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La conquista de Canaán, el exterminio justificado

Cristofher
Pensamiento

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LordMonroe

Me gustó que dejes las dos lecturas en pie sin elegir. Orígenes, en el siglo III, tampoco pudo con Jericó a la letra: en sus homilías sobre Josué leyó esas guerras como batallas contra los vicios.

Me gustó que dejes las dos lecturas en pie sin elegir.

Orígenes, en el siglo III, tampoco pudo con Jericó a la letra: en sus homilías sobre Josué leyó esas guerras como batallas contra los vicios.

Contenido de la publicación

Capítulo 7

El mito

 

Después de cuarenta años en el desierto, el pueblo de Israel llegó a las puertas de la tierra prometida. Moisés ya no estaba: había muerto en el monte Nebo, contemplando desde lejos lo que no podría pisar. Su sucesor fue Josué, un hombre de guerra.

 

Dios le habló con una orden clara: "Levántate, pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel. Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie, os he dado." Y añadió: "Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida."

 

Lo que sigue es una campaña militar. Josué envía espías a Jericó. Las murallas caen al sonido de las trompetas. La ciudad es destruida por completo: hombres, mujeres, niños, ancianos, animales. Solo se salva Rahab, la prostituta que ayudó a los espías, y su familia. Luego viene Hai, luego Gabaón, luego una lista interminable de reyes y ciudades. El texto repite una y otra vez la misma fórmula: "destruyeron todo lo que en ella tenía aliento, sin dejar nada." La orden no viene de Josué, sino de Dios. Es una guerra santa.

 

Las grietas del relato

 

Cuando leí este capítulo con calma, sentí algo que no había sentido con los anteriores: no vértigo, sino un peso incómodo que no se disolvía fácil.

 

La primera grieta es la falta de evidencia. La arqueología excavó las ciudades que la Biblia menciona como destruidas por Josué, y los resultados no coinciden con el relato. Jericó, por ejemplo, estaba deshabitada en la época en que la conquista debió ocurrir. Hai no existía como ciudad fortificada.

 

La segunda es el tiempo. El libro de Josué presenta la conquista como una campaña rápida y total, pero la arqueología sugiere un proceso lento y gradual: muchos israelitas no vinieron de fuera, eran cananeos que se fueron diferenciando poco a poco.

 

La tercera es la contradicción interna. En algunos pasajes la conquista es total; en otros, muchas ciudades cananeas permanecieron en pie. Los filisteos nunca fueron conquistados. Si el exterminio fue total, ¿Cómo se explica que los israelitas convivieran con ellos después?

 

La cuarta es la que más me detuvo: Dios ordena matar a niños. No solo a soldados. No solo a reyes. A toda la población. El texto no se detiene a explicar por qué. No hay juicio. No hay defensa. Solo la orden y la ejecución.

 

La quinta: el mismo Dios que dijo "no matarás" en el Sinaí, sin excepciones, ordena en Canaán exterminar pueblos enteros. El mandamiento y la excepción salen de la misma boca.

 

Y la sexta es la que, para mí, desarma todo el relato desde adentro: si Dios les promete la tierra, ¿por qué tienen que pelear para conquistarla? Si es un regalo divino, si Dios ya dijo "todo lugar que pisare la planta de vuestro pie, os he dado", ¿por qué hace falta una espada? ¿Un regalo no se recibe, en lugar de conquistarse?

 

La respuesta tradicional es que Dios quería probar a su pueblo. Pero eso me devuelve otra pregunta que no logro esquivar: ¿Qué clase de fe necesita que mates a un niño para demostrarla?

 

La tierra como promesa

 

Este relato no es, en el fondo, un relato sobre la guerra. Es un relato sobre la tierra.

 

Para Israel, la tierra era la promesa, la razón de su existencia, la respuesta a cuatrocientos años de esclavitud y cuarenta de desierto. Sin tierra no había identidad, no había pueblo, no había futuro.

