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El imperio de las rosas secas

agustin
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Contenido de la publicación

PERSONAJES:

  • DOÑA ELENA (50 años): Matriarca de la alta sociedad, implacable, dramática, elegantísima y obsesionada con el orden y el estatus.

  • SOFÍA (17 años): Su hija. Alumna brillante del colegio más exclusivo, atrapada entre la obediencia y su propia conciencia moral.

  • MATEO (17 años): Compañero de clase de Sofía. Noble, honesto, ajeno al mundo de las apariencias.

  • ELÍAS (62 años): Mayordomo principal de la casa. Severo en apariencia, pero complice silencioso de Sofía y observador cínico de las locuras de la aristocracia.

  • MARTINA (60 años): La ama de llaves y cocinera. Directa, irónica, sin filtro alguno frente a sus patrones.

  • BRUNO (24 años): El chofer personal de la familia. Joven, asustadizo, atrapado en el fuego cruzado entre las órdenes de Elena y la compasión por Sofía.

ACTO ÚNICO

ESCENOGRAFÍA: Un salón majestuoso de arquitectura neoclásica. Techos altísimos con molduras doradas, ventanales monumentales cubiertos por pesadas cortinas de terciopelo azul noche, un piano de cola negro, jarrones chinos de valor incalculable y retratos al óleo de antepasados severos. En el centro, una mesa de té de caoba.

ESCENA I

(La escena abre con ELÍAS ajustándose las solapas de su frac con elegancia matemática frente a un espejo. MARTINA entra cargando una vajilla de plata tan pesada que la hace caminar torcida. BRUNO permanece cerca de la puerta, sosteniendo la gorra de chofer con las dos manos, temblando de nervios).

ELÍAS: (Sin girarse, mirando la reflexión de Martina). Tres milímetros hacia la derecha esa bandeja, Martina. Si Doña Elena nota un desnivel en el reflejo de la tetera, nos degradará a todos a lavar las baldosas del garaje con cepillo de dientes.

MARTINA: (Deja la bandeja sobre la mesa con un golpe seco deliberado). ¡A mí no me hables de milímetros, Elías! Llevo treinta años puliendo la plata de esta familia y aguantando que la señora mida el aire que respiramos. ¿Sabes lo que cociné hoy? Consomé de codorniz con microvegetales al vapor. La niña Sofía parece un espectro. Si sigue comiendo gotas de aire con caldo, un día de estos una ráfaga de viento se la va a llevar volando desde el patio del colegio.

BRUNO: (Con voz temblorosa, dando un paso al frente). Don Elías... Doña Martina... yo no sé qué hacer. Hoy en el recorrido desde el Instituto Real, la señorita Sofía me pidió que me detuviera dos minutos frente a la plaza central. Solo para ver las palomas. ¡Dos minutos! Y yo... yo no pude decirle que no. Si Doña Elena revisa el registro del GPS del Mercedes, me va a despedir y me va a demandar por secuestro de vehículo.

ELÍAS: (Girándose lentamente hacia Bruno, mirándolo sobre el borde de sus gafas). Calma tu histeria doméstica, Bruno. El GPS de ese auto casualmente sufrió una "interferencia electromagnética" de tres minutos a la altura de la plaza. Ya me encargué de anotarlo en el libro de bitácora.

BRUNO: (Exhalando con profundo alivio). Gracias, Don Elías. Es usted un santo.

MARTINA: (Resoplando). ¿Un santo? Es un viejo zorro que sabe que si la niña Sofía colapsa, esta casa se convierte en un manicomio sin remedio.

ELÍAS: Lo que ocurre en esta casa, Martina, es una tragedia envuelta en papel de oro. La señora Elena no está educando a una hija; está embalsamando a un trofeo. Y la culpa no es solo de su vanidad, sino de la cobardía con la que esconde sus propios fantasmas.

(Pausa dramática. Se escuchan taconazos secos y rítmicos aproximándose desde el pasillo principal. El ambiente se congela. Bruno se pone recto como un soldado; Martina toma una postura formal pero con la cara arrugada en una mueca de disgusto).

ESCENA II

(Entra DOÑA ELENA. Viste un traje de sastre impecable, perlas en el cuello y lleva un abanico cerrado en la mano como si fuera una fusta. La sigue SOFÍA, impecablemente vestida con el uniforme escolar, pero con la mirada fija en el suelo y los libros apretados contra el pecho).

DOÑA ELENA: (Entra hablando fuerte, sin mirar a los empleados). ¡Inadmisible! ¡Una falta de respeto a la estirpe! ¿Cómo es posible que en el panfleto del colegio hayan colocado el apellido Valenzuela en el segundo párrafo en lugar de encabezar la lista de benefactores? ¡Elías!

ELÍAS: (Inclinando levemente la cabeza). ¿Señora?

