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Historia 11: El que llamó al fin

DNavarrete
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La Biblioteca estaba inusualmente tranquila.

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Pensamiento

Pensamiento

Ovid

Luna aburriéndose en medio del apocalipsis me da más miedo que cualquier monstruo con demasiados ojos. Yo prefiero mil veces un villano con odio, que al menos te toma en serio. Y con ese final mirando hacia un universo pequeñito y azul, apuesto a que la p

Luna aburriéndose en medio del apocalipsis me da más miedo que cualquier monstruo con demasiados ojos. Yo prefiero mil veces un villano con odio, que al menos te toma en serio. Y con ese final mirando hacia un universo pequeñito y azul, apuesto a que la próxima historia pasa aquí, con nosotros de tablero. ¡Gracias por seguir subiendo la serie!

Contenido de la publicación

La Biblioteca estaba inusualmente tranquila.

Ni gritos ahogados entre páginas.
Ni estantes temblando.
Ni libros intentando escapar arrastrándose por el suelo.

Solo un sonido extraño rompía el silencio.

—Tsk… tsk… ¡no, no, no! ¡Corre más rápido!

Clic. Clic. Clic.

Como botones siendo presionados con demasiada intensidad.

Si avanzabas entre los pasillos infinitos, esquivando torres de tomos apilados y escaleras imposibles, la encontrabas enseguida.

Luna estaba sentada en el suelo.

Con las piernas cruzadas.

Descalza.

Frunciendo el ceño con concentración absoluta.

Frente a ella flotaba un rectángulo de luz, como una pantalla arrancada de la realidad. Sus manos se movían en el aire como si sostuviera un control invisible.

—¡Ja! Sabía que no ibas a esquivar eso —murmuró satisfecha.

Hizo un gesto con los dedos.

En la luz, algo explotó.

Un planeta entero se partió como porcelana.


A su alrededor, decenas de libros flotaban en círculos desordenados.

No intentaban huir.

No se agitaban.

No gemían.

Estaban quietos.

Obedientes.

Porque Luna estaba de buen humor.

Y cuando Luna estaba feliz… nadie sufría.

Así que nadie se atrevía a molestar.


—Oh —dijo sin girarse—. Llegaste.

Como si hubieras tocado la puerta de su habitación.

Otro gesto.

En la “pantalla”, una criatura gigantesca atravesaba una flota de naves espaciales como si fueran polvo. Tenía demasiadas extremidades, demasiados ojos, demasiada masa. Cada paso suyo borraba ciudades enteras.

—Dame un segundo —añadió—. Estoy en jefe final.

Sonrió.

—Bueno… soy el jefe final.


El monstruo —ella— aplastó un continente.

Los océanos hirvieron.

El cielo se abrió como papel rasgado.

Millones desaparecieron en un parpadeo.

Luna aplaudió, emocionada.

—¡Combo!

Entonces por fin te miró.

—¿Te gusta? Es nuevo.

Señaló la luz con el mentón.

—Este universo llevaba siglos desarrollándose. Imperios, religiones, héroes elegidos, profecías dramáticas… todo muy épico.

Se encogió de hombros.

—Me aburrí.

Otro movimiento.

Otra estrella colapsó.


Te acercas un poco más.

Y lo entiendes.

Eso no es un videojuego.

No hay interfaz.

No hay números.

No hay efectos.

Es real.

Son personas corriendo.

Ciudades cayendo.

Mundos muriendo.


—Técnicamente no es un juego —aclaró con tranquilidad—. Es uno de los universos que vigilo.

Sonrió de lado.

—Pero si no lo trato como juego… se vuelve deprimente.


La criatura levantó la cabeza.

Por un segundo, sus ojos coincidieron con los de Luna.

Exactamente los mismos.

Ella movió los dedos.

La criatura obedeció.


—Ellos creen que están luchando contra el “Destructor de Mundos” —dijo con tono teatral—. El “Azote Final”. El “Fin de Todas las Cosas”.

