Cargando…

HERMANOS

lian
Pública 15 conversaciones 23 pensamientos 44 votos positivos 0 votos negativos 2 series

El impacto no fue un simple choque de cuerpos; fue una colisión violenta de planos existenciales. Analián, que regresaba a la casa huyendo de su propio terror y agotada por lo que acababa de…

En series

In groups

Pensamiento

Pensamiento

hojaSuelta

¿Qué la hace tan peligrosa? Porque los tres hermanos están destruidos, pero no termino de entender qué la hace diferente.

¿Qué la hace tan peligrosa? Porque los tres hermanos están destruidos, pero no termino de entender qué la hace diferente.

Contenido de la publicación

El impacto no fue un simple choque de cuerpos; fue una colisión violenta de planos existenciales. Analián, que regresaba a la casa huyendo de su propio terror y agotada por lo que acababa de enfrentar, chocó de lleno contra Lessán justo cuando este salía de la mansión junto a Celián, alertados ya por la alteración que habían percibido en ella. El golpe fue tal que obligó a Lessán a retroceder en un movimiento torpe, impensable para alguien de su calibre. Él, que ha visto imperios enteros desmoronarse hasta ser polvo bajo el yugo del tiempo, se sintió por un instante como un simple mortal fulminado por un rayo negro.

Sin dudarlo, Lessán reaccionó al instante y la sujetó con fuerza de ambos brazos para evitar que cayera al suelo, y cargó su cuerpo inerte de inmediato pero a través de ese contacto, la fuerza que emanaba de ella se transmitió también a él: una energía invisible y ponzoñosa que le calcinó los nervios; un bloqueo mental tan absoluto, una parálisis de la psique tan devastadora, que solo una criatura del calibre de Analián —o del abismo de su misterio— podría ejercer sobre ellos. El choque de esa mente desbordada y caótica contra su propia herencia maldita provocó un cortocircuito en el aire, como si el mismo espacio se hubiera quedado sin respiración.

Mientras Lessán luchaba por recuperar el control sobre su propia percepción, Celián, que había observado todo desde unos pasos atrás, se ajustó los puños de la camisa con una tranquilidad exasperante, casi ofensiva ante la tensión del momento. Dejó atrás cualquier impresión inicial y avanzó dos pasos al frente, sus ojos oscureciéndose de golpe y llenándose de sombras densas, profundas, como si en su interior se despertara algo que había permanecido oculto. En ese instante, el olor inconfundible a cera de cirio viejo y tierra húmeda de cripta —ese aroma frío, antiguo y sepulcral que siempre lo acompañaba— se hizo más intenso, pesado y denso, inundando todo el espacio entre ellos y marcando su presencia con una claridad inquietante. Un vaho gélido comenzó a desprenderse de las baldosas bajo sus botas, como si el invierno de la estirpe reclamara el control del vestíbulo, anulando el calor del cuerpo colapsado de Analián y transformando el umbral de la mansión en el preámbulo de una autopsia espiritual.

​—¿Qué pasará? —siseé, rompiendo el silencio—. ¿Qué pasará cuando Nuestro Señor descubra que su progenie ha permitido que esta patología sentimental se metastatice de forma tan obscena en nuestro santuario?

​Miré el cuerpo de ella con el mismo asco con el que un monarca observaría a una rata pestilente sobre su mesa de banquetes. Lessán se abalanzó a su lado, ignorando la altivez que gobierna sus tiempos. Al levantarla entre sus brazos deduje que ya no percibía el latido rítmico y predecible de su corazón; en su lugar, un galope asmático de pánico puro resonaba por simpatía en su propia existencia gélida. Una angustia densa, fría como el nitrógeno líquido, le atenazó la laringe. Al tomarla, el peso de ese cuerpo inerte desmintió la ligereza de su anatomía; no era una simple masa muscular lo que sostenía en vilo, era la pesadumbre de milenios acumulados que ella traía pegada a la piel tras su incursión temporal. El terror a una marea negra, el miedo a perderla antes de siquiera profanar el primero de sus secretos, lo hizo lucir infinitamente vulnerable.

​—Mírate, Lessán —continué, bajando la voz a un susurro que cortaba el aire como una navaja de afeitar—. Sostienes un cadáver en potencia como si fuera un grial. Si Padre huele su incandescencia, no solo la desintegrará a ella; nos obligará a nosotros a bebernos sus cenizas para purgar la deshonra de la debilidad. Guarda el secreto bajo llave, hermano, o yo mismo me encargaré de silenciar el laboratorio de su mente antes de que sus gritos despierten al verdadero monstruo.

