—Hazlo, y si te da miedo, hazlo con miedo.
—¿Y si tengo miedo de descubrir de lo que soy capaz?
—¿Y si eres capaz de mucho más de lo que te permites creer?
—¿Y si fracaso? ¿Y si lo intento con todas mis fuerzas y aun así no es suficiente?
—¿Y si pasas toda tu vida preguntándote qué habría ocurrido si lo hubieras intentado?
—No es tan fácil como parece. Hay cosas que quisiera cambiar, palabras que quisiera decir y versiones de mí misma que quisiera dejar atrás, pero no sé cómo hacerlo sin sentir que estoy perdiendo una parte de mí.
—¿Y acaso no te estás perdiendo un poco cada vez que renuncias a algo por miedo?
—Quizás. Pero es más fácil quedarse donde una conoce el dolor que aventurarse a un lugar donde ni siquiera sabe qué le espera.
—Entonces dime, ¿cuánto tiempo piensas seguir confundiendo lo conocido con lo seguro?
—No lo sé. A veces siento que mi propia mente es una habitación sin ventanas. Pienso demasiado, recuerdo cosas que quisiera olvidar y temo cosas que todavía ni siquiera han sucedido. Y lo peor es que, incluso cuando todo está en silencio, dentro de mí nunca deja de haber ruido.
—¿Y crees que huir de todo eso hará que desaparezca?
—No. Pero hay días en los que simplemente quisiera descansar de mí misma, dejar de analizar cada palabra, cada gesto, cada error. Quisiera vivir sin sentir que tengo que prepararme para todas las cosas que podrían salir mal.
—Entonces, ¿por qué te exiges tener todas las respuestas antes de dar el primer paso?
—Porque tengo miedo de equivocarme.
—¿Y desde cuándo equivocarse significa que no eres capaz de volver a intentarlo?
—Desde que empecé a creer que tenía que hacerlo todo bien para ser suficiente.
—Quizás ese sea el verdadero problema. No tienes miedo únicamente de fracasar; tienes miedo de que el fracaso confirme todas esas cosas horribles que alguna vez llegaste a creer sobre ti misma.
—¿Y cómo se supone que deje de creerlas?
—Empezando por comprender que un pensamiento no siempre es una verdad, que sentir miedo no significa estar en peligro y que no necesitas convertirte en alguien diferente para merecer una oportunidad.
—¿Y si todavía no me siento preparada?
—Entonces empieza así. Con tus dudas, con tus inseguridades, con las manos temblando y el corazón lleno de preguntas. No necesitas dejar de tener miedo para comenzar a vivir.
—¿Y si vuelvo a caer en los mismos errores?
—Te levantarás, aprenderás y volverás a intentarlo. No porque seas invencible, sino porque eres humana. Y ser humana también significa no tener siempre la fuerza, la claridad o el valor que quisieras tener.
—Entonces… ¿no tengo que esperar a ser una mejor versión de mí misma?
—No. Puedes empezar a construirla siendo quien eres hoy.
—¿Incluso si todavía hay cosas de mí que no me gustan?
—Especialmente entonces. Porque no tienes que odiar a quien eres ahora para convertirte en quien deseas ser mañana.
—Creo que empiezo a entenderlo…
—¿Qué cosa?
—Que quizás llevo tanto tiempo esperando a que desaparezca el miedo que me he olvidado de que la vida también está sucediendo mientras espero.
—Exactamente.
—Entonces lo haré.
—¿Sin miedo?
—No. Con miedo, con dudas y con todas esas voces que intentan convencerme de que no puedo. Pero lo haré de todos modos.
—¿Y si mañana vuelves a tener miedo?
—Volveré a intentarlo. Porque ya no quiero que mis miedos decidan por mí.
Y quizás crecer consista precisamente en eso: comprender que el valor no siempre se siente como una fuerza extraordinaria. A veces es simplemente una decisión pequeña, casi invisible, de no seguir abandonándote cada vez que algo te asusta.
Porque el miedo puede acompañarte, puede advertirte, incluso puede hacerte dudar de ti misma. Pero no tiene por qué convertirse en el dueño de tu vida.
A veces debemos recordar que no necesitas dejar de temblar para abrir la puerta. A veces, lo único que necesitas es comprender que también puedes hacerlo con las manos temblando.