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La asfixia del mundo

orianatiziana
Pensamiento

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cinturonPrestado

Que él aparezca solo cuando ya no tenga a quién más escribirle lo tiene usted más claro que nadie. Se le nota en cómo lo cuenta.

Que él aparezca solo cuando ya no tenga a quién más escribirle lo tiene usted más claro que nadie. Se le nota en cómo lo cuenta.

Contenido de la publicación

Es una noria macabra, una rueda de molino estúpida que siempre, sin excepción, me devuelve al mismo punto de partida: a la nada más absoluta.

Las redes sociales me asfixian, y no es solo por la farsa insoportable con la que caretean la existencia entera; me asfixian porque secuestran el tiempo, erosionan la calidez de una sobremesa en familia y matan la complicidad con los amigos. Acortan, cancelan y dinamitan esas salidas programadas que mi amigo propone, salidas que nunca se concretan porque la gente está atrapada en el veneno invisible de una pantalla, incapaces de romper el hechizo digital. A la par, me asfixia la humillación sorda de esperar un mensaje de él, sabiendo con cruel certeza que no va a llegar. Al menos no ahora. Llegará, si acaso, cuando la soledad le pese en los huesos y no tenga a nadie más detrás persiguiendo sus migajas.

Qué ingenua, qué patética he sido al seguir esperando cuando merezco tanto, muchísimo más.

Inhabilito las aplicaciones. Las vuelvo a habilitar. Y el ciclo se repite, idéntico, una y otra vez, desgarrándome las entrañas. Aunque no voy a negarlo: la paz cristalina, casi fantasmal, que se respira el instante en que decido apagar todo y salir de ese pantano digital es un alivio salvaje.

Después están esos momentos fugaces, destellos de una ilusión efímera cuando llega una notificación de las plataformas de empleo y veo cómo cambia el estado de la postulación. Pero el espejismo dura poco: se estrella contra la pared y se congela en ese maldito limbo llamado standby.

Y ahí caigo de nuevo en una tristeza abismal, un pozo ciego. Quizás me duele el doble porque tengo experiencia de sobra, porque acumulo títulos y estudios diseñados precisamente para esquivar y no padecer estas humillaciones... y aun así, el sistema te escupe el mismo resultado: nada.

Mis días se reducen a la agonía de aguardar un llamado, un correo, una señal de vida de alguna empresa que te valide. El subibaja emocional que atravieso roza lo indecente; quizás porque se acumulan los meses de espera estéril, o quizás porque ya aprendí que es de necios ignorar una verdad aplastante: el trabajo no es solo un ingreso, es el pilar que sostiene la estabilidad emocional al mismo tiempo que la económica. Sin eso, el suelo se te disuelve bajo los pies y caes al vacío.

Y sí. Ahora estoy acá, tirada en la cama, prisionera de un mar de migrañas que me taladran el cráneo sin piedad. Porque toda la movida médica, la fría y lapidaria rutina del neurólogo buscando desentrañar la causa exacta de mi anestesia cerebral, solo logra inyectarme más dolor, más tensión y más nervios en un cuerpo que ya no sabe de treguas. Así se sobrevive cuando arrastras migrañas: cargando con un dolor agobiante, físico y mental, que te doblega las rodillas.

La realidad que me ahoga —esa que ya no sé cómo digerir ni cómo enfrentar— es que mi pulso vital quedó secuestrado por una oferta laboral. Todo mi sistema emocional depende de un llamado que me devuelva la quietud, la certidumbre de saber que el barco no se hunde, que las cuentas no van a seguir corriendo asfixiándome mientras yo me quedo sin margen, viviendo con la yugular latiendo a mil por hora, al borde absoluto del colapso.

Entonces, este es mi entonces.

Me recuerda a aquellas épocas oscuras en que la angustia me carcomía los días, cuando parecía que nada en el mundo podía anestesiar semejante agonía. ¿Qué hacía? Me duchaba compulsivamente, como si el agua hirviendo pudiera arrastrar la desesperación por el desagüe. Y sí, mis días recientes volvieron a lo mismo, atrapados en el mismo ritual absurdo: de tanto ducharme, de tanto tallar la piel buscando un alivio que nunca llega, hasta se me fue desvaneciendo el rojo cobrizo del cabello... ¡Qué bronca inmensa, qué impotencia que quema!

#vida #vidaadulta

Thoughts

  • cinturonPrestado

    Que él aparezca solo cuando ya no tenga a quién más escribirle lo tiene usted más claro que nadie. Se le nota en cómo lo cuenta.

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  • pelisviejas

    Pues las dos esperas juntas, la del correo de la empresa y la del mensaje de él, me trajeron a la cabeza esas películas mexicanas en blanco y negro donde la muchacha se pasa media película mirando el teléfono. A usted le tocaron dos teléfonos al mismo tiempo, y eso ya es demasiado para una sola persona.

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