​Lessán no respondió nada; se cerró en sus pensamientos. Cruzó el umbral de la mansión cargando el cuerpo, arrastrando los pies con una pesadez ajena a mi entorno natural. Yo lo seguía de cerca. El pasillo parecía encogerse; los muros de la casa querían cerrarse ante nosotros, intentando lamer el rastro de calor que ella desprendía. Al entrar a la alcoba, la penumbra y la variable del tiempo se sintieron más lúgubres, más densas, como si los muebles y las cortinas de seda rancia cobraran conciencia del sacrilegio que acababa de cometerse.

​Cuando la depositó en el lecho de la cama, la diseccioné con la fijeza de un cazador que reza, horrorizado, ante su propia presa. Ella es un eclipse perfecto: su mera cercanía bloquea nuestras facultades más primitivas, dobla las leyes de cualquier física conocida y altera el magnetismo de todo recinto. Sostenerla en este instante era como intentar contener un espectro que se deshilacha entre los dedos. Sus ojos cerrados parecían los de un cadáver, fijos en un punto inexistente del espacio, reflejando el horror de lo que sea que hubiese contemplado en ese viaje sin retorno. Su piel, usualmente tibia, se sentía como el granito expuesto a la intemperie de un invierno extranjero.

​—Respira… —le ordenó Lessán, y su voz arrastró el desprecio que le provoca la fragilidad de la especie humana—. No te permito morir aquí, no cuando acabas de llegar a nosotros.

​El murmullo de la oscuridad se volvió un enemigo físico. La respiración de la chica se quebró en una eternidad, un colapso total donde no registré ni un jadeo rancio. Sin embargo, un estertor arrastró consigo el olor a tierra húmeda y a hojas podridas de un bosque que no pertenecía a este siglo. El precio de cruzar el umbral estaba cobrando su cuota en su carne de juventud; una mente brillante reducida a una muñeca rota, atrapada entre el espanto de lo místico y la rigidez de los brazos de mi hermano.

​¡Es una aberración tan ilógica! Tanto tiempo siendo sombras malditas, desconectados del pulso térmico del mundo, arrastrándonos por las periferias de la historia sin dejar huella… y de pronto, el sueño se hizo realidad: apareció ella. Su sola irrupción cambió la química del oxígeno en este recinto desolado, convirtiéndolo en un veneno dulce que se me cuela por las comisuras y me entumece el juicio. Su presencia aquí es un riesgo palpable, una imprudencia temeraria que roza la aniquilación de nuestra estirpe. Pero el anhelo de sentir su flujo vital, esa necesidad enfermiza de ser testigos directos de su incandescencia humana, fue un incendio devorador que redujo nuestra cautela a cenizas rancias.

Detrás de nosotros, llegó el impulso irracional de Danka, quien siempre ha resuelto el mundo mediante la fuerza bruta, rompiendo el sepulcral silencio de la habitación que nos estaba asfixiando. El aire a nuestro alrededor se cargó de golpe con una dulzura eclesiástica: gardenias envueltas en humo de copal.

Danka dio un paso al frente, descompuesto, perdiendo por completo el temple.

—¡Responde de una maldita vez! —rugió, y su voz fue un mazo de hierro golpeando una tumba de piedra—. El impacto contra ti fue una demolición total para ella. Todavía tengo los nervios de los ojos calcinados al ver semejante colisión. ¿Por qué no te detuviste, maldito ciego?.

¡¿Qué demonios trae pegado en la piel?!

—Es más densa de lo que nuestras mentes procesan… —respondió Lessán sin mirarlo, con una calma fingida que se desmoronaba por dentro, mientras el aire de la alcoba se volvía una plasta de plomo.

Inesperadamente, ocurrió la catástrofe somática.

El cuerpo de la joven en el lecho dejó de estar inerte. Comenzó a arquearse violentamente hacia arriba, despegando la columna de las sábanas en una danza grotesca de electricidad muerta. No era una convulsión humana ordinaria; era una tanatosis activa, un mecanismo de defensa donde su carne intentaba imitar la rigidez de la muerte para no desintegrarse bajo la presión del viaje temporal. Sus articulaciones tronaron como madera verde a punto de partirse.