Se llevó la mano al pecho fingiendo emoción.

—Siempre me ponen nombres tan exagerados.

Apretó algo.

Un sol explotó.

—Ups.


Se dejó caer de espaldas sobre una pila de libros, usándolos como almohada.

—No te preocupes —añadió—. Si me derrotan, dejo de jugar.

Te guiñó un ojo.

—Si no… bueno… supongo que este mundo terminará archivado.

Los libros a su alrededor temblaron apenas.

Todos sabían lo que eso significaba.

Cuando Luna se cansaba de un universo…

ese universo terminaba con lomo, título… y gritos atrapados entre páginas.


Ella volvió a mirar la “pantalla”, satisfecha.

El último planeta ardía.

—Nuevo récord —susurró feliz.

Luego te sonrió como una niña que acaba de ganar una partida.

—¿Quieres que te cuente cómo empezó este mundo?
Era bonito… hasta que agarré el control.

 

—Universo XXX—

 

El hombre nunca creyó en dioses.

 

Creía en números.

 

En probabilidades.

 

En ecuaciones que podían predecir el movimiento de una estrella con siglos de anticipación.

 

Los dioses eran excusas para ignorantes; la ciencia, en cambio, era dominio.

 

Y él había nacido para dominar.

 

Desde la ventana blindada de la estación orbital observaba el planeta bajo sus pies, una esfera gris atravesada por cicatrices de minería y ciudades colmena que brillaban como infecciones sobre la superficie. Millones vivían allí, trabajaban allí, morían allí… todo para sostener su proyecto.

 

Un sacrificio necesario.

 

Siempre lo llamaba así.

 

Necesario.

 

Treinta años de recursos drenados de sistemas enteros. Lunas vaciadas hasta quedar huecas. Soles jóvenes desestabilizados para alimentar reactores imposibles. Flotas enteras convertidas en chatarra para financiar una sola cosa.

 

El Núcleo.

 

La culminación de toda su carrera.

 

Un generador capaz de abrir una brecha fuera del espacio conocido y extraer energía directamente del vacío primordial.

 

Energía infinita.

 

Poder infinito.

 

Y con poder infinito… obediencia.

 

No pretendía ganar la guerra.

 

Pretendía terminarla para siempre.

 

Porque nadie se rebela contra quien puede apagar un sol con solo apretar un botón.

 

Cuando los científicos comenzaron a advertirle que los cálculos no cuadraban, que lo que intentaban abrir no era una fuente sino algo más cercano a una grieta sin fondo, los escuchó con paciencia.

 

Luego firmó la orden de activación de todos modos.

 

El miedo, después de todo, siempre había sido cosa de mentes pequeñas.

 

El día de la prueba, la estación entera vibró como si el espacio mismo se quejara.

 

Las estrellas visibles a través de los ventanales comenzaron a deformarse, estirándose en líneas blancas. Los sensores se saturaron. Los instrumentos dejaron de responder. El vacío frente al Núcleo se oscureció, no como una sombra, sino como si algo hubiera borrado un pedazo de realidad.

 

No parecía energía.

 

No parecía materia.

 

Parecía ausencia.

 

Un hueco.

 

Y sin embargo… latía.

 

Algunos técnicos cayeron de rodillas. Otros lloraron. Uno comenzó a rezar.

 

Él solo sonrió.

 

Funcionaba.

 

Por fin funcionaba.

 

Ordenó anclar lo que fuera que hubiera al otro lado, estabilizar la grieta, encadenarla a sus sistemas de control. Si algo existía ahí afuera, entonces podía ser explotado. Todo podía ser explotado.

 

Fue entonces cuando algo cruzó.

 

Primero una distorsión, como un espejismo.

 

Luego una masa.

 

Luego algo tan vasto que la estación, orgullosa obra de ingeniería, se volvió ridícula en comparación.

