La tiranía del círculo -
La casa era un semicírculo perfecto de ventanales limpios por los que el sol de la tarde entraba sin pedir permiso, iluminando el jarrón con lirios y gauras sobre la mesa. Desde el centro del living, ella miraba el jardín: los cardenales picoteaban el césped y el viento movía las hojas de las cortaderías. Todo estaba ahí, a un palmo de distancia.
El problema empezó el día que intentó salir a podar. Caminó hacia la puerta, pero el muro curvo la guió sutilmente hacia el comedor. Lo intentó de nuevo, con más prisa, pero el pasillo hemiciclo la devolvió al punto de partida, como si la casa girar en un tocadisco eterno al ritmo de Edith Piaf. Su pareja pasaba a su lado, sosteniendo de las manos a los niños, flotando en esa misma inercia circular con una sonrisa mansa. "Es una casa hermosa", decía él, perdiéndose en la curva del pasillo, habitando el bucle con la resignación de los justos.
Ella entendió entonces que no había cerraduras. El encierro era la fluidez. No había esquinas donde esconderse, ni vértices donde apoyar la espalda para resistir el giro. Estaba atrapada en el centro exacto de un torbellino doméstico y luminoso, obligada a mirar un afuera que se volvía cada vez más lejano.
Con el horror de la lucidez, visualizó una versión de sí misma, diez años mayor, entregada a tareas vanas en una panadería que no le pertenecía. Se vio a sí misma detrás de un mostrador de madera gastada, y viejas cortinas desteñidas por el sol de los años, acomodando con desgano los pocos bizcochos del día bajo la luz tenue y parpadeante de una lámpara de filamento, en una de esas viejas panaderías de barrio que alguna vez tuvieron su época de esplendor.
Para torcer ese destino, tomó el único acto de rebeldía que se le ocurrió: decidió apropiarse de la tierra y las flores. Allí, en ese pedazo de jardín que ahora era suyo por derecho de siembra, decidió poner fin a la inercia y plantar su propio eje.
Fin