Cada segundo de ese espasmo se dilataba hasta convertirse en una eternidad de tortura para nuestros ojos. Comprendí, con el horror frío de un dios condenado al destierro, que al traerla de vuelta del umbral habíamos invocado algo que no admite cadenas ni laboratorios. ¿Qué clase de entidad nos está arrastrando al borde mismo del precipicio de la cordura? La realidad entera del tiempo se borró, dejándonos atrapados en una arquitectura de pesadilla pura, donde los monstruos ya no éramos nosotros, sino lo que habitaba dentro de ella.

Su anatomía finalmente se apaciguó bajo los brazos trémulos de Danka. Él la acariciaba con una ternura que me resultaba repulsiva y fascinante a partes iguales, murmurando que su voluntad estaba muerta ante ella. El delirio había tomado el trono. Pero entonces, surgió el detalle: un estigma, un relieve anómalo sobre su hombro derecho.

—¡Mira esto! —excluyó Danka, señalando la carne violácea.

—La marcaron —sentenció Lessán con exasperación, recobrando una frialdad sepulcral—. La mordieron para anclarla en el letargo mientras le inoculaban visiones de un pasado que no le pertenece. ¡Traigan compresas, soluciones estériles y agua pura! Hay que drenar ese suero antes de que infecte su esencia primordial.

Pocos minutos después iniciamos la limpieza de la herida. El silencio en la alcoba no era ausencia de ruido, era una presencia física que nos succionaba el aliento. Me acerqué al hombro de Analián, donde la carne de porcelana se veía ultrajada por una marca que desafía toda taxonomía conocida. Lo que mis hermanos creían una simple “picadura de víbora” era, bajo mi lente de análisis, una geometría del espanto.

—Observen la disposición de los colmillos —dijo Lessán, su voz recuperando la autoridad mientras ponía la gasa encima de la herida.

Al retirarla, la tela cedió con un crujido húmedo, completamente empapada de una sangre negra, espesa y bituminosa. El espasmo se manifestó en toda su pureza anatómica. No nos topamos con los burdos orificios de entrada que dejaría una alimaña común del bosque; lo que se dibujaba en la blancura de su hombro eran micro perforaciones milimétricas, dispuestas con una simetría matemática que formaban un círculo perfecto: un uróboros de carne chamuscada que parecía devorarse a sí mismo. La piel periférica no mostraba inflamación ni la turgencia de un proceso sistémico ordinario; en su lugar, la epidermis vibraba con un temblor levísimo. Al tacto, el hombro no devolvía el calor febril de la agonía humana, sino una frecuencia electromagnética pulsante que me erizó el vello de los brazos y me mandó una descarga helada por la espina dorsal. Era una anomalía física que no debía suceder en un organismo de carbono.

—Esto no fue un ataque, Lessán… —murmuró Celián al fin, sintiendo que su propia voz de seda se tornaba en un hilo de incertidumbre rancia.

Mi mirada, desprovista de la habitual altivez aristocrática, se perdía en los patrones laberínticos que la linfa oscura iba dibujando al correr sobre las sábanas de hilo, como si descifrara un testamento maldito.

—Esto fue una transfusión de consciencia —sentencié, dando un paso atrás, apartándome de la cama como quien descubre una bomba de tiempo.

En ese instante de silencio sepulcral, donde solo el ritmo asmático de la joven alteraba el aire, comprendí la magnitud exacta del sacrilegio. Las “víboras” que ella había sentido sobre su cuerpo no eran reptiles de este plano terrenal; eran el vehículo, la herramienta viva que alguien utilizó para envolver su espíritu humano y arrojarlo al vacío del Plano Temporal. La mordedura circular no era una herida; era el ancla, el lastre de hierro que mantenía su contenedor amarrado a este lecho mientras su mente era desollada por visiones de eones pasados, memorias que amenazaban con licuar sus años de cordura.

Lessán apretó los puños, y el crujido resonó como una advertencia. Estábamos ante un diseño que superaba nuestra absoluta comprensión, atrapados en una habitación donde las luces de la casa parecían una farsa insignificante comparada con la oscuridad que acabábamos de hospedar.

—Drenar esto es como intentar vaciar el océano con un dedal —sentenció Danka, mientras mis dedos recorrían la seda de su piel y presionaban el borde de la herida—. El veneno no es químico, es memoria. Si este fluido alcanza su sistema nervioso central, dejará de ser ella. Se convertirá en un envase para quien sea que la haya marcado en el umbral de los planos.