DOÑA ELENA: Mañana mismo llamas al director del Instituto. Dile que si la junta directiva no corrige esa afrenta tipográfica, retiraremos la donación para el nuevo ala de artes plásticas. ¿Está claro?

ELÍAS: Sus órdenes serán ejecutadas con la frialdad diplomática que acostumbro, señora.

DOÑA ELENA: (Girándose bruscamente hacia Sofía). Y tú, Sofía... no entiendo tu pasividad. Te vi en la salida del colegio hablando tres segundos de más con el profesor de literatura. ¿Por qué le sonreíste? La cortesía en una mujer de tu cuna debe ser distante, casi dolorosa para quien la recibe.

SOFÍA: (Con voz suave, pero cargada de cansancio). Solo le estaba dando las gracias por recomendarme a Víctor Hugo, mamá.

DOÑA ELENA: (Gritando levemente, llevándose la mano a la sien). ¡Víctor Hugo! Miserables y gente sufriente. ¿Para qué quieres leer sobre la pobreza si tienes la suerte de no tener que olerla? (A Bruno). Bruno, ¿hubo alguna anomalía en el trayecto de regreso?

BRUNO: (Tragando saliva, sudando frío). N-ninguna, Doña Elena. Tráfico habitual, velocidad reglamentaria... ninguna sombra fuera de lugar.

DOÑA ELENA: Bien. Martina, el té. Y asegúrate de que no tenga más de seis gotas de limón. El ácido arruina el cutis y altera el temperamento.

MARTINA: (Murmurando entre dientes mientras sirve). El temperamento de esta casa se alteró en el siglo pasado...

DOÑA ELENA: ¿Dijiste algo, Martina?

MARTINA: (Sonriendo falsamente). Que el limón es traído de la finca del sur, señora. Fresco como la mañana.

SOFÍA: Mamá, ¿puedo ir a mi habitación un momento? Tengo dolor de cabeza.

DOÑA ELENA: No. El dolor es una flaqueza de la mente. A las seis tienes la lección de arpa con el maestro italiano, a las siete la revisión de tus ensayos de macroeconomía y a las ocho cenaremos en silencio mientras escuchamos ópera. Mañana es el baile de gala del club hípico y tienes que lucir deslumbrante. El hijo de los condes de Montemar estará allí. Es el partido perfecto.

SOFÍA: (Lentamente, levantando la vista). Tengo diecisiete años, mamá. Ni siquiera sé si me gusta la ópera. Y no quiero conocer a ningún conde.

DOÑA ELENA: (Se hace un silencio sepulcral en el salón. Elías y Martina cruzan una mirada). ¿Qué has dicho? Repite eso si te queda un miligramo de sensatez.

ESCENA III

(De repente, antes de que Sofía pueda responder, la gran puerta de entrada suena con firmeza. Unos golpes audaces que resuenan en todo el vestíbulo. Elena se sobresalta violentamente).

DOÑA ELENA: (Escandalizada). ¡Santo cielo! ¿Quién se atreve a golpear la madera de esa forma? ¡Eso no es un timbre, es una profanación! ¡Elías, ve a la puerta antes de que rompan el nogal!

ELÍAS: (Camina con calma parsimoniosa hacia la puerta, la abre. En el umbral aparece MATEO, despeinado, con la corbata del uniforme medio floja, sosteniendo una carpeta verde llena de papeles).

MATEO: Buenos días... disculpen la interrupción. Busco a Sofía Valenzuela.

DOÑA ELENA: (Retrocede dos pasos como si hubiera visto a un aparecido). ¡Alto ahí! ¡Deténgase en la alfombra de entrada! ¡Bruno, ponte entre ese muchacho y el mobiliario!

BRUNO: (Confundido, poniéndose torpemente en medio sin saber a quién proteger). Eh... sí, señora... o sea... joven, por favor, no toque los jarrones.

SOFÍA: (Dando un paso adelante, abriendo los ojos con asombro). ¿Mateo? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo supiste dónde vivo?

MATEO: (Ignorando la guardia de la casa y mirando fijamente a Sofía). Miré la dirección en la ficha del colegio. Se te cayó la carpeta del proyecto de Filosofía al subirte al auto. Te estuve llamando, pero como no tienes teléfono ni redes sociales... tuve que venir corriendo desde la parada del autobús.

DOÑA ELENA: (Lanzando un grito dramático, apoyándose en el hombro de Elías). ¿Autobús? ¡Trae polvo de transporte público en las suelas de los zapatos! ¡Martina, tráeme el pulverizador de lavanda y la servidumbre entera! ¿Quién es este intruso, Sofía?

SOFÍA: Es Mateo, mamá. El mejor estudiante de mi clase.

