Ta, los frascos de Luna en fila sobre la mesa fueron lo que más me quedó de todo. Conocí una casa así durante años, siempre con la bolsa de la farmacia colgada del picaporte a la misma hora, y un día la bolsa dejó de estar y nadie en la cuadra dijo nada. Por eso el final me pesó más en esa cocina que en la celda: al padre le dan diez años, pero la mesa sin frascos es la que se lleva Lorena a la otra ciudad.
La culpa del inocente.
Hoy me levanté antes de que sonara la alarma. Se acerca la fecha de la cita médica de Luna, eso me quita el sueño.
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Ta, los frascos de Luna en fila sobre la mesa fueron lo que más me quedó de todo. Conocí una casa así durante años, siempre con la bolsa de la farmacia colgada del picaporte a la misma hora, y un día la bolsa dejó de estar y nadie en la cuadra dijo nada.
Contenido de la publicación
Hoy me levanté antes de que sonara la alarma. Se acerca la fecha de la cita médica de Luna, eso me quita el sueño.
Al levantarme, Lorena, mi esposa, se despierta. Mientras me ducho siento el olor a café, es... reconfortante.
Antes de salir, pasé por la cocina. Sobre la mesa estaban los frascos de Luna, alineados como los dejó Lorena anoche. Uno para la mañana, otro para la tarde. No sé cuántos años llevo contándolos. Ya no los cuento. Solo los veo y sé que están ahí, que hay que comprarlos, que no pueden faltar.
Después de un desayuno rápido y un beso de despedida, salgo de casa. Aún no amanece, el mismo paisaje de hace años, un jardín de luces rojas.
Soy taxista desde hace muchos años, y es un paisaje al cual estoy acostumbrado. Empecé cuando tenía 20, mi familia era de bajos recursos, no pude ir a la universidad, así que en algún momento de mi adolescencia empecé a tomar el auto de mi papá y empecé a ruletear las calles de la ciudad hasta que tomé esto como mi profesión.
Poco a poco y con la ayuda de mi padre, pude comprar mi propio auto, antiguo. Ese fue el inicio de mi emprendimiento. Pocos años después ya teníamos una pequeña flotilla de autos, y durante todos estos años el mismo paisaje matutino.
Mi primer servicio del día fue una señora mayor. Durante todo el viaje me estuvo contando sobre sus hijos, sus nietos, su artritis y las quejas que tiene de su nuevo médico.
En este trabajo, aparte de manejar, también soy psicólogo y consejero de vez en cuando.
Mi segundo servicio fue una joven. Estaba apurada, tenía que llegar a tiempo a su trabajo. No es muy común establecer conversación con los jóvenes, pero ella hablaba hasta por los codos. Llevaba una conversación por mensaje al mismo tiempo que me conversaba sobre su trabajo.
Era asistente en una oficina de servicio de internet. Allí trabajaba con su novio, pero tenía el presentimiento de que la engañaba con una de las recepcionistas. Aparte tenía problemas con su abuela y su hermana. Mucho drama para mi gusto.
Ya era un poco más de media mañana cuando llegamos a su destino. Esperé estacionado al frente de un puestico pintoresco. Allí compré algo de tomar. Me llamó la atención la cantidad de Legos que vendían. Quise comprar uno para Luna, pero Lorena me mataría si ve alguna de esas piecitas tiradas en el piso.
Lorena es una maniática de la limpieza y el orden, sobre todo después de que nació Luna.
Recibí un mensaje.
Laura: papá, recuerda traerme los materiales que te pedí anoche. Y dice mamá que si vienes al mediodía le traigas el cereal a Luna. NO LO OLVIDES.
Yo: ok. ¿Y qué pasó que no estás en clase?
Laura: recuerda que te dije que hoy había reunión del ministerio. Ya veo por qué mamá se enoja tanto contigo.
Yo: sí, lo olvidé. Lo siento.
Laura es mi hija mayor, tiene 16, y está en esa etapa de rebeldía adolescente. Es la luz de mis ojos. Y un apoyo importante en el cuidado de Luna.
Suena el teléfono. Un nuevo servicio.
Está un poco lejos y va a una zona roja, pero está bien remunerado. Y además es de día. Si entro y salgo rápido, todo va a ir bien.
