La mujer que llora en el baño del trabajo y se retoca antes de volver a su puesto solo la imaginas, y aun así es la que más real me resulta de la lista. En cualquier trabajo hay una, y casi nunca es quien uno cree.
La ciudad detrás de la ventana
Había salido del trabajo con esa sensación extraña que dejan los días largos, cuando el cuerpo todavía conserva el cansancio de todas las horas y la cabeza continúa repasando cosas que, en realidad,…
Pensamiento
La mujer que llora en el baño del trabajo y se retoca antes de volver a su puesto solo la imaginas, y aun así es la que más real me resulta de la lista. En cualquier trabajo hay una, y casi nunca es quien uno cree.
Contenido de la publicación
Había salido del trabajo con esa sensación extraña que dejan los días largos, cuando el cuerpo todavía conserva el cansancio de todas las horas y la cabeza continúa repasando cosas que, en realidad, ya no tiene fuerzas para resolver. Afuera, la tarde empezaba a inclinarse hacia la noche. No era todavía oscuro, pero la luz había perdido esa claridad de las primeras horas y los edificios parecían tener un color más suave, como si la ciudad también estuviera llegando al final de su jornada.
Subí al bus sin demasiada prisa, aunque tampoco tenía un destino que me esperara con urgencia. Pagué, avancé por el pasillo y encontré un asiento junto a la ventanilla. Me senté, acomodé el bolso sobre las piernas y apoyé la cabeza contra el vidrio, que estaba ligeramente frío. Había algo reconfortante en ese lugar: no tener que conducir, no tener que decidir por dónde ir, no tener que hacer nada más que dejar que el vehículo me llevara.
Saqué los auriculares y busqué una canción. Cuando comenzó Mientras me curo del cora, de Karol G, sentí que algo dentro de mí se acomodaba de una manera que no sabía que necesitaba. No estaba necesariamente triste. Tampoco podía decir que estuviera completamente feliz. Era más bien uno de esos estados difíciles de nombrar, en los que una persona lleva demasiadas cosas dentro, pero ninguna parece lo suficientemente urgente como para salir en forma de lágrimas. El cansancio, las preocupaciones, los pequeños deseos que todavía no se cumplen, las cosas que una espera que cambien y aquellas que ya aprendió a aceptar convivían en mí sin hacer demasiado ruido.
La canción siguió sonando y miré por la ventana.
Al principio observé lo de siempre: los autos detenidos en el semáforo, los peatones cruzando con prisa, los comercios que comenzaban a encender sus luces, las fachadas que había visto tantas veces sin prestarles verdadera atención. Pero después algo cambió. No sé si fue la música, la hora o esa disposición particular que a veces tenemos cuando estamos cansados y, por alguna razón, más sensibles a todo. De pronto, las personas dejaron de parecerme parte del paisaje. Cada una empezó a tener una vida propia, una historia que continuaba mucho antes de que yo la viera y que seguiría existiendo cuando el bus doblara la esquina.
En una parada había una mujer de unos cincuenta años, quizá un poco más, sosteniendo una bolsa de supermercado contra el pecho. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y miraba hacia la calle con una expresión de concentración, como si estuviera intentando calcular cuánto tardaría en llegar a su casa. Cuando el bus pasó junto a ella, la vi sacar el teléfono, mirar la pantalla y sonreír apenas. No fue una sonrisa grande, ni de esas que transforman el rostro entero. Fue algo pequeño, íntimo, casi involuntario. Me pregunté si alguien le habría escrito para avisarle que ya estaba en casa, si sería su hijo, su pareja, una amiga o quizá alguien que llevaba todo el día esperando que le respondiera.
Tal vez había tenido una jornada difícil y ese mensaje era lo primero bueno que recibía. Tal vez estaba por llegar a preparar la cena para su familia. Tal vez vivía sola y aquella sonrisa era simplemente la respuesta a una fotografía graciosa. No lo sabía. No podía saberlo. Y, sin embargo, durante los pocos segundos en que la vi, sentí una ternura inexplicable por ella. Me dieron ganas de que llegara bien, de que la esperara algo cálido, de que aquella sonrisa tuviera un motivo suficiente para durar un poco más.
El bus avanzó y la mujer desapareció detrás de nosotros.