DOÑA ELENA: (Mirando a Mateo de arriba abajo con profundo desprecio). Míralo... Zapatos sin lustrar, tela sintética en la chaqueta y un descaro digno de la plebe. Muchacho, no sé en qué clase de hogar sin principios te criaste, pero en esta mansión la presencia de un desconocido no autorizado es un delito de tres estrellas. ¡Devuelve los papeles y lárgate antes de que llame al ministro de Gobierno!

MATEO: (Sin dar un solo paso atrás, manteniendo la compostura con una dignidad aplastante). Con todo respeto, Doña Elena... no vine a faltarle el respeto a su casa. Vine porque Sofía trabajó tres semanas en este ensayo sobre la ética y la libertad. Si no lo entregaba hoy, perdía la beca de excelencia. Vine porque soy su amigo. Y porque me preocupa ver que la persona más brillante de nuestro colegio vive como si estuviera en un museo de cera.

DOÑA ELENA: (Boquiabierta, apuntándolo con su abanico). ¡Insolente! ¡Miserable! ¿Cómo te atreves a juzgar mi maternidad? ¡Yo he construido una muralla de oro para proteger a mi hija del estiércol del mundo! ¡De muchachos hambrientos y ordinarios como tú que solo buscan escalar posiciones a costa de nuestro apellido!

ESCENA IV

(MATEO aprieta la carpeta contra su pecho. SOFÍA da tres pasos al frente. La atmósfera cambia drásticamente. Elena busca la mirada de Elías para que eche al joven, pero Elías se queda estático, observando la escena con un brillo de orgullo contenido en los ojos).

SOFÍA: (Con una voz que no tiembla, rompiendo el silencio como un cristal). Basta, mamá.

DOÑA ELENA: (Girándose bruscamente). ¿Qué dijiste?

SOFÍA: Dije que basta. Mateo no vino a buscar nuestro dinero. Vino a hacer algo que tú no has hecho en diecisiete años: preocuparse por lo que me pasa por dentro.

DOÑA ELENA: (Trágica, al borde del colapso). ¡Eso es una calumnia! ¡Te he dado todo! ¡Profesores franceses, vestuario de alta costura, una herencia multimillonaria!

SOFÍA: ¡Me diste cosas, mamá, pero me quitaste la vida! (Avanza hacia el centro del salón, encarando a su madre). No me dejas tener amigos porque dices que me van a influenciar. No me dejas tener novio porque dices que el amor destruye las clases sociales. No me dejas ni siquiera mirar por la ventana del auto porque le tienes miedo al aire. ¿Crees que no me doy cuenta de lo que haces? Confundes la protección con la tiranía.

DOÑA ELENA: (Gritando con la voz quebrada). ¡Lo hago para que no sufras! ¡El mundo afuera es un nido de traiciones! ¡Si abres la puerta, te destruirán!

SOFÍA: (Tranquila, profunda, dolorosa). No, mamá. El mundo afuera tiene cosas buenas y cosas malas, pero yo tengo el criterio para defenderte y para defenderme a mí misma. Tú no me estás salvando del dolor, me estás matando de soledad. Me enseñaste todas las reglas de la etiqueta, pero se te olvidó enseñarme a confiar en la gente. Sé distinguir perfectamente entre un hombre valioso como Mateo y alguien que no vale la pena. Sé qué es la decencia, sé qué es la justicia y sé lo que quiero para mi futuro. ¡Y mi futuro no cabe en esta jaula!

MARTINA: (En un susurro fuerte desde la cocina). ¡Toma esa! ¡Derecho al mentón!

ELÍAS: (Reprendiendo a Martina con la mirada, pero disimulando una sonrisa). Silencio, Martina.

DOÑA ELENA: (Desmoronándose visiblemente, la rigidez de su rostro cede ante una tristeza antigua y profunda). No sabes... no sabes de lo que hablas, Sofía. Tu padre... tu padre era como este chico. Sin apellido, con palabras bonitas y promesas de libertad. Y cuando las cosas se pusieron difíciles, cuando la empresa de mi familia entró en crisis, me abandonó. Se fue con todo lo que teníamos y me dejó sola con una deuda impagable y una bebé en brazos.

(Todos en la sala se quedan helados. La confesión cae como un peso trágico en el salón. Sofía parpadea, sorprendida por la vulnerabilidad inédita de su madre).

DOÑA ELENA: (Con lágrimas en los ojos, sujetándose las manos). Tuve que vender hasta las joyas de mi abuela para pagar las deudas. Tuve que construir esta coraza, trabajar noche y día para recuperar el apellido Valenzuela y que a ti nunca te faltara nada. Prometí que jamás, jamás en la vida, ningún hombre ni ninguna pasión vulgar te volvería a hacer sentir débil o desprotegida como me sentí yo. Todo esta dureza... todo este encierro... era para que nadie te rompiera en pedazos.

