Siento cómo se va apagando lo nuestro y me duele en el alma. Desde que te alejaste ya ni duermo; mis días se volvieron grises y aburridos, flotando en la pura monotonía. Me descubro contando las horas, revisando la pantalla a cada segundo esperando ver tu nombre, pero tu mensaje nunca llega.
Cuando por fin te dignas a responder, después de días de silencio, me lanzas un texto tan frío, tan seco y tan distante que me dan ganas de no volverte a escribir jamás. Pero me gana la preocupación por ti, me gana este afecto insensato, y termino cayendo otra vez en el círculo de buscarte.
Lo que más me desgarra no es solo tu ausencia, sino notar la diferencia: ver cómo te abres y te entregas con los demás mientras conmigo te vuelves hielo. Me mata preguntarme en qué momento pasamos de ser inseparables a esto. ¿Por qué te volviste así conmigo? ¿Qué se rompió en el camino?
Pensé que ya había aprendido a protegerme, que las cosas de la vida ya no me afectarían tanto, pero me equivoqué. Supongo que me toca aceptar la realidad, tragarme la nostalgia y resignarme a vivir raspando las sobras de tus respuestas cortas, aprendiendo a dejar ir a quien ya se fue.