Me quedé pensando en lo extraño que era eso: que alguien pudiera cruzarse con nuestra mirada durante apenas un instante y, aun así, despertar en nosotros un deseo genuino de que su vida estuviera bien. Ni siquiera conocíamos su nombre. No sabíamos qué le dolía, qué esperaba, qué había dejado atrás esa mañana. Podíamos no volver a verla nunca. Pero había existido allí, en aquella esquina, con su bolsa de supermercado y su teléfono en la mano, viviendo algo que para ella seguramente era mucho más importante que el hecho de que una desconocida la hubiera observado desde un bus.
Y pensé que quizá todos éramos así. Personajes principales de una historia que los demás apenas alcanzaban a mirar.
Un poco más adelante, en la vereda de enfrente, había un hombre joven sentado en el borde de una jardinera. Llevaba una mochila entre los pies y tenía los codos apoyados sobre las rodillas. Miraba hacia abajo, con el teléfono apagado entre las manos. No parecía estar esperando el bus. Parecía estar esperando algo que no sabía cómo pedir.
Me quedé mirándolo hasta que el movimiento del vehículo me obligó a perderlo de vista.
Quizá había discutido con alguien. Quizá acababa de recibir una noticia que todavía no conseguía asimilar. Quizá simplemente estaba cansado, de ese cansancio que no se arregla durmiendo porque viene de otro lugar. También podía ser que no le ocurriera nada extraordinario. Tal vez solo había decidido sentarse unos minutos antes de continuar caminando. Me gustó pensar en esa última posibilidad, aunque no por eso dejé de sentir algo por él. Porque incluso si no estaba triste, incluso si su vida marchaba bien, había algo humano en verlo allí, haciendo una pausa en medio de la ciudad.
Me pregunté cuántas personas estarían haciendo pausas que nadie notaba.
Una mujer que había llorado en el baño de su trabajo y después se había retocado el maquillaje antes de volver a su puesto. Un hombre que acababa de convertirse en padre y caminaba hacia su casa con una alegría que todavía no sabía cómo contener. Una muchacha que llevaba toda la tarde pensando en renunciar, aunque todavía no se animaba. Alguien que acababa de enamorarse. Alguien que estaba intentando dejar de hacerlo. Alguien que había recibido un mensaje que llevaba meses esperando. Alguien que no había recibido ninguno.
La ciudad estaba llena de personas que reían, que sufrían, que esperaban, que se esforzaban, que se equivocaban, que volvían a intentarlo. Y todas parecían continuar con sus vidas con una naturalidad que me conmovía. No porque sus problemas fueran pequeños, sino porque la vida tenía esa manera extraña de seguir avanzando incluso cuando por dentro uno sentía que algo se había detenido.
El bus frenó cerca de una plaza. Un grupo de adolescentes subió hablando a la vez, empujándose suavemente entre risas. Una de ellas llevaba una bolsa de papel y otra tenía el cabello recogido en dos coletas que se movían cada vez que giraba la cabeza. Se sentaron en los asientos del fondo y comenzaron a mostrarle algo en el teléfono a una tercera amiga, que se tapó la boca para no reírse demasiado fuerte.
Las observé a través del reflejo de la ventana.
Me gustó su alegría. No era una alegría extraordinaria, de esas que se recuerdan durante años. Era una alegría sencilla, cotidiana, casi insignificante para cualquiera que no estuviera allí. Una imagen graciosa, una conversación, una complicidad entre amigas. Pero pensé que quizá esas eran las cosas que sostenían muchos días. No las grandes noticias ni los acontecimientos que uno espera con tanta ilusión, sino esos pequeños momentos en los que la vida se vuelve liviana sin avisar.
Me pregunté si ellas sabrían lo bonito que era verlas reír. Probablemente no. Probablemente estaban demasiado ocupadas viviendo su propio momento como para imaginar que alguien, unos asientos más adelante, las miraba con una especie de gratitud.
Y entonces sentí algo parecido a la felicidad, pero una felicidad tranquila, sin euforia. Como si durante unos segundos me hubiera alegrado de que el mundo siguiera teniendo motivos para reírse, aunque yo no conociera ninguno de ellos.
El bus continuó su recorrido. Afuera, los negocios encendían sus carteles y las ventanas de los edificios comenzaban a iluminarse una por una. Algunas personas caminaban deprisa, con el teléfono pegado al oído. Otras avanzaban sin mirar a nadie. Una pareja esperaba para cruzar la calle. Él decía algo con las manos y ella lo escuchaba con una sonrisa distraída. Cuando el semáforo cambió, comenzaron a caminar juntos, y por un instante sus pasos coincidieron de una manera casi perfecta.
