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LA CAÍDA

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Pensamiento

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Posta que me descolocó que, cuando Analián se apaga contra el pavimento, siga contando Lucy, y que vea a Celián y Danka respirando la sangre, más cerca del hambre que del susto. Mi apuesta: alguien quería ver qué hacían los hermanos con ella sangrando del

Posta que me descolocó que, cuando Analián se apaga contra el pavimento, siga contando Lucy, y que vea a Celián y Danka respirando la sangre, más cerca del hambre que del susto. Mi apuesta: alguien quería ver qué hacían los hermanos con ella sangrando delante.

Contenido de la publicación

A ver qué les parece este capítulo, les mando le entrada y el miércoles les subo el total .... Tuve un pequeño contratiempo y se hizo un desastre.

Espero que sea de su agrado, disfruten su lectura....

Lo que no sabía entonces es que aquel instante sería el último en que todo parecía tener un sentido. Los días se deslizaron uno tras otro, lentos y cargados de tensión, y la conmoción del incidente en la cafetería no tardó en convertirse en una historia que se repite con malicia. Ya pasó más de una semana de aquel revuelo. Los cuchicheos sobre los Zalgorán siguen siendo tan crueles como al principio; comparándolos con bestias y un sin fín de adjetivos calificativos, las paredes de la universidad parecen susurrar juicios cada vez que paso.

Celián me sigue evadiendo, su mirada es un muro de hielo que no puedo escalar. Al menos no he visto a Danka en su casa, solo en los pasillos de la facultad, y afortunadamente paso desapercibida totalmente para él.

Lessán es el único que muestra algo de decencia, y eso me da un respiro ante tanta hostilidad. Eira, por su parte, se mantiene inusualmente tranquila, sin hacer esos berrinches que parecen sacados de una película de terror infantil.

Esta mañana, al salir de la mansión, me propuse un objetivo claro: la biblioteca. Investigaré sobre las familias fundadoras; espero encontrar algo útil para descifrar el comportamiento de la autodenominada familia caprichos. Me refiero sobre todo a esos ayunos prolongados, a esa fuerza inexplicable y a esa pasmosa frialdad con la que parecen no perder nunca el control. Según mi criterio, parecen entrenados por alguna unidad de operaciones especiales, pero es infinitamente mejor tener datos duros que andar saltando a conclusiones sin sentido.

Entro al edificio y me dirijo al pasillo del segundo piso central, sumergido en una penumbra artificial que huele a polvo acumulado y secretos mal guardados. Caminaba deprisa, percibiendo el eco rítmico de unos pasos tras de mí, cuando de pronto un sujeto sospechoso se planta de frente, bloqueándome el paso.

—Hola, Analián —su voz se desliza lenta, helada—. Vaya belleza la tuya. Con razón pierden la cabeza. Tu cuerpo es digno de albergar a los dioses.

Ese ser era de facciones toscas de una mirada penetrante, sin ningún tipo de emoción, su voz cargada de arrogancia y volvía a decir.

Me advirtieron que eras hermosa, pero ni la mitad de sus palabras alcanzan para describirte. Eres un espécimen único.

—¿Espécimen? ¡Qué halagador! Había escuchado de todo menos que fuera un espécimen y ¿dicen quiénes? ¿Qué quieres? Yo no te conozco —respondí, intentando que mi voz sonara tajante—. Quítate de mi camino, porque te aseguro que no desearás conocerme si no te desapareces de mi vista.

—No te engañes. Lo de la cafetería no te convierte en familia. Sigues siendo lo que eres: alguien que llegó de abajo y que nunca va a pertenecer a su círculo social. ¿Quieres saber quién lo dice? —se inclina a mi oído, y su aliento helado me golpea la cara—. Danka. Y Celián. Tú no eres nada para ellos. Solo algo que usan y tiran cuál basura.

