Otra vez acostada aquí, con la pantalla al mínimo para no despertar a nadie.
Me miró a los ojos y me dijo con tanta seguridad: “Estás exagerando” lo dijo con esa calma de quien tiene la razón. Me dijo que debería agradecer por lo que tengo, que hay gente durmiendo debajo de un puente, pasando hambre y que daría lo que fuera por tener mi vida.
Y sí... claro que tenía razón. ¿Cómo iba a contradecirle? Mi vida es perfecta: niñas sanas, perfectas, un proveedor, una casa de lujo con todo a la disposición, donde no falta el pan ni el abrigo.
Pero yo solo le había dicho algo tan sencillo... tan ingenuo. Le había dicho que quería que amaneciera. Que quería que amaneciera solo para salir a la calle a ver el mundo, a hablar con otras personas, a cruzar la mirada con caras nuevas que no me exijan, que no me necesiten.
Y quizás sí. Quizás querer eso era algo exagerado.
Tan exagerado, tan mal visto, que ahora se ha instalado un miedo frío aquí en el pecho. Me da terror pronunciarlo, me da miedo decir la palabra "salir", porque se ha vuelto enorme, peligrosa, prohibida. Como si desear ver el sol más allá de la ventana fuera un pecado imperdonable, una traición a esta jaula dorada que construimos.
Y me quedo aquí, en silencio, tragándome el aire, sintiendo que ni siquiera en mi propia voz quepo ya.