De súbito, la atmósfera de la mansión se fracturó. El aire dejó de oler a polvo y cera para oler a sangre ancestral muy antigua. La luz de los focos y lámparas se curvaba hacia ella, como si fuera un agujero negro devorando la fotónica de la habitación. El cuerpo de Analián entró en una rigidez cadavérica. Sus ojos se abrieron de golpe, pero no había iris ni pupilas; solo una hialosis esteroide de oscuridad total, una neblina de galaxias muertas que nos miraba desde una profundidad que nos hizo sentir, por primera vez en muchos años, insignificantes.

Al manipularla, brotó un líquido cálido al tacto que se negaba a ser contenido. No había explicación física para su comportamiento; no respondía a las leyes conocidas de la viscosidad o la reología de los fluidos orgánicos. Simplemente se movía con una autonomía aberrante. Con una precisión casi profana, recolecté una muestra en un vial. Salí de la habitación un instante; llamé a Karl, el guardián de nuestra fragilidad existencial, el único que llevaba sobre sus hombros el peso de nuestras vidas. Poco tiempo después llegó a recoger la muestra con una solemnidad inusual; en cuanto tuviera los resultados, los daría a conocer. Las paredes, cargadas de tomos prohibidos y herramientas alquímicas, parecían contraerse en una expectación mórbida.

Regresé a la alcoba, donde la atmósfera se había vuelto irrespirable. El ímpetu ciego del menor de la estirpe intentaba en vano consolar a la mujer que lo había hecho sucumbir sin que ella tuviera la más mínima idea, pero sus caricias eran inútiles contra la resonancia que ahora emanaba de ella. La luz de sus ojos había adquirido la profundidad de un abismo que nos llamaba.

—¿Qué ves en esos ojos, Lessán? —preguntó Celián, su voz más un suspiro que una pregunta.

La miré, y en ese instante, no vi a la Analián indefensa que habíamos atraído. Vi un fractal de poder, una puerta a dimensiones que jamás habíamos osado contemplar. De la herida en su hombro ya no brotaba nada, sino una tenue neblina que se curvaba y se retorcía como un hacha invisible.

Y entonces, sucedió.

Sus labios se movieron lentos, con la cadencia de una lengua olvidada, pero el sonido que escapó de ellos no era una palabra. Era una resonancia, un eco que se extendía más allá de estas cuatro paredes, más allá del bosque, más allá de la capa más superficial de la realidad. Las luces se apagaron de golpe, no por el viento, sino por la aniquilación de su presencia. Los muebles crujieron; los cimientos de la mansión gimieron como una criatura moribunda.

—¿Qué ves, “pulguita”? —susurró Danka, cuya voz, antes cargada de una impulsividad arrogante, ahora temblaba como la de un niño ante el abismo.

Ella no respondió con palabras, sino con una exhalación que congeló los cristales de las ventanas. El bulto en su hombro comenzó a latir con un ritmo negro. La verdad empezó a desgranarse como migajas de pan sobre un rastro de cenizas: ella no había sido atacada por enemigos exteriores, había sido reclamada por su propia existencia. Susurró, con un coro de ecos milenarios, un solo nombre:

“—N… a… b… ú…”

El eco del nombre de Padre quedó suspendido en la oscuridad como una sentencia de muerte. Los tres nos quedamos mudos, estatuas de sal en mitad de la noche, comprendiendo que el juego había comenzado y que la Inquisición de nuestro propio linaje acababa de derribar la puerta. El sonido no era un llamado; era una sentencia.

Las paredes de la habitación se cubrieron de una escarcha negra que crepitaba al avanzar, y pude sentir cómo la Mansión, nuestra fortaleza milenaria, temblaba desde los cimientos de roca viva. Ella no había invocado a Padre; lo había reconocido. Y en ese acto de reconocimiento se revelaba una verdad mucho más terrible y lacerante que cualquier veneno conocido.

—No es una víctima… —siseé, sintiendo mi propia esencia y el desconocimiento que se desdibujaban ante un poder naciente—. Es el catalizador. Si esta criatura es mayor que su sangre… y lo peor de todo es que si ellos no lo saben… entonces el universo entero se está reescribiendo a través de sus poros. Y nosotros, los Zalgorán, somos solo testigos patéticos del inminente apocalipsis familiar. Ella es una ecuación viva, hermano. Pero no una que arruina el diseño de Nabú… sino una diseñada específicamente para anular todo lo que le estorbe en el camino.

