Estoy cansada de que todos piensen que puedo con todo.
No porque no pueda. Creo que, justamente, ese es el problema. Me acostumbré tanto a poder que ahora nadie se pregunta qué pasa cuando no puedo.
Aprendí a seguir aunque algo me doliera. A levantarme aunque hubiera noches en las que no quisiera hacerlo. A responder “estoy bien” incluso cuando tenía la garganta llena de cosas que no sabía cómo decir.
Y al principio pensé que eso era ser fuerte.
Ahora no estoy tan segura.
Porque a veces siento que ser fuerte fue solamente aprender a esconderme.
Me volví experta en fingir que nada me afecta. Puedo reírme mientras tengo la cabeza llena de pensamientos. Puedo estar rodeada de personas y sentirme completamente lejos de todas ellas. Puedo escuchar a alguien decirme “contame qué te pasa” y responder “nada” antes de siquiera pensar en la respuesta.
No porque no quiera hablar.
Porque no sé por dónde empezar.
¿Cómo explico que estoy cansada sin que parezca que estoy exagerando?
¿Cómo digo que algo me duele cuando ni siquiera sé exactamente qué es?
¿Cómo explico que hay días en los que no necesito que alguien me dé una solución, sino que simplemente se quede?
A veces siento que todos esperan que tenga las respuestas.
Que sepa qué quiero.
Qué voy a hacer.
Quién quiero ser.
Qué me pasa.
Y yo apenas estoy intentando entenderme.
Tengo días en los que siento que puedo con el mundo y otros en los que una cosa pequeña es suficiente para hacerme sentir que todo pesa demasiado. Y durante mucho tiempo me odié por eso. Pensaba que debería ser más fuerte, más segura, más tranquila.
Hasta que entendí que no soy una máquina.
Soy una persona.
Y las personas se cansan.
Las personas dudan.
Las personas tienen miedo.
Las personas también necesitan que las cuiden.
No quiero seguir sintiendo que tengo que estar bien todo el tiempo para que nadie se preocupe.
No quiero tener que sonreír para demostrar que estoy bien.
No quiero convertir cada tristeza en un secreto.
Quiero poder decir “hoy no estoy bien” sin sentir que estoy decepcionando a alguien.
Quiero poder llorar sin sentir vergüenza.
Quiero poder admitir que tengo miedo.
Quiero poder pedir ayuda sin pensar que eso me hace débil.
Porque quizás ser fuerte nunca significó soportarlo todo en silencio.
Quizás ser fuerte también es reconocer cuándo algo pesa demasiado.
Quizás ser fuerte es dejar de fingir.
Y creo que eso es lo que estoy intentando hacer ahora.
Estoy intentando ser sincera conmigo.
Estoy intentando aceptar que no tengo que tener mi vida resuelta.
Que no todo lo que me duele tiene que tener una explicación inmediata.
Que puedo estar perdida y seguir avanzando.
Que puedo tener miedo y aun así intentarlo.
Que puedo necesitar a alguien y no sentirme menos por eso.
Todavía me cuesta.
Todavía hay días en los que vuelvo a ponerme esa máscara que aprendí a usar tan bien.
Pero cada vez intento dejarla caer un poco más rápido.
Porque estoy cansada de ser la persona que todos admiran por aguantarlo todo mientras por dentro se pregunta cuánto tiempo más puede seguir aguantando.
No quiero que me quieran porque soy fuerte.
Quiero que me quieran también cuando estoy rota, confundida, sensible, cansada o simplemente no sé qué hacer.
Y, sobre todo, quiero aprender a quererme yo en esos días.
No solamente cuando sonrío.
No solamente cuando logro algo.
No solamente cuando hago sentir orgullosos a los demás.
También cuando no puedo.
También cuando fallo.
También cuando necesito parar.
Porque estoy entendiendo que no tengo que demostrar constantemente que puedo sola.
A veces puedo simplemente ser una persona que necesita un abrazo, un poco de tiempo y alguien que le diga:
“Está bien. No tenés que poder con todo hoy.”
Y quizás, después de tantos años intentando ser fuerte, eso sea lo más valiente que puedo hacer:
admitir que también necesito que me sostengan.