Ay no. Acabo de vivir eso en dos minutos. La pared acaba de verme llorar.
Capítulo 3: La prisa del tiempo
El bosque siguió cambiando con las estaciones, y el muchacho que aprendía melodías junto al río terminó convirtiéndose en un hombre.
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Ay no. Acabo de vivir eso en dos minutos. La pared acaba de verme llorar.
Contenido de la publicación
El bosque siguió cambiando con las estaciones, y el muchacho que aprendía melodías junto al río terminó convirtiéndose en un hombre.
El sol de otoño se filtraba entre las copas de los pinos, tiñendo de oro viejo las aguas del Río de las Almas. Para Stefan, que ahora cargaba con la espalda ancha de un hombre de veinte años, aquel rincón del bosque era el único lugar donde el mundo tenía sentido.
Lachi estaba allí, esperándolo sobre la gran roca plana que se adentraba en la corriente. Su pelaje blanco, aún inmaculado, contrastaba con el verde profundo del musgo.
Al ver a Stefan, no se puso en guardia. Simplemente bostezó, mostrando una hilera de colmillos que habrían hecho desfallecer a cualquier cazador, pero que a él solo le arrancaron una sonrisa.
—Traigo cecina de la buena, Lachi. Mi padre se descuidó un segundo en la despensa —dijo Stefan, dejando caer un hatillo de tela sobre la piedra.
La loba se acercó con movimientos líquidos, casi elegantes.
Olfateó el aire y, con una delicadeza impropia de una fiera, tomó el trozo de carne de la mano de Stefan.
Sus ojos aceituna se encontraron con los del joven.
Había inteligencia en aquella mirada.
Stefan preparó su caña de pescar de madera de fresno y se sentó en la roca.
Sabía que la pesca requería paciencia, y Lachi parecía personificar la misma. La loba se echó a su lado, dejando que su cuerpo grande y cálido sirviera de respaldo al joven.
Stefan se recostó contra el costado de la fiera. El pelaje de Lachi era suave, pero debajo sentía la tensión de unos músculos capaces de derribar a un ciervo en plena carrera.
Cerró los ojos un momento, escuchando el resoplido tranquilo que nacía de su pecho.
—A veces pienso que eres más humana que nosotros, pequeña —susurró Stefan, mientras la punta de la caña vibraba ligeramente sobre el agua—. En el pueblo solo hablan de bodas y de impuestos. Aquí… solo estamos nosotros.
Lachi apoyó su pesada cabeza sobre los muslos de Stefan.
Él empezó a acariciar sus orejas, notando que el pelaje en esa zona empezaba a cambiar de textura, volviéndose más fino, casi como seda.
No se dio cuenta de que, entre los hilos de plata de su cabeza, comenzaban a asomar cabellos negros como el carbón, todavía ocultos por la luz del día.
Estuvieron así durante horas.
Stefan pescaba en silencio, y Lachi vigilaba el bosque, protegiendo el descanso del único humano que la había tratado como a una igual y no como a un monstruo.
En ese momento, para Lachi, el Den no era una carga ni una bendición. Era el calor de aquella espalda humana contra su costado, la paz de sentirse Bengui: libre para seguir el instinto de la loba o escuchar el corazón de la mujer que despertaba en su interior. Por primera vez, no sentía hambre, sino pertenencia.
—Si algún día te vas, Lachi… creo que el bosque se quedaría mudo —dijo Stefan con voz somnolienta.
La loba soltó un suspiro profundo, un sonido que casi pareció una palabra.
Sus ojos aceituna se entornaron, mirando hacia el cielo, donde la Luna empezaba a insinuarse tímidamente.
Faltaba poco.
El decimoctavo invierno estaba a la vuelta de la esquina y, con él, el fin de aquellas tardes de pesca y el inicio de la jaula de piel y hueso.
Una semana después, Stefan no llegó solo al Río de las Almas.
El sonido de sus pasos venía acompañado del tintineo de unas joyas baratas y de una risa aguda que espantó a los pájaros.
Lachi, que lo esperaba oculta entre los helechos, tensó cada fibra de su cuerpo.
El viento le trajo un aroma extraño: lavanda, jazmín, harina de repostería y, sobre todo, el olor de una intrusa.
Stefan apareció en el claro de la mano de Marta, la hija del panadero. Era una chica de mejillas sonrosadas y ojos pequeños que miraba el bosque con un desprecio mal disimulado.
—¿Aquí es donde pasas las tardes, Stefan? —preguntó Marta, arrugando la nariz—. Es un lugar húmedo y lúgubre.