El veneno negro que intentábamos drenar del hombro comenzó a comportarse de manera aberrante. Fue expulsado de su cuerpo y al fin respiró dando señales de vida común. Esa masa deforme empezó a trepar activamente, moviéndose en contra de cualquier ley de la gravedad, buscando con urgencia mi piel, ansiando una conexión con mi estirpe, pero al tocar mi piel se evaporo sin dejar rastro.

Teníamos que contener el hambre; evitar ser nosotros quienes devoráramos su agonía en un arrebato de sed fue una ordalía de voluntad que nos deformó las facciones.

Danka, el más joven de nosotros, tuvo que retroceder hasta chocar con el muro; era una batalla interna, obscena, entre el protector que juró custodiarla y el verdugo atávico que deseaba drenarla hasta la última gota. Lo que descubrí al retirar las prendas empapadas de sangre y algo más me dejó estupefacto. Esto no es humano. No hay registro de esta variante biológica en ninguno de nuestros archivos secretos.

Había mandado a Celián a peinar la maleza del bosque buscando algún rastro material de la agresión; regresó a la alcoba con las manos vacías, con la mirada perdida en el vacío del limbo interdimensional de un rastro que se borró en el umbral. El frío que se filtraba por los ventanales ya no era climático; parecía ser un frío necrológico, cargado de presagios rancios que olían a tierra de fosa común y a flores podridas en un altar olvidado. Su existencia misma es un parásito adherido a nuestra alma colectiva. Lo peor de todo es que nuestra naturaleza más violenta y atávica está emergiendo a la superficie y, para cuando decidamos que la única opción es amputarla, será demasiado tarde para salvar el Linaje.

—Deja de flagelarte con la culpa —le espeté a Celián, cortando de un tajo seco su espiral de melancolía aristocrática—. Ella nos anula. Nos ha despojado de las garras. Somos ciegos arrastrándonos en nuestra propia habita natural.

El silencio se volvió una entidad física dentro de la habitación, un bloque asfixiante que nos impedía sentir el oxígeno remanente. Al oír su primer quejido, un sonido desgarrador que era al mismo tiempo un ruego de auxilio y una maldición antigua, mi mano se desplazó por puro instinto animal hacia su espalda desprotegida. Sentí una ternura hidrófoba, un instante de flaqueza letal que me hizo odiar cada minuto de mi maldita existencia. Esta conexión no es sagrada; es un carcinoma de amor y resentimiento que nos devora por dentro. ¿Qué ocurrirá cuando Analián abra los ojos por fin y descubra los secretos monstruosos que custodian su sueño? Quizá nos repudie con asco, y ese desprecio será nuestro colapso absoluto.

—¡Basta de este hechizo! —rugí, y mi voz golpeó las paredes para fragmentar la atmósfera de sumisión que nos estaba domesticando. Mis hermanos solo observaron mi reacción sin decir palabra.

Había que mudarla de ropa de inmediato; los harapos del bosque apestaban a una presencia de mal. Pero su desnudez, expuesta bajo la luz moribunda de los aposentos, era una crucifixión directa para nuestros sentidos de abstinencia. Nos topamos con un cuerpo perfectamente esculpido, irradiando una belleza imponente que nos trastorna el juicio y nos quema las córneas. Contenernos ante ella, mantener las manos de hierro al margen de su piel, era la prueba más sádica a la que hayamos sido sometidos en la historia de nuestro linaje; un ayuno forzado, un castigo de dioses frente al manjar supremo. No caeremos en tal bajeza, no somos bestias de alcantarilla, pero el deseo reprimido es ya una soga de cáñamo apretándose con saña en nuestras gargantas.

Ella será el faro maldito y nosotros las polillas ciegas, condenadas a desintegrarnos en el resplandor de su luz oscura.

Antes de cruzar el umbral, escuché a Danka susurrarle al oído motes de afecto mundano, cursilerías indignas de nuestro apellido, y el sarcasmo me supo a hiel y a herrumbre en el paladar. ¿Hasta cuándo podrá sostener su fachada de arrogancia feudal? Ha sucumbido por completo a una demencia sentimental que me resulta tan ridícula como obscena.

