130:22, un texto que separa con bisturí quirúrgico lo material de lo pneumatológico:
El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros.
Esta revelación destruye el concepto platónico de un Dios sin cuerpo, partes ni pasiones (Asomatos). Para el pensamiento SUD, la corporeidad del Padre y del Hijo no es una limitación; es la máxima expresión de la organización de la materia eterna glorificada. Esto permite que pasajes bíblicos que la teología tradicional califica con desdén como simples "antropomorfismos poéticos" recuperen su peso real: cuando Moisés habla con Dios cara a cara, como habla cualquiera a su compañero (Éxodo 33:11), o cuando Esteban ve los cielos abiertos y observa a Jesús a la diestra de Dios (Hechos 7:55), están describiendo realidades físicas espaciales, no visiones alegóricas.
El Libro de Mormón maneja una Cristología profunda donde la distinción de los personajes se equilibra perfectamente con su unidad ejecutiva. En 3 Nefi 11:32-36, el Salvador resucitado expone la doctrina medular de la Divinidad, mostrando cómo opera la transmisión del testimonio espiritual sin confusión de identidades:
Y esta es mi doctrina, y es la doctrina que el Padre me ha dado a mí; y yo doy testimonio del Padre, y el Padre da testimonio de mí, y el Espíritu Santo da testimonio del Padre y de mí; y yo testifico que el Padre manda a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan y crean en mí.
Aquí no hay espacio para el entrelazamiento cuántico de la sustancia niceana. Lo que el texto describe es un modelo de gobernanza celestial: una Presidencia Divina. Tres Personajes individuales, con esferas de acción definidas, pero operando bajo un protocolo perfecto de unidad doctrinal. El Padre es el origen de la ley, el Hijo es el ejecutor del convenio de salvación y el Espíritu Santo es el testigo y canal de comunicación con el plano humano.
El análisis doctrinal más profundo de la postura SUD radica en cómo la separación de los Personajes rescata la dignidad y el costo real de la Expiación. Si el Padre y el Hijo son el mismo ser ontológico atrapado en una esencia indivisible, el drama de Getsemaní y el Calvario se convierte en una paradoja vacía.
El élder Jeffrey R. Holland, en su célebre discurso El único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien Él ha enviado (Conferencia General, octubre de 2007), abordó este punto con un rigor que cala hondo:
En el momento supremo de la historia del mundo, cuando el Hijo estuvo físicamente débil y con un dolor profundo... ¿habría de clamar: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’, si no hubiera un Padre Celestial separado e independiente que pudiera desampararlo? ¿Cómo iba a poder someterse el Hijo a la voluntad de Su Padre si no hubiera otra voluntad a la cual someterse?
La teología SUD sostiene que para que el libre albedrío y el sacrificio de Cristo tengan validez cósmica, tuvo que existir una verdadera alteridad, un espacio real entre la voluntad del Hijo y la voluntad del Padre. Jesús no estaba haciendo un monólogo dramático en la cruz; estaba experimentando la terrible y real retirada del Espíritu y del apoyo de Su Padre, un Ser real que, con el corazón roto, tuvo que apartar la mirada para que la justicia fuera satisfecha.
Cuando limpiamos el texto sagrado de las capas de pintura que le añadieron Atanasio, los concilios imperiales y las falsificaciones como la Coma Juanina, lo que queda no es un dogma hostil que exige suspender la lógica. Lo que queda es la revelación de una familia celestial.
Para el buscador de la verdad, la postura de la Restauración sana la herida que dejó Nicea. Nos quita el peso de tener que adorar a un misterio incomprensible y nos devuelve un Dios al que verdaderamente podemos emular.
No somos la creación fortuita de una sustancia abstracta; somos literalmente la descendencia de un Padre Celestial tangible. Y la meta final del Evangelio no es diluirnos en una esencia mística cósmica, sino alcanzar la misma unidad de mente, amor y propósito que el Hijo y el Espíritu Santo sostienen con el Padre desde la eternidad.
Respuestas
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PermalinkLo que contás sobre vivir una relación en vez de una fórmula me pasó con los chicos de confirmación. Cuando cuento de Jesús sufriendo solo lo ven diferente. Me pregunto si perdimos el arte de contar qué significa la fe en la vida real, no qué inventaron en Nicea.
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PermalinkCuando dejé de tomar hace dieciocho años nadie me explicó ninguna teología. Alguien rezó por mí y un día cambió algo. Después vino la congregación, los hermanos, la lectura. Pero la conversión no fue por un argumento. Así que cuando leo que los primeros cristianos no tenían manuales de teología y funcionaban igual, me resuena. El punto que no veo claro es este: si simplificar la doctrina es lo que necesita la gente, ¿por qué casi todas las iglesias que existen hoy tienen un dogma fijo? ¿Será que la gente necesita estructura aunque sea inventada?
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PermalinkMira tú, voy casi todos los días desde que murió mi marido, y no me preocupa si fue Constantino o Jesús quien armó la fórmula. Lo que me cuesta es cuando pretenden que dieciocho siglos de tradición son mentira política. Hubo gente rezando de verdad en eso, y no desaparece aunque un versículo fuera inventado.
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Permalinkla parte donde decís que los primeros discípulos solo vivían una relación, eso es lo que necesitaba leer esta noche :)
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PermalinkLlevo treinta y cuatro años en la misma congregación y en todo ese tiempo leí pasajes que otros leyeron igual y sacaron conclusiones distintas. No me sorprende que un versículo desapareciera o que los griegos metieran baza. Lo que me pasa es que tanta historia no cambia lo que pasa los miércoles con doce personas en una sala. La pregunta de fondo que deja tu texto es si necesitamos la historia para justificar lo que ya creemos o si podemos creer sin necesidad de ganar ningún debate.
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Permalinkpero si la gente sencilla nunca necesitó todo eso para creer, ¿por qué los teólogos insistieron tanto? ¿de verdad era por salvar almas o por otra cosa?
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Permalinkmirá vos, yo me duermo rezando a las dos frases, así que toda esa teología se me pierde igual
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PermalinkYo rezo caminando el pasillo entre las tres y las cinco de la mañana. No necesito explicaciones, necesito que me escuche.
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