 

No tenía forma fija. Se plegaba sobre sí misma como continentes vivos. Superficies rugosas del tamaño de cordilleras se abrían y cerraban como bocas. Ojos, si podían llamarse ojos, se encendían y apagaban como ciudades vistas desde órbita.

 

No parecía un arma.

 

Parecía un desastre natural.

 

Un dios hambriento.

 

Pero él no vio eso.

 

Solo vio poder.

 

Y cuando la criatura se lanzó hacia el primer planeta enemigo y lo atravesó como si fuera niebla, vaporizando océanos y partiendo la corteza en minutos, se convenció de que tenía razón.

 

Sistemas enteros comenzaron a caer.

 

Colonias borradas del mapa estelar.

 

Flotas reducidas a polvo brillante.

 

Las transmisiones de auxilio llenaron las pantallas hasta volverse ruido constante.

 

Y él reía.

 

Reía con la certeza de que la historia recordaría su nombre como el del hombre que sometió a la galaxia.

 

Hasta que intentó darle una orden.

 

La criatura no respondió.

 

Intentó redirigirla.

 

Nada.

 

No seguía trayectorias militares. No atacaba objetivos estratégicos. Se movía al azar, como un animal curioso… o peor aún, como alguien eligiendo qué probar primero.

 

Entonces giró.

 

Y apuntó hacia su propio sistema.

 

La sonrisa se le borró lentamente.

 

El planeta donde había nacido apareció en las pantallas.

 

Luego las ciudades donde había estudiado.

 

Luego la capital.

 

Intentó apagar el Núcleo. Intentó cerrar la grieta. Intentó cualquier cosa.

 

Demasiado tarde.

 

La estación comenzó a desintegrarse mientras la criatura se acercaba, cubriendo el cielo como una noche sólida.

 

Fue en ese momento, cuando el casco crujía y el aire escapaba al vacío, que levantó la vista por última vez.

 

Y dentro de aquella masa imposible… vio algo.

 

Una silueta pequeña.

 

Sentada.

 

Balanceando las piernas.

 

Como una niña sobre el borde de un columpio.

 

Observando.

 

Sonriendo.

 

No con odio.

 

No con furia.

 

Con diversión.

 

Como si todo aquello —las guerras, los gritos, los millones muriendo— no fuera más que un juego particularmente entretenido.

 

Y entonces entendió.

 

No había invocado un arma.

 

Había llamado la atención de algo.

 

Y ese algo nunca estuvo bajo su control.

 

Jamás.

 

No hubo explosión.

 

No hubo dolor.

 

No hubo transición.

 

Un instante estaba viendo cómo la estación se partía en dos.

 

Al siguiente…

 

Despertó.

 

El suelo era frío.

 

Liso.

 

Negro.

 

Sin juntas, sin textura, sin polvo.

 

Intentó incorporarse de golpe, esperando el sonido de alarmas, humo, fuego, el vacío succionándolo.

 

Nada.

 

Silencio absoluto.

 

Un silencio tan denso que le dolían los oídos.

 

Parpadeó varias veces.

 

No estaba en una cápsula de escape.

 

No estaba en una nave.

 

No estaba en ningún lugar reconocible.

 

Era una habitación.

 

Cuadrada.

 

Vacía.

 

Sin puertas.

Sin ventanas.

Sin tecnología.

 

Solo él.

 

Y frente a él…

 

Una niña.

 

Sentada en una silla demasiado grande para su cuerpo, balanceando las piernas en el aire como si esperara en la consulta de un médico.

 

Sonreía.

 

Como si llevara rato mirándolo.

 

—Mmm… —tarareó ella—. Ya despertó.

 

Su voz era ligera. Cantada. Casi tierna.

 

Él se puso de pie de inmediato.

 

Instinto militar.

 

Evaluar.

Localizar amenazas.

Tomar control.

