un visitante venido del espacio exterior descendió silenciosamente hasta posarse cerca de una pequeña vivienda donde una niña jugaba en el jardín. Envuelto en un manto de invisibilidad, el ser se aproximó con sigilo, observándola en silencio. Sin embargo, aun sin poder verlo, ella pudo sentirlo. Con el rostro hacia el vacío, comenzó a hablar en voz alta: —¿Dónde estás?—.
—Monstruo, monstruo, ¿dónde estás? —insistía la pequeña.
El visitante sin saber por qué la criatura sabía de su existencia y la naturaleza de su figura prefirió no decir ninguna palabra. Pero la niña continuaba llamándolo.
—Monstruo, monstruo —, gritaba cada vez más fuerte.
El visitante empezó a sentir el impulso de decirle que estaba allí. Luego, cuando la niña hizo silencio, notó que la pequeña no podía ver, estaba completamente ciega. Entonces entendió que ella lo sentía, pero no lo veía. Fue cuando decidió revelarse diciendo:
—Niña, ¿por qué me llamas monstruo?
—¿Y por qué no me tienes miedo? —preguntó el visitante, muy asombrado.
—Porque tú no eres malo — añadió la niña con dulzura —. Tú solo eres un monstruo solitario, como yo. Los niños no quieren jugar conmigo porque no puedo verlos, y en casa mis padres no quieren que juegue adentro porque rompo las cosas. Por eso le pedí a Dios un amigo. Entendí que solo un monstruo solitario podría quererme tal como soy. Por eso estás aquí, ¿verdad?¿Tú me quieres?
El visitante, muy emocionado por sus palabras, le contestó lleno de cariño:
—Sí, te quiero. Para mí eres una niña muy dulce... Y no para comerte —añadió dejando escapar una pequeña risa —.sino para charlar y jugar contigo. La niña le devolvió una gran sonrisa y, por primera vez desde que cruzó el universo, el monstruo se sintió verdaderamente feliz.
Desde aquel día, sus padres sonreían al verla reír y correr por el jardín junto a lo que creían que era un amigo imaginario, sin sospechar jamás que aquel compañero tan especial realmente existía y que había viajado desde las estrellas solo para jugar con ella