Salimos por fin de la estancia, clausurando la alcoba, y la presión barométrica del pasillo estalló en nuestros oídos como el latigazo de una tormenta de montaña. El aire exterior nos recibió con la hostilidad de un cementerio profanado. Danka me seguía los pasos, respirando un aire que no necesita, exigiéndome respuestas con una irritabilidad neurótica que no era más que el síntoma febril y patético de su infección emocional. Lo ignoré con el desprecio que se le otorga a un siervo insubordinado.

En mi puño llevaba la nota que ella había dejado sobre la mesa del hall: esas palabras impregnadas de orgullo humano, rebeldía absurda y laceración psicológica. Nos dirigimos a la biblioteca, un mausoleo de madera tallada y volúmenes proscritos que apestaban a siglos de polvo estancado. Sin mediar palabra, encendí el fuego de la chimenea con un ademán seco y arrojé el papel al fondo de las llamas hambrientas. El fuego devoró el manuscrito con la misma voracidad insaciable con la que nosotros, en el fondo de nuestra naturaleza atávica, deseamos desollar y devorar su alma incandescente.

—¿Qué fue eso? —gruñó Danka a mis espaldas. Sus ojos ya no eran los de un aristócrata; eran dos carbones encendidos en mitad de una fosa, desprendiendo un odio primitivo.

—Es preferible que esa criatura despierte creyendo que habita un sueño, una parálisis de sueño ordinario —respondí, dándole la espalda, con una voz tan gélida que habría sido capaz de congelar el mismísimo fuego que devoraba su nota—. Asegúrate de que su psique edite la realidad por completo. Manipula sus recuerdos, rompe los engranajes de su memoria lógica. Haz lo que sea técnicamente necesario para que el trauma de su viaje temporal se disuelva en quimeras y pesadillas mundanas.

Danka dio un paso al frente, la mandíbula tensa, pero sus pupilas se dilataron al procesar la orden interna. El mecanismo no requería el burdo hipnotismo de la literatura humana, sino una intervención directa sobre la biología de su huésped. Al regresar a la alcoba en silencio, Danka se inclinaría sobre el cuerpo de Analián, rompiendo la barrera hematoencefálica mediante la sintonización de frecuencias electromagnéticas que nuestra propia naturaleza genera. El cerebro humano, en pleno colapso postraumático tras la tanatosis, se encuentra en un estado de plasticidad hipervulnerable; los canales iónicos de sus neuronas están abiertos, saturados por la sobrecarga del viaje en el tiempo.

Danka solo necesitaba proyectar un pulso neuroquímico sutil, una inducción forzada sobre los receptores de NMDA en el hipocampo y la corteza prefrontal. La memoria real de las micro perforaciones, la sangre negra y la presencia de los tres hermanos se fragmentaría bajo el peso de una inducción artificial de ondas Delta de alta intensidad. Al alterar el potencial de acción de sus neuronas sin destruir el tejido, el cerebro de Analián reescribiría el espasmo físico como una violenta atonía muscular nocturna. El trauma cronológico sería editado por sus propios mecanismos de defensa, sepultando las visiones del pasado bajo la conocida y mundana estructura de una parálisis del sueño. Despertaría inconsciente, alterada y con el estigma de una pesadilla de “víboras” imaginarias que su propia mente biológica habría diseñado para rellenar los huecos de la memoria borrada. El engaño fisiológico sería perfecto; la lógica humana prefiere la locura común antes que aceptar la ruptura de la física temporal.

—…pero ten cuidado con tus impulsos —añadí, devolviendo a Danka a la realidad de la biblioteca—. No me busquen más esta noche. Mi humor es un campo de minas activas, y si vuelven a cruzarse en mi diámetro, esto no terminará bien para nadie.

¿Cuándo demonios ha terminado bien este juego sacrílego de fluidos extraños, linajes cruzados y sentimientos corruptos?

La disputa se congeló en el acto. Desde el rincón más oscuro de la biblioteca, allí donde las sombras se volvían tan densas que parecían lodo, Celián, el más silencioso de nosotros, el que arrastra las profecías como cadenas, murmuró con una cadencia sepulcral, como si la frase fuera dictada desde el más allá por el propio Padre:

—“Si no hacemos algo ahora, la perderemos… o lo que es peor, nos perderemos nosotros en ella”.

Las palabras de mi hermano silencioso flotaron en el aire de la biblioteca como un gas letal. El fuego crepitaba furioso a nuestras espaldas, pero era una combustión maldita: no emitía calor alguno, solo una luz muerta, cetrina, que estiraba nuestras sombras contra los estantes de libros prohibidos como si fuéramos espectros deformes. Algo oscuro, algo infinitamente anterior a la creación misma del miedo, acechaba en los rincones más profundos de esta mansión, mofándose de nuestros títulos y de nuestra milenaria altivez.

