Quizás nunca lo dije
por miedo al silencio,
al eco de tu ausencia
rompiéndome por dentro.
El invierno me cubría
con su temblor helado,
pero tu recuerdo ardía
como fuego entre mis manos.
La luna, blanca y distante,
se parecía a tus ojos,
y en cada noche vacía
te encontraba en su reflejo.
Tus palabras, tan tibias,
abrigaban mis heridas,
mientras soñaba en secreto
con una historia compartida.
Y esta vez fui yo
quien cayó más profundo,
la que guardó en silencio
todo un universo tuyo.
Porque entre el frío y la escarcha,
entre la niebla y el dolor,
eras la única llama
dándole sentido al invierno.
Y aunque nunca lo supiste,
aunque el tiempo nos venció,
sigues siendo la más bella
en esta invernada de dos.