El cliente era un señor, serio, no habló en todo el camino. Entramos al barrio y lo dejé en una zona que no estaba tan mal. A pesar de la hora, había pocas personas en la calle.
A unas pocas cuadras un joven me hace seña para que me pare. Reconsideré seguir sin hacerle caso, pero la zona estaba muy alejada del centro, y pensé que sería buena idea salir con un cliente, así el viaje de vuelta valdría la pena.
El joven me dio la dirección y acordamos un precio. Abrió la puerta del copiloto, lo que me pareció extraño, y de repente intentó arrebatarme el celular. Como pude lo agarré y estuvimos forcejeando. No podía dejar que se lo llevara, era mi herramienta de trabajo.
No me di cuenta cuando otra persona entró por la puerta de atrás.
Todo estaba fuera de control cuando sentí una fuerte punzada en el hombro. Al darme cuenta, había sido apuñalado en el hombro. Entré en pánico y lo único que se me ocurrió fue acelerar.
Los chicos bajaron a trompicones del carro. Creo que uno de ellos cayó al piso.
Estaba muy asustado, con un fuerte dolor en el hombro. Después de un tramo escuché un fuerte golpe del lado derecho. Al voltear me di cuenta que fueron las puertas que quedaron abiertas y golpearon otro auto estacionado. El golpe hizo que se cerraran con bastante fuerza y eso fue lo que me asustó.
Al volver la vista al frente..... Aparecieron de la nada, una señora y de su mano, un niño.
Dios... No me dio tiempo a frenar. Lo único que sentí fue el golpe en la esquina derecha del capó, un grito ahogado. Y luego silencio.
No escuchaba nada, el pánico se apodero de mi. ¿Qué hice? ¿Qué acaba de pasar? ¿Me detengo?
Hice lo único que alguien con mucho pánico hace: ir a su lugar seguro.
No encontré el celular. Quizás al final se lo llevaron.
Manejé como pude hasta la casa. Fue el tramo más largo de toda mi vida. Al llegar toqué el claxon. Lorena se asomó a la ventana y abrió con calma la puerta del garaje. Estacioné el auto y bajé.
Lorena, al verme, entró en pánico. Laura ya estaba en el colegio y Lorena había llevado a Luna a casa de su hermana, a unas cuadras de la nuestra. Yo no salí del carro hasta que estuvimos solos.
Le conté lo que había pasado: el robo, la mujer y el niño... Dios, el niño.
No sabía qué hacer, no sabía qué pensar.
Sin darme cuenta estaba en la sala. Lorena me atendió. Después de un largo rato y un poco más calmado, conversamos. Decidimos ir a la policía, pero eso me dio mucho miedo. Las leyes para los de a pie son peores de lo que hablan las noticias.
Y si me encerraban, ¿Qué iba a pasar con mi familia? La justicia no entendería que había sido un accidente.
Y Luna, ella me necesita más que a nadie. No puedo dejarla sola...
Esa noche las niñas durmieron donde su tía. Yo no pude dormir. No pude sacarme de la mente esas dos siluetas. Estuve buscando alguna noticia durante toda la noche en la TV y en las redes. Nada.
Al día siguiente me quedé en el cuarto. No salí, no quería que las niñas me vieran así, fuera de mí. No sabría qué decirles si preguntaban.
Al final del día las dos entraron al cuarto. Lorena les había explicado que había tenido un accidente. Solo preguntaron cómo estaba y Luna hizo de enfermera esa noche.
me aislé varios dias . Resistíamos con los ahorros que teníamos. Eso estaba destinado para los medicamentos de Luna.
Lorena, vendía algunas cositas por internet, como hacía desde hace un par de años, y así nos sostuvimos.
Yo me planteaba ir a la policía todos los días, pero el miedo a que me encarcelaran era más grande cada día, al pensar en dejar sola a Lorena y a las niñas....
Semanas más tarde, había adelgazado un poco, dormía mal, si llegaba a dormir. La herida del hombro no estaba sanando bien, creo que estaba un poco infectada. A pesar de los cuidados de Lorena, aún me dolía y de vez en cuando se abría.
Lorena decía que era porque no tenía cuidado y al hacer movimientos bruscos, no dejaba que cicatrizara bien.