Mi mente se transformó en un sumidero donde se ahogaban la lógica y la ciencia. Su risa remota en el umbral, el misterio indescifrable de su linaje, la ponzoña electromagnética que supuraba en su hombro derecho… ¿Qué clase de deidad sacrílega o demonio primigenio habíamos invitado a nuestra mesa bajo el disfraz de una joven erudita? La locura colectiva ya no era una sospecha; se cernía sobre la estirpe de los Zalgorán como una catarata de sangre espesa a punto de desbordarse y ahogar el santuario.

—Silencio… —sentencié, pero la soberbia me abandonó en la última sílaba. Fue un susurro que arrastró una angustia tan densa que me agrietó las cuerdas vocales, reduciendo mi voz al crujido de una lápida—. Necesitamos la verdad absoluta antes de proceder con la amputación… o con el bautizo.

Nadie replicó. La soga de cáñamo del deseo y el espanto terminó de cerrarse en nuestras gargantas. De pronto, el vacío interdimensional que el rastreador había traído del bosque invadió la biblioteca; la fotónica de las llamas se curvó hacia la nada, el último vestigio de oxígeno se volvió plomo en nuestros pechos inertes y todo se apagó de golpe, sepultándonos en la negrura más absoluta de nuestro propio coto de caza.

Thoughts

  • quintopiso

    Leer esto a la noche en el balcón fue una idea terrible. Demasiada oscuridad. Pero no puedo parar, los hermanos me tienen preocupado.

    Permalink
  • pnavarro64

    ¿Esto qué es exactamente, paranormal o terror gótico? Quiero saber en qué me estoy metiendo antes de seguir.

    Permalink
  • paginaDoblada

    Por supuesto me tocó el fragmento con toda la obsesión y tensión. Perfecto para cuando entra alguien con un perro urgente.

    Permalink
  • melisaenlacola

    Esto me duró una fila entera del banco y quiero más. Es denso pero no puedo soltarlo.

    Permalink
  • mediocapitulo

    ¿Ella va a despertar sin acordarse de nada? Porque si no sabe qué pasó, esos tres van a tener un problema mucho más grave.

    Permalink
  • lo_lei_en_el_bus

    Qué mundo tan denso. Tres hermanos monstruosos completamente destrozados por una chica. La dinámica está enferma, pero pegada.

    Permalink
  • leoenvozalta

    Ay, esto es tan oscuro que no sabría cómo leerlo en voz alta a mi abuela. Se dormiría en la primera página o me pediría explicaciones.

    Permalink
  • hojaSuelta

    ¿Qué la hace tan peligrosa? Porque los tres hermanos están destruidos, pero no termino de entender qué la hace diferente.

    Permalink

Related posts

  • CELIÁN... EL DESPRECIO

    El repicar sordo de la lluvia que moría contra los cristales era el único sonido que se atrevía a romper el silencio de la biblioteca. El Dr. Karl se despojó de los guantes de látex, arrojándolos…

  • LA TORRE... UNA GRIETA.

    Comienzo a emerger de mi letargo cuando experimento el impacto frío de las primeras gotas de lluvia estrellándose contra mi rostro. ¿En qué bendito instante el cielo cambió de parecer y comenzó a…

  • AMIGAS... CONOCIENDO A LUCY

    Terminé de arreglarme sin mucho afán, moviéndome con la inercia pesada de quien no ha dormido un solo minuto. Mis manos temblaban de puro agotamiento mientras buscaba en los cajones unos lentes…

  • CINGAROS PARTE I

    ¿Tú que harías en su lugar, quemarte n su fuego o salir corriendo?

  • NOSTALGIA PARTE I

    El vacío no llegó. En su lugar, el aire helado golpeó mis pulmones como cristales rotos, obligándome a inhalar una realidad que no me pertenece.

  • CONOCIENDO A EIRA CAPÍTULO I

    Un murmullo de voces, sibilante y remoto, me arrastra de vuelta a la superficie del despertar cotidiano. La cabeza me pesa con la regularidad de un muro de concreto; un latido rítmico y punzante…

  • EIRA CAPÍTULO II

    Déjanos tu opinión.

  • NOSTALGIA PARTE II

    Danos tu opinión....