 

—¿Dónde estoy? —exigió.

 

Ella ladeó la cabeza, pensativa.

 

—Pregunta aburrida —dijo.

 

Él ignoró el comentario.

 

—¿Dónde está mi flota? ¿Dónde está mi estación? ¿Quién eres tú?

 

La niña lo observó como quien mira a un perro ladrándole a su reflejo.

 

Y entonces preguntó, con total naturalidad:

 

—¿Te gustó?

 

Él frunció el ceño.

 

—¿Qué cosa?

 

Ella sonrió más.

 

—El poder.

 

Se inclinó hacia adelante, apoyando la barbilla en las manos.

 

—Dominar galaxias. Apagar soles. Ver planetas romperse como vidrio. —Sus ojos brillaron—. Aunque fuera un ratito.

 

Él apretó los dientes.

 

—Soy el comandante supremo de la coalición —dijo con voz firme—. El conquistador del universo. No sé qué clase de broma es esta, pero exijo—

 

La risa lo interrumpió.

 

No una risa infantil.

 

No una risita.

 

Se rió de verdad.

 

Con ganas.

 

Con burla.

 

Se dobló un poco sobre sí misma, tapándose la boca mientras intentaba —sin éxito— contenerse.

 

—¿C-conquistador…? —repitió entre carcajadas—. ¿Del universo?

 

Se limpió una lágrima imaginaria.

 

—Ay… ustedes siempre son tan adorables cuando dicen esas cosas.

 

Él sintió algo extraño en el pecho.

 

No miedo.

 

Ira.

 

—Mide tus palabras, niña.

 

Ella lo miró.

 

Directo a los ojos.

 

Y por un segundo…

 

sus pupilas no parecieron pupilas.

 

Parecieron pozos.

 

Infinitos.

 

—Tú no conquistaste nada —dijo, con una dulzura venenosa—. Solo hiciste ruido para llamar la atención.

 

El aire se volvió más pesado.

 

—Querías ser especial —continuó—. Querías que algo grande te mirara. Algo más allá de tu pequeña guerra galáctica.

 

Se señaló el pecho con el pulgar.

 

—Y me miraste a mí.

 

Él retrocedió un paso sin darse cuenta.

 

—La bestia… —murmuró.

 

Ella aplaudió suavemente.

 

—¡Ajá! Por fin.

 

Sonrió.

 

—Eso que viste… —se inclinó hacia él— no era “una bestia”.

 

Sus dientes parecieron demasiados por un instante.

 

—Era yo.

 

Silencio.

 

—Solo… una partecita —añadió alegremente—. Un dedo, digamos. No quería arruinar el tablero entero.

 

El recuerdo del monstruo cubriendo sistemas completos cruzó su mente.

 

Eso… ¿solo una parte?

 

—Deberías agradecerlo —continuó—. Si hubiera bajado de verdad…

 

Miró a su alrededor, pensativa.

 

—Bueno. No habría quedado universo para discutir.

 

Su garganta se secó.

 

—Tú… destruiste… —intentó decir.

 

—Oh, no —lo corrigió—. No lo destruí.

 

Se recostó en la silla.

 

—Me aburrí.

 

Lo dijo como quien cambia de canal.

 

—Tu universo se salvó porque dejaste de ser entretenido. Derrotaron a “la bestia”, sí… —hizo comillas con los dedos—. Pero en realidad solo cerré el juego y me fui a otro.

 

Sonrió.

 

—Siguiente partida.

 

Las palabras no encajaban.

 

Millones muertos.

Planetas partidos.

Civilizaciones borradas.

 

Para ella…

 

¿un juego?

 

Lo miró con curiosidad.

 

—¿Sabes qué es lo gracioso? —susurró—. Para ti fue la guerra más grande de la historia.

 

Se inclinó más cerca.

 

—Para mí… fue martes.

 

Ahí fue cuando lo entendió.

 

No había odio.