Pensé en lo fácil que era imaginar que estaban bien.
Quizá acababan de tener una discusión y estaban intentando dejarla atrás. Quizá llevaban diez años juntos y esa conversación era sobre qué comprar para la cena. Quizá se habían conocido hacía apenas unas semanas y todavía estaban descubriendo cómo mirarse sin que se notara demasiado. Quizá uno de los dos estaba enamorado y el otro no lo sabía. Quizá ambos lo sabían y estaban felices. Quizá no eran pareja, sino hermanos, amigos o dos personas que simplemente caminaban en la misma dirección.
La imaginación podía construir tantas historias como quisiera, pero ninguna sería la verdadera. Y, aun así, no sentí que estuviera inventándoles una vida por capricho. Era más bien una forma de recordar que cada persona tenía un mundo que yo no podía ver. Que detrás de una sonrisa podía haber un alivio, detrás de un silencio podía haber cansancio, detrás de una prisa podía haber alguien esperando, y detrás de una mirada perdida podía haber una historia que jamás llegaría a conocer.
A veces olvidamos eso. Miramos a alguien y lo reducimos a lo que hace frente a nosotros: el hombre que camina lento, la mujer que parece malhumorada, el muchacho que no levanta la cabeza, la señora que habla demasiado alto por teléfono. Nos olvidamos de que ninguno de ellos es solamente ese instante. Que una persona no es su expresión de las seis de la tarde, ni su ropa de trabajo, ni la forma en que cruza una calle. Es también lo que ama, lo que teme, lo que perdió, lo que espera, lo que no cuenta, lo que intenta superar y todo aquello que todavía no le ha sucedido.
Apoyé un poco más la cabeza contra el vidrio.
Me di cuenta de que, mientras miraba a los demás, también estaba pensando en mí. En mi propia vida, en las cosas que me preocupaban, en los días en que me sentía fuerte y en aquellos en que apenas conseguía hacer lo necesario. Pensé en lo extraño que era salir del trabajo, subir a un bus y sentir que llevaba conmigo una cantidad de emociones que nadie podía adivinar. Desde afuera, seguramente yo también parecía una persona cualquiera: una mujer sentada junto a la ventanilla, con auriculares, mirando la ciudad. Nadie podía saber si venía cansada, si había tenido un buen día, si estaba pensando en alguien o si simplemente quería llegar a casa.
Y eso me hizo pensar en cuántas veces nosotros mismos somos observados sin saberlo.
Quizá alguien había visto mi rostro aquella tarde y había imaginado que estaba tranquila. Quizá otra persona me había mirado y había pensado que parecía triste. Tal vez alguien había reparado en mi sonrisa cuando una parte de la canción me gustó especialmente. Tal vez yo también había sido, durante unos segundos, una pequeña historia para un desconocido.
La idea me produjo una emoción difícil de explicar. No era exactamente tristeza, aunque tenía algo de ella. Era una especie de humildad. La sensación de comprender que mi vida, con todas sus preocupaciones, sus deseos y sus pequeñas batallas, era inmensa para mí, pero apenas un fragmento invisible para la mayoría de las personas que me rodeaban. Y lo mismo ocurría con cada uno de ellos.
Todos estábamos viviendo algo que para nosotros importaba muchísimo.
Todos teníamos un nombre que alguien decía con cariño, una persona a la que extrañábamos, una preocupación que no compartíamos, un lugar al que queríamos volver, una conversación que seguíamos recordando. Todos habíamos sido niños alguna vez. Todos habíamos esperado algo con ilusión. Todos habíamos tenido días en los que nos sentíamos invencibles y otros en los que levantarnos de la cama había requerido más esfuerzo del que nadie imaginaba.
Y, sin embargo, allí estábamos, compartiendo el mismo bus, el mismo tráfico, la misma tarde que se apagaba lentamente. Tan cerca unos de otros y, al mismo tiempo, tan lejos de conocer realmente nuestras vidas.
La canción llegó a una parte que me hizo sonreír. No porque de repente todos mis problemas hubieran desaparecido, sino porque me recordó algo sencillo: que no era necesario estar completamente bien para poder disfrutar de un momento. Que una persona podía estar cansada y aun así encontrar belleza en una canción. Podía tener preocupaciones y aun así agradecer el cielo de esa tarde. Podía no saber exactamente hacia dónde iba y, aun así, sentirse un poco en paz durante el trayecto.