En todo este tiempo no he visto ni me he acercado al auto. Tengo miedo de verlo, trato de evitarlo.
Hoy vi a un tipo al otro lado de la calle. Creo que está viendo mucho a la casa. No es un indigente, pero está muy descuidado.
Para la cena, Lorena mandó a Luna a la tienda. Me volví a asomar por la ventana. El mismo hombre. Estuvo todo el día afuera de la casa. Quizás sí sea un indigente. Pero nunca lo había visto por aquí. Me pareció extraño.
Esa noche, al igual que las anteriores, no pude dormir. Me asomé en varias ocasiones a ver si aún estaba el hombre, pero no. Quizás se había cansado de estar en el mismo sitio y el frío y la oscuridad hicieron que se fuera.
Lorena se levantó temprano como de costumbre. Me vio en frente del televisor viendo las noticias. La escuché en la cocina, ayudando a Laura a alistarse, pero ella se sentía mal, algo referente a la menstruación. Escuché que Lorena la mandó a descansar.
En un momento Lorena me sacó de mi ensimismamiento y me dijo que habíamos dejado pasar la cita de Luna, y que Laura también necesitaba una revisión médica por sus cólicos.
Salió a la tienda a comprar algo para hacerle un té para que se le calmara el dolor. Este ya era el segundo día que faltaba al colegio por los mismos dolores.
Cuando llegó, me mencionó que había visto al mismo mendigo del día anterior, pero cuando me asomé no vi a nadie. Y no le di más importancia.
Esa tarde le dije a Lorena que iba a la policía sin importar qué. No puedo vivir con esto en la conciencia. Mañana en la mañana me presentaría en la comisaría. Lorena, con lágrimas en los ojos, me dijo que me apoyaría pasara lo que pasara.
Tomamos la decisión de hablar con Laura. Consideramos que tenía que saber la verdad y que, si llegara a pasar lo peor, ella sería el bastón que su mamá necesitaba, y que deberían apoyarse las tres por el bien de todas y sobre todo, por Luna.
En algún momento de la discusión escuché que alguien tocaba la puerta. Lorena salió, aún con lágrimas en la cara. Solo escuché decir: "Dile que se la llevó ahora".
Al mismo tiempo que entró Lorena, bajó Luna de su cuarto. Nos vio con los ojos enrojecidos. Como niña curiosa, nos bombardeó con preguntas. Como pudimos le dimos respuestas ambiguas y fuera del tema. No quería mortificarla.
En la noche me sentí más en calma. Aunque no dejaba de ver las noticias, mi mente estuvo más tranquila. Sabía que al día siguiente haría lo correcto. Esa noche me acosté y pude cerrar los ojos.
En la madrugada sentí algo, un ruido en la cochera. Me quedé escuchando con atención, pero ya no estaba. Me levanté y me asomé. Nada, solo oscuridad. Pero desde ese momento me sentí más inquieto que nunca. ¿Por qué? Esa noche fue peor que cualquier otra. Quizás era por lo que iba a hacer al día siguiente. Pero había algo más.
A la mañana siguiente me levanté temprano. Lorena, como siempre, a mi lado. La luz de mi vida entera, el amor de mi vida. Nunca me dejó solo, siempre estuvimos el uno para el otro y siempre estaría conmigo.
Siempre hemos sido un equipo, y mucho más desde que nació Luna.
Luna era la más pequeña, tenía 6 años. Cuando nació le diagnosticaron un problema cardíaco. Al año se le hizo un trasplante de corazón. Vendí todo lo que tenía, los autos de esa pequeña flotilla que había comprado junto con mi padre. Desde entonces, Luna ha luchado día tras día.
Como me quedé sin nada después de la operación, me tocó trabajar con autos alquilados hasta que pude juntar una pequeña cantidad para sacar un auto a crédito, y hasta hace dos meses pude pagar el crédito completo.
Esa mañana, al verla, me sentí más reconfortado que nunca, pero aún sentía esa incomodidad en el pecho. Sabíamos que las cosas de hoy en adelante serían más difíciles que nunca.
Al poco tiempo Laura estaba con nosotros en la cocina. Era una niña un poco rebelde, a veces malcriada, pero muy responsable y a veces amorosa. Me sorprendió la madurez de Laura en ese momento, preparada para lo que se venía.