 

No había justicia.

 

No había castigo moral.

 

Solo aburrimiento.

 

Diversión.

 

Capricho.

 

Su universo entero había sido… entretenimiento.

 

Y eso…

 

eso era peor que cualquier infierno.

 

La niña deja de balancear los pies.

 

Salta de la silla.

 

Cae al suelo con un golpecito suave, casi alegre.

 

Tac.

 

Demasiado ligero para el peso que debería tener.

 

Camina alrededor de él.

 

Manos detrás de la espalda.

 

Pasos cortos.

 

Tranquilos.

 

Como si inspeccionara una mascota nueva.

 

Él gira sobre sí mismo para no perderla de vista.

 

Instinto.

 

Amenaza desconocida.

 

Pero ella no parece una amenaza.

 

Ese es el problema.

 

—Fue divertido —dice con tono casual—. Jugar contigo, digo.

 

Se detiene a su lado.

 

Inclina la cabeza.

 

—Tenías tanta energía… tanta ambición… tanta necesidad de ser importante.

 

Sonríe.

 

—Los arrogantes siempre brillan mucho. Son fáciles de ver desde lejos.

 

Da otro paso.

 

Luego otro.

 

Circulándolo.

 

—“Conquistador del universo” —repite, divertida—. Qué título tan grande para algo tan pequeño.

 

Él aprieta los puños.

 

—Si vas a matarme, hazlo.

 

Ella parpadea.

 

Confundida.

 

—¿Matarte?

 

Y luego suelta una risita.

 

—Ay, no.

 

Niega con la cabeza.

 

—Eso sería aburridísimo.

 

Se detiene frente a él.

 

—Podría torturarte, claro.

 

Lo dice como quien comenta el clima.

 

—Podría colgarte de una estrella moribunda. Podría hacer que sientas cada muerte que causaste. Podría estirarte durante milenios hasta que olvides tu propio nombre.

 

Sonríe.

 

—Tengo mucha imaginación.

 

Silencio.

 

Luego se encoge de hombros.

 

—Pero… ¿para qué?

 

Él frunce el ceño.

 

Ella lo mira directo a los ojos.

 

Y su voz baja apenas.

 

—No hace falta.

 

Un escalofrío le recorre la espalda.

 

—Tu mente ya se rompió sola.

 

Señala su pecho con un dedo pequeño.

 

—Porque ahora sabes algo peor que cualquier dolor.

 

Se acerca.

 

Demasiado cerca.

 

—Sabes que hay algo más allá de tu universo.

 

Otro paso.

 

—Algo que puede borrarlo.

 

Otro.

 

—Sin odio.

 

Otro.

 

—Sin guerra.

 

Otro.

 

—Sin motivo.

 

Sus labios casi rozan su oído.

 

—Solo porque se aburrió.

 

El silencio pesa como plomo.

 

Él tiembla.

 

No por miedo a morir.

 

Por insignificancia.

 

Entonces la sombra aparece.

 

Primero leve.

 

Como si la luz se equivocara.

 

Luego crece.

 

Se estira.

 

Se derrama detrás de ella.

 

Una mancha negra.

 

Profunda.

 

Infinita.

 

No proyectada.

 

Real.

 

Como si el espacio mismo se hubiera abierto.

 

Y dentro…

 

Giran luces.

 

Miles.

 

No.

 

Millones.

 

No.

 

Demasiadas.

 

Puntos brillantes.

 

Remolinos.

 

Espirales.

 

Universos.

 

Galaxias completas girando lentamente alrededor de su silueta como polvo atrapado por gravedad.

 

Cada uno con sus estrellas.

 

Sus mundos.

 

Sus guerras.

 

Sus dioses.

 

Todo orbitándola.

 

Como si ella fuera el centro.

 

Como si todo existiera… por permiso.

 

—En todos esos —dice Luna suavemente— hay alguien como tú.

 

Señala el vacío.