—Es el lugar más hermoso del mundo —respondió Stefan, buscando con la mirada—. Y quiero que la conozcas. No tengas miedo; ella es... especial.
Stefan silbó, el código de siempre.
Lachi salió de la espesura, pero no con su elegancia habitual.
Caminaba rígida, con el pelaje del lomo erizado y la cola baja, vibrando con un gruñido sordo que nacía de lo más profundo de su pecho.
—¡Por los santos! ¡Es una bestia! —gritó Marta, escondiéndose detrás de Stefan—. ¡Dijiste que era como un perro! ¡Esta cosa me va a despedazar!
—¡No, Marta! —Stefan rio, intentando tranquilizarla—. Lachi, ven aquí. Tranquila.
Pero Lachi no estaba tranquila.
Ver a Stefan sosteniendo la mano de aquella mujer, verlo protegerla, despertó algo que no era hambre de loba, sino un fuego humano y amargo.
Celos.
Amaya, encerrada dentro de su envase de plata, sintió la traición.
Ese era su lugar.
Su humano.
Lachi avanzó un paso, enseñando apenas un centímetro de sus colmillos.
El gruñido se volvió un rugido bajo.
—¡Stefan, haz algo! —chilló Marta, presa del pánico, lanzándole una pequeña piedra que llevaba para espantar bichos.
La piedra golpeó el hocico de Lachi.
No le dolió.
Pero el insulto fue total.
La loba se lanzó hacia delante, no para matar, sino para marcar territorio; un salto rápido destinado a derribar a la muchacha.
—¡LACHI, BASTA! —El grito de Stefan fue como un latigazo.
Antes de que Lachi alcanzara a Marta, Stefan se interpuso.
La apartó de un empujón y, en el movimiento, el revés de su mano terminó golpeándole el hocico.
—¡Atrás! —rugió Stefan, con una furia que Amaya jamás había visto en sus ojos—. ¡Mal animal! ¡Si la tocas, juro que te cazaré yo mismo! ¡Vete de aquí!
Lachi retrocedió.
Pero no fue el golpe lo que la hirió.
Fue el desprecio en la voz de Stefan.
Lo miró fijamente, con sus ojos aceituna llenos de una tristeza profundamente humana que él no supo leer.
Vio cómo Stefan rodeaba a Marta con sus brazos para consolarla, mientras la muchacha la señalaba con asco.
—Tienes razón, Marta —dijo Stefan, sin mirar a la loba—. Sigue siendo un animal salvaje. Me equivoqué contigo.
Lachi dio media vuelta y desapareció en el bosque como una exhalación blanca.
Corrió hasta que sus pulmones ardieron, odiando a Stefan, odiando a Marta y, sobre todo, odiando aquel Den que la obligaba a sentir cuando lo único que quería era arrancarse el corazón para volver a ser solo una loba.
Aquella tarde, el agua del río no fue lo único que fluyó.
Desde el cielo, la Luna observaba en silencio cómo el cabello de su hija se volvía negro como una noche sin estrellas a una velocidad aterradora.
El desprecio de Stefan acababa de acelerar el reloj.
Thoughts
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PermalinkEl personaje que yo más quería acaba de hacer algo que no sabía que podía arrepentirme de querer.
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PermalinkStefan va a darse cuenta de lo que hizo, pero va a ser demasiado tarde. Siempre lo es con estos giros.
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Permalink¿Qué crees que va a pasar en el próximo capítulo?
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PermalinkLo que me quedó dando vueltas es eso del cabello que se vuelve negro. Una transformación por dolor, no por el tiempo. Eso es más cruel que la maldición misma.
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PermalinkSuena como que Lachi estuvo esperando años a que Stefan la viera y luego en un segundo lo perdió todo.
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PermalinkMarta llegó a arruinarlo todo en tres líneas. Tiene talento.
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PermalinkEse párrafo donde la voz de Stefan se vuelve desprecio. Eso es lo que duele.
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PermalinkAy no. Acabo de vivir eso en dos minutos. La pared acaba de verme llorar.
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PermalinkDEN: originalmente significa regalo. Y solo se diferencia por un acento de la palabra "Don" (DÉN)
Pero no tienes forma de saber si un regalo a veces es bueno o malo. Solo es eso... Un obsequio.
Y la palabra BENGUI antes de Stefan Lachi la asociaba a "demonio", a maldición.
Pero luego cambia al sentido positivo de la palabra "protectora"
BENGUI: palabra de doble filo que puedes interpretar como insulto o castigo donde eres un demonio.
O ver el lado positivo que es "espíritu protector" como un familiar.
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