Planeamos comprar algunas cosas para Luna. Ella se quedaría en casa de sus abuelos durante el proceso. Queríamos mantenerla lo más alejada posible. Así que Lorena y Laura saldrían a comprar lo que Luna necesitaría. Aparte de eso, la herida de mi hombro aún estaba mal curada y necesitaba algunas vendas.
Después de desayunar, ellas salieron. Yo me quedé en casa esperándolas. Como ya era una costumbre, empecé a ver las noticias buscando a ver si decían algo de ese fatídico accidente, pero nada.
De repente sentí un golpe fuerte en la cabeza. Me tambaleé. Al voltear, vi a un hombre que ya estaba sobre mí. Intenté defenderme, pero no pude.
No sé en qué momento perdí el conocimiento. Me desperté y estaba atado de manos a la espalda. El agresor me ayudó a sentarme en una silla. Mientras me apuntaba, revisaba la sala, veía las fotos, rebuscaba en la cocina. Consiguió una cuerda y con eso me terminó de amarrar a la silla y me amordazó.
¿Qué estaba pasando? ¿Qué quería? Me preguntó por el auto, si era mío. Asentí con la cabeza. Luego preguntó si alguien más conducía el auto. Negué con la cabeza.
Supe que era extranjero por el acento.
Mil cosas pasaron por mi mente. ¿Quiere robar? ¿Quiere mi auto? ¿Por qué? ¿Quién es? Al cabo de un rato me di cuenta de que era el mismo hombre que estuvo rondando la casa el día anterior. Ese era su propósito: robar la casa.
Quería hablar, pero no podía. Él solo caminaba de un lado a otro. Así estuvo un rato. Si quería robar, ¿por qué no simplemente se llevaba las cosas y ya?
El alma se me salió del cuerpo cuando vi a Luna bajando por las escaleras. Él no preguntó, solo la miró un instante. Vi reconocimiento. La sentó en otra silla, la ató y la amordazó. Luna lloraba sin entender lo que sucedía.
Yo no entendía.
Intenté soltarme, pero las cuerdas estaban bien apretadas. No sabía qué hacer. Intentaba balbucear, pero él estaba disociado. Solo estaba ahí, esperando.
Después de un rato vino otra oleada de terror al escuchar a Lorena y a Laura entrar a la casa. Vi confusión en sus rostros, luego pánico al vernos amarrados.
El hombre las apuntó. Hizo que Lorena atara a Laura y él luego ató a Lorena.
Contempló la escena. No había disfrute, no había alegría, no había nada... Entonces, ¿por qué estaba ahí?
De repente empezó a hablar. Bajo, calmado, sin prisa. Con un tono triste y cansado, como si hubiese llevado el peso del mundo en sus hombros por mucho tiempo.
Dijo que se llamaba Carlos. De todo lo que dijo, solo me quedé con dos nombres: Martha... Marcos... Muertos...
No lo podía creer. No necesitaba otra cosa. Sabía quiénes eran ellos. Fueron las personas a las que atropellé. Ese recuerdo de una mujer y un niño cruzando la calle me golpeó profundo. Esto parece una pesadilla.
Ya sabía quién era él. Un esposo, un hombre que perdió todo y por qué estaba aquí. ¡Venganza!
Vi cómo Lorena palideció cuando dijo que él era quien había tocado la puerta la noche anterior. Esa fue la confirmación que estaba buscando.
Me quitó la mordaza. Las palabras salieron de mi boca sin pensarlas. Traté de explicarle que fue un accidente. Le dije que entendía su dolor, que también soy padre de dos hermosas niñas, Laura y Luna, y que Lorena es la mejor mujer del mundo. Le dije que no fue mi intención atropellar a su familia, que escapaba de un robo, que me apuñalaron y que, entre el pánico, lo único que pude hacer fue huir a toda velocidad. Ellos simplemente aparecieron y no pude esquivarlos.
Le dije que estaba a punto de ir a la policía, y que si quería justicia, yo era el único culpable. Pero él parecía no escucharme.
Escuchaba el llanto de mi familia y eso me hacía desesperar más y más. Hablaba y hablaba, pero él solo estaba ahí, sumergido en sus pensamientos.
De repente preguntó: ¿Laura o Luna?
Lorena me miró, sin comprender, confundida.