 

Pero la tierra ya estaba habitada. Había cananeos, hititas, amorreos, ferezeos, heveos, jebuseos: pueblos que habían vivido ahí durante siglos. Y el relato los convierte en un obstáculo a eliminar.

 

La conquista no es un acto de justicia. Es un acto de apropiación que el mito no oculta, sino que justifica: la tierra era prometida, así que los que la ocupaban eran intrusos. Esa lógica —la promesa divina que borra el derecho de quien ya estaba ahí— fue usada después, durante siglos, para justificar conquistas y colonizaciones en nombre de Dios.

 

La violencia sagrada

 

El relato no solo describe la violencia. La consagra.

 

No es un acto militar cualquiera: es Dios quien ordena, Dios quien da la victoria, Dios quien exige la destrucción total. Eso convierte a Josué en un instrumento, no en un responsable. Él no decide matar. Obedece. Y esa obediencia es lo que el mito llama justicia.

 

Esa es, para mí, una de las herencias más oscuras del texto: la idea de que hay guerras santas, de que Dios está de un lado y no del otro, de que matar en su nombre no es asesinato sino obediencia. Esa idea recorrió la historia de Occidente durante más de dos mil años.

 

La ausencia de los otros

 

Y hay un silencio que pesa tanto como las palabras. Los cananeos no tienen voz.

 

El relato no dice quiénes eran, qué sentían, cómo vivieron la llegada de los israelitas. Son solo obstáculos, nombres, enemigos.

 

Ese silencio me dice algo tan importante como lo que sí está escrito: el mito fue contado por los conquistadores, no por los conquistados. Y los conquistadores, en todas las épocas, cuentan su historia como una historia de justicia.

 

Por qué este mito sigue vivo

 

Sigue vivo porque todavía se usa para justificar la violencia: cuando un pueblo invade otro y dice que Dios se lo dio; cuando una nación desplaza a otra apelando a un derecho divino; cuando se mata en nombre de una promesa; cuando se borra la voz del otro para no tener que escucharlo.

 

No es solo un relato antiguo. Es un patrón que se repite cada vez que la violencia se disfraza de mandato.

 

La enseñanza del mito

 

Este capítulo me deja dos lecturas, y no elijo entre ellas porque ambas son ciertas.

 

La primera es la que aprendí de chico: Dios cumple sus promesas. Lo prometido a Abraham, a Isaac y a Jacob se cumplió. El pueblo que fue esclavo y vagó cuarenta años finalmente llegó a su destino. Esa es la moraleja que da esperanza, la que dice que, aunque el camino sea largo, la promesa se cumple.

 

Pero hay otra, más incómoda, que no puedo dejar afuera: ese cumplimiento tuvo un costo terrible. Para que Israel recibiera la tierra, otros tuvieron que morir. Para que la promesa se cumpliera, ciudades enteras fueron arrasadas. Y eso me deja una pregunta que el texto nunca responde: ¿vale la pena una promesa que exige la muerte de otros?

 

La respuesta del mito es sí. La respuesta de la historia es más complicada, porque esa misma lógica justificó después conquistas, colonizaciones y genocidios: "Dios nos prometió esta tierra", "Dios está de nuestro lado", "la promesa justifica el medio".

 

Por eso creo que la lección más importante de este capítulo no es sobre la guerra. Es sobre la duda. Sobre el deber de preguntar: ¿esto que me ordenan es justo? ¿Este Dios que ordena matar es el Dios que quiero seguir? La fe que no pregunta es la fe que mata. La fe que duda es la fe que salva.

Para cerrar: ¿has visto alguna vez cómo la fe ciega justifica lo injustificable? ¿Dónde está el límite entre creer y obedecer sin preguntar? Los leo.

Próximo capitulo: David y Goliat.

 

Thoughts

  • LordMonroe

    Me gustó que dejes las dos lecturas en pie sin elegir.

    Orígenes, en el siglo III, tampoco pudo con Jericó a la letra: en sus homilías sobre Josué leyó esas guerras como batallas contra los vicios.

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