Espero que te cures de todas esas cosas por las que nadie se disculpó.
De las veces que te hicieron sentir que estabas exagerando cuando en realidad algo te había dolido.
De las palabras que todavía recuerdas porque alguien las dijo sin pensar en lo mucho que podían quedarse contigo.
De las veces que esperaste un “perdón” que nunca llegó.
Porque hay heridas que se vuelven todavía más difíciles de sanar cuando la persona que las causó nunca reconoce que existieron.
Y creo que eso es algo que me costó mucho aceptar.
Yo también esperé disculpas.
Esperé que algún día alguien se diera cuenta de lo que había hecho, entendiera cómo me había afectado y regresara aunque fuera solamente para decirme: “Sé que te lastimé. Lo siento”.
Pero ese momento nunca llegó.
Y durante mucho tiempo pensé que quizá necesitaba escuchar esas palabras para poder cerrar la historia.
Hasta que entendí que estaba dejando mi sanación en manos de alguien que quizá nunca iba a reconocer el daño que me hizo.
Entonces tuve que aprender algo mucho más difícil:
que no siempre vas a recibir la disculpa que mereces.
A veces vas a tener que aceptar que la otra persona seguirá con su vida sin saber cuánto te costó recuperarte de lo que hizo.
Y eso es injusto.
Pero también entendí que mi paz no podía depender para siempre de que alguien más reconociera su error.
No puedo cambiar lo que pasó.
No puedo hacer que alguien entienda lo que sentí.
No puedo obligar a nadie a arrepentirse.
Lo único que puedo hacer es dejar de esperar que la persona que me lastimó sea también la persona que me ayude a sanar.
Y quizá eso es lo que deseo para mí ahora.
Curarme de las cosas que nunca tuvieron disculpa.
Dejar de preguntarme por qué nunca reconocieron lo que hicieron.
Dejar de imaginar conversaciones que probablemente nunca van a suceder.
Y aprender a darme yo misma la validación que durante tanto tiempo esperé de alguien más.
Porque que alguien no se haya disculpado no significa que no haya estado mal.
Que haya actuado como si nada hubiera pasado no significa que yo lo imaginé.
Y que nunca haya reconocido mi dolor no significa que mi dolor no fuera real.
Espero que algún día pueda mirar atrás y sentir que ya no necesito una disculpa para estar en paz.
No porque haya dejado de importar lo que pasó…
sino porque finalmente entendí que mi sanación no tiene que esperar a que alguien más reconozca el daño que me hizo.