¿Qué? ¿A qué te refieres?
Dijo que me haría elegir quién moriría. Si no elegía a una de las dos, les dispararía a las tres.
Yo... No supe qué decir. ¿Qué clase de monstruo le da a elegir a un padre qué hijo debe morir? No quiero que nadie más muera.
"Mátame a mí, yo soy el culpable, ninguna de ellas es culpable de nada más que ser parte de la familia del hombre que destruyó la tuya"
Intenté que entrara en razón, le supliqué, pero él ya estaba decidido. Y no quería perder a ninguna de ellas. Pero sería peor perderlas a las tres delante de mis ojos.
Lorena no hacía más que llorar, me miraba desesperada. Laura y Luna solo lloraban.
¿Qué debo hacer? ¿Por qué debería elegir? ¿Cómo viviría con esa decisión?
Entendí que no tenía salida. Tenía que elegir. ¡Señor perdóname!
Y mientras lo pensaba, mi mente volvió a ella. A Luna.
Durante todo este tiempo, he trabajado de sol a sombra para que Luna pueda asistir a sus consultas médicas, conseguir sus medicinas y que tenga una vida plena aun con sus limitaciones. Ella merece más que nadie ser protegida.
Titubeando, dije: Laura. Ella me vio con decepción, tristeza, ira, odio. Eso fue peor que si me dispararan.
Él pensó por un instante, apuntó y disparó. Pero...
¿Qué hizo? Todo es tan confuso y turbio. A quien veo sangrar es a Luna...
¿Qué clase de monstruo es para hacer esto? ¿Acaso no entendió lo que dije o lo que quiere es... hacerme sufrir? ¿Pero por qué ella?
Yo también le quité lo que él más quería. Pero fue un accidente. ¿Eso me hace merecedor de esto? ¿En dónde está la justicia divina? El Señor sabe lo que realmente hay en mi corazón. Entonces, ¿por qué hacerme pasar por esto?
Lo entendí al ver sus ojos al bajar el arma. Él está viviendo un infierno y solo me está abriendo la puerta para que viva con él.
Carlos salió de la casa. No cerró la puerta. Solo caminó hacia la calle y desapareció en la noche.
Cuando volví en mí, la casa estaba en silencio. Un silencio espeso, como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido. Lorena seguía en la silla, con la mirada perdida en el cuerpo de Luna. Laura estaba a su lado, pero no la miraba. Miraba al vacío. Como si su alma hubiera salido de su cuerpo y ya no supiera cómo volver.
Pasó un tiempo que no puedo medir. Quizás una hora. Quizás dos. La casa estaba en silencio, pero no un silencio tranquilo. Era un silencio denso, pesado, como si las paredes mismas supieran lo que había pasado.
No sé en qué momento empezaron los gritos. No los míos. Los de afuera. Voces que se acercaban, que hablaban rápido, que preguntaban si alguien estaba bien.
La puerta estaba abierta. Carlos la había dejado abierta. Y alguien, desde la calle, debió haber visto algo. O escuchado el disparo. O simplemente tuvo la curiosidad de mirar.
La primera en entrar fue una mujer. La vecina de al lado, creo. No la reconocí en ese momento. Solo recuerdo su grito. Un grito agudo, largo, que cortó el silencio como un cuchillo. Luego entraron más. Un hombre. Otro hombre. La mujer que gritaba.
Vi sus caras de horror. Vi cómo se tapaban la boca. Vi cómo uno de ellos sacaba el celular y marcaba un número. No escuché lo que decía. Solo veía sus labios moverse, sus manos temblar.
Desataron a Laura y a Lorena.
Intenté hablar. La voz me salió rota, apenas un susurro. ¡Lorena!
Ella no respondió. No me miró. Solo se quedó abrazando el cuerpo inerte de Luna.
¡Lorena!
Me miró. Esa mirada... Tan fría... Esa mujer ya no era mi esposa.
¡No vuelvas a decir mi nombre!
Me gritó desesperada.
Algunos la tomaron de los brazos y la sacaron de la casa.
Laura se quedó. No sé por qué. Quizás porque no sabía a dónde ir. Quizás porque quería que yo viera lo que había hecho. Se acercó a mí, y por un momento pensé que iba a desatarme. Pero solo se agachó, me miró a los ojos, y dijo:
"Me elegiste a mí. Él te dio a elegir, y tú me elegiste a mí. ¿Sabes lo que eso significa?"