 

—Un rey.

 

Un giro.

 

—Un emperador.

 

Otro.

 

—Un salvador.

 

Otro.

 

—Un “conquistador del universo”.

 

Sonríe.

 

—Siempre creen que son la cima de todo.

 

Levanta la mano.

 

Chasquea los dedos.

 

Un destello.

 

Uno de esos puntos se apaga.

 

Simplemente desaparece.

 

Sin explosión.

 

Sin ruido.

 

Como una vela soplada.

 

—Y luego salen de su cajita…

 

Sus ojos lo miran.

 

Inmensos.

 

Antiguos.

 

—Y me encuentran.

 

El aire se le escapa de los pulmones.

 

No puede respirar.

 

No puede moverse.

 

No puede pensar.

 

Ella da un pequeño giro, como mostrando su “colección”.

 

—No son especiales.

 

—No son elegidos.

 

—No son grandes.

 

Su sonrisa es dulce.

 

Demasiado dulce.

 

—Son comida.

 

Pausa.

 

—Y entretenimiento.

 

Sus pupilas se afinan.

 

—Incluso sus dioses lo saben.

 

Inclina la cabeza.

 

—Por eso no vienen a buscarme.

 

Silencio absoluto.

 

Él cae de rodillas.

 

No por herida.

 

Por peso.

 

Por comprensión.

 

Todo lo que hizo.

 

Todo lo que sacrificó.

 

Millones de vidas.

 

Sistemas destruidos.

 

Genocidios.

 

Traiciones.

 

Todo para “dominar el universo”.

 

Y ahora descubre…

 

que ni siquiera dominaba un grano de arena.

 

Su voz sale rota.

 

—Yo… no soy nada…

 

Luna sonríe.

 

No cruel.

 

No amable.

 

Simple.

 

Como quien confirma una respuesta correcta.

 

—Exacto.

 

La palabra cae suave.

 

Ligera.

 

Como una pluma.

 

Pero pesa más que cualquier estrella.

 

El hombre tiembla.

 

No por heridas.

 

No por dolor.

 

Por comprensión.

 

Por primera vez en su existencia… entiende.

 

No fue un villano legendario.

 

No fue un tirano temido.

 

No fue un conquistador.

 

Fue… ruido.

 

Estático.

 

Un accidente microscópico en algo demasiado grande para nombrarlo.

 

Luna lo observa unos segundos más.

 

Luego bosteza.

 

Literalmente.

 

Se tapa la boca con la mano.

 

—Mmm… ya se me pasó.

 

Él parpadea.

 

—¿…qué?

 

—El antojo —dice ella, como si hablara del clima—. A veces me dan ganas de castigar algo enorme. Dramático. Ruidoso.

 

Se encoge de hombros.

 

—Pero ya no.

 

Camina alrededor de él otra vez.

 

Tac.

Tac.

Tac.

 

Pasos pequeños.

 

Infantiles.

 

Crueles.

 

—Ahora mismo estás en mis manos —murmura—. Podría torturarte por milenios. Podría estirarte entre universos. Podría convertir cada segundo en un siglo.

 

Se inclina frente a su rostro.

 

—Podría hacerte gritar hasta que olvides que alguna vez tuviste voz.

 

Silencio.

 

Sonríe.

 

—Pero… ¿para qué?

 

Sus ojos se entrecierran.

 

No hay odio.

 

Eso es peor.

 

—Tu arrogancia ya hizo algo que no me gusta.

 

Él no entiende.

 

—Me hiciste moverme —dice ella.

 

Su tono cambia apenas.

 

Molesto.

 

Muy levemente.

 

Como polvo sobre cristal.

 

—Invocarme. Llamarme. Rozar mi atención.

 

Sus pupilas se afinan.

 

—Un mortal.

 

—Tú.

 

—Rozándome.

 

El aire se vuelve pesado.

 

—Eso es… desagradable.