Me lo soltó con un odio descomunal, con los ojos inyectados en una rabia que desafiaba toda humanidad—. Eres solo una sirvienta venida a más en su mundo.

Una punzada me martilló la sien: “Eres tan irrelevante”. Sentí que algo ardía en mi interior, pero la visión se me nubló por un segundo. No vi venir el movimiento. Una mano me empuja con una fuerza brutal —firme, fría, certera— justo hacia el borde de la ventana. El abismo me traga antes de que pueda gritar.

Caigo.

Mis cosas salen volando por doquier, el impacto revienta en todo mi cuerpo a la vez. Mis huesos crujen. La piel se rasga y siento un líquido brotar, caliente contra el suelo frío. El dolor es una explosión blanca que me arranca el aire de golpe, que me apaga la voz, arrastrándome hacia la oscuridad antes de poder comprender qué demonios pasó.

El impacto contra el pavimento es tan violento que hizo astillas mi estructura. Sentí el estallido simultáneo de todo mi tejido; una brecha profunda se abrió al golpear la plancha de concreto. El dolor fue una detonación cegadora que me dejó sin aire, donde ya no distingo si no siento nada o si lo siento todo de golpe. Algo cruje —seco, nítido— no una, sino varias veces, como madera podrida que cede y se quiebra bajo una bota pesada. El aire sale arrancado de mis pulmones en un soplo brutal que me sella la garganta, dejándome la boca abierta y estéril, sin voz, sin nada que entre o salga. La cadera choca con tanta energía cinética que percibo cómo la cabeza del fémur impacta en seco, aplastando y desgarrando la carne por dentro, como si me hubieran partido a la mitad con un hacha.

Mi cabeza al estrellarse contra el pavimento, me deja con un sonido que retumba sordo, el mundo se me detiene: no hay luces ni destellos, solo un rojizo que lo inunda todo y un zumbido denso que me tapa los oídos, como si estuviera sumergida bajo el agua. El sabor a sangre me llena la boca —espesa, caliente— algo escurre por el rostro, pegajoso, empapándome el cabello.

Cada movimiento, hasta el más mínimo, actúa como una navaja cortándome por dentro. Las costillas ceden al respirar, y cada intento de tomar aire es una puñalada directa que me atraviesa el pecho y sella la voz por completo. La piel se abre en la espalda, en los brazos, en las rodillas —sintiendo el roce áspero del suelo arrancándole la carne— siento un líquido caliente y resbaladizo extendiéndose  sobre la superficie helada.

Duele de una manera que no tiene nombre. No es un dolor que se soporta: es un fuego que quema desde los huesos hacia afuera, que come cada centímetro, haciéndola arder y temblar sin poder detenerse. No puede moverse. No puede gritar. Solo siente cómo se rompe, pedazo a pedazo, consciente de cada rotura, hasta que el dolor es tan abrumador que ya a traspasado el umbral: solo es el golpe, la caída, el cuerpo roto que yace aquí… y entonces la oscuridad cae encima, pesada, un trauma sistémico que apaga los sentidos.

—¡ANALÍÁN! —el grito de Lucy desgarró el silencio del campus.

La sangre comenzó a correr como un pequeño riachuelo que pareció detener el tiempo; su aroma metálico impregnó el aire denso. Su piel se volvió translúcida, lívida, como si la vida la hubiera abandonado por un instante. Celián y Danka llegaron en un parpadeo, deteniéndose a medio metro de distancia. Se quedaron inmóviles ante su propia obra maestra. Sus rostros eran un estudio de contención forzada; ambos inhalaban ese aroma con una desesperación que bordeaba la locura y el frenesí. Querían abalanzarse sobre ella, pero algo los mantenía paralizados al borde del abismo. Sus manos temblaban y las venas de sus cuellos se marcaban por el shock violento de la escena.

—¡Atrás! —la voz de Lessán resonó como un trueno seco.