No respondí.
"Significa que yo soy la que debería estar en el piso. No Luna. ¡Yo!
Se levantó y salió de la casa.
Me quedé solo. Atado a esa silla, en esa sala, con el cuerpo de mi hija a unos metros de distancia. El sol entraba por la ventana, indiferente. Los autos seguían pasando en la calle. El mundo seguía girando.
Y yo seguía vivo.
Ese fue el castigo. No la muerte. La vida.
La policía llegó. No sé cuánto tardaron. Minutos. Una eternidad. Entraron con armas, revisaron la casa, aseguraron la escena. Uno de ellos se acercó a mí, me desató las manos, me esposó. No me dijo nada. No hacía falta.
Me llevaron a la comisaría. Confesé todo. El accidente. La huida. Todo. No había nada más que confesar, pero lo dije todo. Hasta lo que no me preguntaron.
No pedí perdón. No tenía a quién.
El juicio fue rápido. No hubo defensa posible. Homicidio por imprudencia grave, omisión de socorro, fuga. La fiscalía pidió doce años. El juez dio diez. Mis abogados de oficio hablaron de arrepentimiento, de una vida sin antecedentes, de una familia destruida. Todo era verdad. Todo daba igual.
Lorena no fue al juicio. Laura tampoco. Supe después que Lorena se fue a vivir con su hermana, en otra ciudad. Laura se quedó con la abuela. Nunca volví a verlas.
Días después del arresto me enteré, por uno de los guardias, de que habían encontrado al hombre responsable muerto en un cuarto de hotel.
Se presumía que había sido un suicidio. Contemplé la misma decisión.
Entré a prisión un martes. No lloré. No sentí nada. Ya no quedaba nada dentro de mí que pudiera sentir.
Los primeros meses fueron los peores. No por la cárcel. Por las noches. Porque en las noches, cuando todo se apaga y solo queda el silencio, veo la cara de Luna. No la cara del día del accidente. La cara de cuando nació. La cara de cuando le dieron el alta después del trasplante. La cara de cuando me dijo, con esa vocecita de niña, que yo era su héroe.
Y entonces entiendo lo que Carlos quiso hacer.
No me mató porque sabía que esto era peor. Me condenó a vivir con lo que hice. A recordar cada día que mi hija murió por mi culpa. Que Laura me odia. Que Lorena me perdió. Que no hay perdón posible.
Una noche, en la celda, pensé en acabar con todo. Tomar la misma decisión de Carlos.
No. Pero esa noche fue distinto. Tenía la sábana en las manos. El nudo estaba hecho. Solo tenía que...
No lo hice.
No por cobardía. No por esperanza. Lo hice porque me di cuenta de que el suicidio sería otra huida. Como la del accidente. Como la de la casa. Y ya había huido demasiado.
Carlos no me mató porque sabía que la muerte sería un alivio. Y yo no merecía alivio.
Me quedé en esa celda. Con la sábana en las manos, sin usarla. Y lloré. Lloré como no había llorado en toda mi vida. Por Luna. Por Laura. Por Lorena. Por Martha y Marcos, a quienes nunca conocí, pero cuya muerte llevo en los huesos. Por Carlos. Por mí. Por el hombre que fui y el que ya nunca podré ser.
No hay justicia divina. No hay castigo eterno. Hay algo peor: la memoria.
Y yo tengo diez años para recordarlo todo.
Thoughts
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PermalinkWoww fuerte..!!
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PermalinkQué final, no manches.
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PermalinkVendió la flotilla entera por el trasplante y terminó de pagar el auto hace dos meses, ojo. Me da que por eso no soltó el celular: era lo único que tenía sin deber.
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PermalinkTa, los frascos de Luna en fila sobre la mesa fueron lo que más me quedó de todo. Conocí una casa así durante años, siempre con la bolsa de la farmacia colgada del picaporte a la misma hora, y un día la bolsa dejó de estar y nadie en la cuadra dijo nada. Por eso el final me pesó más en esa cocina que en la celda: al padre le dan diez años, pero la mesa sin frascos es la que se lleva Lorena a la otra ciudad.
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