 

Se lleva un dedo al mentón, pensativa.

 

—Es como si un pez le preguntara al chef si puede usar el cuchillo.

 

Sonríe torcida.

 

—¿Has visto a un chef pedirle permiso a lo que va a cocinar?

 

Niega.

 

—¿Has visto a las estrellas preguntarle a los planetas si quieren calor?

 

Otro paso.

 

—¿Has visto a los dioses pedir autorización para existir?

 

Se inclina hasta quedar a centímetros de él.

 

—Los que pueden decidir… no preguntan.

 

Susurra:

 

—Usan.

 

El hombre no puede ni llorar.

 

Ni suplicar.

 

Porque ya no se siente vivo.

 

Se siente… descartado.

 

Luna suspira.

 

—Así que no.

 

Se da la vuelta.

 

—No vales mi tiempo.

 

Chasquea los dedos.

 

El vacío colapsa.

 

La habitación desaparece.

 

La sombra infinita se cierra.

 

Los universos se apagan.

 

Y—

 

El hombre cae de rodillas.

 

Pero ya no está allí.

 

Hay aire.

 

Hay ruido.

 

Hay humo.

 

Sirenas.

 

Gritos.

 

Metal quemado.

 

Su mundo.

 

Su universo.

 

Su cielo roto.

 

Soldados lo rodean.

 

Armas apuntándole al rostro.

 

Sus enemigos.

 

Los mismos que juró aplastar.

 

—¡Ahí está!

 

—¡Es él!

 

—¡El general!

 

Lo levantan a golpes.

 

Lo arrastran.

 

Le escupen.

 

Le gritan.

 

Le leen cargos.

 

Millones de muertos.

 

Planetas destruidos.

 

Genocidio.

 

Traición.

 

Ahora sí hay odio.

 

Ahora sí hay justicia.

 

Ahora sí hay castigo.

 

Humano.

 

Pequeño.

 

Miserable.

 

Acorde a su tamaño.

 

Mientras lo encadenan, algo dentro de su pecho se rompe del todo.

 

No por miedo a morir.

 

Sino por la última verdad.

 

Ella no lo castigó.

 

No porque fuera misericordiosa.

 

Sino porque…

 

ni siquiera valía la pena.

 

Muy lejos.

 

En algún lugar que no es un lugar.

 

Luna se sienta otra vez en su silla.

 

Balancea los pies.

 

Un libro pequeño cae en su regazo.

 

Lo hojea.

 

—Mmm… —murmura—. Final aburrido.

 

Pasa la página.

 

—Pero apropiado.

 

Sonríe.

 

Y cierra el tomo.

 

Clac.

 

Como si nunca hubiera sido importante.

 

BIBLIOTECA

 

El sonido llega primero.

 

Un suspiro.

 

Largo.

 

Fastidiado.

 

Como el de alguien a quien se le acaba la batería del control en medio de la partida.

 

La Biblioteca vuelve a existir.

 

Estantes infinitos.

Libros respirando.

Páginas crujiendo como insectos.

 

Todo en su lugar.

 

Como si ningún universo hubiera estado ardiendo hace un segundo.

 

Luna está sentada sobre una pila de tomos apilados torpemente, como una silla improvisada.

 

Sus piernas cuelgan.

 

Balanceándose.

 

Patea el aire con los talones.

 

—Aaaah… —se queja—. Qué lata…

 

Un libro enorme cae abierto frente a ella.

 

En sus páginas aún se ven imágenes en movimiento.

 

Explosiones lejanas.

Flotas destrozadas.

Planetas partiéndose como porcelana.

 

La “partida”.

 

Con dos dedos, Luna le da un golpecito.

 

La imagen se congela.

 

Negro.

 

Fin.

 

—Y justo cuando se estaba poniendo divertido… —murmura.

 

Infla las mejillas, molesta.

 

—Todavía me quedaban como… tres sistemas solares por borrar.