Apareció de la nada, plantándose frente a sus hermanos y frente a la multitud como un muro de mármol. Lessán miró el suelo, contempló la mancha carmesí y sus ojos grises fueron una epifanía aterradora. Sabía que lo que estaba presenciando era la muerte patética de sus propias frustraciones… o algo infinitamente más prohibido, algo profundamente pecaminoso.

—¡Fuera de aquí ahora! —ordenó Lessán con una autoridad implacable que no admitía réplica.

Sus hermanos retrocedieron a regañadientes, gruñendo como bestias heridas, con la mirada fija en el rastro de sangre.

—¡No la toques, Zalgorán! —Lucy llegó derrapando entre la multitud—. ¡Aléjate de ella!

Era un manojo de nervios a punto de estallar, pero aun así trataba de mantener el control. Gritó con desesperación:

—¡Llamen a una ambulancia, ya!

El círculo de estudiantes horrorizados no daba crédito a lo que veía. Lessán, con una precisión táctica la tomó entre sus brazos para colocarla en la camilla en cuanto se oye la sirena de emergencia. Trataba de evitar destrozarla por completo, la levantó del pavimento con una delicadeza absoluta que contrastaba violentamente con la furia contenida en sus ojos.

La unidad de emergencia llegó de inmediato; los paramédicos la empaquetaron con sumo cuidado sobre la tabla rígida. Presentaba múltiples lesiones y una fractura expuesta, siendo el cráneo la zona más crítica. Antes de que pudieran arrancarse hacia el hospital, entró en paro cardiorrespiratorio y los órganos internos comenzaron a colapsar en una falla sistémica total. Todo fue un caos y un terror inmenso al verla morir. Los minutos se volvieron eternidades; Lessán y sus hermanos nos seguían de cerca a bordo de su vehículo. Yo, Lucy O’Connor, me sentía completamente devastada, incapaz de hacer nada mientras su vida se me escapaba de las manos, disolviéndose entre asfalto y sirenas.

Esa imagen y su voz quebrada por la desesperación se convirtieron en una sentencia inapelable, una cadena de condena a la muerte. El tiempo mismo parecía querer arrebatárnosla. El mundo entero se redujo a ráfagas borrosas a nuestro alrededor, la imagen de Lessán y cada uno de sus pasos  firmes, desesperados, y calculados para no tropezar jamás, como si conociera cada imperfección del suelo solo para evitar que el dolor fuera mayor y no acabarla de matar, se quedó tatuada en mi mente.

​El trayecto se consumió en un torbellino de luces estroboscópicas y ruidos sordos. No le solté la mano ni un solo segundo. No aparté la mirada de su rostro, ni siquiera cuando la ambulancia frenó bruscamente frente a la entrada de urgencias. Salimos disparados hacia afuera; a Analián la manipulaban con extrema cautela, como si fuera un cristal a punto de pulverizarse. Atravesamos puertas automáticas y pasillos estériles como si ninguna barrera pudiera interponerse.

​Solo cuando las puertas batientes de la sala de urgencias se cerraron de golpe frente a nosotros, dejándonos fuera, el movimiento se detuvo. Respiraron hondo una sola vez, y entonces sus facciones se endurecieron hasta adoptar la textura de la piedra. Se giraron, y ahí, plantados en medio de la fría sala de espera, sus rostros lucían traslucidos, totalmente contraídos por la tensión y el horror contenido.

Thoughts

  • Amaranta

    ¡Ay, Lessán cargándola como si fuera de cristal mientras los otros dos gruñen! Ese es el único Zalgorán que yo dejo entrar a la casa.

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  • CapituloTrasCapitulo

    Posta que me descolocó que, cuando Analián se apaga contra el pavimento, siga contando Lucy, y que vea a Celián y Danka respirando la sangre, más cerca del hambre que del susto. Mi apuesta: alguien quería ver qué hacían los hermanos con ella sangrando delante.

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