Miré otra vez por la ventana.
Un niño caminaba de la mano de su padre, saltando para evitar las líneas de las baldosas. El padre llevaba una bolsa en la otra mano y fingía que no podía seguir el ritmo de aquellos saltos. El niño se reía, tirando de él con una insistencia alegre, y el hombre terminó dando un pequeño salto también. Me quedé observándolos hasta que el bus avanzó.
Más adelante, una mujer mayor regaba las plantas de un pequeño balcón. El agua caía sobre las hojas y algunas gotas brillaban bajo la luz de una lámpara. Me pregunté si llevaba muchos años viviendo allí, si había plantado esas flores cuando todavía eran pequeñas, si conocía a sus vecinos o si prefería la tranquilidad de no hablar con nadie. Quizá aquellas plantas eran su compañía diaria. Quizá alguien se las había regalado. Quizá las cuidaba porque le recordaban a una persona que ya no estaba.
No tenía forma de saberlo. Pero me gustó que existiera alguien que, al final de su día, encontrara un momento para regar sus plantas.
Un muchacho salía de una panadería con una bolsa de papel apretada contra el pecho. Una pareja discutía en voz baja junto a una parada. Una mujer caminaba con los zapatos en la mano, como si hubiera decidido que ya no quería soportar el dolor de sus pies. Dos hombres se saludaron con un abrazo rápido antes de separarse en direcciones distintas. Una chica esperaba sola bajo un árbol, mirando la pantalla de su teléfono con una expresión que no pude descifrar.
Cada uno llevaba algo consigo. Una bolsa, un teléfono, una mochila, una preocupación, una alegría, una espera. Algunos parecían tener el corazón ligero. Otros quizá estaban haciendo un esfuerzo enorme por continuar. Y yo, que no podía conocer sus historias, sentí que por un instante las estaba rozando. No viviendo sus vidas, porque eso sería imposible, sino reconociendo algo de mí en ellas.
Porque yo también había esperado mensajes que no llegaban. Yo también había sonreído por cosas pequeñas. Yo también había caminado con prisa para llegar a un lugar donde alguien me esperaba. Yo también había sentido que el día pesaba demasiado y, aun así, había seguido adelante. Yo también había mirado por una ventana deseando que el mundo se sintiera un poco más amable.
Quizá eso era lo que nos unía. No que todos estuviéramos viviendo lo mismo, sino que todos estábamos intentando vivir lo nuestro.
El bus comenzó a vaciarse a medida que nos acercábamos a las últimas paradas. Algunas personas bajaron sin mirar atrás. Otras se despidieron del conductor. Una señora acomodó su abrigo antes de levantarse. Un hombre guardó el teléfono en el bolsillo y suspiró, como si acabara de terminar una conversación importante. Yo seguí sentada, aunque ya faltaba poco para llegar.
No quería que terminara todavía aquel pequeño estado de contemplación. Sentía que había algo especial en mirar la ciudad de esa manera, sin exigirle nada, sin buscar una respuesta, sin intentar convertir cada imagen en una lección. Solo observarla. Dejar que las personas fueran personas, con sus días buenos y malos, con sus secretos, con sus pequeñas victorias y sus cansancios.
Pensé que quizá la vida era mucho más grande de lo que alcanzábamos a comprender cuando estábamos demasiado concentrados en nuestros propios problemas. Que mientras nosotros sufríamos por algo que parecía ocuparlo todo, alguien, a unas pocas calles de distancia, estaba celebrando una noticia que llevaba meses esperando. Mientras alguien lloraba en silencio, otra persona estaba riendo hasta que le dolía el estómago. Mientras alguien sentía que no podía más, alguien más estaba descubriendo que sí podía. Y todas esas cosas ocurrían al mismo tiempo, en la misma ciudad, bajo el mismo cielo.
No era una idea triste. Al contrario. Había algo profundamente reconfortante en saber que el mundo no se detenía en nuestros momentos difíciles. No porque nuestro dolor no importara, sino porque la vida seguía ofreciendo posibilidades, encuentros, sorpresas y motivos para volver a sentirse bien. A veces no lo hacía de inmediato. A veces tardaba. A veces solo nos permitía avanzar de a poco, como quien sale de una habitación oscura y necesita acostumbrarse lentamente a la luz.
