La municipalidad va a abrir un albergue para personas en situación de calle en mi pasaje, en una casa que llevaba seis años tapiada. Nos enteramos por un cartel. La señora del 14 redactó una carta al concejo, lleva veintitrés firmas, y el sábado me la pasó por debajo de la puerta.
Estoy a favor del albergue. Escribí a favor de estos programas cuando cubría el municipio y nadie los quería pagar.
Mi objeción es la dirección. La micro queda a once cuadras y al CESFAM se llega con dos transbordos. Si la idea es que quien llegue ahí pueda sostener una hora médica o un turno, esta cuadra le complica todo más que el sitio de la avenida. Eso lo defiendo en una reunión.
También sé cómo suena. Diez años cubriendo esto enseñan que cuando el motivo no se puede decir en voz alta se discute el procedimiento: la ubicación, los plazos, la consulta que no hubo. Desde adentro no puedo separar mi objeción de la que se le parece.
La señora del 14 tiene su caso. No consultaron a nadie, la decisión venía tomada, y lleva seis años pidiéndole cosas a este municipio sin respuesta. Su carta pide otra ubicación, no que no haya albergue.
El sitio de la avenida no está en el presupuesto y esta casa es la que el municipio tiene. La carta no muda el albergue a ninguna parte: lo deja cerrado un invierno más. Si no firmo, la objeción del CESFAM y la micro no la hace nadie: no es la que trajo a firmar a los demás.
¿Tú firmarías, o dejarías pasar la objeción por no poder probar de dónde te viene?