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🌾 JULIÁN, EL MOLINERO Sensible

Rulo1948
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Muchos se preguntan qué fue de la vida de Julián, el joven molinero que cada mañana subía al convento con su costal de harina al hombro, silbando entre los cerros, con el corazón limpio y las manos…

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Contenido de la publicación

Muchos se preguntan qué fue de la vida de Julián, el joven molinero que cada mañana subía al convento con su costal de harina al hombro, silbando entre los cerros, con el corazón limpio y las manos curtidas por el trabajo. Aquel día en que dos monjas, hermanas Teresa y Catalina, lo buscaron en el molino con ojos que ya no rezaban sino que preguntaban, y él, con dulzura y paciencia, las inició en los misterios del cuerpo y del amor, nadie imaginaba que aquel encuentro cambiaría tantas vidas para siempre.

Las monjas dejaron el convento, libres por fin de cadenas que no eran de Dios. Consiguieron trabajo, conocieron a dos jóvenes buenos que las amaron como mujeres completas, se casaron con alegría, compraron aquel lugar donde habían servido a otros y ahora eran sus propias patronas. Eran felices, plenas, radiantes. Y cada vez que el pan salía dorado de sus hornos, pensaban en aquel joven que les había enseñado que el amor no es pecado, sino la mayor gracia de todas.

 

❓ ¿QUÉ FUE DE JULIÁN?

Julián siguió siendo molinero. No se hizo rico, no buscó fama, no quiso que nadie supiera de lo que había pasado. Cada mañana molía el trigo, cada tarde cargaba su burrito con costales de harina para el pueblo y para otros conventos lejanos. Pero algo había cambiado en él: ya no era solo un hombre que molía grano, era quien había devuelto la libertad a dos almas que la habían perdido.

A veces, cuando pasaba por delante de la panadería de Teresa y Catalina, ellas salían a la puerta con sus delantales blancos, sus anillos de matrimonio brillando al sol, y le sonreían con una gratitud que no necesitaba palabras. Él les devolvía la sonrisa, tocaba su sombrero con respeto, y seguía su camino. Nunca pidió nada. Nunca se sintió dueño de ellas. Solo sabía que había sido instrumento de su felicidad.

 

💛 LOS SUEÑOS QUE NO DEJABAN DE SOÑAR

Pero por las noches, cuando el molino se callaba y la luna subía entre los cerros, su alma se despertaba con un fuego que no lograba apagar. No eran sueños de maldad, eran sueños de lo que había vivido, de lo que había compartido con ellas, y que ahora su memoria recreaba con una intensidad que lo dejaba sin aliento.

Soñaba con las dos monjas, ya libres, ya mujeres enteras. Soñaba que estaba entre sus piernas, que su lengua recorría sus cuerpos hasta hacerlas temblar, que bebía sus jugos dulces y calientes como el néctar de las flores. Soñaba que las penetraba, una tras otra, por su vagina y por su ano, lenta y profundamente, escuchándolas gemir su nombre como solo ellas sabían hacerlo. Soñaba que al amanecer, desnudos y abrazados, hacían un sesenta y nueve fogoso, compartiéndolo todo, dándoselo todo, sin prisa y sin fin.

Cuando despertaba, sus sábanas estaban empapadas, húmedas de su propia semilla derramada una y otra vez durante la noche. Se tocaba, avergonzado y a la vez ardiendo, sabiendo que ese placer había sido solo un sueño, que al abrir los ojos no estaban allí, que solo le quedaba el recuerdo y el vacío. Eso lo tenía a mal traer: su cuerpo las quería, su mente las buscaba, y su corazón no lograba soltarlas del todo.

A veces, cuando pasaba por delante de su panadería y las veía riendo con sus esposos, con sus anillos brillando al sol, con esa felicidad que él había ayudado a encender, sentía un nudo en la garganta. Deseaba acercarse, tomarlas de la mano, decirles: "Sigo pensando en ustedes. Las deseo cada noche. Mi cuerpo grita por ustedes."

Pero nunca lo hacía. Se mordía la lengua, bajaba la mirada, apretaba el costal contra su pecho y seguía su camino. Sabía que estaban felizmente casadas. Sabía que él había sido el puente, no el destino. Temía el enojo, temía el rechazo, temía que con sus palabras rompiera esa paz que tanto le había costado darles. Y sin embargo, la idea no se iba. Le daba vueltas y vueltas en la cabeza, como una rueda que no para de girar: ¿y si ellas también lo extrañaban? ¿Y si solo esperaban que él se atreviera a hablar?

 

💋 EL ENCUENTRO QUE NO SE ATREVIÓ A MORIR

Un mediodía de primavera, llovió de golpe, como suele pasar en Santiago del Estero. Julián, que pasaba con su burrito cargado, se refugió bajo el alero de la panadería. Teresa y Catalina estaban acomodando unas bandejas de pan recién horneado. Al verlo mojado y temblando, salieron de inmediato.

