El texto arranca en primera persona, con alguien de treinta años que nunca ha besado a nadie, y en cuanto hace la maleta pasa a ser él. Como si para contarse la parte bonita necesitara mirarse desde afuera.
La geometría de dos esperas
Pensamiento
El texto arranca en primera persona, con alguien de treinta años que nunca ha besado a nadie, y en cuanto hace la maleta pasa a ser él. Como si para contarse la parte bonita necesitara mirarse desde afuera.
Contenido de la publicación
Hay días en los que me pregunto si el amor realmente es para mí. Si eso a lo que llaman “amor” llegaré a conocerlo alguna vez. A mis treinta años nunca he amado a nadie, ni me han amado. No sé lo que es un beso, ni he sentido esa chispa capaz de encender el alma durante un abrazo. Tampoco he escuchado un “te amo” tan sincero que haga brillar los ojos de quien lo pronuncia. Escucho decir que el amor es algo magnífico y único; algo que no se razona, solo se siente, y que te transforma en alguien mejor, más detallista, más cálido... en la persona única para alguien más. Sin embargo, al mirar mi propia vida, a veces parece no quedarme más opción que la soledad. Con ese peso en el pecho, comencé a soñar con viajar, con cruzar fronteras y perder me en el mundo para encontrarme a mí mismo.
Al mismo tiempo, al otro lado del mapa, en un país lejano con una zona horaria distinta, la tarde caía suave sobre una habitación cálida y acogedora. Allí, una chica también pensaba en el amor. Ella había dedicado sus mejores años a sus estudios, a construir su camino profesional y a labrarse una vida tranquila. A veces se preguntaba si el amor era tan bonito y transparente como leía en sus libros favoritos o veía en sus series románticas de cada noche. Suspiró en silencio, dejó volar el pensamiento y prefirió volver la vista a la pantalla, creyendo que la vida real rara vez copiaba a la ficción. Ambos, sin saberlo, compartían el mismo anhelo bajo el mismo cielo.
Pasaron los meses. Impulsado por el deseo de sanar su nostalgia y explorar horizontes desconocidos, él juntó valor, preparó sus maletas y abordó un avión hacia ese país lejano.
A los pocos días de llegar, coincidió con la celebración de la feria tradicional del pueblo donde se hospedaba: un lugar repleto de luces cálidas, puestos de artesanías, aromas a dulces fritos y el murmullo alegre de la gente. Ella, animada por una amiga a salir de su rutina de trabajo y libros, también caminaba esa noche por los pasillos de la feria.
El encuentro no fue una explosión ni un flechazo apresurado; fue un instante calmo. Ocurrió frente a un modesto puesto de juegos de destreza y figuras de papel. Él intentaba entender las instrucciones del juego, hablando con una timidez que se notaba a distancia. Ella, que estaba al lado observando las artesanías, notó su acento extranjero y la amabilidad torpe con la que intentaba darse a entender.
Con una sonrisa paciente, ella se acercó y le tradujo las palabras del vendedor. Cuando él giró a verla para darle las gracias, no hubo fuegos artificiales estruendosos, sino una sensación de paz inmediata, como si de pronto el ruido de la feria se hubiera pausado.
Caminaron juntos el resto de esa velada por los pasillos iluminados. Hablaron sobre lo difícil que es a veces soltar la rutina, sobre la comida local y sobre lo diferente que era el cielo en esa parte del globo. Al despedirse cerca de la rueda de la fortuna, no hubo prisas ni gestos apasionados; solo un intercambio sincero de nombres, una sonrisa de gratitud y la promesa tranquila de volverse a ver.
Así comenzó su historia: no con un romance apresurado, sino con una amistad verdadera.
Se veían un par de veces a la semana. Ella le mostraba los rincones escondidos de la ciudad, los cafés tranquilos para leer y los parques donde la brisa era suave; él, por su parte, le compartía la mirada detallista de quien descubre un país por primera vez y la paciencia de quien sabe escuchar. Se enviaban cartas breves, se recomendaban libros y compartían pequeñas costumbres cotidianas.
Con el paso de las semanas, las miradas empezaron a durar un segundo más de lo habitual. La timidez inicial se transformó en una complicidad llena de respeto. Él aprendió a adivinar cuando ella estaba cansada solo por la forma en que acomodaba su cabello, y ella descubrió que las manos de él, aunque cautelosas, transmitían una nobleza infinita.
Casi dos meses después de aquel primer día en la feria, la feria del pueblo volvió a instalarse para cerrar la temporada. Decidieron regresar juntos al mismo lugar donde sus caminos se cruzaron.
Al llegar la noche, subieron a la Rueda de la Fortuna. A medida que la cabina ascendía lentamente, la ciudad entera se desplegó bajo sus pies como un mar de luces doradas. Arriba, en la cúspide, la máquina se detuvo por unos minutos.
El viento fresco de la noche sopló suavemente. Él, sintiendo por primera vez en treinta años que no había nada que temer, se armó de valor y le ofreció su mano. Ella no dudó: deslizó sus dedos entre los de él. Fue un contacto pausado, delicado, pero suficiente para sentir cómo una chispa cálida recorría el pecho de ambos.
Él la miró fijamente y, con la honestidad más pura en la voz, rompió el silencio:
—Durante mucho tiempo pensé que el amor era un mito de los libros... hasta que me di cuenta de que solo estaba esperando la historia correcta para empezar a leerla.
Ella lo miró a los ojos, sintiendo que sus pupilas se iluminaban con un brillo sincero que jamás había experimentado. Le apretó la mano con dulzura, sabiendo que el viaje de él y la espera de ella habían valido cada segundo. No hicieron falta besos ni juramentos apresurados; la certeza de haber encontrado a su persona flotaba en el aire, prometiendo que lo mejor de su libro apenas comenzaba a escribirse.
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PermalinkEl texto arranca en primera persona, con alguien de treinta años que nunca ha besado a nadie, y en cuanto hace la maleta pasa a ser él. Como si para contarse la parte bonita necesitara mirarse desde afuera.
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PermalinkÉl se sube al avión para perderse por el mundo y lo primero que encuentra es a alguien que le traduce un juego de feria. Apuesto a que lo mejor de un viaje casi siempre llega así, por un malentendido.
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