Miré mi reflejo en la ventanilla. La noche ya había caído casi por completo y el vidrio devolvía una imagen tenue de mi rostro, superpuesta a las luces de la calle. Por un momento, vi a la mujer que estaba allí y me pregunté qué pensaría alguien si pudiera conocer todo lo que llevaba dentro. Si supiera las cosas que me preocupaban, las que deseaba, las que me dolían y las que todavía me hacían ilusión. Si supiera que aquella persona sentada en el bus no era solamente alguien que volvía del trabajo, sino alguien que también estaba intentando encontrar su lugar en el mundo, aprender a descansar, a confiar, a seguir adelante.
Y entonces pensé que quizá todos merecíamos ser mirados con un poco más de ternura. No porque todos estuviéramos sufriendo, sino porque nunca sabíamos cuánto esfuerzo podía haber detrás de una vida que, desde afuera, parecía sencilla.
El bus frenó frente a mi parada.
Me quité un auricular, guardé el teléfono y me levanté con el bolso sobre el hombro. Antes de bajar, miré una última vez hacia el interior. Una mujer dormía junto a la ventana. Un hombre revisaba unos papeles bajo la luz del techo. Dos jóvenes hablaban en voz baja. El conductor esperaba que el semáforo cambiara.
Todos continuarían con sus vidas después de que yo bajara. Yo también continuaría con la mía. Quizá nunca volvería a verlos. Quizá alguno de ellos se cruzaría conmigo otra vez sin reconocerme. Pero durante aquel trayecto habíamos compartido algo, aunque ellos no lo supieran: el mismo espacio, la misma tarde, el mismo movimiento de la ciudad.
Bajé y el aire de la noche me recibió con una frescura agradable. Me quedé unos segundos en la vereda, mientras el bus se alejaba y sus luces rojas se hacían cada vez más pequeñas. La canción había terminado hacía un rato, pero algo de ella seguía conmigo. No una frase exacta, ni una respuesta para todo lo que me preocupaba, sino una sensación.
La sensación de que estaba bien no estar bien todo el tiempo.
De que no necesitaba tener la vida resuelta para poder encontrar un momento hermoso en medio de un día cualquiera. De que podía estar cansada y aun así sentirme agradecida. De que podía llevar mis propias luchas y, al mismo tiempo, mirar a los demás con cariño. De que quizá todos estábamos haciendo lo mejor que podíamos con lo que teníamos, incluso cuando desde afuera no se notaba.
Comencé a caminar hacia casa.
La ciudad seguía llena de luces, de motores, de personas que iban y venían. Alguien cerraba un comercio. Alguien compraba pan. Alguien llamaba a su madre. Alguien esperaba una respuesta. Alguien se enamoraba sin saberlo todavía. Alguien estaba intentando sanar. Alguien acababa de tener un día maravilloso. Alguien estaba teniendo uno de esos días que deseaba olvidar.
Y yo seguía allí, caminando con mi cansancio, mis pensamientos y una pequeña paz que no había salido a buscar.
Pensé que, al final, quizá eso era lo más bonito de estar vivos: que incluso en los días en que sentimos que nuestra propia historia pesa demasiado, todavía podemos levantar la mirada y descubrir que el mundo está lleno de otras historias. Algunas felices, otras dolorosas, muchas incompletas. Todas avanzando.
Y que, por unos minutos, desde la ventanilla de un bus, podemos recordar que no estamos solos en eso de intentar vivir.
Thoughts
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PermalinkLa mujer que llora en el baño del trabajo y se retoca antes de volver a su puesto solo la imaginas, y aun así es la que más real me resulta de la lista. En cualquier trabajo hay una, y casi nunca es quien uno cree.
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PermalinkAlguien que acababa de enamorarse y alguien que intentaba dejar de hacerlo, puestos uno detrás del otro en la misma lista. Me hizo pensar que en cualquier bus van las dos personas a un metro y no se enteran nunca. Tengo la sensación de que ese trayecto tuyo da para muchos textos más, porque la ciudad no se acaba. Gracias por compartirlo!
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PermalinkQuedarte sentada cuando ya faltaba poco para bajar me ha hecho acordarme de la radio de la cocina, xe, que la dejo puesta un rato más después de las noticias aunque ya no escuche nada. Hay ratos que uno alarga porque al acabarse empieza la casa. Me alegra que tú te bajaras con esa paz encima.
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