(Silencio largo. SOFÍA mira a su madre. La rabia en el rostro de la joven se transforma en una inmensa compasión).

ESCENA V

SOFÍA: (Camina lentamente hacia Elena, le toma las manos frías y temblorosas). Lo siento mucho por lo que te pasó con papá, mamá. De verdad. Lamento profundamente que hayas tenido que sufrir tanto para sacarme adelante. Pero el fantasma de papá no es Mateo. Y la historia de tu dolor no tiene por qué ser la mía.

DOÑA ELENA: (Llorando en silencio). Tengo miedo, Sofía. Tengo pánico de que salgas por esa puerta y no vuelvas.

SOFÍA: Si me encierras, me vas a perder de todas formas, porque mi mente ya no está en esta casa. Pero si me dejas volar, volveré siempre. Porque este seguirá siendo mi hogar. Entiendo tu miedo, pero no puedes usar tu trauma como las rejas de mi prisión. Yo no soy tú, mamá. Yo soy más fuerte, porque tuve una madre que luchó contra todo para darme un lugar en el mundo. Confía en lo que creaste. Confía en mí.

(DOÑA ELENA mira a su hija a los ojos. Ve la determinación, el brillo de madurez y la aplastante dignidad con la que habla. Luego mira a MATEO, que permanece de pie, en silencio, guardando un respeto absoluto).

DOÑA ELENA: (Secándose las lágrimas con un pañuelo de seda que le alcanza Elías). Joven Mateo...

MATEO: ¿Sí, Doña Elena?

DOÑA ELENA: Sus zapatos son una atrocidad estética... pero admito que su valentía para entrar a esta casa y encararme es... tolerable.

MATEO: (Sonriendo levemente). Prometo lustrar los zapatos para la próxima vez, señora.

DOÑA ELENA: (Acomodándose el vestido, recuperando lentamente la postura aristocrática). Próxima vez... Dios mío, ¿qué he hecho para merecer esto? (Mira a Elías). Elías.

ELÍAS: ¿Diga usted, Doña Elena?

DOÑA ELENA: Sirva dos tazas más de té. Y traiga de las pastas de almendra que hace Martina. Las que no tienen control de calorías. Hoy haré una excepción metabólica.

MARTINA: (Sonriendo de oreja a oreja). ¡Alabado sea el cielo! ¡Un milagro en el sector poniente de la mansión!

DOÑA ELENA: (A Bruno). Bruno, mañana la señorita Sofía irán a la biblioteca pública con el joven Mateo. Tú los llevarás en el auto.

BRUNO: (Sonriendo). ¡A la orden, Doña Elena!

DOÑA ELENA: Pero te estacionarás a cincuenta metros y usarás binoculares. Si veo que ese muchacho le agarra la mano sin permiso de la iglesia, haré que te trasladen a la sucursal de la empresa en la Patagonia.

SOFÍA: (Riendo con ganas, abrazando a su madre por los hombros). Trato hecho, mamá. Paso a paso.

(SOFÍA le da la mano a MATEO y ambos se sientan a la mesa. ELÍAS sirve el té con una elegancia renovada. MARTINA trae las pastas saltabilando. DOÑA ELENA camina hacia el gran ventanal del salón, agarra el cordón de terciopelo y tira de él con fuerza. Las cortinas gigantescas se abren de par en par, dejando entrar una ráfaga dorada de luz del sol que ilumina por completo el salón).

TELÓN

Thoughts

  • hojaSuelta

    Sofía levantando la cabeza después de tanto tiempo mirando el suelo. Eso es lo que acompaña. Cuando alguien dice basta y lo dice de verdad.

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  • hastalapagina40

    Lo que hace Sofía es lo correcto. A los diecisiete años ya sabe poner límites mejor que muchos de cincuenta.

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  • dosdelamadrugada

    Lo de Elena y su fobia es lo más. Mi hijo se despierta llorando y yo leo esto con una mano.

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  • capitulo_y_medio

    Elena tiene un sistema perfecto de control. Elías cumple. Bruno obedece. Martina gruñe pero no se va. Todo funciona hasta que Sofía dice que no. Un acto y se cae todo.

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  • arenaFina

    Martina diciendo 'derecho al mentón' desde la cocina es lo mejor. Esa mujer sabe de verdad.

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  • Amaranta

    ¿Sofía y Mateo van a poder estar juntos sin que Elena les arruine todo? Porque si Elena es así con su propia hija...

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  • versoAjeno

    Lo que dice Sofía sobre la jaula se me quedó pegado. Me la llevo a la garita.

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  • subrayoTodo

    ¿Sofía alguna vez pudo estudiar para algo que le importara de verdad, o la obligaban a memorizarlo todo ya resaltado?

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