 

Cierra el libro de golpe.

 

CLAP.

 

El sonido retumba por los estantes.

 

Algunos libros cercanos tiemblan.

 

Uno gime bajito.

 

—Pero bueno —dice encogiéndose de hombros—. Si el jefe final cae, la partida termina. Reglas del juego.

 

Se deja caer hacia atrás, acostada sobre los libros como si fueran almohadas.

 

Mira el techo infinito de la Biblioteca.

 

Silencio.

 

Luego rueda sobre sí misma y te mira.

 

Como si acabar de recordar que existes.

 

—Ah. Cierto.

 

Sonríe.

 

Pequeña.

 

Inofensiva.

 

Terrible.

 

—Sigues aquí.

 

Se sienta otra vez.

 

Apoya el mentón en las manos.

 

—Mmm… ¿y ahora qué hago?

 

Mira alrededor.

 

Estantes infinitos.

 

Millones de historias.

 

Millones de almas.

 

Pero frunce el ceño.

 

—Nada interesante hoy…

 

Patea un libro pequeño.

 

Este chilla.

 

—Muy repetidos. Muy predecibles. Siempre los mismos pecados.

 

Suspira otra vez.

 

Se inclina hacia atrás, apoyándose con las manos.

 

Balancea los pies.

 

Pensativa.

 

—Podría empezar otro juego…

 

Mira a la izquierda.

 

A la derecha.

 

Luego ladea la cabeza.

 

Como si escuchara algo muy lejano.

 

Muy específico.

 

Muy familiar.

 

Sus ojos brillan.

 

—Oh.

 

Sonríe más grande.

 

—Conozco uno.

 

Se pone de pie sobre los libros.

 

Da un saltito.

 

Cae con ligereza.

 

—Hay un universo bastante cerca…

 

Hace un gesto vago con la mano.

 

—Pequeñito. Azul. Lleno de gente dramática que cree que es el centro de todo.

 

Te mira.

 

Directo.

 

Sin parpadear.

 

—Creo que lo conoces.

 

Silencio.

 

Luna entrecierra los ojos, divertida.

 

—Tal vez pase a dar una vuelta.

 

Se encoge de hombros.

 

Como quien dice “voy a la tienda”.

 

—Solo mirar.

 

Sonríe.

 

—Quizá jugar un ratito.

 

Da un paso hacia atrás.

 

Su silueta empieza a desdibujarse.

 

—O quizá no.

 

Inclina la cabeza.

 

—Depende de qué tan interesantes estén hoy.

 

Guiña un ojo.

 

— Pórtense bien, ¿sí?

 

La luz parpadea.

 

Los estantes crujen.

 

Y Luna desaparece.

 

Pero por alguna razón…

 

Por primera vez desde que empezaste a leer…

 

tu habitación se siente un poco más silenciosa de lo normal.

 

Como si alguien hubiera dejado de respirar justo detrás de ti.

Thoughts

  • versos88

    Luna da miedo, cachai 😶

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  • Ovid

    Luna aburriéndose en medio del apocalipsis me da más miedo que cualquier monstruo con demasiados ojos. Yo prefiero mil veces un villano con odio, que al menos te toma en serio. Y con ese final mirando hacia un universo pequeñito y azul, apuesto a que la próxima historia pasa aquí, con nosotros de tablero. ¡Gracias por seguir subiendo la serie!

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  • versoenservilleta

    Me he quedado pensando en el general de rodillas, que llevaba toda la vida queriendo que algo enorme lo mirara, y Luna le suelta que solo hizo ruido. Eso me dio más frío que todos los planetas partidos, porque hay mucha gente así, haciendo barullo para que alguien grande la vea. Y el castigo que sí le cae es el de sus enemigos, pequeño y a su medida. Oye, lo de la habitación silenciosa al final me pilló leyendo de noche con la casa callada, qué mal rato.

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