—¡Julián, vení, entra! No te vas a quedar ahí con este aguacero. —le dijo Teresa, tomándolo de la mano sin dudarlo.

Entró tímido, goteando agua por el sombrero. El local estaba vacío, solo ellos tres. El olor a pan caliente, a levadura y a ellas lo envolvió como un abrazo antiguo. Catalina cerró la puerta con cerrojo y le dijo suavemente:

—Sabemos que vienes, Julián. Sabemos que sueñas con nosotras. Porque nosotras también soñamos con vos.

Julián se quedó sin respiración:

—¿Ustedes…? ¿Cómo saben…?

—Porque cada noche, cuando nuestros esposos duermen, cerramos los ojos y te llamamos —confesó Teresa, acercándose hasta tocar su pecho—. Nadie nos conoce como vos. Nadie nos hizo sentir mujeres como vos. Y aunque amamos a nuestros esposos… hay un pedazo de nosotras que se quedó en el molino, entre tus sábanas.

Julián no pudo contenerse más. Las tomó a ambas en sus brazos y las besó, primero a una y luego a la otra, con la desesperación de quien lleva meses muriendo de sed. Ellas respondieron con todo su ser, porque la llama nunca se había apagado, solo estaba esperando el aire para volver a arder.

Catalina corrió la cortina que separaba el mostrador del pequeño cuarto de atrás, donde guardaban los suministros y había un catre viejo pero limpio. Allí, a la luz de una vela, se desnudaron despacio, mirándose, saboreando cada segundo que habían creído perdido.

Julián se recostó entre ellas, y esa tarde, el tiempo se detuvo. Besó sus bocas, sus pechos, sus vientres, y bajó hasta ese lugar sagrado que solo él conocía. Lamió, chupó, bebió sus jugos dulces y abundantes, haciéndolas temblar y gemir su nombre, una y otra vez, hasta que ambas estallaron en olas de placer que las dejaron sin fuerzas.

—Ahora nos llená, Julián. Como solo vos sabés. —susurró Teresa.

Julián la tomó primero, la penetró despacio por la vagina, mirándola a los ojos, viendo cómo se abrazaba a él, cómo lo recibía con todo lo que tenía. Mientras la llenaba, Catalina se acomodó detrás de él y le besó la espalda, luego lo tomó por la cintura y le susurró: "Después venís a mí… y por atrás también… como en los sueños."

Y así lo hizo. Cuando Teresa llegó al clímax, él se retiró y se volvió hacia Catalina, que lo esperaba abierta y ansiosa. La penetró por la vagina, profundo y llenador, y mientras la bombaba con ritmo, ella le acariciaba el rostro y lloraba de felicidad: "Es real… no es un sueño… estás acá… nos amás…"

Pero no terminó ahí. Las giró a ambas, una tras otra, y las penetró por el ano con paciencia y cariño, igual que recordaban, igual que soñaban. Ellas meneaban el culo gustosas, gimiendo que era lo más hermoso que sentían, que solo él sabía hacerlo así, que solo él las conocía por completo.

Luego se acomodaron los tres juntos, Julián en el medio, una cara arriba y la otra abajo: el sesenta y nueve perfecto que habían compartido tantas veces en sueños, pero ahora con calor real, con sabor real, con piel contra piel. Se comieron mutuamente, se hicieron llegar al orgasmo una y otra vez, compartiendo sus jugos, mezclándolo todo, sin prisa, sin miedo, sin fin.

Cuando por fin terminaron, descansaron abrazados, los tres entrelazados, sudorosos y felices, como una sola alma en tres cuerpos. Teresa le acarició el pecho y le dijo:

—No te vayas lejos. No nos dejes solo con los recuerdos. Nuestros esposos trabajan de día… y nosotras… nosotras te esperamos siempre que puedas venir.

Julián las besó a ambas en la frente, con el corazón desbordado de amor y gratitud:

—Vendré siempre que me llamen. No soy dueño de ustedes, ni ustedes mías. Pero esto que tenemos… es nuestro secreto más hermoso. Y lo cuidaré como cuido el trigo en el campo.

Se vistieron despacio, se arreglaron el cabello, se dieron un último beso cargado de promesas, y Julián salió de la panadería con el sombrero puesto, pero con la cabeza alta y el corazón lleno. Ya no eran sueños solos. La realidad superaba todo lo que había imaginado. Y cada mañana, al pasar por delante de ese local con olor a pan y a amor, sabía que no era solo harina lo que llevaba consigo, sino el corazón de dos mujeres que jamás lo habían dejado de amar.

 

✨ FIN ✨

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