Abro la cámara frontal, miro mi cara. Una arruga surca la zona del bozo. Cambio el ángulo, hago caras, sonrio, me quedo seria y saco un par de fotos. El único ojo que me ve no es un ojo sino que es una cámara y quien intenta verse desde allí soy yo misma. Hay silencio, me observo desde afuera. ¿De cuántas soledades está compuesto el mundo?
Tal vez lo de las fotos sea para comprobar que sigo siendo yo, que pese a todo sigo portando la misma cara. Solo deseo tener algunas certezas dentro de la marea huidiza del mundo.
Entre todas las cosas que se llevó, temí que una haya sido mi juventud, mi carne joven, mi expresión joven. Dicen que la tristeza se adhiere al cuerpo, que la tristeza envejece.
Entonces quizás por eso, entre otras cuestiones, me observo en ese lente. Para confirmar que soy yo, Leila. Aunque todo haya cambiado, aunque ciertas cosas ya no exista
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